LA NUEVA JUSTICIA. ANÁLISIS
RETÓRICO DE MT 6,1-18
José Martín Méndez Padrón
El
documento de 1993 de la Pontificia Comisión Bíblica, La
interpretación de la Biblia en la Iglesia, señala en su primer capítulo,
algunos «Nuevos métodos de análisis literario», entre los cuales cuenta el «análisis
retórico». Una de las modalidades en que éste se desarrolla es el que
concentra su atención «…sobre los rasgos específicos de la tradición literaria
bíblica», analizando «la estructura literaria de los textos [para] (y) llegar
así a una mejor comprensión de su mensaje»[1].
El
presente trabajo quiere ser un esfuerzo en esta línea, mediante la aplicación
de los distintos pasos de este análisis a un texto determinado en orden a su
interpretación. Se han realizado para ello los cuatro tiempos del
«análisis retórico», según la estructuración que de los mismos ha hecho el P.
Roland Meynet[2].
En
primer lugar, se llevan a cabo cuatro operaciones distintas con el fin de
preparar el texto. Es decir, se analizan los problemas textuales, se
revisan los problemas gramaticales, se tratan las principales cuestiones
lexicográficas, y se llega, finalmente, a una traducción lo más fiel posible,
respetando sus diversas repeticiones y los procedimientos empleados para su configuración.
En
un segundo momento, se pasa al análisis de cada una de las unidades de la
“secuencia” para evidenciar su composición. Para ello se elaboran
“reescrituras” y descripciones que pongan de manifiesto los elementos
utilizados, así como las constantes y las variantes en el uso de los mismos a
lo largo de tales unidades.
El
tercer paso es la atención al contexto bíblico, al marco en el
cual cada unidad ha sido incorporada. Se trata de contemplar el marco
conceptual desde el cual cada unidad toma sentido y al cual cada parte aporta
sus connotaciones peculiares. Para hacer esto, se refieren pasajes
“emparentados” procedentes de la misma “sección” del libro, de la totalidad del
volumen y los demás libros. Los indicadores principales serán las “consonancias”
y “asonancias” tanto en la utilización de los términos, como en el sentido de
los conceptos.
Finalmente
se procede a la interpretación, con un gran respeto a lo que se ha
conseguido hasta ahora. Esta interpretación se realiza con una profunda reflexión
para hacer emerger más claramente el significado. La convicción de fondo que
guía esta labor es doble: la valoración del texto mismo en su estructura real y
concreta, desde una visión sincrónica, y el descubrimiento de la estructura de
composición como “portadora de sentido”, en cuanto que es ya un “mensaje” que
privilegia determinados elementos.
La
“secuencia” analizada –Mt 6,1-18– forma parte del Sermón del Monte, es
decir, del primero de los grandes discursos del primer evangelio. Más aún,
estos dieciocho versículos parecen ser el centro de ese mismo Sermón.
El texto retoma
tres prácticas de justicia aceptadas tradicionalmente en la religión de Israel
–limosna, oración y ayuno–, pero con una “novedad”, pues
agrega un desarrollo nuevo que partiendo de la oración lo transforma todo. Es
la eclosión de la Buena Nueva de Jesucristo, su “enseñanza fundamental”, no
sólo sobre Dios, sino necesariamente también sobre el hombre. Se
trata de la donación del Padre Nuestro, como elemento generador de la
“nueva justicia”.
Además,
parece ser también una “secuencia” que toca muy de cerca, y en diversos
aspectos, la vida íntima de los cristianos en la Iglesia. En realidad, tanto el
Pater como esa tríada de prácticas de justicia, han estado presentes
desde el inicio en la celebración del Nuevo Pueblo de Dios, y ahora se nos
descubre el sentido profundo de las mismas.
Sirva,
pues, el presente análisis como ejemplo en la utilización del método de
análisis retórico.
1.1. Composición.
Fragmento
a seis miembros organizado en dos segmentos trimembres paralelos:
|
+ 1Cuiden
[pues] [ustedes] : la justicia
de ustedes NO hacer ante
los HOMBRES ; para
ser admirados por ELLOS; ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + de otra
manera : recompensa
NO tendrán (ustedes) ante el PADRE de ustedes ; que (está) en los CIELOS. |
Son
dos segmentos trimembres paralelos del tipo abb’.
El
primer trimembre, en general, es un imperativo que manda no hacer la
justicia según determinados criterios; la justicia de ustedes es el
objeto que aparece al centro; se reprueban dos circunstancias.
El
segundo trimembre, por su parte, retoma el imperativo inicial con una
construcción condicional, y anuncia la recompensa del Padre, misma que
ocupa el centro de este segundo trimembre. Así, mientras el primer trimembre
manda lo que no se debe hacer (no…hacer), el segundo
anuncia lo que corresponderá a una vivencia fallida (no tendrán…).
Los
miembros centrales presentan morfemas comunes (emprosten,
para),
que en castellano se pueden traducir de la misma manera (ante); además
sus términos finales son opuestos (los hombres - el Padre), y son
retomados por los últimos miembros mediante pronombre y con una expresión
típicamente hebrea para referirse a Dios (por ellos - en los Cielos).
El
tema de la Justicia es característico de Mt[3] y forma parte del
entramado en que se manifiesta el espíritu del evangelio; es una categoría que
pertenece al corazón de la Buena Nueva y la envuelve con todas sus
implicaciones.
El
término aparece varias veces en el mismo Sermón del Monte. En 5,6.10 es
vista como la causa de un constante y ardiente anhelo, y el motivo por el cual
los hombres serán bienaventurados.
Más
adelante, en 5,20, se pasa a la enunciación de un principio fundamental que
exige a los discípulos una “justicia mayor” y pone en marcha el criterio para
las controversias con escribas y fariseos, mismas que se prolongarán hasta el
final del evangelio.
La
nueva manera de concebir y vivir la “justicia” se presenta entonces como uno de
los pilares de la economía nueva inaugurada por Jesús de Nazaret; nos
encontramos frente a una nota esencial del Reino y una categoría que relativiza
todo (6,33).
A
lo largo del evangelio se desarrolla la esencia de esta “nueva justicia”,
superior a la de los escribas y fariseos. Mateo ofrece diferentes acercamientos
a esta realidad.
En
general, es vista, ante todo, como el cumplimiento, en Jesús de Nazaret, de
toda justicia (3,15), es decir, de la salvación en el Mesías esperado (16,16;
17,5), de la irrupción del Reino de los Cielos que exige la conversión (4,17).
Las obras de Jesús, su predicación (4,23), sus milagros (8,1ss; 9,1.18-34;
20,31-34; etc.), la llamada y la institución de los apóstoles (9,9), así como
su muerte en cruz y su resurrección, instauran definitivamente esta nueva
economía que incluye la remisión de los pecados (9,2.4.6; 18,23ss) y la
resurrección de los muertos ( 22,23ss; 25,31ss).
La
participación del hombre en esta “justicia” se cifra, en primer lugar por la
conversión (4,17; 3,2), por la apertura y recepción del “enviado” (11,16ss;
23,37s), por el arrepentimiento. No se trata, pues, de una autojustificación,
o de un logro de iniciativa humana; tampoco es producto de la verificación
sociológica de un hecho realizado entre los hombres. Ser justos consiste, más
bien, en el cambio de mentalidad para vivir en la novedad de las cláusulas del
Reino (5,1-12), llevando a cumplimiento la Ley y los Profetas (5,17ss); esta
“justicia” se verifica, concretamente, en hacer la voluntad del Padre (7,21;
12,50; 21,28ss), en estar atentos (24,36ss), esperando la llegada del novio
(25,1ss), y haciendo multiplicar, al mismo tiempo, los talentos que el rey ha
dejado a sus siervos hasta su regreso (25,14ss). No se trata, pues, de una
serie de prácticas que justifiquen automáticamente frente al Altísimo,
prescindiendo de la apertura y la correspondencia a su amor, sino de una
profunda apertura al don y de la recepción de la salvación traída por Jesús.
La
Recompensa, como se ha visto, ocupa el centro del segundo trimembre; se trata
de una temática también preferida para el primer evangelista[4].
Dentro
del Sermón del Monte este término es introducido en 5,12, donde «la
recompensa…grande en los cielos» aparece como una promesa o un anuncio que
confirma la bienaventuranza de quienes son perseguidos a causa de Jesús; su
anuncio no es solamente el motivo de una gran alegría y de un profundo
regocijo, antes que nada es la promesa que asegura la bienaventuranza final. El
momento presente del discípulo es iluminado, de esta forma, por una luz
proyectada desde una dimensión futura, pero confirmada también por la vivencia
pasada de «…los profetas anteriores… a ustedes», es decir, por una categoría
que abarca el presente, el pasado y el futuro.
En
5,46 la recompensa figura en la última de las antítesis que presentan la “justicia
mayor” de los discípulos; allí aparece como la motivación que lleva a la
vivencia concreta de este rasgo tan peculiar del cristianismo: el «…amor a los
enemigos…, para ser hijos del Padre Celestial…».
Si
ya la Ley Mosaica anteponía la solidaridad a la sed de venganza en la relación
con los “enemigos” (Ex 23,4s; Lv 19,18), el evangelio justifica y exige una
“solidaridad” aún mayor que, con la revelación de Dios como “Padre Celestial”,
adquiere, más bien los rasgos de una fraternidad universal, para ser
verdaderamente «…hijos del Padre Celestial que hace salir su sol sobre malos y
buenos, y llover sobre justos e injustos…».
En
la presente secuencia, en cambio, la promesa de la recompensa del Padre va
unida más bien a entidades negativas. Así, en 6,1 toma la figura de amenaza
para quienes no guardan el imperativo enunciado; en las apariciones sucesivas
(6,2.5.16), con excepción de su contraparte positiva en 6,4.6.18, implica una
realidad a fin de cuentas ya terminada, superada, desaparecida, reducida al pasado
y limitada al campo simplemente humano. Sirve, de alguna manera, para apremiar
al auditorio, también con una modalidad negativa, a comprender y entrar en la
dinámica de esta “nueva justicia”.
Una
expresión como esta: «...ante el Padre de ustedes que está en los cielos...»
remite al ámbito y al objeto de la recompensa.
La
llamada de Jesús ciertamente es exigente (16,24-26) y pide renunciar a todo
(19,21) y a todos para seguirlo
(10,37-39; 12,49), aunque, por otro lado, también anuncia una gran recompensa
(19,27-29). Para Mateo el ámbito de ésta parece ser solamente el futuro;[5] para el presente
corresponderían más bien las persecuciones y tribulaciones (7,15; 10,16ss;
24,9-14). Sin embargo en la recompensa presente y futuro convergen
armoniosamente, pues la posesión del “Reino de los Cielos” es objeto, ya al
presente, de la bienaventuranza de los perseguidos por causa de la justicia
(5,10).
Esta
recompensa, además, no corresponderá nunca a mérito humano alguno, como
respuesta obligada ante una serie de acciones meritorias o de prácticas que
justifiquen ante Dios, será siempre un don absoluto del Padre –la introducción,
precisamente, a este nuevo ámbito que renueva todo, el don de una vida nueva
donde todo, visto desde el Padre celestial, adquiere otro sentido, el “salario”
del patrón bueno que da generosamente el mismo jornal a todos sus obreros
(20,1-16), el festín de bodas abierto a todo tipo de comensales (22,10)–; esta
participación en el Reino, exigirá ciertamente una disposición por parte del
hombre, una receptividad activa, personificada en la humildad de los pobres de
espíritu (5,3) y de los que se hacen como niños (18,3-4; 19,24).
La
impartición de la justicia y, en primer lugar, la concepción de la misma y su
vivencia, ha sido siempre una cuestión importante en toda antropología y en
toda sociedad; es, de alguna manera, el principio que determina la visión del
hombre y de sus relaciones.
La
“justicia de ustedes” a la luz de Cristo, se presenta como una realidad que no
es producto de la simple verificación de los hombres, pues no pertenece, en
definitiva, al dominio humano. Es una “justicia nueva”, cuya razón de ser no
depende de un hacer ante los demás, o del juicio o la admiración
de ellos.
La
“justicia de ustedes” y la “recompensa del Padre” surgen entonces como dos
categorías íntimamente ligadas e interdependientes.
El
anuncio de Jesús no es, por tanto, una nueva “teoría”, compuesta simplemente
por otros criterios de retribución; se presenta, ante todo, como la apertura a
Alguien, quien ya desde ahora es llamado Padre de ustedes.
Desde
la revelación divina de Dios como Padre la existencia del cristiano no
puede desarrollarse más como una existencia simplemente ante los
hombres, su proyección va más allá y alcanza verdaderamente la esfera de lo
divino, y desde allí se revierte a toda la realidad tomando todo desde una
perspectiva nueva donde cada persona y cada cosa tiene su propio sitio.
Es
una unidad formada por dos fragmentos paralelos (2; 3-4):
|
+ 2Por eso, cuando hagas LIMOSNA, = NO
suenes la trompeta delante de ti como los hipócritas hacen en las sinagogas y en
las calles
: PARA
ser admirados por
los HOMBRES; en verdad les digo: ;
han recibido la
recompensa de ELLOS. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + 3Tú, en cambio, haciendo LIMOSNA, = NO
sepa la izquierda de ti, lo que hace
la derecha de ti, : 4PARA
que quede de ti la LIMOSNA en lo secreto, y
el PADRE de ti que ve en lo secreto ; recompensará
a ti. |
Dos
fragmentos con tres segmentos paralelos: un unimembre, un trimembre y un
bimembre.
Los
unimembres (2a; 3a) se corresponden claramente; ambos introducen una
determinada situación, aunque con distinta modalidad sintáctica; utilizan,
además, lexemas idénticos (...haciendo limosna...).
Los
trimembres (2bcd; 3bc4a) presentan cierta oposición en la disposición de sus
miembros (abb’ para el primero; aa’b para el segundo); ambos
introducen un imperativo negativo (no suenes...no sepa...), y lo
desarrollan de distinta manera en cada caso: con una comparativa y una final en
el primero (como...para...), con una relativa y otra final para el
segundo (lo que...para); un morfema idéntico introduce las finales (para...).
El primer trimembre muestra cómo no se debe hacer, en la eventualidad de
realizar limosna; el segundo indica la manera de proceder en la
contemporaneidad de la acción.
Los
bimembres (2ef; 4bc), por último, reseñan, cada uno a su manera, una afirmación
categórica; utilizan términos del mismo campo semántico (recompensa,
recompensará); hay oposición temporal en la modalidad verbal (pasado -
futuro) y en el agente de las acciones (los hombres; el Padre de ti),
así como en los destinatarios (los hipócritas; tú). Mientras el
primer fragmento muestra el carácter perfectivo de una acción pasada,
terminada, acabada, el segundo anuncia la recompensa futura del Padre.
Se
anuncia, pues, una verdadera recompensa a una verdadera limosna.
La
idea de la limosna que aquí subyace tiene paralelos claros en el AT,
especialmente en pasajes tardíos[6]. Destaca
particularmente como objeto de un párrafo en la recomendación de Tobit a su
hijo (Tb 4,7-11);[7] es sintomática la
utilización de términos del mismo campo semántico de la visión.[8] Con todo, la
limosna es vista, a fin de cuentas, como un “don valioso” (dwron
agaqon)
(v. 11) realizado «…en la presencia del Altísimo», casi como un sacrificio.
La
realidad de la limosna es justificada desde este horizonte, sin dislocarla del
conjunto total del mundo relacional del cristiano. Por eso, aunque el término elehmosunh no aparece
más en el Sermón, ni en el resto del primer evangelio, dos referencias
aluden directamente a ella. Se encuentra como parte del fragmento que indica
las actitudes de la “nueva justicia” en relación con los demás, que manda dar a
quien pide (5,42), y queda justificada como un hecho posible al dar su lugar a
Dios y al Dinero en la vida del cristiano (6,24).
Nm
10,1-10 dibuja el cuadro de la vida del pueblo en el desierto guiado por Dios
mediante las trompetas; fueron hechas por voluntad divina y marcaban el ritmo
del caminar; se usaban no solamente para indicar la puesta en marcha, o para
dar instrucciones guerreras, sino, ante todo, para convocar a la comunidad en
torno a la Tienda del Encuentro, y para llamar la atención de Dios en los
holocaustos y sacrificios (v. 10).
Por
otro lado, dentro de este uso litúrgico de las trompetas, es probable la
existencia de cierta costumbre que las hacía sonar en el momento de la donación
de grandes cantidades como limosna con el fin, entre otros, de llamar la
atención de los presentes y motivar
gestos semejantes, y, asimismo, para recordar a Dios como benefactor[9].
La
reprobación de que es objeto esta acción en Mt, aparentemente extraña y que no
se reduce solamente al ámbito religioso, evoca, más bien, el oráculo con que el
Profeta de Técoa reprocha y acusa la perversión de Israel (Am 4,5), pues,
siendo el Pueblo escogido por el Señor para que le rindiera un culto auténtico,
ha trastocado la alabanza del Señor haciendo del “sacrificio de comunión” (Lv
7,11) una práctica vacía, desvinculada del compromiso por seguir verdaderamente
la Ley de Dios, buscando solamente la satisfacción propia, precisamente al
interno de las prescripciones mosaicas, es decir, no solamente desvinculan el
servicio cultual de todo compromiso serio de adhesión a la Ley divina y de
justicia social, sino que pretenden subordinarlo a los propios intereses,
granjeándose la admiración social.
Se
había visto que upokritai es una terminología preferida por el
primer evangelista, y que se aplica a diversos personajes. En el Sermón del
Monte nunca aparecen identificados claramente, y aparecen más bien como la
contrapartida del discípulo. Su rasgo común parece ser la falta de coherencia
entre apariencia y realidad, entre interioridad y exterioridad, la cerrazón a
la “Justicia” divina que transforma todo desde dentro y a la llegada del Reino
mediante el arrepentimiento como requisito indispensable para acogerlo.
“Lo
secreto…” aparece continuamente en la Escritura como el ámbito exclusivo de
Dios, la dimensión propiamente divina que, además, lo invade todo desde dentro
y lo domina plenamente. Es una expresión utilizada para afirmar la absoluta
trascendencia divina (Job 11,7; Sb 1,7-8; Si 42,19; 43,27), pero también el
escenario del encuentro con “los secretos del hombre” (Sal 44,22; 139,2; Si
42,18), lo que le revela aquello que auténticamente es, su profunda verdad (Mt
23,28).Por eso, si ya la literatura rabínica insistía en la necesidad de
discreción en las prácticas de piedad.[10]
No
se descarta la práctica exterior. El mismo evangelio insiste en la
inconveniencia e imposibilidad de esconder l as buenas obras (5, 14-16), en la
improcedencia de sepultar los talentos recibidos (25,18) y en la necesidad de
una adhesión clara y abierta a Jesús frente a los demás (10, 32s). Se trata,
más bien, de una realización que se presenta como fruto y manifestación de ese
diálogo “en lo secreto…”.
En
la “lógica” de la Buena Nueva no se trata de llamar la atención, de hacer “ver”
(u oír) a los demás o a sí mismo lo que se hace (o se dice). La Buena Nueva
impele, pues, a entrar en una nueva dimensión, en una nueva realidad, donde el
foco de atención no son ya “las sinagogas o las calles”, y ni siquiera “la
derecha o la propia izquierda”, sino una Persona que se revela como “Padre” y
se muestra como el fundamento “seguro” que ubica al hombre y le hace hermano de
los demás, atento a sus necesidades y dispuesto a compartir lo que es y lo que
tiene.
Así,
la limosna será siempre “en lo secreto”, aún cuando se realice públicamente,
pues se convierte en “memorial” que proclama la gratuidad infinita de Dios y al
mismo tiempo manifiesta la luz nueva con que el hombre puede contemplarse y
entenderse a sí mismo y salir verdaderamente al encuentro del otro, en igualdad
y libertad, para llevarlo a la experiencia de la recepción de una vida donada.
Consta
de dos fragmentos paralelos (5;6):
|
+ 5Y CUANDO oren,
= NO
sean como
los hipócritas, que
aman en las sinagogas y en las esquinas de las plazas estando de pie orar
PARA
ser vistos por
los HOMBRES; en
verdad les digo: ;
han recibido la recompensa
de ELLOS. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + 6Tú, en
cambio, CUANDO ores, = entra
en la recámara de
ti y
cerrada la puerta de
ti, = ora
al PADRE de ti que está en lo secreto; y
el PADRE de ti que ve en lo secreto ; recompensará a ti. |
Dos
fragmentos constituidos por tres segmentos paralelos: un unimembre, un
trimembre y un bimembre.
Los
unimembres (5a;6a) introducen, con identidad de lexemas, una misma situación
referida primero a una pluralidad de personas y después a una singular (cuando
oren...cuando ores...); ambos son oraciones temporales eventuales.
Los
trimembres (5bcd; 6bcd) son introducidos por sendos imperativos. El primero
formulado en negativo y con un elemento comparativo (no sean como...),
al cual se agrega una proposición completiva y otra final (que aman...para...).
El segundo es doble y positivo (entra...ora...), con un desarrollo
circunstancial al centro (cerrada...). En el primer caso, en plural, se
dice cómo no se debe ser, y en el segundo cómo se debe hacer.
Respecto a su constitución global, hay oposición en la disposición de sus
miembros, pues el primero tiene una configuración abb’, y el segundo aa’b.
Además, hay cierta oposición en el campo semántico al cual pertenecen algunos
términos de los primeros miembros: sinagogas y esquinas de las plazas
designa el campo de la habitación, de la construcción, aunque en un contexto
más bien público, mientras que en el segundo trimembre se habla de recámara
y puerta, que también pertenecen al campo de la habitación y de la
construcción, pero en un ámbito más bien familiar; éstos últimos, asimismo, son
complementarios, pues mientras el primero indica lo íntimo del hogar, el
segundo señala más bien lo que pone en contacto con el exterior, lo que marca
el paso de la interioridad a la exterioridad. El ser y el hacer
de los hipócritas se enmarca, pues, en un ámbito meramente
exterior, público, mientras que la oración del discípulo es interior, pero
trasciende ese marco para pasar “de la interioridad a la exterioridad”.
Los
bimembres (5ef; 6ef), en fin, son afirmaciones fuertes, con términos que pueden
ser traducidos de manera semejante. Hay oposición temporal en sus modalidades
verbales, pues la primera tiene un matiz perfectivo (han recibido...) y
la otra está más bien en futuro (recompensará...). Sus sujetos (ellos...;
el Padre...) y destinatarios (los hipócritas..., tú...)
también son distintos.
Un
lexema, orar, se repite cuatro veces (5ac,6ad) con distinta modalidad.
Es la temática de la unidad. El primer fragmento muestra la práctica de oración
de los hipócritas (en infinitivo), y el segundo manda a los cristianos la
manera nueva de vivir la oración (en imperativo).
Es
importante notar que solamente en el segundo caso (6d) orar tiene un
destinatario bien definido, el Padre de ti. Se subraya de esta manera el
aspecto esencialmente relacional de la oración cristiana vista como encuentro
interpersonal y vivido en el ámbito del amor, de la “familiaridad”. En
definitiva, se trata de una acción entre dos sujetos capaces de relación (tú;
el Padre de ti); es decir, se habla de verdadera oración, la única que será
recompensada por el Padre.
Las
frases que inician los fragmentos: «cuando oren... cuando ores...» hacen
suponer una práctica de la oración a la cual el mensaje evangélico viene a dar
un determinado matiz y una inusitada novedad.
El
contexto imprescindible es la centralidad de la persona de Jesús y su vivencia
propia de oración reflejada en los evangelios. De hecho uno de los rasgos
característicos de los evangelistas, especialmente de Lc, es mostrar a Jesús en
una oración constante, con una vida verdaderamente “marcada” por la oración a
su Padre[11]. Desde el ejemplo
imparte su enseñanza, y ahora muestra los parámetros de la oración cristiana.
Mt
6,5, por su parte, muestra ante todo una acción plural, que deja entrever una
práctica más bien comunitaria. Se trata ciertamente de una alusión al auditorio
del Sermón, pero evoca, al mismo tiempo, una convicción profundamente
arraigada en la conciencia del Pueblo. Es la posibilidad misma de orar,
precisamente porque se es Pueblo de Dios, receptor del pacto divino por el cual
YHWH es el Dios de Israel, y éste, su Pueblo escogido (Ex 19,4-6). Esto se
realiza de manera especial en esta nueva muchedumbre (Mt 5,1) llamada a ser
Pueblo (16,18; 21,23.33ss), el nuevo Pueblo de Dios convocado por Jesús.
Pero
la oración es, a fin de cuentas, una vivencia personal, como el texto subraya
seguidamente (6,6). Una de las escenas que mejor ilustran este sentido
interpersonal de la oración es Ex 33,11, que ayuda a comprender lo que
significa la oración en la profundidad e intimidad de la relación con Dios. Se
trata, básicamente, de una relación, de un diálogo vivido en la amistad, en la
confianza del hijo frente a su Padre (Mt 7,11). Es un don mutuo, una donación
completa vivida en la gratuidad. Esta es también la esencia de la vivencia de
Jesús que lo ha llevado a exultar de gozo ante su Padre (11,25-27).
El
dato ofrecido por Mt hace pensar en una práctica de oración ligada a
determinados tiempos, espacios y posturas[12].
Mt
6,5 en realidad no reprueba simplemente esta práctica ligada a tales
perspectivas. El evangelio no prohíbe la oración en público o en esos lugares y
momentos tradicionalmente aceptados.
Se
trata, más bien, de una purificación de la oración, una defensa de la misma
ante su instrumentalización en ambientes públicos (sinagogas y esquinas de
las plazas) con intenciones torcidas, que la reducen al campo simplemente
humano, desligándola de su carácter de encuentro personal con Dios y
transformándola en una mera formalidad o cumplimiento vacío, sin ninguna
resonancia interna profunda (la recámara, la puerta).
Por
eso Mt insiste en ciertas condiciones para vivir una auténtica oración, la
primera de las cuales será la fe (21,22; 17,20), asimismo la adhesión a la
voluntad del Padre (7,21; 11,25-27; 26,42.44) y la auténtica apertura a los
demás. Vivida de esta manera, su realización concreta deberá ser tejida desde
la sencillez y la discreción, con toda “naturalidad” (6,7).
El
tema de la “oración” aparece unido indisolublemente al “Padre” a lo largo del Sermón
del Monte. Esta relación es evidente de manera especial en esta secuencia,
donde se indica claramente el destinatario de la oración: el Padre de ti
(6,6), y, sobre todo, al unir a este fragmento otro más desarrollado en torno
al Pater (6,7-15), como se verá en la siguiente unidad.
Otros
textos en el mismo Sermón también presentan este vínculo. Así, por
ejemplo, la motivación para la oración por los perseguidores, de 5,44s, es
precisamente llegar a ser hijos del Padre celestial. Asimismo, en 6,8 el
conocimiento y la bondad del Padre son el argumento para dejar la
palabrería en la oración. 6,9 da inicio a la oración invocando precisamente al Padre
nuestro... 6,7-11 asegura la eficacia de la oración porque quien está en
los cielos es Padre, que “da cosas buenas a los que se las pidan”.
Finalmente, el verdadero discípulo, y, se podría decir, la verdadera oración,
no consistirá, según 7,21-23, en “decir”, sino en “hacer” la voluntad del Padre.
Ésta
es, entonces, la primera enseñanza del Sermón del Monte sobre la
oración. Aprender a orar será, por tanto, aprender a ser “hijo” y a ser
“hermano”, es decir, aprender a llamar a
Dios Padre Nuestro…
En
esta unidad el Sermón del Monte muestra que la verdadera oración es
sobre todo “una relación con Dios como Padre”. Mt destaca la cuestión del
diálogo, del encuentro, y no tanto del método. El requisito obvio son las
personas mismas en la verdad de su ser. El paso obligado de la pedagogía
bíblica no es “la técnica”, sino el encuentro interpersonal. Si es cierto que
toda relación interpersonal es vinculante y transformante, la auténtica oración
cristiana lo es de una manera especial.
El evangelio anuncia una recompensa
futura, una recompensa real, pero no para una práctica realizada simplemente
ante los hombres, sino más bien para una relación vivida como encuentro en la
intimidad. El cambio verdadero brota entonces desde la raíz, la savia
transformante procede del interior, de la intimidad, del corazón de la persona,
y sólo entonces podrá renovar plenamente la totalidad.
CUARTA
UNIDAD: USTEDES OREN ASÍ... (Mt
6,7-15)
|
7Orando,
no balbuceen COMO los paganos, PORQUE creen que
por la habladuría de
ellos serán
escuchados. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ 8No
sean, pues, SEMEJANTES a ellos, PORQUE sabe el
PADRE de ustedes de
lo que necesidad tienen antes
de que ustedes pidan a
Él. |
|
9De esta manera,
pues, oren ustedes:
____________________________________________________________ PADRE
NUESTRO que
(estás) en los cielos, ---------------------------------------------------------------------------------------- sea santificado el nombre de ti; 10 venga el reino de ti; hágase la voluntad de ti COMO en el cielo,
TAMBIÉN sobre la tierra; 11el
pan de nosotros de cada día da a
nosotros hoy; 12Y
perdona a
nosotros las deudas de nosotros COMO
TAMBIÉN nosotros perdonamos
a los deudores de nosotros, 13Y no
introduzcas a nosotros en tentación, sino
libra a
nosotros del mal. |
|
14PORQUE si
perdonan a los hombres los pecados de ellos, perdonará
TAMBIÉN a ustedes EL PADRE de ustedes
celeste; 15pero si no perdonan a los hombres (los pecados de
ellos), TAMPOCO
EL PADRE de ustedes perdonará
los pecados de ustedes. |
La
primera parte (7-8) está formada por dos fragmentos paralelos cada uno con un
segmento unimembre y un trimembre. Los unimembres son imperativos negativos
dirigidos a una segunda persona plural; el primero aparece desarrollado con un
elemento comparativo («como…los paganos»), que es retomado en el
unimembre del segundo mediante pronombre («…semejantes a ellos»);
además, el verbo utilizado en el segundo (“ser semejante”) evoca el
término de comparación del primero (“como”). Los trimembres, por su
parte, inician con un morfema idéntico (“porque…”), que introduce sendas
proposiciones explicativas; posteriormente son desarrollados con una
explicativa de distinto tipo en cada uno, y con oposición de sujetos (“los
paganos - el Padre de ustedes”).
La
parte central (9-13) está configurada por una subparte que sirve de
introducción (9a), y por dos fragmentos. El primer fragmento (9b) es un
segmento unimembre que introduce en vocativo un elemento nuevo en toda esta
parte («Padre nuestro…»). El segundo (9c-13b), está construido a nueve
miembros: cuatro segmentos bimembres (9c10a; 10bc; 12ab; 13ab) y un unimembre
(11). Los segmentos bimembres están organizados concéntricamente en torno al
unimembre, aunque formando también dos conjuntos distintos antes
(9c10abc) y después (12ab, 13ab) del mismo. Los tres primeros miembros
(9c10ab), presentan, una estructura idéntica, mientras que los dos últimos
bimembres (12ab; 13ab) aparecen vinculados mediante conjunción (“y...”).
Los bimembres inmediatos al unimembre central (10bc;12ab), presentan un
desarrollo comparativo con identidad de morfemas («como…», «…también»).
La
tercera parte (14-15) es un fragmento formado por dos segmentos bimembres cuyos
miembros iniciales son idénticos, aunque con una distinta valencia. Una
conjunción adversativa («pero...») vincula los dos bimembres. Toda esta
parte se une a la anterior mediante un morfema declarativo o explicativo (“porque…”).
Las
dos primeras partes (7-8; 9-13) aparecen vinculadas ante todo por la presencia
de un lexema idéntico, orar, colocado al principio de cada una (7a; 9a);
la primera muestra de manera plástica cómo no debe hacerse la oración, mientras
que la segunda introduce el paradigma de la oración cristiana. No sólo se pasa
de lo negativo, a lo positivo, se llega más bien a su realización concreta, “se
enseña a orar orando”.
También
se repite el lexema Padre, unido, en ambos casos, a un pronombre
personal («…de ustedes; …nuestro») (8b; 9b). Aquí también hay un paso
“de la innovación, a la invocación, de la indicación a la realización”. Se
estrena la grandiosa novedad de llamar a Dios Padre Nuestro.
El
verbo perdonar aparece en las dos últimas partes (12ab;14ab15ab); más
aún, toda la tercera parte es como un desarrollo explicativo de la petición
formulada en la segunda (12). Entrar en el ámbito de la verdadera oración
supone y exige haber entrado en el ámbito del perdón a los demás. La forma en
aoristo (perdonamos) con su connotación puntual, así lo subraya. La
novedad de ser “hijos” implica no sólo la filiación, sino también la
fraternidad. Se es hijo en la medida en que se es “hermano”.
Un
elemento común a todo el conjunto es el “Padre” (8b; 9b;
14b; 15b), unido siempre a un pronombre personal (“…de ustedes”; “…nuestro»).
En cada unidad, además, aparece unido a la temática propia: en la primera, en
efecto, es sujeto de conocimiento y destinatario de la oración; en la
tercera es sujeto que da el perdón y que posibilita el perdón a los
demás; en la central es a quien se dirige la oración. Se trata, en realidad,
del elemento “unificador” de esta unidad, la columna vertebral en la
cual se inserta todo.
Tradicionalmente
se ha dividido el Pater en dos secciones, una primera conjuntando las
tres primeras “peticiones” en torno al “Padre” (“…de ti”), y la segunda
abrazando el resto, incluyendo la petición del pan, que hace más bien relación
al hombre (“…a nosotros”). Desde el texto figuran dos partes, pero
organizadas concéntricamente en torno al segmento unimembre (11) que figura
como punto de unión y convergencia de ambas realidades.
El
término pathr es uno de los más frecuentes en el NT;[13] en Mt se aplica a
Dios a partir del Sermón del Monte (5,16), donde aparece 17x y siempre
aplicado a Dios. Algunos autores han visto en este término la clave para
estructurar «la sección central [Mt 6,1-18] del Sermón del Monte».[14] De hecho juega un
papel importante en toda esta secuencia.
La novena ocasión en que figura en el Sermón, “la central”, es precisamente en
la invocación que sirve de título a la así llamada “Oración Dominical”, el Padre
Nuestro.
A
lo largo del primer grande discurso de Mt este término aparece relacionado con
un reducido pero constante grupo de términos que se repiten en todo el
evangelio;
No
se trata de una “definición” de Dios, sino de una descripción; no es un
concepto abstracto, ni la descripción de una “esencia”, sino un “Ser en
relación”, más aún, Dios toma la figura tan familiar que refiere la fuente de
la vida, el punto de origen de la existencia de un ser. En Él esta dimensión
presenta los rasgos de una gratuidad radical, como fuente absoluta de la vida
en el amor.
El
Padre Nuestro se encuentra en la Escritura en dos versiones, la segunda
la ofrece Lc en 11,2b-4. Las diferencias entre ambas son fundamentalmente la
extensión (Lc reporta sólo cinco “peticiones”; Mt siete, con todo lo que este
número significa) y la ausencia de algunos términos (en Lc falta “…que estás en
los cielos”), así como la preferencia por ciertas modalidades verbales y
morfemas que dan al conjunto un determinado matiz.
El
contexto inmediato en que se inserta cada versión también es distinto. Para Mt
es el Sermón del Monte, relativamente al inicio del evangelio; en Lc no
es parte del Sermón de la Llanura, como podría esperarse, sino que se
ubica en la segunda parte del camino a Jerusalén; con todo, ambos contextos
presentan una atmósfera común en torno a la oración, aunque con distintas
connotaciones; en efecto, en Lc (11,2a) Jesús responde a una pregunta de los
discípulos y les muestra lo que deben decir al orar, es decir les enseña a orar,
mientras que en Mt se retoma una serie de prácticas donde se hacía residir la
justicia y se corrige su orientación, pero, además, se introduce lo que será el
centro de la Buena Nueva, la posibilidad de llamar a Dios Padre, y la
exigencia de llamar a los demás hermanos.
Por
otro lado, es claro que el Pater es una unidad literariamente bien
definida que se puede citar, e incluso contabilizar en sus diversos elementos.
Habrá que contar, además, con el extenso uso litúrgico que se hizo del mismo
desde el principio[15].
Las
categorías desde las cuales el Pater ha sido formulado, las diversas
“peticiones”, son eminentemente “bíblicas”, y se podría decir que forman un
concentrado de los principales conceptos desde los cuales la Buena Nueva de
salvación se formula y llega al hombre.
La
segunda petición, por ejemplo, urge la llegada del “Reino”; esta categoría es
muy frecuente en el primer evangelio;[16] en el Sermón
del Monte aparece como marco englobante de atribución para quienes viven
según las bienaventuranzas, al inicio y al final de su enumeración (5,3.10); es
la dimensión prioritaria a cuya justicia habrá que subordinar todo (6,33), de
manera especial las opciones concretas de cada día (5,19.21), para vivir en la
“justicia mayor” que es necesaria para entrar en el mismo (5,20).
La
tercera petición introduce en esa dinámica de una manera más clara al mostrar
que la auténtica oración no enajena de la existencia diaria, sino que la
transforma directamente. El cuadro que se dibuja en el Huerto de los Olivos
(26,39.42) es el ejemplo concreto e insuperable de la auténtica oración
“cristiana”, que al tiempo que se torna alabanza al Padre, es, al mismo tiempo,
súplica y adhesión a la realización de su plan de salvación en el mundo.
La
súplica del pan «de cada día…hoy» envía a las dos escenas de multiplicación de
los panes (14,15-21; 15,32-39), donde Jesús sacia el hambre de las multitudes.
Envía también a las tentaciones en el desierto, la primera de las cuales gira
en torno precisamente al pan (4,3-4), con todo el trasfondo del pueblo de
Israel guiado y alimentado por su Dios. Pero evoca, sobre todo, la institución
de la Eucaristía (26,26), donde los discípulos reciben el “pan” que ahora Jesús
les ofrece antes de padecer.
El término epiusion ha
recibido varias interpretaciones,[17] y es importante su
vinculación con shmeron, como dimensiones temporales englobantes
(«…de cada día… hoy») por las cuales la “escatología” es alcanzada por el
presente del orante.
El
pecado es una realidad nefasta y negativa que aparece desde el inicio en el
escenario bíblico, en el exordio de la historia de la humanidad, y que
acompañará todo el devenir del mundo.
Ciertamente
el Sermón del Monte no hace referencia explícita, además de la presente,
a esta realidad; su tonalidad es más bien positiva.
En
el resto del evangelio sí se alude constantemente a la temática del pecado.
Desde el principio, como su nombre lo indica, Jesús es presentado como aquél
que «salvará a su pueblo de sus pecados» (1,21). Más adelante, durante su vida
pública, su poder para perdonar los pecados es una nota distintiva suya que
muestra mediante el poder de hacer milagros (9,4-8). En su relación con los
demás se le nota una cercanía particular con publicanos y pecadores, y come con
ellos, pues «…no son los fuertes quienes necesitan el médico» (9,10-14). Él es
quien ha venido a buscar la oveja perdida (18,12). En uno de los momentos más
solemnes indicará que su sangre es derramada «…para el perdón de los pecados»
(26,28). Al final se sentará en su trono de gloria para juzgar (25,31).
Los
discípulos, enfrentados a esta realidad en su relación comunitaria, son
llamados a la corrección fraterna (18,15-17) y a perdonar las ofensas «…hasta
setenta veces siete» (18,21-23). Por lo demás, la parábola del siervo que no se
compadece de su compañero (18,23-35) es utilizada para introducir en esta
dinámica. Efectivamente, hay varios puntos de contacto entre la parábola y este
fragmento del Sermón del Monte, pues tal como el señor ha
hecho con el siervo que le suplicó, así debería de haber hecho éste con
su compañero que también se lo suplicó. El modelo para el perdón a los
compañeros ya está presente, es el perdón del “señor” a ambos. Al solicitar para
sí mismo el perdón del Padre en la oración, el cristiano no podrá
prescindir de esta dimensión que lo iguala ante sus “compañeros”.
Este
fragmento del Sermón del Monte, el corazón del mismo para algunos, se
presenta muy rico de contenido. Ante todo, es la primera ocasión en el
evangelio en la cual Jesús aparece orando junto a sus discípulos. En esta
oración, asimismo, tenemos la sublime revelación que se ha hecho a los hombres:
la manifestación de Dios como Padre. Esta revelación es contemporánea a
la oración, la cual toma de este hecho su naturaleza más profunda.
Por
eso no basta el balbuceo, o la cascada de palabras en la habladuría de los
paganos. La oración no es algo “vacío de contenido”, sino una realidad
“esencialmente relacional y reveladora”. El parangón para la oración verdadera
no es, obviamente, su realización como hacen los paganos, sino según el así
demostrativo con el que Jesús introduce en la novedad de su oración al Padre.
Se trata, fundamentalmente, de compartir “una vivencia”, más aún, la
introducción en un misterio impenetrable.
La
serie de “peticiones”, con su división en dos “secciones”, hace pensar en
distintas dimensiones de la existencia, una correspondiente a la esfera divina,
y otra al ámbito humano. Sin embargo, como se ha visto, el Pater las
vincula en una totalidad que respetando los distintos ámbitos, los engloba en
una verdadera unidad. Si se habla de dos dimensiones o “secciones” éstas no
existen por separado, sino esencialmente vinculadas. Su organización
concéntrica nos dibuja una perfecta menorah
en la que el centro es el pan que hace referencia al Padre de quien lo
recibimos.
La
íntima vinculación de la oración del Padre Nuestro con el perdón de los
pecados de los hombres, es más, su “prolongación” en ella, subraya claramente
la indisolubilidad de estas dos dimensiones que encarna la oración del
cristiano: la relación con Dios y la relación con los demás.
Se
trata de una unidad constituida de dos fragmentos (16; 17-18):
|
+ 16CUANDO ayunen, = NO
sean como LOS
HIPÓCRITAS ENTRISTECIDOS, pues
desfiguran el rostro de
ELLOS } PARA
ser vistos
por los HOMBRES ayunando; en verdad les digo: ;
han recibido la
recompensa de ELLOS. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------ + 17Tú, en cambio, ayunando, =
úngete de ti la cabeza y el rostro de ti
lávate, } 18PARA
que NO seas visto por
los HOMBRES ayunando,
} sino por
el PADRE de ti que
(está) en lo secreto; y
el PADRE de ti que ve en lo secreto ; recompensará
a ti. |
Los
dos fragmentos presentan elementos paralelos, aunque con diferencias. Ambos
tienen un segmento unimembre al inicio (16a;17a), con un lexema idéntico (...ayunar...).
En
el primer fragmento hay un segmento trimembre (16bcd) introducido por un
imperativo negativo (no sean...), y desarrollado con una proposición
explicativa (como...pues...) y otra final (para...). En el
segundo, el imperativo es objeto de un bimembre (úngete...lávate...)
(17bc); además, es un imperativo positivo y doble que retoma un término de la
explicativa del primer fragmento (rostro) e introduce otro del mismo
campo semántico (cabeza); son términos que refieren la exterioridad del
hombre.
El segundo bimembre
del segundo fragmento (18ab) presenta una doble oración final, la primera en
negativo, que reproduce casi idénticamente, aunque con valencia opuesta, la
final del primer fragmento (para que no...), y la segunda en positivo (sino...),
introduciendo un lexema opuesto (...el Padre de ti).
Los
bimembres finales de ambos fragmentos (16ef; 18cd) presentan el mismo caso de
las unidades anteriores, con la contraposición temporal de sus modalidades
verbales, así como de sus sujetos y destinatarios.
El
verbo ayunar se repite cuatro veces (16ad,17a,18a). En el primer
fragmento se indican las condiciones en que esta acción no debe ser realizada.
En el segundo, se ilustra abundantemente la manera de vivirlo.
Se puede decir,
entonces, que el ayuno en realidad no es objeto de la “visión” de los hombres,
como una entidad perteneciente a la esfera de la simple exterioridad. Se presenta,
más bien, como una vivencia interior, secreta, una experiencia vivida a ese
nivel consigo mismo, y para ser vista por quien está en lo secreto. Sin
embargo, desde esa interioridad vivida profundamente, transforma la
exterioridad y la totalidad del ser humano.
En
la Escritura se mencionan claramente dos clases de ayuno. Unos eran
“oficiales”, entre los cuales está preferentemente el Día de la Expiación
(Lv 16,29; 23,27; Nm 29,7), así como otros días de luto nacional, a raíz del
exilio (Zc 7,3.5; 8,19), y otros más bien personales o familiares, motivados
por distintas causas[18].
El
ayuno se presentaba como un signo, un gesto profundo con varios significados.
Era un medio, ante todo, para manifestar el dolor y el arrepentimiento por lo
sucedido y así hacer penitencia por el pecado, y ante la muerte y el castigo
(1S 7,6; 1R 21,12; Jl 1,14; 2,12s; Jon 3,7-9).
Pero sobre todo
surgía como una necesidad imperiosa para preparar el encuentro con Dios, o como
resultado del mismo (Ex 34,28). Por eso Jesús en el evangelio (Mt 9,15)
justifica la ausencia de ayuno en sus discípulos porque estaban con “el novio”.
Desgraciadamente esta perspectiva perdió peso en muchos ambientes y el ayuno se
redujo a una práctica meritoria en sí misma, prescindiendo de la necesaria
apertura y docilidad al Señor (Lc 18,12).
Este
tema no es, aparentemente, una de las cuestiones de primera línea en el NT. La
frecuencia con que aparece no es significativa, ciertamente; de hecho es Mt
quien más alude a esta realidad[19]. En este fragmento
del Sermón del Monte, sin embargo, el ayuno no aparece solo, sino
formando conjunto con las otras dos prácticas de justicia: la limosna y la
oración.
El verdadero
encuentro con Dios, con los demás, y consigo mismo también implica, por tanto,
el ayuno. Este es uno de los pocos textos, si no el único –además de Tb 12,8,
que tampoco lo hace directamente– que vincula estas tres realidades[20]. La perspectiva
relacional del cristiano presenta, así, una apertura que lo abarca todo.
Los
profetas presentan el ayuno y las prácticas de religión, en una amplia
perspectiva que trasciende claramente “el rostro” del hombre, y subraya la
necesidad de una “exterioridad transformada”. Para ellos (Is 58,5-7; Am 5,24;
Jl 1,14; 2,15) el ayuno que Dios quiere se inscribe en la línea de la justicia
en las relaciones con los demás, particularmente con los pobres y postergados.
Al parecer
entienden la justicia no como mera retribución, sino como verdadera
solidaridad, en la línea de la Ley Mosaica (Dt 15,7s.12ss). Éste será, desde la
crítica y el anuncio profético, el nuevo “rostro” del ayuno, la verdadera
exterioridad del seguidor del Señor, porque se trata, en definitiva, de
«desgarrar los corazones y no los vestidos» (Jl 2,13).
El
evangelio se suma a esta perspectiva en la serie de controversias con los
fariseos (Mt 15,1-9; 23,1-7.13-32), reprobando su vaciedad e hipocresía (23,5.23.27-28) que los lleva a colocarse a sí
mismos en el primer puesto sin reconocer la centralidad divina.
Jesús
en el evangelio se presenta como quien ha venido a dar plenitud a la Ley y los
profetas (5,17-18), sin anularlos con vanas tradiciones humanas (15,3). Este
cumplimiento incluye obviamente la realidad del ayuno. No se cancela, pues,
esta práctica, como parte de la vivencia integral del mensaje evangélico, se le
da, más bien, su sentido pleno.
La
esencia del ayuno no radica, por tanto, en la admiración de los demás,
sino en la glorificación del Padre ante una exterioridad así
transfigurada. Este es el “fin” al cual tiende toda la existencia del cristiano
y sus obras concretas.
El
alimento, junto con el vestido, es, ciertamente, una necesidad de primer orden
en la vida del ser humano. En su afán de salvar la propia existencia,
efectivamente, el hombre se siente tentado a asegurarse mediante la acumulación
de una buena reserva alimenticia. El evangelio, y particularmente el Sermón
del Monte, presenta una visión diferente.
Mt
6,25ss se ocupa de la relación vida/alimento-vestido, mostrando que, en
definitiva, aquélla no depende del alimento, ni el cuerpo del vestido, y que es
Dios quien da su alimento a todos los seres, y quien viste todas sus criaturas,
pues, en realidad, Él es el “Señor de la vida”.
La
privación del alimento donado por el Padre, parecería una reacción
contradictoria con quien se lo solicita y lo recibe de él. Sin embargo, se
transforma, más bien en un gesto con el cual se afirma rotundamente que para la
vida no basta simplemente el alimento. Es necesario remontarse directamente al
Dador de la vida, sin quedarse simplemente en sus dones. Es, por tanto, el
medio privilegiado para “ir más allá” y remontarse a la verdadera fuente de la
vida.
Esta
experiencia, además, no es solamente individual. Es la misma convicción que
Israel ha aprendido al caminar por el desierto guiado y alimentado por su Dios
(Dt 8,3). Es la misma experiencia que retoma Jesús en la primera de las
tentaciones (4,2-4).
Indisolublemente
unido a lo anterior, el verdadero ayuno cristiano implica también una apertura
a los demás mediante una “exterioridad transformada” orientada no a la admiración
de los hombres, sino a la glorificación del “Padre”. De esta manera,
aunque el hecho de ayunar no es objeto de la visión de los hombres, pues se
vive “en lo secreto”, sus consecuencias sí están presentes necesariamente en la
relación con los demás, en el encuentro con los otros.
6.1.1. Tabla (Mt
6,1-18).
|
* 1Cuiden
[pues] (ustedes) la justicia de ustedes NO hacer ante los
hombres para ser admirados por ellos; de otra manera recompensa no tendrán (ustedes) ante el PADRE de ustedes que (está) en los CIELOS. |
|
** 2POR ESO,
CUANDO HAGAS LIMOSNA, NO suenes la
trompeta delante de ti COMO los hipócritas hacen en
las sinagogas y en las calles para ser admirados por los hombres; en verdad les digo:
han recibido la recompensa de ellos. 3Tú, en cambio,
haciendo LIMOSNA, no sepa la izquierda
de ti, lo que hace la derecha
de ti, 4para que quede de ti
la LIMOSNA en lo secreto, y el PADRE de ti que ve en lo secreto recompensará a ti. |
|
** 5Y
CUANDO OREN, NO sean COMO los
hipócritas, que aman en las sinagogas y en las
esquinas de las plazas estando de pie ORAR
para
ser vistos por los hombres; en verdad les digo:
han recibido la recompensa de ellos. 6Tú,
en cambio, CUANDO ORES, entra en
la recámara de ti, y cerrada la puerta de
ti, ORA al PADRE de ti
que está en lo secreto; y el PADRE de ti que ve en lo secreto recompensará
a ti. |
|
*** 7ORANDO,
NO balbuceen COMO los paganos, porque creen que por la habladuría
de ellos serán escuchados. 8 NO sean, pues, SEMEJANTES
a ellos, porque sabe el PADRE de ustedes de lo que necesidad tienen antes de
que ustedes pidan a Él. 9De
esta manera, pues, OREN ustedes: PADRE NUESTRO
que (estás) en los CIELOS, sea santificado el nombre de ti; 10 venga
el reino de ti; hágase la voluntad de ti COMO en el cielo, TAMBIÉN sobre la tierra; 11el pan de nosotros de
cada día da a nosotros hoy; 12Y perdona a nosotros las deudas de
nosotros COMO TAMBIÉN nosotros perdonamos
a los deudores de nosotros, 13Y
no introduzcas a nosotros en tentación, sino libra a nosotros del mal. 14Porque si perdonan a los hombres los pecados de
ellos, perdonará
TAMBIÉN a ustedes el PADRE de ustedes celeste; 15pero si no perdonan a los hombres (los pecados de
ellos), TAMPOCO el PADRE de ustedes
perdonará los pecados de ustedes. |
|
** 16CUANDO AYUNEN, NO sean COMO los
hipócritas entristecidos, pues desfiguran el rostro de ellos
para ser vistos por los hombres AYUNANDO;
en verdad les digo:
han recibido la recompensa de ellos. 17Tú, en cambio, AYUNANDO, úngete de ti la cabeza y el
rostro de ti lávate, 18 para que no seas
visto por los hombres AYUNANDO, sino por el PADRE de ti que (está) en lo secreto; y el PADRE de ti que ve en lo secreto recompensará a ti. |
Se pueden descubrir tres conjuntos
distintos: unas perícopas paralelas (**) (2-4; 5-6; 16-18), una perícopa más
desarrollada en torno al Pater (***)
(7-15), y el versículo inicial (*) (1) que sirve de introducción a toda la
secuencia.
Entre estas partes hay relaciones
diversas de identidad u oposición entre sus elementos.
Las tres perícopas paralelas, por su
parte, presentan una constitución semejante, compuesta en cada caso por dos
fragmentos y un número casi idéntico de miembros e incluso del mismo tipo (sólo
el segundo fragmento de la tercera perícopa no corresponde); el primer
fragmento desarrolla en todas las perícopas un parangón negativo que habrá que
evitar (“no…como”) en relación a “los
hipócritas”; el segundo, en positivo (más claramente en la segunda y tercera
perícopas), muestra el camino a seguir; es de notar la vinculación existente,
mediante conjunción (“Y”), entre la
primera y segunda de estas perícopas, así como la conjunción (“Por eso…”) con que dan inicio y se unen
al versículo inicial. Los miembros finales de cada fragmento respectivamente,
son idénticos en cada perícopa. Como se ha visto, cada una de ellas asume una
temática común en la Escritura y la vincula, una vez más, con las otras; en el
presente caso, la presencia del Pater,
como desarrollo de la parte central, introduce al conjunto en la novedad
cristiana y le da a cada temática en particular, un nuevo matiz.
En la perícopa del Pater, por otro lado, se repiten los elementos de comparación
negativa que se encontraban en las perícopas paralelas (“no…como”), aunque con una variante, pues ahora el criterio para
evitar no son “los hipócritas”, sino “los paganos” (7a); el morfema utilizado
(“como”), se repite también en los
desarrollos explicativos de la parte central, donde por un lado, señala dos
ámbitos omniabarcantes de realización de la voluntad divina (10b), y por otro,
la correspondencia necesaria del perdón a los propios deudores para solicitar
el perdón divino para sí mismo (12b); en la tercera parte dos morfemas con
diferente valencia (“también…, tampoco…”),
designan igualmente cierta vinculación entre el actuar del hombre con relación
al perdón de los pecados de los hombres, y la búsqueda del perdón divino para
sí mismo (14b;15b). Por otro lado, la designación de Dios como Padre Nuestro, en vocativo, ocupa en
esta parte el puesto relevante, único en toda la secuencia (es objeto de un
fragmento especial) (9b); en las partes primera y segunda de esta perícopa la
expresión también está vinculada a una segunda persona plural, pero ya no en
vocativo (“el Padre de ustedes”)
(8b;14b;15b)); una expresión idéntica se encuentra en el versículo inicial
(1e), mientras que en las perícopas paralelas se habla siempre de segunda
persona singular (“el Padre de ti”)
(3e;6de;18bc); podemos decir entonces que es el Padre Nuestro el que introduce la referencia común, es el que crea
la comunidad, la fraternidad, donde se hace realidad lo que la introducción
anunciaba. La perícopa del Pater,
además, se vincula con el resto de la secuencia mediante la perícopa central
que hace referencia precisamente a la oración (hay identidad de lexemas); es
decir, la novedad del mensaje evangélico, de la vivencia de Jesús compartida a
sus discípulos se coloca, por un lado, en línea de continuidad con la vida y
los criterios de justicia de sus contemporáneos, pero aportando, al mismo
tiempo, una orientación nueva que lleva a plenitud lo anterior precisamente a
través de la relación con Dios, de una nueva relación que es principio de
transformación total.
Finalmente, en las perícopas paralelas
se repite el tema de la “recompensa” introducido en el versículo inicial y
aparentemente ausente de la perícopa del Pater,
aunque en realidad hay identidad de tiempo entre los anuncios de una recompensa
“futura” y del perdón de los pecados para quien, solicitándolo de Dios para sí
mismo, ha perdonado los pecados de los hombres.
El versículo inicial ofrece el marco
para la interpretación de la secuencia; la justicia del discípulo, la
«…justicia de ustedes» de que se habla, entraña una profunda novedad; si es
verdad que el texto evangélico retoma las prácticas tradicionales de justicia
vinculándolas entre sí, lo hace, sin embargo, con un sentido nuevo al colocar
al centro del elenco un desarrollo notable que determina el sentido de la
completa secuencia.
«Limosna,
Oración(-perdón) y Ayuno» reciben,
de esta manera, una cualificación nueva que las transforma desde dentro. El
cristiano debe vivir estas realidades con una óptica diferente, no más como “los hipócritas”, o “los paganos”,
sino, en definitiva como hijo y, necesariamente, como hermano,
es decir, según un patrón distinto, en el cual el principio interpretativo es el Padre,
tal como lo revela Jesús. Esta es la Buena Nueva que el Maestro comparte con
sus discípulos transformando radicalmente su mundo de relaciones.
El criterio de Justicia sienta sus
bases no en la apariencia de una vida doble, o en la falsedad que carece de
correspondencia profunda, ni tampoco en una religiosidad creada a la medida del
hombre y según sus propios criterios o elucubraciones; para el cristianismo la
base sobre la cual se construye la persona y la comunidad es el don de Dios, la
revelación de su nombre, su presencia transformadora en medio de los hombres.
La revelación de Dios como Padre Nuestro
se coloca entonces al centro y a la base de la vida del cristiano como su razón
de ser y su definitivo paradigma.
Tomadas desde esta perspectiva, las
prácticas de justicia asumen, efectivamente, un rostro nuevo.
La Limosna
se convierte, así, en experiencia de “filiación” y de “fraternidad”, pues lleva
al hombre a comprobar, una vez más, que todo lo que tiene no puede ser objeto
absoluto de posesión, y que la propia vida, como la de los demás, es un don
para compartir.
La Oración,
por su parte, deja de ser un discurso hueco, o un simple ejercicio del habla, y
se convierte en camino de encuentro verdadero con Dios, consigo mismo y con
los otros; es la introducción en una
intimidad que se convierte en fuente de
revelación, de transformación de vida, y de dignificación personal; al pedir el
“pan” de “cada día” el cristiano reconoce y acepta su dependencia absoluta del Padre.
El Ayuno,
finalmente, es una afirmación radical de la paternidad divina, pues indica que
Dios es el verdadero origen de la vida, de quien depende, en definitiva, la
existencia propia y la de los demás; se convierte así, en ejercicio de
filiación y de apertura al don pero, sobre todo y de una manera purificada, al
Donante; además, con la “exterioridad transformada” que exige, se proyecta
necesariamente a los “otros” de una forma nueva.
El modelo entonces se transforma, pues
se trata de vivir estas prácticas no como
los hipócritas, sino en la autenticidad y la gratuidad, como sendas
privilegiadas que llevan a la experiencia nueva de una vida transformada desde
la experiencia de Jesús.
La aplicación del método de Análisis Retórico ha demostrado, una vez
más, su gran utilidad y su conveniencia para el estudio de los textos bíblicos.
De entre sus peculiares puntos de vista
y sus aportes al desarrollo de la exégesis moderna y de la vivencia cristiana
de quien lo emplea, se debe contar, sin lugar a dudas, el enorme respeto que
presenta por el texto mismo, lo cual lleva a privilegiar, entre otras cosas,
una postura de sencillez y humildad ante el misterio de la Palabra.
Los diversos pasos realizados, además,
configuran todo un itinerario con etapas bien definidas que favorecen el
estudio ordenado de un texto. Su propio punto de vista estriba en los elementos
que privilegia y en los cuales se detiene, así como en la claridad de su
organización, con pasos y tiempos bien determinados para hacer
resaltar mejor la estructura que el texto ofrece y descubrir en ella el mensaje
del que está preñada.
La visión sincrónica del método de Análisis Retórico, por otro lado, no es,
ciertamente, una posesión exclusiva propia, sino la herencia que comparte con
otros métodos de análisis literario. No obstante, también frente a éstos toma
distancia precisamente por su coherente respeto al fenómeno del lenguaje y la
claridad de los conceptos y procedimientos de los que se vale para el análisis
del mismo.
Su aplicación no excluye, obviamente,
otros métodos, ni pretende agotar, mucho menos, su objeto de estudio. Se
presenta, entonces, como un instrumento válido en el concierto de los estudios
bíblicos, con un puesto que habrá que reconocer —como ha hecho ya la Pontificia
Comisión Bíblica— y al cual habrá también que atender.
Aplicado a la presente “secuencia”, el
método de Análisis Retórico ha
permitido mostrar la novedad del mensaje cristiano en todas sus dimensiones. Al
evidenciar la estructura literaria del pasaje, efectivamente, ha permitido
“desentrañar” un poco más el misterio de la vida nueva en la que el cristiano
es introducido. Nos ha puesto en contacto, verdaderamente, con el “corazón” de
la “nueva justicia”, la cual no se cifra ya por un conjunto de prácticas
vividas simplemente a un nivel exterior, sino por la grandeza de una realidad
nueva que transforma al hombre radicalmente y lo hace “hijo” y “hermano”.
No es, pues, arbitrario o azaroso, el
lugar que el Pater toma en el
enlistado que pasa revista a los parámetros de la justicia del hombre. El
conjunto de obras de justicia toma, también, un sentido nuevo, y se convierten,
verdaderamente, en el memorial de la paternidad divina, de la primacía del don.
Es así como conservando su valor, han asumido un sentido nuevo y profundo. Si
ya en el Antiguo Testamento estas obras orientaban a Dios y al prójimo, ahora
nos revelan, efectivamente, a un Dios Padre,
pero también, necesariamente, a unos hermanos.
Al cristiano corresponde ahora gozarse en esta “Buena Nueva” y transmitirla a
sus coetáneos en todos los ambientes de su existencia. Sirva, pues, para
llevarnos a vivir verdaderamente en la novedad del Reino.
[1] PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA, La interpretación de la Biblia en la
Iglesia, Roma 1993, B.1, 38.
[2] R. MEYNET, L’analyse rhétorique, París
1989; trad. italiana, L’Analisi Retorica, Brescia 1992, 251-256.
[3] dikaiosunh aparece 7x en Mt, 1x en Lc, y
no se registra en Mc.
[4] Aquí también es contrastante el
desequilibrio en el uso de la terminología; en efecto mientras Mt utiliza 10x misqoV, en
Lc sólo aparece 3x, y 1x en Mc.
[5] Es importante destacar cómo en este pasaje
paralelo es solamente en Mt donde no aparece en
tw kairw toutw; cf.
Mt 19,29; Mc 10,30; Lc 18,30.
[6] Se pueden ver: Tb 4,7-11; 11,8-9; Si 3,30;
4,10; 7,32-36; 29,8-13; Dn 4,24; etc.
[7] Tomado el texto de la LXX, elehmosunh
aparece en este pasaje por lo menos 6 veces (4x ligada al verbo poiew).
[8]«...mh
fqovesatw sou o ofqalmoV en tw poiein se elehmosunhn. mh apostrefhV to proswpon
sou apo pantoV ptwcou kai apo sou ou mh apostrafh to proswpon tou qeou» (Tb 4,7). Es de notar la
aparente estructura quiástica de las últimas frases.
[9] G., FRIEDRICH, «salpizw» GLNT XI, 1233-1235.
[10] A. Oepke presenta una sentencia rabínica que
exalta la discreción: «Quien hace limosna en secreto es más grande que nuestro
maestro Moisés» («Chi fa elemosina in segreto è piú grande del nostro
maestro Mosè»: kruptw GLNT V, 1165).
[11]En su nota a Lc 3,21, la BJ conjunta
las ocasiones donde Jesús aparece en oración,
figurando en momentos que envuelven en realidad toda la vida, desde los
acontecimientos más significativos y trascendentes, hasta las diversas
experiencias del diario vivir. En la nota a Mt 6,5 la misma BJ resume
los principales criterios de la oración cristiana ilustrándolos con numerosas
referencias; se puede ver también la nota a Mt 14,23.
[12] De hecho la Escritura muestra tres momentos
de oración al día (Sal 55,18; 4,5.9; 5,4; Si 39,5; etc.) con cierta postura y
orientación (1R 8,22; Is 1,15; Sal 28,2;
63,5; 119,48; Si 48,29), y de preferencia en el Templo, donde se creía que
tenía mayor eficacia por la presencia del Altísimo (1M 7,37; Is 56,7). Con
frecuencia se unían distintos gestos a la oración, como el ayuno, la penitencia
y la limosna (Jdt 4,8-15; 9,1; Ba 1,5; Ne 1,4; Mt 17,21; Mc 9,29; Hch 14,23; Tb
12,8; Hch 10,4; etc.).
[13] Se encuentra 415x, aunque no siempre se aplica
a Dios. Mt lo utilza 64x, (el que más lo usa de los Sinópticos), de las cuales
sólo en 18x no se refiere directamente a Dios.
[14] «Le “Père” est le terme et le thème
structurant de toute cette section centrale (VI,1-18) du SM» (M. DUMAIS,
«Sermon sur la Montagne», SDB 68, 758.
[15] La Didaje 8,2 presenta una tercera
versión que en general se acerca más a la de Mt que a la de Lc; se puede ver la
comparación de las tres versiones en H.D. Betz The Sermon on the Mount
372.
[16] El término basileia aparece efectivamente a lo
largo de los diferentes discursos y secciones de Mt, especialmente como objeto
de explicación de las parábolas (13,11.19.24. 31.33.44.47.52; 18,23 etc.) y
como contenido de la predicación de Jesús (4,17.23; 9,35), del Bautista (4,8) y
de los discípulos (10,7).
[17] Aquí se toma una parte del artículo de D.
Aleixandre que interpreta este término como alimento escatológico, como don de
Dios ofrecido como banquete a una comunidad.
[18] Al respecto se puede ver, con diversas citas
bíblicas: A. DRUBBEL, «Ayuno», EdB I, 951-952.
[19] El término nhsteuw aparece solamente 20x en el NT,
de las cuales la mayoría (8x) en Mt, y de éstas, como se ha visto, 4x en el
Sermón del Monte.
[20] La
mayoría une oración y ayuno (Ba 1,5; Ne 1,4; Mt 17,21; Mc 9,29; Hch
14,23) o bien oración y limosna (Hch 10,4).