PREOCUPACIÓN SOCIAL EN EL CÓDIGO DEUTERONÓMICO

Carlos Soltero González

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SUMMARY:
The author speaks here about what he thinks are the main theological features of Deuteronomy, which he summarizes with the phrase: “love God and take care of your brother”. He develops in particular the second part, the care for the brother. It is impressive  -he says-  the insistence with which the laws of Deuteronomy demand that the Israelite be attentive to the needs of others, because they are his brethren, who are all on the same level with him before God. For this reason, some scholars even think that the deuteronomic code is at the basis of the modern Charter of Human Rights proposed to the world by the United Nations Organization. - The author then speaks about the specific demands of the deuteronomic code to consider the others as brethren, and about the laws that underline the equality of all Israelites, men or women, rich or poor.


Hace unos años, cuando estaba en proceso la publicación del Comentario bíblico latinoamericano, la Editorial Verbo Divino quiso también iniciar  ~como sabemos~  una serie de libros de alta divulgación sobre temas bíblicos, escritos igualmente por autores de América Latina. Mi contribución al Comentario bíblico latinoamericano había sido el comentario al Deuteronomio. Por eso quizá pareció natural sugerirme, para la nueva colección, un escrito sobre ese mismo libro del Antiguo Testamento; un escrito que no tuviera ya la forma y las características de un comentario; sino que tratara de presentar, de manera asequible a un público más vasto, los principales temas religioso-teológicos del Deuteronomio: cómo se desarrollan esos temas ahí y en el resto de la Biblia  -Antiguo y Nuevo Testamento-,  y qué significado y valor pueden tener para nosotros hoy. Ese escrito formaría parte de la colección “Biblioteca bíblica básica”, que ustedes conocen y de la que han sido publicados ya cinco pequeños volúmenes.
El título que se me ocurrió para ese escrito (no sé si el título se irá a conservar en la publicación definitiva) es “Ama a Dios y preocúpate por tu hermano; el espíritu del Deuteronomio”; porque me parece que esos dos imperativos pueden resumir el contenido de este quinto libro del Pentateuco.
La centralidad absoluta de la relación de amor de Israel para con el Señor queda perfectamente clara desde el principio del libro, cuando en en el capítulo sexto (vv.4-5) se inscribe el famoso “Shema Yisrael”, que desde entonces ha sido una parte especialmente importante de la oración ju­día, personal y comunitaria.
Al Señor, Dios uno y único, debe Israel consagrar todo su ser (corazón, alma y fuerzas), con una lealtad absoluta. El amor de que allí se trata (v.5) no es propiamente un amor filial ni un amor conyugal, sino un amor de alianza, que se caracteriza por una adhesión leal al Señor: caminando por sus caminos, cumpliendo sus mandamientos, escuchando su voz, sirviéndolo; expresiones que aparecen con mucha frecuencia en el libro (cf. 10,12; 11,1.22; 19,9; 30,16).
La centralidad e importancia de esa palabra dirigida a Israel se manifiesta también en la insistencia de Moisés en que ella le debe permanecer siempre presente: debe estar grabada en su corazón; la debe inculcar a sus hijos; ha de hablar de ella conti­nuamente; la ha de tener atada a sus manos y sobre su frente; ha de ponerla en las puertas de su casa y en las entradas de sus ciudades (vv.6-9).  Los judíos han aplicado estos mandatos al pie de la letra, y desde tiempos antiguos se han hecho “filacterias”, para atárselas en el antebrazo y en la frente antes de comenzar la oración matutina, y fabrican “mezuzot” para ponerlas en las jambas de las puertas y en las entradas de las ciudades.
Pero ahora me voy a fijar especialmente en la segunda característica de lo que he llamado “el espíritu del Deuteronomio”: la preocupación por el hermano.
La preocupación por el otro, por el prójimo, es un rasgo sobresaliente del código deuteronómico; y eso vale en primer lugar para con los miembros del propio pueblo. Es notable el sentido de fraternidad que impregna la ley deuteronómica. Ella trata de permear todo el sistema social de Israel con estructuras fraternales.
Otro rasgo importante es la preocupación por la igualdad entre los diversos miembros del pueblo que vive en alianza con el Señor. Un caso particular de igualdad se da con respecto a la mujer. La legislación del Deuteronomio no se centra simplemente en el varón, como es el caso en otras legislaciones del Oriente Antiguo y aun del mismo Antiguo Testamento, sino que da a ambos sexos un trato notablemente igualitario.
Tampoco excluye esa relación de alianza a las personas que no pertenecen por nacimiento al pueblo de Israel. El peregrino o extranjero que habita en Israel debe ser atendido y protegido; como deben serlo igualmente otros miembros débiles de la comunidad, que correrían peligro de verse marginados u olvidados: los huérfanos y las viudas; los levitas, a quienes no les ha sido asignada en propiedad ninguna porción de la tierra santa. Aun los animales de que se sirve el israelita, su buey y su asno, deben gozar del descanso sabático.
Georg Braulik, benedictino austriaco, es junto con Norbert Lohfink y Félix Gar­cía López, uno de los mejores exegetas católicos del Deuteronomio. Braulik publicó el comentario al Deuteronomio para la Echter Bibel (1986-1992), y en colaboración con Lohfink está trabajando en otro comentario al mismo libro para la serie Hermeneia. Ha escrito además muchos otros libros y artículos sobre el tema. En 1986 publicó un artículo sobre “el Deuteronomio y los derechos humanos” , que más tarde (1988) fue recogido en su volumen Studien zur Theologie des Deuteronomiums y luego (1994) fue publicado en inglés, en su libro The Theology of Deuteronomy .
En ese artículo, Braulik sugiere que el mismo fraseo de la “carta” de derechos humanos de la ONU puede haber sido influenciado por el Deuteronomio; ya que los filósofos sociales de los siglos XVII y XVIII, a quienes debemos el catálogo clásico de los derechos humanos, tuvieron un buen conocimiento de la Biblia y, en concreto, de este libro del Antiguo Testamento.
Sea de esto lo que fuere, es ciertamente notable la manera como en el código deuteronómico se insiste en la fraternidad de todos los israelitas y en la igualdad que debe existir entre ellos. Eso es lo que quiero mostrar brevemente.
Un pueblo de hermanos
Al entrar en la tierra prometida y después de conquistarla al menos parcialmente, Israel emerge como una sociedad tribal. Eso aparece con toda claridad en el libro de los Jueces: cada tribu lucha por su pedazo de territorio y por la libertad y prosperidad de sus miembros. Los “jueces” son caudillos tribales, que muestran poca o ninguna preocupación por la “anfictionía”, por el conjunto de todas las tribus israelitas; pero, por otra parte, es notable el sentido de fraternidad con que se desarrollaba la vida en esos reducidos conjuntos tribales.
Con la unidad que trajo la monarquía, Israel se fue transformando en una sociedad estratificada, y se fue perdiendo el sentido “fraterno” que la había inspirado. La ley deuteronómica quiere reformar esa situación: enfatiza la igualdad original de todos los israelitas y trata de permear todo el sistema social de Israel con estructuras fraternas.
A todos los que están colocados en una posición de autoridad, política, judicial o religiosa, se les recuerda  ~en diversas ocasiones y en diversos preceptos de la ley~  que deben actuar no como señores y dominadores, sino como hermanos de los demás israelitas.
Desde el primer momento en que Moisés instituye “jefes” para las diversas tribus, que lo ayuden a soportar el peso y la carga del pueblo y de los litigios que se presentaban con frecuencia (Dt 1,12-13), manda a los jueces que oigan los pleitos “entre sus hermanos” y que juzguen justamente entre un hombre y “su hermano” o el forastero que está con él (1,16).
El Deuteronomio reconoce obviamente la institución monárquica vigente en Israel; pero igualmente subraya el carácter fraterno de la autoridad regia:
«Podrás poner sobre ti un rey, el que elija el Señor tu Dios; de entre tus hermanos pondrás rey sobre ti; no podrás poner sobre ti a un extranjero, que no sea hermano tuyo»(17,14-15).
Y un poco más adelante le manda al rey que transcriba para sí una copia de la ley (déuteros nomos); que la tenga consigo y la lea todos los días de su vida, «para que aprenda a temer al Señor tu Dios, observando todas las palabras de esta ley y estos preceptos, para ponerlos en práctica» (17,19). Y eso con la finalidad explícita de que «no se eleve su corazón por encima de sus hermanos» (v.20); de que tenga siempre claro que, en el ejercicio de sus funciones y no obstante la autoridad que se le confiere, debe actuar como hermano entre hermanos.
El profeta, con toda la autoridad religiosa de que goza en Israel como vocero del mismo Dios para comunicar su palabra y su voluntad, es también “uno de tus hermanos”; dice la ley en la sección que se refiere al profetismo (18,15.18).
Los miembros de la tribu de Leví, los levitas y los sacerdotes, son hermanos entre hermanos:
«Los sacerdotes levitas, toda la tribu de Leví…  no tendrá heredad entre sus hermanos; el Señor es su heredad, como él le dijo» (18:1-2).
Por otra parte, es obvio que esa relación de “hermanos” no solo debe darse entre aquellos que tienen autoridad y quienes les están encomendados de alguna manera. “La noción de fraternidad transforma también el otro extremo de la escala social”.
Eso aparece claramente en varios de los ordenamientos de la ley deuteronómica que norman las relaciones de los simples israelitas entre sí. En el capítulo 15 (vv. 1-11) tenemos lo mandado acerca de la “remisión” de las deudas en el año séptimo. En esos versículos aparece seis veces la palabra “hermano”, y es de notar –observa L. Alonso Schökel en su Biblia del Peregrino- el tono intensamente personal de estos párrafos, «la multiplicación de formas de segunda persona, los repetidos posesivos “tuyo”, indicando responsabilidad».
El que es indigente y pobre en la tierra de la promesa debe ser considerado de manera especial un hermano:
«Debes abrir tu mano a tu hermano, a aquel de los tuyos que es indigente y pobre en tu tierra» (15,11).
Puede ser que uno de los miembros del pueblo de la alianza se vea obligado, para sobrevivir, a “venderse” a otro israelita más afortunado y rico que él. El israelita afortunado debe considerar al otro como su hermano, y después de un servicio de seis años lo deberá dejar en libertad:
«Si tu hermano hebreo, hombre o mujer, se vende a ti, te servirá durante seis años y al séptimo lo dejarás libre» (15,12).
En las normas de carácter humanitario que aparecen en los capítulos 19-25 del código deuteronómico, se utiliza frecuentemente la palabra “hermano”, precisamente para subrayar la naturaleza fraterna de la sociedad que se quiere instaurar en el pueblo de la alianza.
Es significativo, por ejemplo, el cambio de vocabulario que se observa en una norma muy particular, que aparece tanto en el llamado ”código de la alianza” (Ex 20-23) como en el código deuteronómico. En el Éxodo se habla del “enemigo”, al que también hay que apoyar cuando se ve en necesidad, cosa muy meritoria por supuesto:
«Si encuentras extraviado el buey de tu enemigo o su burro, se lo llevarás. Si ves el burro del que te aborrece caído bajo la carga, no te desentiendas de él; préstale tu ayuda» (Ex 23,4-5).
En el precepto equivalente del Deuteronomio, el “enemigo” se ha transformado en “hermano” (palabra que se repite hasta seis veces en estos cuatro versos), y el precepto mismo se refuerza y se extiende:
«Si ves extraviada alguna res de ganado mayor o menor de tu hermano, no te desentenderás de ella, sino que se la  llevarás a tu hermano. Y si tu hermano no es vecino tuyo, o no lo conoces, la recogerás en tu casa y la guardarás contigo hasta que tu hermano venga a buscarla; entonces se la devolverás. Lo mismo harás con su burro, lo mismo harás con su manto, lo mismo harás con cualquier objeto perdido por tu hermano que tú encuentres; no puedes desentenderte. Si ves caído en el camino el burro o el buey de tu hermano, no te desentenderás de ellos; le ayudarás a levantarlos» (Dt 22,1-4).
La ley deuteronómica se preocupa también por proteger al “hermano” israelita (y aquí se incluye también al “forastero que habita en tus ciudades”) contra cualquier explotación salarial:
«No explotarás al jornalero humilde y pobre, ya sea uno de tus hermanos o un forastero que reside en tu tierra, en tus ciudades. El mismo día le darás su salario, y el sol no se pondrá sobre esta deuda; porque es pobre, y de ese salario depende su vida» (24,14-15).
Se preocupa por proteger al “hermano” contra falsos testigos:
«Si un testigo injusto se levanta contra un hombre acusándolo de transgresión,... y si resulta que el testigo es un testigo falso, que ha acusado falsamente a su hermano, harán ustedes con él lo que él pretendía hacer con su hermano. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti» (19,16-19).
Se preocupa por protegerlo de que pueda ser sometido a esclavitud:
«Si se encuentra a un hombre que ha raptado a uno de sus hermanos, de los israelitas, sea que lo haya hecho su esclavo o que lo haya vendido, ese ladrón debe morir, y así harás desaparecer el mal de en medio de ti» (24,7).
Toda esta insistencia del código deuteronómico en considerar a los israelitas como hermanos y pedirles que se comporten como tales crea el ambiente vital que el Señor desea para este pueblo, con el que ha querido establecer su alianza y al que ha querido considerar su propiedad particular. Evidentemente se trata de un modelo para cualquier sociedad que quiera vivir en una situación de alianza con el Señor.

Un pueblo de iguales

Otra de las características más importantes de la ley deuteronómica es la de considerar a todos los israelitas como seres humanos de igual dignidad y de igual responsabilidad ante el Señor.
Esto aparece con especial relieve en las listas de quienes participan en los sacrificios y fiestas. El lugar que el Señor escogió para hacer habitar su nombre en medio de su pueblo es el lugar en que primeramente se derrumba la sociedad de clases en Israel y se crea una igualdad fundamental, a pesar de otras desigualdades que puedan subsistir. Cuando los israelitas celebran sus fiestas y comen juntos alegremente delante del Señor, no pueden existir divisiones.
Las determinaciones que se dan en el Deuteronomio sobre las fiestas que hay que celebrar en honor del Señor no se ocupan de prescripciones de tipo cultual, como sucede por ejemplo en el capítulo 23 del Levítico; pero si describen detalladamente quié­­nes deben participar en ellas:
«Te regocijarás en presencia del Señor tu Dios, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita que vive en tus ciudades, y el forastero, el huérfano y la viuda que viven en medio de ti» (16,11; cf. también 16,14).
Una lista semejante o prácticamente idéntica, que expresa la igualdad de todos los israelitas, la encontramos ya desde el Decálogo, cuando se da el precepto de observar el sábado:
«El día séptimo es día de descanso consagrado al Señor tu Dios. No harás ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu buey, ni tu burro, ni ninguna de tus bestias, ni el forastero que vive en tus ciudades; de modo que puedan descansar, como tú, tu siervo, y tu sierva» (5,14).
Ese séptimo día, tu siervo y tu sierva deben poder descansar igual que tú. El trabajo y el descanso no se distribuyen según las categorías sociales: para unos el descanso y para otros el trabajo. Todos  -¡aun los animales!-  deben poder disfrutar de igual modo el descanso sabático. Y también aquí aparece la motivación teológica fundamental:
«Recuerda que fuiste esclavo en el país de Egipto y que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y tenso brazo; por eso el Señor tu Dios te manda guardar el día del sábado»(5,15).
Esta nueva situación social de igualdad, que reflejan las leyes del Deuteronomio, debió manifestarse también en el campo litúrgico más estrictamente dicho. En primer lugar hay que tomar en cuenta que el ofrecer sacrificios no es, para el Deuteronomio, prerrogativa de los sacerdotes, sino facultad de todo israelita. El estatuto sobre el sacerdocio levítico (Dt 18,1-8) indica lo que los sacerdotes deben recibir de parte de quienes ofrecen un sacrificio; pero los que lo ofrecen no son los sacerdotes, sino los miembros del pueblo (18,3). Ni las mujeres son en ningún momento excluidas de esta capacidad de ofrecer sacrificios.
Y así venimos a este caso especial en la tendencia a promover la igualdad, que caracteriza al código deuteronómico: el trato que se da a la mujer. A diferencia de otras legislaciones del Oriente Antiguo y de la misma legislación bíblica en otros pasajes, la legislación del Deuteronomio no se centra simplemente en el varón, sino que considera a hombres y mujeres como hermanos y hermanas, poniéndolos prácticamente al mismo nivel.
Si vemos más en concreto los preceptos del código deuteronómico, encontramos que las mujeres son mencionadas en numerosas ocasiones como sujetos de derecho, al igual que los hombres. Ya vimos cómo en 15,12-18 tanto la mujer como el hombre (“Tu hermano hebreo, hombre o mujer” / v.12) deben ser protegidos por la ley de la remisión y deben ser tratados generosamente al terminar su período de servicio.
La igualdad entre hombre y mujer como sujetos de la ley deuteronómica se aplica en lo positivo y en lo negativo. La ley que condena a los culpables de idolatría (17,2-5) explicita hasta tres veces que ese culpable puede ser un hombre o una mujer:
«Si hay en medio de ti, en alguna de las ciudades que el Señor tu Dios te da, un hombre o una mujer que haga lo que es malo a los ojos del Señor tu Dios, violando su alianza,... sacarás a las puertas de tu ciudad a ese hombre o mujer, culpables de esta mala acción, y los apedrearás, al hombre o a la mujer, hasta que mueran»(17,2.5).
El padre y la madre son explícitamente presentados en plano de absoluta igualdad, cuando se trata de castigar a un hijo “rebelde y díscolo”, “libertino y borracho” (21,18-21).
Así como la mujer no deberá llevar ropa de hombre, tampoco el hombre se pondrá vestidos de mujer (22,5).
En el caso en que un hombre y una mujer casada sean sorprendidos en adulterio, los dos morirán igualmente (22,22), y lo mismo se ordena en el caso en que un hombre encuentre en la ciudad a una joven virgen, prometida ya a otro, y se acueste con ella: ambos serán castigados con la pena de muerte (22,23-24).  [Se oye decir con frecuencia que en Israel solo se castigaba con la pena de muerte a la mujer adúltera; tal vez por influjo del conocido relato del evangelio, en el que ni siquiera se menciona al hombre que había cometido el adulterio. El código deuteronómico no incurre ciertamente en esa desigualdad].
Como la prostitución sagrada era una tara de los cultos cananeos que podía contaminar a Israel, se prohíbe por igual que la practiquen tanto el hombre como la mujer (23,18-19).
Cuando, en el país de Moab, Moisés convoca a Israel para entrar en alianza con el Señor su Dios, forman parte de la solemne asamblea, además de los jefes de tribu, de los ancianos y de los escribas, todos los hombres de Israel, junto con sus mujeres y sus hijos (29,10).
La palabra “igualdad” propiamente dicha no la encontramos en el Deuteronomio; Pero sí encontramos de diversas maneras  ~como hemos visto~  la realidad que la palabra expresa.
Por todo esto se ve cómo realmente la preocupación por el “hermano”, israelita o no, es una característica muy marcada del “código deuteronómico”; lo que lo hace de gran valor también en nuestros días, en los que los seres humanos quieren ser tan conscientes, al menos en teoría, de los derechos de los demás.




“Das Deuteronomium und die Menschenrechte”, TQ 166 (1986) 8-24.

Publicado en 1994 por Bibal Press, P.O. Box 821653, N. Richland Hills, TX 76182.

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