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SUMMARY:
This article deals with the vision that St. Paul is about History and Eschatology in the plans of God. To better understand about Paul's contribution, it presents, first the same topic in the perspective of the synoptic Gospels. Already, in the study of pauline's thought, it discovers that God has a plan with a historical dimension, which leads to the eschatological dimension. Of the Eschatology presents the main theses or beliefs of Paul, and their evolution.
Introducción
Dios se ha revelado en nuestra historia, para hacer de ésta una historia de salvación. Dei Verbum 2 afirma que la revelación divina se realiza en la historia con palabras y obras íntimamente conexas entre sí; señala también que la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación de Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación (cf. Mt 11,27; Jn 1,14.17; 14,6; 17,1-3; 2 Cor 3,16; 4,6; Ef 1,3-14).
1.1 El evangelio de Marcos
En este evangelio la predicación de Jesús se abre con estas palabras: «Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la buena noticia» (1,15). Aquí aparece la frase «peplerotai ho kairós» («se ha cumplido el tiempo»), la cual revela el punto culminante de la historia.
Jesús invita a creer en el Evangelio, en la buena noticia del reino de Dios que llega. Creer en el evangelio no era otra cosa que reconocer y acoger a Dios, que interviene en la historia para instaurar su reino. Esa buena noticia tendrá después como contenido fundamental y específico ese gran acontecimiento de la intervención definitiva de Dios en la historia, que había comenzado con la predicación de Juan el Bautista y que tuvo su acontecimiento decisivo en la muerte y resurrección de Jesús.
1.2 El evangelio de Mateo
En base a Marcos, ¿cómo entiende Mateo el desarrollo de la historia de la salvación?
Para Mateo la historia de la salvación se divide en dos épocas: el tiempo de Israel y el tiempo de Jesús. La primera se inaugura con Abrahán y es preparación o promesa de la segunda, que comienza con el ministerio del Bautista y es cumplimiento y plenitud de la primera. La segunda época es la definitiva y abarca hasta el fin del mundo (28,20).
Algunos datos del evangelio confirman esta perspectiva en dos períodos: Mateo, a diferencia de Lucas, no posee un relato de la ascensión de Jesús, sino que subraya la continuidad entre la situación de antes y después de la pascua, es decir, entre el Mesías terreno y el Señor resucitado. Por eso en el esquema de Mateo no hay propiamente «un tiempo de la iglesia», porque este tiempo queda integrado dentro de los «últimos días», inaugurados por Juan y Jesús. Por eso mismo Mateo presenta a Jesús según la imagen que la comunidad tiene de él: el Mesías terreno y el Señor resucitado, que se confunden muchas veces en el evangelio. Por otra parte, las «citas de cumplimiento» revelan que Mateo posee una especial inclinación hacia las categorías de profecía y cumplimiento.
Esta visión de la historia de la salvación tiene, por supuesto, una fundamentación necesariamente cristológica, por la cual Jesús es visto como cumplimiento de las Escrituras, hijo de David y de Abrahán, e Hijo de Dios que está presente en la comunidad.
Por eso Mateo comienza su evangelio con las palabras: «Genealogía de Jesús, hijo de David, hijo de Abrahán». No hay que olvidar que estamos ante un evangelio escrito para cristianos provenientes del judaísmo.
Pero Jesús es también el Hijo de Dios. Ésa es su identidad más profunda. Por su condición divina, se convierte en el Señor resucitado, siempre presente en su comunidad. Esto queda particularmente claro en tres pasajes significativos del evangelio: 1,23 (el pasaje del «Emanuel»); 18,20 (la presencia del Señor cuando dos o más se reúnan en su nombre) y 28,20 («Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo»).
1.3 El evangelio de Lucas
Lucas divide la historia en tres períodos distintos, en los cuales se manifiesta la salvación de forma distinta; el tiempo de Israel, el tiempo de Jesús y el tiempo de la iglesia. La creación y la venida de Cristo al final de los tiempos delimitan el comienzo y el fin.
El esquema sería el siguiente:
Creación ISRAEL JESÚS IGLESIA Parusía
El tiempo de Israel
Juan señala el final de una época, y con su desaparición marca el comienzo de una nueva (dice Lc 16,16: «La Ley y los profetas llegan hasta Juan; a partir de ahí comienza a anunciarse la Buena Nueva del Reino de Dios…»).
Tiene que desaparecer Juan, como en un mutis teatral, para que Jesús comience su ministerio, como se advierte claramente en el episodio del bautismo (Lc 3,21-22), que introduce la misión de Jesús. En ese episodio no se dice que Jesús fue bautizado por Juan, sino simplemente que Jesús fue bautizado.
El tiempo de Jesús
Jesús es el punto central de la historia. Su ministerio señala el centro del tiempo, es decir, el tiempo en el que se manifiesta de modo incomparable la salvación divina.
Cuando desaparece la figura de Juan el Bautista comienza el tiempo de Jesús, que dura hasta que comienza el tiempo de la iglesia, es decir, hasta que Jesús desaparece de este mundo.
La pascua de Jesús es la manifestación más acabada de la salvación de Dios en la historia. Este período aparece, desde la perspectiva del tiempo de la iglesia, como un hecho pasado, que es objeto de recuerdo, y un acontecimiento presente, que sigue actuando en ella por medio de la fuerza del Espíritu.
Este período central sirve como nexo entre el tiempo de Israel y el tiempo de la iglesia.
El tiempo de la Iglesia
Este tercer período está más relacionado con el libro de los Hechos.
El tiempo de la iglesia comienza con la desaparición de Jesús. Juan el Bautista había desaparecido para que comenzase el tiempo de Jesús, y lo mismo ocurre ahora: Jesús desaparece y viene el Espíritu a inaugurar el tiempo de la iglesia. Como Juan anunció la venida de Jesús, así Jesús promete el don del Espíritu (Lc 24,49; Hch 1,4-5). Este período dura, por tanto, desde la ascensión de Jesús hasta su vuelta en la parusía y es el tiempo privilegiado de la presencia del Espíritu en la comunidad, un Espíritu que había acompañado a Jesús durante su ministerio y que ahora se ha derramado sobre los fieles.
Con la asistencia del Espíritu, el creyente vive un proceso continuo de conversión y de perseverancia, actitudes necesarias para el que aguarda la manifestación definitiva del Señor, con la cual terminará la última etapa de la historia de la salvación y comenzará una situación totalmente nueva.
1.4 La escatología en los sinópticos
Los datos anteriores nos manifiestan la visión de la historia en cada uno de los sinópticos, pero ¿qué nos revelan acerca de la escatología? Para dar respuesta a esta pregunta sólo mencionamos un dato especialmente significativo: en los tres evangelios sinópticos encontramos el llamado «discurso escatológico» (Mc 13; Mt 24-25; Lc 21,5-38), en donde sobresalen temas como los siguientes: la venida del Hijo del Hombre, la exhortación a la vigilancia, la responsabilidad y la perseverancia, así como el anuncio del juicio final.
Así que la historia, específicamente la historia de la salvación, y la escatología, se encuentran interrelacionadas en los sinópticos. De la historia, cada uno tendrá su perspectiva particular, pero de la escatología se dan muchos elementos en común, sobre todo si aceptamos que Mt y Lc siguieron aquí muy de cerca a Mc.
2.1 Dios tiene un plan de salvación
Al predicar su evangelio, Pablo lo consideraba como parte de un plan concebido gratuitamente por Dios, para salvar a la humanidad de una forma nueva, que había de revelarse y realizarse en su Hijo. El autor de este plan era Dios, al que Pablo había adorado como buen y celoso judío, el Dios de las alianzas (Rom 9,4), que es el Padre de nuestro Señor Jesucristo (2 Cor 1,3; Rom 15,6).
De Dios se pueden destacar tres cualidades en los escritos paulinos: 1.- La ira (orgé theou). La ira de Dios es un punto que Pablo ha heredado del AT (Rom 1,18; 1 Tes 1,10; 2,16; 5,9; etc. Cf. Sal 18,31; Is 30,27-28). Relacionada con “el día del Señor” (Sof 1,14-18), la ira se concibe a menudo como la retribución escatológica divina. 2.- En contraste con la ira de Dios se encuentra la “justicia de Dios” (dikaiosyne tou theou). Tal cualidad aparece sobre todo en la carta a los Romanos (1,17; 3,5.21-22.25-26). Pablo también ha heredado del AT esta cualidad de Dios. Pablo ve a Dios ofreciendo un nuevo modo de salvación a la humanidad como justificación por gracia mediante la fe en Jesucristo. 3.- La tercera cualidad es el amor de Dios. No aparece tanto como el concepto de la justicia, pero también es importante en Pablo y ahí se encuentra el fundamento y la explicación de su justicia. Está presente, por ejemplo en la segunda parte de la carta a los Romanos (“el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones…” 5,5. Cf. 5,8; 8,31-39; 2 Cor 13,11.13; etc.). En virtud de esa cualidad, Pablo afirma en 1 Tes 1,4: “Conocemos, hermanos queridos de Dios, su elección”.
El plan de salvación tiene una dimensión histórica
La dimensión histórica del plan divino aparece al considerar todas las fases de la historia humana, desde la creación hasta su consumación. Por eso se puede descubrir en los escritos paulinos una división del plan de la salvación en tres etapas. El primer período fue el tiempo “desde Adán hasta Moisés (Rom 5,13-14; cf. Gál 3,17). Es un período sin ley, durante el cual los seres humanos obraban mal, pero sus transgresiones no se les imputaban. El segundo período fue el tiempo desde Moisés hasta el Mesías, cuando “se añadió la ley” (Gál 3,19; cf. Rom 5,20), durante el cual la humanidad estaba encerrada bajo la vigilancia de la ley hasta que alcanzara la madurez (Gál 3,23); entonces reinaba la ley, y el pecado era imputado como transgresión contra ella. El tercer período es el tiempo del Mesías, de Cristo, que es el “fin de la ley” (Rom 10,4), período durante el cual los seres humanos se encuentran “justificados por la fe” (Gál 3,24).
El plan de salvación tiene una dimensión escatológica
La dimensión escatológica del plan de salvación también es fundamental, puesto que los dos primeros períodos de la historia de la salvación han llegado a su fin, y los cristianos ya están viviendo en el último período.
Por otra parte, si es cierto que el eschaton ya ha comenzado, sin embargo, el “fin” no ha llegado todavía. Cristo todavía no reina del todo, todavía no ha entregado el reino al Padre (1 Cor 15,24). Todo se orienta entonces hacia la parusía del Señor.
La escatología tiene sus elementos reservados para el futuro (como veremos más adelante en los puntos esenciales de la escatología paulina). Pero también está el aspecto de presente, según el cual el eschaton ya ha comenzado y los seres humanos ya están salvados en cierto sentido (2 Cor 6,2; Rom 8,30; cf. Ef 1,14; 2,6; Col 2,21).
Por eso, si Pablo ve a los tesalonicenses (1,4) como elegidos y amados de Dios (dimensión presente de la escatología), también afirma en la misma carta (1 Tes) que “Dios no nos ha destinado para la ira, sino para obtener la salvación por nuestro Señor Jesucristo” (5,9; dimensión futura de la escatología).
Este doble aspecto de la escatología paulina se ha explicado de diversas maneras. Algunos lo califican de “escatología realizada”, mientras que otros lo catalogan de “escatología inaugurada”.
2.2. Puntos principales de la escatología paulina
2.2.1 San Pablo esperaba la parusía de Cristo
La parusía (palabra que procede tal cual del griego, y que significa “llegada o venida”) se refiere específicamente a la “segunda venida de Cristo”.
La palabra como tal aparece 4 veces en 1 Tes, pero la realidad de la venida de Cristo se expresa también de otras maneras.
Pablo esperaba esta segunda venida de Cristo y suponía incluso que acontecería en una fecha próxima, al grado de que él mismo podría estar presente en ese gran acontecimiento. 1 Tes (su primera carta) tiene las siguientes afirmaciones:
1,9-10: “Ellos mismos cuentan de nosotros cuál fue nuestra entrada a ustedes y cómo se convirtieron a Dios, tras haber abandonado a los ídolos, para servir a Dios vivo y verdadero, y esperar así a su Hijo Jesús que ha de venir de los cielos, a quien resucitó de entre los muertos y que nos salva de la ira venidera”.
4,15-17: “Les decimos esto como palabra de Señor: Nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El mismo Señor bajará del cielo con clamor, en voz de arcángel y trompeta de Dios, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires…”
En 1 Cor 15,51-52 señala: “¡Miren! Les revelo un misterio: No todos moriremos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados”.
Ahora bien, aunque Pablo veía como posible y deseable el estar vivo para la parusía, sin embargo reconocía que era incierta la fecha del acontecimiento. Por eso dice en 1 Tes 5,1: “En lo que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tienen necesidad de que les escriba. Ustedes mismos saben perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche…”
2.2.2 San Pablo advierte que la parusía del Señor conlleva un juicio
Continuando con la línea trazada desde el AT, Pablo enseña que en la venida del Señor se realizará un juicio en el que cada uno será juzgado por sus propias obras.
El “día de Yahvé” de profetas como Amós (5,8-20) y Sofonías (1,14-18), en las cartas paulinas pasa a ser el “día del Señor”, el “día de Jesucristo” (1 Cor 1,8; 2 Cor 1,14; Flp 1,10) e incluye una connotación judicial.
En relación consigo mismo, Pablo no le da importancia al juicio de la comunidad, porque confía en el juicio futuro. En ese sentido, afirma en 1 Cor 4,3-5: “Aunque a mí lo que menos me importa es ser juzgado por ustedes o por un tribunal humano. ¡Ni yo mismo me juzgo! Cierto que mi conciencia nada me reprocha; pero no por eso quedo justificado. Mi juez es el Señor. Así que no juzguen antes de tiempo, hasta que venga el Señor…”
En una visión más general afirma también en 2 Cor 5,10: “Porque es necesario que todos nosotros comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada cual reciba conforme a lo que hizo durante su vida mortal, el bien o el mal”.
Un dato valioso del evangelio predicado por Pablo era que “Jesús nos salva de la ira venidera” (1 Tes 1,10)
2.2.3 Ante la perspectiva judicial de la escatología, Pablo pide una conducta irreprochable a sus destinatarios y ora para que así sea
En ese sentido tenemos textos como los siguientes:
1 Tes 3,12-13: “En cuanto a ustedes, que el Señor los haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos, como es nuestro amor para con ustedes, para que se consoliden sus corazones con santidad irreprochable ante Dios nuestro Padre, en la Venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos”.
1 Tes 5,23: “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, y que todo su ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo”.
Flp 1,9-10: “Y lo que pido en mi oración es que su amor crezca cada vez más en conocimiento y toda experiencia, con que puedan aquilatar lo mejor, y llegar limpios y sin tropiezo al Día de Cristo…”
Hay que notar que en estos pasajes se insiste en la santidad y, en particular, en la práctica del amor fraterno. En realidad la práctica de las tres virtudes teologales (presente ya en el primer capítulo de 1 Tes) es imprescindible en la perspectiva escatológica. La fe es el inicio de nuestra vida en Cristo, la esperanza es la virtud que da seguridad ante la perspectiva final, y la caridad es el compromiso cotidiano como fruto de la fe y exigencia de la esperanza. Por eso dice Pablo en 1 Cor 13,13: “Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de todas es la caridad”.
2.2.4 Asociada a la parusía de Cristo y a su juicio, está la resurrección corporal de los creyentes
En la época del NT había distintas concepciones acerca de la suerte de los difuntos. Los saduceos, por ejemplo, consideraban simplemente que el hombre es polvo y vuelve al polvo. No creían en la resurrección de los muertos. No hay esperanza para después de la muerte (Mc 12,18; Hch 23,8). Los fariseos, en cambio, sostenían que el hombre vuelve al polvo, pero se esperaba la resurrección que tendría lugar al final de los tiempos. En el tiempo intermedio entre la muerte y la resurrección se daba como un vacío. Muchos judíos, contemporáneos a Pablo, influenciados por la cultura griega, creían que el hombre es un ser compuesto de alma y cuerpo. Después de la muerte, el cuerpo se disolvía en la tierra, mientras que el alma iba a la felicidad eterna o al eterno castigo (Sab 3,1-4). Pero no se pensaba en la resurrección, sino en la inmortalidad del alma.
En los escritos paulinos se afirma de varias formas la resurrección de los muertos. Y el fundamento para tal convicción no se encuentra en un razonamiento lógico, ni en la toma de postura farisea frente a la saducea, sino en un acontecimiento: la resurrección de Cristo. El creyente en Cristo se une de tal manera a él que al final resucitará como él.
Las polémicas de Pablo con respecto a la resurrección de los muertos se encuentran en la correspondencia dirigida a comunidades griegas, concretamente la de Tesalónica y la de Corinto. El libro de los Hechos narra también el fracaso de la predicación de Pablo en Atenas, precisamente cuando mencionó el tema de la resurrección (Hch 17,32 dice: “Al oír hablar de la resurrección de los muertos, unos se burlaron y otros dijeron: “’Sobre esto ya te oiremos otra vez’”). El pensamiento griego admitía sin dificultad la idea de la inmortalidad, pero rechazaba la de la resurrección (entendida simplemente como un retorno a la materia).
Ya en 1 Tes 4,16ª se afirma: “…Y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar”.
Pero es en el capítulo 15 de 1 Cor san Pablo aborda con más detalle el tema de la resurrección de los muertos. De ese capítulo podemos mencionar brevemente los siguientes aspectos:
La resurrección se dará en la segunda venida de Cristo. Pero como se pensaba que ésta sería muy próxima, entonces se suponía que no todos estarían muertos. Los que hayan muerto resucitarán, pero lo que todavía estén vivos serán transformados: “¡Miren! Les revelo un misterio: No todos moriremos, mas todos seremos transformados. En un instante, en un pestañear de ojos, al toque de la trompeta final, pues sonará la trompeta, los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados”. Esta cita ya fue mencionada a propósito de la segunda venida de Cristo y del deseo de Pablo de estar vivo para la parusía. Ahora es citado, pero enfatizando la transformación que se dará.
En efecto, la resurrección no será una simple recuperación de la vida con las características actuales, sino de una verdadera transformación. Se tratará de la misma persona, sí, pero con un cuerpo renovado.
Dice 1 Cor 15,35-38: “Pero alguno dirá: ¿cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio! Lo que tú siembras no recobra vida si no muere. Y lo que tu siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino un simple grano, de trigo por ejemplo o de alguna otra planta”.
Y 1 Cor 15, 42-44: “Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción; se siembra vileza, resucita gloria; se siembra debilidad, resucita fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual”.
A propósito de estos textos de 1 Cor hay una pasaje de la carta a los Filipenses que es significativo (3,20-21): “Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas”.
Sobre el tema de la resurrección conviene también mencionar un pasaje de la carta a los Romanos en donde se menciona la intervención del Espíritu Santo, que se convierte en garante de la resurrección para los creyentes: “Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a sus cuerpos mortales por su Espíritu que habita en ustedes”.
2.2.5 Pablo establece como meta de la esperanza el estar para siempre con el Señor
En 1 Tes 4,17 tenemos la frase: «y así estaremos siempre con el Señor». El sentido de esta frase es claramente escatológico, pues el «estar con el Señor» se dará después de su parusía y del encuentro de todos con él.
Seguramente el destino último de los creyentes estaba en el centro de los intereses de Pablo. Ya durante la evangelización en Tesalónica habría hablado de la resurrección de los muertos y de la esperanza cristiana en la próxima venida de Cristo, con el rapto de los creyentes.
El «estar con el Señor» concretiza ese destino último del creyente y se puede considerar como el punto final, la culminación de la obra salvífica de Dios. El «estar para siempre con el Señor» tiene un sentido personal-comunitario, porque se trata de personas que ponen su esperanza en la persona de Cristo; y tiene también un sentido futuro, porque los creyentes que forman la comunidad actual son los que anhelan estar unidos en torno al Señor al final de la vida terrena.
Se puede afirmar entonces que la iglesia es una comunidad escatológica, en el sentido estricto de que vive de cara a la venida inminente de su Señor, para ser llevada definitivamente a la comunión con Cristo, su Salvador.
Ahora bien, este anhelo de estar con Cristo, que tiene una clara dimensión colectiva y escatológica en 4,17, lo manifiesta también el apóstol en cartas posteriores, pero con un aspecto personal y por acontecer inmediatamente después de su muerte. ¿Qué decir de esto?
Hay dos textos en los que se revela este deseo de Pablo:
Flp 1,21-23: «Pues para mí la vida es Cristo, y el morir, una ganancia. Pero si el vivir en el cuerpo significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger. Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente es, con mucho, lo mejor...»
2 Cor 5,8: «Estamos, pues, llenos de buen ánimo y preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor».
Pablo ve posible una condena a muerte (Flp 1,23). Pasando por una muerte tal, tiene la convicción de que entrará en un estado que él designa con la expresión «estar con Cristo». Es lo mismo que dice en 2 Cor 5,8. El estado aludido se inicia, no con la parusía, sino inmediatamente después de morir. Tenemos aquí una afirmación clara del llamado «estado intermedio», es decir, del lapso que transcurrirá entre la muerte de cada persona y la parusía.
En 1 Tes, por lo tanto, Pablo habla de la reunión con Cristo sólo en relación con la parusía. Pero esto no está en contradicción con lo que expresa en la carta a los Filipenses, es decir, el deseo de estar con Cristo inmediatamente después de la muerte. Ambas esperanzas no son contradictorias. Incluso en Filipenses Pablo habla también de la venida de Cristo y de la reunión con él. Así que el estado de felicidad de quien se halla junto a Cristo, después de la muerte, es ya un anticipo de la glorificación final en la parusía.
2.3 La evolución en el pensamiento escatológico de Pablo
Muchos estudiosos de la escatología paulina advierten cierta evolución en el pensamiento de Pablo. Dice Jordi Sánchez Bosch: «Pablo se estrenó como teólogo-escritor en Primera Tesalonicenses con el tema de la segunda Venida de Cristo, la Parusía. En las grandes cartas, el tema continúa con aportaciones especialmente nuevas en el tema de la resurrección futura y de lo que se ha venido en llamar el “estado intermedio”» .
En resumen, conviene tener enfrente los textos escatológicos de varias cartas, según el orden cronológico en que fueron escritas:
1 Tes 4,13-18 (Los vivos que no se adelantan a los que han muerto… los muertos resucitarán… Seremos arrebatados). 1 Tes fue escrita hacia el año 51, en el transcurso del segundo viaje misionero. Es la primera carta de Pablo y primer escrito del NT.
1 Cor 15 (la resurrección). La carta sería escrita hacia el año 55, en el transcurso del tercer viaje misionero.
2 Cor 5 (Preferimos salir de este cuerpo para vivir con el Señor). La carta pudo ser escrita hacia el año 56 o 57, también durante el tercer viaje misionero.
Flp 1,21-23 (Deseo morir para estar con Cristo). De la carta a los filipenses hay varias opiniones sobre el lugar de su composición, pero es probable, como afirma la tradición, que haya sido escrita cuando Pablo estuvo cautivo en Roma, hacia el año 61.
Flp 3,20-21 (Cristo salvador transformará nuestros cuerpos).
¿Cuál sería la evolución o desarrollo?
En 1 Tes 4 se habla del rapto de los creyentes para ir al encuentro del Señor, y también se menciona la resurrección, pero no se habla explícitamente de transformación. En cambio, en 1 Cor 15, dedicado al tema de la resurrección, se habla ya explícitamente de la transformación. Luego, en Flp 3 se afirma que es Cristo, que vendrá al final de los tiempos, el que transformará nuestro cuerpo, pero no menciona explícitamente la resurrección, aunque se dé por supuesta en esa resurrección.
Por otra parte, hubo un cambio en Pablo entre 1 Tes y 1 Cor. El cambio se dio desde la creencia de que prácticamente todos los cristianos sobrevivirían para la parusía (“Nosotros, los que vivamos, los que quedemos para la venida del Señor…”), hasta la idea de que la supervivencia sería más bien una excepción o al menos se daría un “mitad y mitad” entre vivos y difuntos (“No moriremos todos, mas todos seremos transformados”).
Además, En 1 Tes 4,13-18 se vislumbra una unión con el Señor sólo en la parusía y con una perspectiva comunitaria (“Y así estaremos siempre con el Señor”); pero ese «estar con el Señor» parece luego colocarse a la muerte de cada uno y con una visión más individual en Flp 1,23-24 (“Mi deseo es partir y estar con Cristo”) y en 2 Cor 5 (“Preferimos salir de este cuerpo para estar con el Señor”).
Conclusión
Con la presencia y el ministerio de Jesús entre los hombres ha llegado el tiempo esperado, ha llegado la plenitud de la historia (Marcos).
A partir de Jesucristo se puede tomar la historia con una perspectiva particular. Mateo ve la historia de la salvación en dos etapas: la profecía y el cumplimiento; Lucas la contempla, sin embargo en tres fases: el tiempo de Israel, el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia.
Pablo también, a partir de Cristo ve la historia de una manera peculiar: hubo un tiempo sin ley (primera fase), luego vino el tiempo de la ley (segunda fase), que preparó la etapa final: el tiempo de la salvación-justificación en Cristo, por gracia y por medio de la fe.
Ya estamos en los tiempos escatológicos, pero a la espera de la segunda venida de Cristo que conlleva otros elementos para el futuro. Con Jesucristo, según Pablo, ha comenzado la tercera y última etapa de la historia. Esa etapa es la oportunidad única de reconciliarse con Dios. Es una etapa que desemboca en la realización plena de los planes de Dios, cuando la historia termine y comience la contemplación de la gloria de Dios, pero ya no en el tiempo sino en la eternidad.
Cf. Fitzmyer, Joseph A., “Teología Paulina”, Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo. Nuevo Testamento, Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer, Roland E. Murphy (eds), (Estella: Verbo Divino, 2004) 1176-1225.
Rivas, Luis Heriberto, “La Escatología”, San Pablo. Su vida, sus cartas, su teología (Buenos Aires: San Benito, 2001) 175-181.