LA NUEVA JUSTICIA. ANÁLISIS
RETÓRICO DE MT 6,1-18
José Martín Méndez Padrón
El
documento de 1993 de la Pontificia Comisión Bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, señala en su primer capítulo,
algunos «Nuevos métodos de análisis literario», entre los cuales cuenta el «análisis
retórico». Una de las modalidades en que éste se desarrolla es el que
concentra su atención «…sobre los rasgos específicos de la tradición literaria
bíblica», analizando «la estructura literaria de los textos [para] (y) llegar
así a una mejor comprensión de su mensaje»[1].
El
presente trabajo quiere ser un esfuerzo en esta línea, mediante la aplicación
de los distintos pasos de este análisis a un texto determinado en orden a su
interpretación. Se han realizado para ello los cuatro tiempos del
«análisis retórico», según la estructuración que de los mismos ha hecho el P.
Roland Meynet[2].
En
primer lugar, se llevan a cabo cuatro operaciones distintas con el fin de
preparar el texto. Es decir, se analizan los problemas textuales, se
revisan los problemas gramaticales, se tratan las principales cuestiones
lexicográficas, y se llega, finalmente, a una traducción lo más fiel posible,
respetando sus diversas repeticiones y los procedimientos empleados para su configuración.
En
un segundo momento, se pasa al análisis de cada una de las unidades de la
“secuencia” para evidenciar su composición. Para ello se elaboran
“reescrituras” y descripciones que pongan de manifiesto los elementos
utilizados, así como las constantes y las variantes en el uso de los mismos a
lo largo de tales unidades.
El
tercer paso es la atención al contexto bíblico, al marco en el
cual cada unidad ha sido incorporada. Se trata de contemplar el marco
conceptual desde el cual cada unidad toma sentido y al cual cada parte aporta
sus connotaciones peculiares. Para hacer esto, se refieren pasajes
“emparentados” procedentes de la misma “sección” del libro, de la totalidad del
volumen y los demás libros. Los indicadores principales serán las “consonancias”
y “asonancias” tanto en la utilización de los términos, como en el sentido de
los conceptos.
Finalmente
se procede a la interpretación, con un gran respeto a lo que se ha
conseguido hasta ahora. Esta interpretación se realiza con una profunda reflexión
para hacer emerger más claramente el significado. La convicción de fondo que
guía esta labor es doble: la valoración del texto mismo en su estructura real y
concreta, desde una visión sincrónica, y el descubrimiento de la estructura de
composición como “portadora de sentido”, en cuanto que es ya un “mensaje” que
privilegia determinados elementos.
La
“secuencia” analizada –Mt 6,1-18– forma parte del Sermón del Monte, es
decir, del primero de los grandes discursos del primer evangelio. Más aún,
estos dieciocho versículos parecen ser el centro de ese mismo Sermón.
El texto retoma
tres prácticas de justicia aceptadas tradicionalmente en la religión de Israel
–limosna, oración y ayuno–, pero con una “novedad”, pues
agrega un desarrollo nuevo que partiendo de la oración lo transforma todo. Es
la eclosión de la Buena Nueva de Jesucristo, su “enseñanza fundamental”, no
sólo sobre Dios, sino necesariamente también sobre el hombre. Se
trata de la donación del Padre Nuestro, como elemento generador de la
“nueva justicia”.
Además,
parece ser también una “secuencia” que toca muy de cerca, y en diversos
aspectos, la vida íntima de los cristianos en la Iglesia. En realidad, tanto el
Pater como esa tríada de prácticas de justicia, han estado presentes
desde el inicio en la celebración del Nuevo Pueblo de Dios, y ahora se nos
descubre el sentido profundo de las mismas.
Sirva,
pues, el presente análisis como ejemplo en la utilización del método de
análisis retórico.
1.1. Composición.
Fragmento
a seis miembros organizado en dos segmentos trimembres paralelos:
|
+ 1Cuiden
[pues] [ustedes] : la justicia
de ustedes NO hacer ante
los HOMBRES ; para
ser admirados por ELLOS; ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + de otra
manera : recompensa
NO tendrán (ustedes) ante el PADRE de ustedes ; que (está) en los CIELOS. |
Son
dos segmentos trimembres paralelos del tipo abb’.
El
primer trimembre, en general, es un imperativo que manda no hacer la
justicia según determinados criterios; la justicia de ustedes es el
objeto que aparece al centro; se reprueban dos circunstancias.
El
segundo trimembre, por su parte, retoma el imperativo inicial con una
construcción condicional, y anuncia la recompensa del Padre, misma que
ocupa el centro de este segundo trimembre. Así, mientras el primer trimembre
manda lo que no se debe hacer (no…hacer), el segundo
anuncia lo que corresponderá a una vivencia fallida (no tendrán…).
Los
miembros centrales presentan morfemas comunes (emprosten,
para),
que en castellano se pueden traducir de la misma manera (ante); además
sus términos finales son opuestos (los hombres - el Padre), y son
retomados por los últimos miembros mediante pronombre y con una expresión
típicamente hebrea para referirse a Dios (por ellos - en los Cielos).
El
tema de la Justicia es característico de Mt[3] y forma parte del
entramado en que se manifiesta el espíritu del evangelio; es una categoría que
pertenece al corazón de la Buena Nueva y la envuelve con todas sus
implicaciones.
El
término aparece varias veces en el mismo Sermón del Monte. En 5,6.10 es
vista como la causa de un constante y ardiente anhelo, y el motivo por el cual
los hombres serán bienaventurados.
Más
adelante, en 5,20, se pasa a la enunciación de un principio fundamental que
exige a los discípulos una “justicia mayor” y pone en marcha el criterio para
las controversias con escribas y fariseos, mismas que se prolongarán hasta el
final del evangelio.
La
nueva manera de concebir y vivir la “justicia” se presenta entonces como uno de
los pilares de la economía nueva inaugurada por Jesús de Nazaret; nos
encontramos frente a una nota esencial del Reino y una categoría que relativiza
todo (6,33).
A
lo largo del evangelio se desarrolla la esencia de esta “nueva justicia”,
superior a la de los escribas y fariseos. Mateo ofrece diferentes acercamientos
a esta realidad.
En
general, es vista, ante todo, como el cumplimiento, en Jesús de Nazaret, de
toda justicia (3,15), es decir, de la salvación en el Mesías esperado (16,16;
17,5), de la irrupción del Reino de los Cielos que exige la conversión (4,17).
Las obras de Jesús, su predicación (4,23), sus milagros (8,1ss; 9,1.18-34;
20,31-34; etc.), la llamada y la institución de los apóstoles (9,9), así como
su muerte en cruz y su resurrección, instauran definitivamente esta nueva
economía que incluye la remisión de los pecados (9,2.4.6; 18,23ss) y la
resurrección de los muertos ( 22,23ss; 25,31ss).
La
participación del hombre en esta “justicia” se cifra, en primer lugar por la
conversión (4,17; 3,2), por la apertura y recepción del “enviado” (11,16ss;
23,37s), por el arrepentimiento. No se trata, pues, de una autojustificación,
o de un logro de iniciativa humana; tampoco es producto de la verificación
sociológica de un hecho realizado entre los hombres. Ser justos consiste, más
bien, en el cambio de mentalidad para vivir en la novedad de las cláusulas del
Reino (5,1-12), llevando a cumplimiento la Ley y los Profetas (5,17ss); esta
“justicia” se verifica, concretamente, en hacer la voluntad del Padre (7,21;
12,50; 21,28ss), en estar atentos (24,36ss), esperando la llegada del novio
(25,1ss), y haciendo multiplicar, al mismo tiempo, los talentos que el rey ha
dejado a sus siervos hasta su regreso (25,14ss). No se trata, pues, de una
serie de prácticas que justifiquen automáticamente frente al Altísimo,
prescindiendo de la apertura y la correspondencia a su amor, sino de una
profunda apertura al don y de la recepción de la salvación traída por Jesús.
La
Recompensa, como se ha visto, ocupa el centro del segundo trimembre; se trata
de una temática también preferida para el primer evangelista[4].
Dentro
del Sermón del Monte este término es introducido en 5,12, donde «la
recompensa…grande en los cielos» aparece como una promesa o un anuncio que
confirma la bienaventuranza de quienes son perseguidos a causa de Jesús; su
anuncio no es solamente el motivo de una gran alegría y de un profundo
regocijo, antes que nada es la promesa que asegura la bienaventuranza final. El
momento presente del discípulo es iluminado, de esta forma, por una luz
proyectada desde una dimensión futura, pero confirmada también por la vivencia
pasada de «…los profetas anteriores… a ustedes», es decir, por una categoría
que abarca el presente, el pasado y el futuro.
En
5,46 la recompensa figura en la última de las antítesis que presentan la “justicia
mayor” de los discípulos; allí aparece como la motivación que lleva a la
vivencia concreta de este rasgo tan peculiar del cristianismo: el «…amor a los
enemigos…, para ser hijos del Padre Celestial…».
Si
ya la Ley Mosaica anteponía la solidaridad a la sed de venganza en la relación
con los “enemigos” (Ex 23,4s; Lv 19,18), el evangelio justifica y exige una
“solidaridad” aún mayor que, con la revelación de Dios como “Padre Celestial”,
adquiere, más bien los rasgos de una fraternidad universal, para ser
verdaderamente «…hijos del Padre Celestial que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos…».
En
la presente secuencia, en cambio, la promesa de la recompensa del Padre va
unida más bien a entidades negativas. Así, en 6,1 toma la figura de amenaza
para quienes no guardan el imperativo enunciado; en las apariciones sucesivas
(6,2.5.16), con excepción de su contraparte positiva en 6,4.6.18, implica una
realidad a fin de cuentas ya terminada, superada, desaparecida, reducida al pasado
y limitada al campo simplemente humano. Sirve, de alguna manera, para apremiar
al auditorio, también con una modalidad negativa, a comprender y entrar en la
dinámica de esta “nueva justicia”.
Una
expresión como esta: «...ante el Padre de ustedes que está en los cielos...»
remite al ámbito y al objeto de la recompensa.
La
llamada de Jesús ciertamente es exigente (16,24-26) y pide renunciar a todo
(19,21) y a todos para seguirlo
(10,37-39; 12,49), aunque, por otro lado, también anuncia una gran recompensa
(19,27-29). Para Mateo el ámbito de ésta parece ser solamente el futuro;[5] para el presente
corresponderían más bien las persecuciones y tribulaciones (7,15; 10,16ss;
24,9-14). Sin embargo en la recompensa presente y futuro convergen
armoniosamente, pues la posesión del “Reino de los Cielos” es objeto, ya al
presente, de la bienaventuranza de los perseguidos por causa de la justicia
(5,10).
Esta
recompensa, además, no corresponderá nunca a mérito humano alguno, como
respuesta obligada ante una serie de acciones meritorias o de prácticas que
justifiquen ante Dios, será siempre un don absoluto del Padre –la introducción,
precisamente, a este nuevo ámbito que renueva todo, el don de una vida nueva
donde todo, visto desde el Padre celestial, adquiere otro sentido, el “salario”
del patrón bueno que da generosamente el mismo jornal a todos sus obreros
(20,1-16), el festín de bodas abierto a todo tipo de comensales (22,10)–; esta
participación en el Reino, exigirá ciertamente una disposición por parte del
hombre, una receptividad activa, personificada en la humildad de los pobres de
espíritu (5,3) y de los que se hacen como niños (18,3-4; 19,24).
La
impartición de la justicia y, en primer lugar, la concepción de la misma y su
vivencia, ha sido siempre una cuestión importante en toda antropología y en
toda sociedad; es, de alguna manera, el principio que determina la visión del
hombre y de sus relaciones.
La
“justicia de ustedes” a la luz de Cristo, se presenta como una realidad que no
es producto de la simple verificación de los hombres, pues no pertenece, en
definitiva, al dominio humano. Es una “justicia nueva”, cuya razón de ser no
depende de un hacer ante los demás, o del juicio o la admiración
de ellos.
La
“justicia de ustedes” y la “recompensa del Padre” surgen entonces como dos
categorías íntimamente ligadas e interdependientes.
El
anuncio de Jesús no es, por tanto, una nueva “teoría”, compuesta simplemente
por otros criterios de retribución; se presenta, ante todo, como la apertura a
Alguien, quien ya desde ahora es llamado Padre de ustedes.
Desde
la revelación divina de Dios como Padre la existencia del cristiano no
puede desarrollarse más como una existencia simplemente ante los
hombres, su proyección va más allá y alcanza verdaderamente la esfera de lo
divino, y desde allí se revierte a toda la realidad tomando todo desde una
perspectiva nueva donde cada persona y cada cosa tiene su propio sitio.
Es
una unidad formada por dos fragmentos paralelos (2; 3-4):
|
+ 2Por eso, cuando hagas LIMOSNA, = NO
suenes la trompeta delante de ti como los hipócritas hacen en las sinagogas y en
las calles
: PARA
ser admirados por
los HOMBRES; en verdad les digo: ;
han recibido la
recompensa de ELLOS. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + 3Tú, en cambio, haciendo LIMOSNA, = NO
sepa la izquierda de ti, lo que hace
la derecha de ti, : 4PARA
que quede de ti la LIMOSNA en lo secreto, y
el PADRE de ti que ve en lo secreto ; recompensará
a ti. |
Dos
fragmentos con tres segmentos paralelos: un unimembre, un trimembre y un
bimembre.
Los
unimembres (2a; 3a) se corresponden claramente; ambos introducen una
determinada situación, aunque con distinta modalidad sintáctica; utilizan,
además, lexemas idénticos (...haciendo limosna...).
Los
trimembres (2bcd; 3bc4a) presentan cierta oposición en la disposición de sus
miembros (abb’ para el primero; aa’b para el segundo); ambos
introducen un imperativo negativo (no suenes...no sepa...), y lo
desarrollan de distinta manera en cada caso: con una comparativa y una final en
el primero (como...para...), con una relativa y otra final para el
segundo (lo que...para); un morfema idéntico introduce las finales (para...).
El primer trimembre muestra cómo no se debe hacer, en la eventualidad de
realizar limosna; el segundo indica la manera de proceder en la
contemporaneidad de la acción.
Los
bimembres (2ef; 4bc), por último, reseñan, cada uno a su manera, una afirmación
categórica; utilizan términos del mismo campo semántico (recompensa,
recompensará); hay oposición temporal en la modalidad verbal (pasado -
futuro) y en el agente de las acciones (los hombres; el Padre de ti),
así como en los destinatarios (los hipócritas; tú). Mientras el
primer fragmento muestra el carácter perfectivo de una acción pasada,
terminada, acabada, el segundo anuncia la recompensa futura del Padre.
Se
anuncia, pues, una verdadera recompensa a una verdadera limosna.
La
idea de la limosna que aquí subyace tiene paralelos claros en el AT,
especialmente en pasajes tardíos[6]. Destaca
particularmente como objeto de un párrafo en la recomendación de Tobit a su
hijo (Tb 4,7-11);[7] es sintomática la
utilización de términos del mismo campo semántico de la visión.[8] Con todo, la
limosna es vista, a fin de cuentas, como un “don valioso” (dwron
agaqon)
(v. 11) realizado «…en la presencia del Altísimo», casi como un sacrificio.
La
realidad de la limosna es justificada desde este horizonte, sin dislocarla del
conjunto total del mundo relacional del cristiano. Por eso, aunque el término elehmosunh no aparece
más en el Sermón, ni en el resto del primer evangelio, dos referencias
aluden directamente a ella. Se encuentra como parte del fragmento que indica
las actitudes de la “nueva justicia” en relación con los demás, que manda dar a
quien pide (5,42), y queda justificada como un hecho posible al dar su lugar a
Dios y al Dinero en la vida del cristiano (6,24).
Nm
10,1-10 dibuja el cuadro de la vida del pueblo en el desierto guiado por Dios
mediante las trompetas; fueron hechas por voluntad divina y marcaban el ritmo
del caminar; se usaban no solamente para indicar la puesta en marcha, o para
dar instrucciones guerreras, sino, ante todo, para convocar a la comunidad en
torno a la Tienda del Encuentro, y para llamar la atención de Dios en los
holocaustos y sacrificios (v. 10).
Por
otro lado, dentro de este uso litúrgico de las trompetas, es probable la
existencia de cierta costumbre que las hacía sonar en el momento de la donación
de grandes cantidades como limosna con el fin, entre otros, de llamar la
atención de los presentes y motivar
gestos semejantes, y, asimismo, para recordar a Dios como benefactor[9].
La
reprobación de que es objeto esta acción en Mt, aparentemente extraña y que no
se reduce solamente al ámbito religioso, evoca, más bien, el oráculo con que el
Profeta de Técoa reprocha y acusa la perversión de Israel (Am 4,5), pues,
siendo el Pueblo escogido por el Señor para que le rindiera un culto auténtico,
ha trastocado la alabanza del Señor haciendo del “sacrificio de comunión” (Lv
7,11) una práctica vacía, desvinculada del compromiso por seguir verdaderamente
la Ley de Dios, buscando solamente la satisfacción propia, precisamente al
interno de las prescripciones mosaicas, es decir, no solamente desvinculan el
servicio cultual de todo compromiso serio de adhesión a la Ley divina y de
justicia social, sino que pretenden subordinarlo a los propios intereses,
granjeándose la admiración social.
Se
había visto que upokritai es una terminología preferida por el
primer evangelista, y que se aplica a diversos personajes. En el Sermón del
Monte nunca aparecen identificados claramente, y aparecen más bien como la
contrapartida del discípulo. Su rasgo común parece ser la falta de coherencia
entre apariencia y realidad, entre interioridad y exterioridad, la cerrazón a
la “Justicia” divina que transforma todo desde dentro y a la llegada del Reino
mediante el arrepentimiento como requisito indispensable para acogerlo.
“Lo
secreto…” aparece continuamente en la Escritura como el ámbito exclusivo de
Dios, la dimensión propiamente divina que, además, lo invade todo desde dentro
y lo domina plenamente. Es una expresión utilizada para afirmar la absoluta
trascendencia divina (Job 11,7; Sb 1,7-8; Si 42,19; 43,27), pero también el
escenario del encuentro con “los secretos del hombre” (Sal 44,22; 139,2; Si
42,18), lo que le revela aquello que auténticamente es, su profunda verdad (Mt
23,28).Por eso, si ya la literatura rabínica insistía en la necesidad de
discreción en las prácticas de piedad.[10]
No
se descarta la práctica exterior. El mismo evangelio insiste en la
inconveniencia e imposibilidad de esconder l as buenas obras (5, 14-16), en la
improcedencia de sepultar los talentos recibidos (25,18) y en la necesidad de
una adhesión clara y abierta a Jesús frente a los demás (10, 32s). Se trata,
más bien, de una realización que se presenta como fruto y manifestación de ese
diálogo “en lo secreto…”.
En
la “lógica” de la Buena Nueva no se trata de llamar la atención, de hacer “ver”
(u oír) a los demás o a sí mismo lo que se hace (o se dice). La Buena Nueva
impele, pues, a entrar en una nueva dimensión, en una nueva realidad, donde el
foco de atención no son ya “las sinagogas o las calles”, y ni siquiera “la
derecha o la propia izquierda”, sino una Persona que se revela como “Padre” y
se muestra como el fundamento “seguro” que ubica al hombre y le hace hermano de
los demás, atento a sus necesidades y dispuesto a compartir lo que es y lo que
tiene.
Así,
la limosna será siempre “en lo secreto”, aún cuando se realice públicamente,
pues se convierte en “memorial” que proclama la gratuidad infinita de Dios y al
mismo tiempo manifiesta la luz nueva con que el hombre puede contemplarse y
entenderse a sí mismo y salir verdaderamente al encuentro del otro, en igualdad
y libertad, para llevarlo a la experiencia de la recepción de una vida donada.
Consta
de dos fragmentos paralelos (5;6):
|
+ 5Y CUANDO oren,
= NO
sean como
los hipócritas, que
aman en las sinagogas y en las esquinas de las plazas estando de pie orar
PARA
ser vistos por
los HOMBRES; en
verdad les digo: ;
han recibido la recompensa
de ELLOS. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + 6Tú, en
cambio, CUANDO ores, = entra
en la recámara de
ti y
cerrada la puerta de
ti, = ora
al PADRE de ti que está en lo secreto; y
el PADRE de ti que ve en lo secreto ; recompensará a ti. |
Dos
fragmentos constituidos por tres segmentos paralelos: un unimembre, un
trimembre y un bimembre.
Los
unimembres (5a;6a) introducen, con identidad de lexemas, una misma situación
referida primero a una pluralidad de personas y después a una singular (cuando
oren...cuando ores...); ambos son oraciones temporales eventuales.
Los trimembres (5bcd; 6bcd) son introducidos por sendos imperativos. El primero formulado en negativo y con un elemento comparativo (no sean como...), al cual se agrega una proposición completiva y otra final (que aman...para...). El segundo es doble y positivo (entra...ora...), con un desarrollo circunstancial al centro (cerrada...). En el primer caso, en plural, se dice cómo no se debe ser, y en el segundo cómo se debe hacer. Respecto a su constitución global, hay oposición en la disposición de sus miembros, pues el primero tiene una configuración abb’, y el segundo aa’b. Además, hay cierta oposición en el campo semántico al cual pertenecen algunos términos de los primeros miembros: sinagogas y esquinas de las plazas designa el campo de la habitación, de la construcción,