EL PERDÓN, ACTITUD VECTORA DE LA
VIDA CRISTIANA
(HCH 7, 54 - 8, 3)
Juan López Vergara
El texto que hemos escogido para estudio nos parece
interesante a partir, principalmente, de sus matices cristológicos, los cuales
son de exquisita originalidad, al grado que el señor cardenal Carlo M. Martini
lo considera “uno de los puntales fundamentales de la revelación
neotestamentaria”[1]; de aquí que nos propongamos analizarlo mediante el
instrumental ofrecido por los métodos histórico-críticos, a fin de contactar
con el desarrollo de tan singular percepción cristológica referida en la obra
lucana[2].
Asimismo, estimamos importante la perícopa elegida
porque reseña el intenso impacto provocado por la ejecución de Esteban, ya que
ésta es presentada por el narrador, justo, como la raíz de la prístina misión
cristiana, por cuyo motivo queremos abordar la naturaleza del martirio desde la
perspectiva de las ciencias sociales, basados en la convicción de que las
culturas y los contextos particulares no son sólo conceptos, sino
condicionamientos vitales asumidos por comunidades reales[3].
El contenido del texto, en efecto, es de hondo
calado cristológico: en primer lugar,
por los títulos que confiere a Jesús de Nazaret, pues encontramos dos de los
más antiguos que los primeros cristianos le otorgaron: “Hijo del hombre” (V.
56)[4] y “Señor Jesús” (v. 59)[5].
En segundo término, por las funciones que le atribuye al Resucitado:
el estar de pie a la diestra de Dios (v. 55.56)[6]; y ser el receptor del espíritu del mártir (v. 59).
Y, en tercer lugar, por la profunda identificación
de Esteban con Jesucristo, puesto que su propio discurso se erige en
testimonio, al igual que el de Pedro y los once cuando enfrentaron a las
autoridades en Jerusalén (Hch 2, 14), o el de Pedro y Juan (Hch 3, 12; 4, 8; 5,
29); pero en nuestro caso ya no se trata de un
miembro de los “Doce”[7], sino de un simple discípulo[8], configurado de tal modo a Cristo, que lo vemos
orando por quienes lo están asesinando.
Desde la óptica del análisis contextual, la perícopa
brinda asimismo sorprendentes matices, debido a que la ejecución del mártir da
pie, estrictamente hablando, a la primera persecución cristiana, de manera que
el suceso motivó una sugerente interpretación lucana, que asume el testimonio
de Esteban como trampolín de la difusión de la Palabra y anuncio del próximo
desencuentro entre la comunidad de seguidores del Señor y el judaísmo; a la vez
que el narrador aprovechó la oportunidad para introducir en su obra la figura
de Pablo[9].
De manera que atendiendo a la peculiar presentación
del texto barruntamos que éste ha sido elaborado cuidadosamente por el
evangelista, en especial, porque de la misma forma en que podemos apreciar un crescendo en los títulos y en las
funciones atribuidas a Jesús, la perícopa parece también coronar el
extraordinario despliegue de la figura de Esteban (Cf. Hch 6, 1- 8, 3), quien
de testigo se convierte en mártir[10], al constituirse en la primera persona que entrega
su vida por la fe en Jesús.
1. Composición literaria.
El martirio de Esteban se nos propone como una
reacción ante su testimonio: vAkou,ontej de. tau/ta diepri,onto tai/j kardi,aij
auvtw/n kai. e;brucon tou.j ovdo,ntaj evp v auvto,n. (Hch 7,
54), por lo cual el padre Fitzmyer estima que lo contenido entre los versos 54
al 60 conforma una perícopa, diferente a como se encuentra en la Biblia de
Jerusalén, que considera el inicio de la
perícopa hasta en el versículo 55[11]. Nosotros, en cambio, juzgamos conveniente extenderla hasta 8, 3, donde en
realidad el narrador finiquita el tema, pues incluye el duelo por Esteban y una
breve descripción de la persecución que se originó, justo, a partir del
martirio; para continuar en 8, 4 con una nueva temática que describe el trabajo
de evangelización de Felipe por Samaria.
A partir de la Historia de las formas, nuestro
texto, es parte de una narración que muestra el rechazo al discurso de Esteban;
pero con respecto a los versos 8, 1b-3 presentan los visos de un sumario, con
el cual el narrador coronó su conjunto literario, para ayudar a comprender a
sus lectores el significado global de lo acontecido[12].
El evangelista formula tal conjunto literario
alrededor de Esteban, el cual podemos subdividir en dos secciones: a) el relato
de su martirio propiamente dicho (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso
antes de su ejecución (7, 1-53)[13].
El texto a estudiar que describe el desenlace de la
lapidación y visión del mártir se encuentra magistralmente entretejido con el
extenso y elaborado discurso de Esteban[14], o sea formando parte del mismo; por cuyo motivo
para una certera comprensión debemos abordarlo en su totalidad, ya que la
visión ratifica lo afirmado por el mártir en el núcleo de su discurso, cuando
asevera que al Dios trascendente no se le puede confinar en templos construidos
por la mano del hombre (Hch 7, 48-50).
En la composición del texto vemos una marca
distintiva de definido cuño lucano: la historiografía imitativa, que muestra
una clara intención literaria del escritor, quien procura establecer paralelos
entre su descripción de la muerte de Esteban y la de Jesús.
En consecuencia, primero, al igual que Jesús clamó
con gran voz (Lc 23, 46), Esteban lo hace del mismo modo (Hch 7, 60); incluso
en ello el redactor emplea idéntico vocabulario: fwnh|/ mega,lh|.
Segundo, la visión que tiene Esteban del Hijo del
hombre (Hch 7, 56), semeja un eco de las palabras de Jesús ante el sanedrín (Lc
22, 69).
Tercero, la petición de Esteban: ku,rie, mh. sth,sh|j auvtoi/j tau,thn
th.n avmarti,an (Hch 7, 60), recuerda al lector la plegaria lucana
de Jesús: pa,ter, a[fej
auvtoi/j\ ouv ga.r oi[dasin ti, poiou/sin (Lc 23, 34).
Y, cuarto, se concluye diciendo que Esteban evkoimh,qh (Hch 7, 60), así como evxe,pneusen
Jesús (Lc 23, 46)
De acuerdo con lo expuesto, en la característica
presentación lucana “Jesús se constituye en el modelo del mártir”[15].
Sin embargo, este distintivo rasgo de la narrativa
composicional del tercer evangelista no consiste sólo en situar determinadas
ideas o palabras en boca de los personajes, sino en crear una dih,ghsij perfectamente interconectada, como se observa, por ejemplo, en la
omisión del hagiógrafo respecto de la acusación en contra de Jesús por
pretender destruir el templo (Compárese Mc 14, 58 y Mt 26, 61 con Lc 22,
66-71), para reaparecer, justo, entre los cargos imputados a Esteban (Hch 6,
13-14)[16].
2. Labor redaccional y fundamento tradicional.
Hemos comentado que podemos subdividir el conjunto
literario referente a Esteban en dos secciones: a) el relato de su martirio
estrictamente hablando (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso que precede
y motiva su ejecución (7, 1 – 7,53).
El núcleo de nuestro pasaje (7, 54 - 8, 1a) al
parecer abarca la segunda parte de una tradición, que comenzaría en 6, 8-15,
cuyo tema estriba en la controversia entre Esteban y los miembros de las
sinagogas de Jerusalén.
Ahora bien, si la tradición la encontramos dividida
en dos partes seguramente se debe a que Lucas la separó, justo, para introducir
el discurso de Esteban[17].
El evangelista relata un incidente histórico
recibido de la tradición cristiana prelucana, que él ha configurado con acabada
creatividad según su estilo. Veamos:
El verso 54 que es redaccional tiene por objeto
establecer un vínculo entre el discurso y el relato del martirio: “Mientras
oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes
contra él”. Lucas, pues, muestra interés en subrayar que el coraje causado se
debió, primordialmente, a los argumentos esgrimidos por el mártir en su
discurso, el cual, sin duda, fue calificado no sólo de sospechoso, sino de
heterodoxo: vAkou,ontej de. tau/ta; de modo que en la génesis de la violencia
desplegada se encuentra, nada menos, que la oposición ideológica; misma que en
el fondo explica el martirio de Esteban.
El narrador repite en la primera parte del versículo
la terminología usada en 5, 33, donde describe la reacción de los saduceos ante
el discurso de Pedro, empleando en ello el imperfecto de indicativo del verbo diapri,w, con su matiz de duración e intensidad[18]; y en la segunda, echa mano de la traducción de los
LXX, a fin de exponer el ardor de los sentimientos del auditorio (Cf. Job 16,
9; Sal 35, 16; 37, 12; 37, 12; 112, 10; Lam 2, 16). Así, el hagiógrafo revela a
sus lectores que Esteban fue más allá de lo que sus ejecutores pudieron tolerar[19]; pues no olvidemos que desde la perspectiva del
análisis de las tradiciones religiosas “Los mártires y santos de una parte del
conflicto suelen ser los enemigos y figuras demoníacas de la otra” [20].
En el verso 55 el evangelista describe la visión de
Esteban: “Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la
gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios”. Estamos ante la primera
manifestación de la presencia de Dios en el mártir, ya que para Lucas la
plenitud del Espíritu es propia de los grandes momentos en los cuales se
reconoce la relación entre la historia del hombre y la gloria de Dios (cf. Lc
4, 1). Se trata, por lo tanto, de una gracia fundamental para el testigo, quien
habla impulsado por una plenitud interior[21], hecho subrayado con la expresión do,xa qeou/; misma que sin artículo revela su trasfondo semítico (cf. Ez 9, 3; 10,
19), indicando por su aspecto resplandeciente la presencia majestuosa de Yahvé;
de modo que el lector pueda confirmar que la misión del Espíritu está en íntima
relación con la resurrección de Cristo[22].
El vocabulario de la primera parte del versículo 56
delata su inconfundible matriz lucana, pues los verbos qewre,w y dianoi,gw son empeados por el evangelista frecuentemente, siendo casi de su uso
exclusivo en todo el Nuevo Testamento[23].
Vemos otra relación de la visión, pero ahora en
discurso directo del propio mártir: “Y dijo: ‘Estoy viendo los cielos abiertos
y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios’”; por ello suponemos que
Lucas mediante el verso anterior buscó informar al lector acerca de la
identidad del personaje al que se refiere la enigmática expresión ‘Hijo del
hombre”.
Es interesante notar que el narrador, al contar el
incidente, aluda al Nazareno como: vIhsou/j (v. 55); mientras que, ahora, en boca de Esteban aparezca como: o``j ui``o,j tou/ avnqrw,pou (v. 56). Tal expresión en el Nuevo Testamento
aparece sólo en labios de Jesús y como autodenominación de su personalidad[24]. Por tanto tenemos aquí documentado un término
perteneciente a una cristología extremadamente primitiva, la cual está en clara
consonancia con la prístina cristología de la exaltación (Cf. Hch 2, 33).
Notemos cómo
se repite la expresión con la cual el evangelista pormenoriza que el mártir
contempla al Resucitado evk
dexiw/n de Dios, es
decir, en una posición de honor[25]; de forma que Esteban aparece en la dih,ghsij como testigo de la presencia operante de Dios en la historia humana.
La visión está descrita en términos que evocan a Lc
22, 69: “De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra
del poder de Dios”, donde las palabras de Jesús en el juicio pudieran ser una
resonancia de Dn 7, 13: “Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir
sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió
hacia el anciano y fue presentado ante él”, en conjunto con el Sal 110, 1:
“Oráculo de Yahvé a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que haga de tus
enemigos estrado de tus pies”. Sin embargo, lo insólito de nuestro caso es que
en este versículo Cristo resucitado se encuentra, justo, dexiw/n e``stw/ta
tou/ qeou/, en vez de estar sentado, lo cual coincidiría con el
referido salmo y tal como figura en otras partes en el Nuevo Testamento (Cf. Mc
14, 62; Mt 26, 64; Lc 22, 69; Hch 2, 34 etc.).
Estimamos improbable que la substitución de e``stw/ta por la usual kaqh,menoj (Cf. Lc 22, 69) no sea significativa y corresponda como se ha sugerido “sólo a un cambio
verbal”[26]. El inusitado giro de presentar al Hijo del hombre
de pie ha dado lugar a las más variadas e insinuantes interpretaciones. A
saber:
Primera, el Resucitado estaría de pie, debido a que
no habría asumido definitivamente su asiento, por cuyo motivo aparece
ofreciendo a los judíos una oportunidad final[27].
Segunda, Jesús estaría de pie para recibir al primer mártir, como “si en ese preciso
momento acabara de levantarse para infundir ánimo a su testigo y tenderle los
brazos a su llegada al cielo”[28]; explicación que se remonta a Gregorio Magno.
Veamos:
Es cosa de meditar el que Marcos (16, 19) nos diga
que Cristo está sentado a la derecha de Dios y que san Esteban viera los cielos
abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios (Cf. Hch 7, 55).
¿Cómo es que el uno lo ve sentado y el otro en pie? Ya sabéis, hermanos, que
estar sentado es propio de juez, y estar
en pie es propio del que lucha y ayuda. Pues bien, como nuestro Redentor
subió al cielo y desde allí lo juzga todo, y al fin vendrá como juez universal,
Marcos lo ve sentado después de la ascensión. Esteban, en cambio, puesto en
medio de una gran batalla, lo ve de pie, como quien está prestándole su ayuda.
Porque Él luchaba desde el cielo, con su gracia, para que el mártir venciera en
la tierra la infidelidad de sus perseguidores[29].
Tercera, Esteban se encontraría previendo el
glorioso advenimiento de Cristo (Cf. Lc 21, 27), quien estaría de pie en
preparación para su parusía[30].
Y, cuarta, las palabras del mártir tendrían un
vínculo con la promesa de Jesús en Lc 12, 8: “Yo os digo: Por todo el que se
declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él
ante los ángeles de Dios”. Esto significa que Jesús estaría de pie como testigo
o abogado en la defensa de Esteban[31].
Consideramos la útima interpretación como la más
acertada, si bien se ha objetado que en la tradición evangélica el Hijo del
hombre siempre ejerce la función de juez y no de testigo/abogado; lo cual no es
exacto, pues en el texto aludido, o sea en Lc 12, 8 (cf. Mt 10, 32), emanado de
una antigua tradición del Documento Q, donde vemos al Hijo del hombre ejecutando en concreto las
funciones de abogado que testifica ante la corte divina a favor de quienes lo
han confesado en la tierra[32]. Ello implicaría que Esteban vive ya, de algún
modo, lo escatológico en la historia.
Pero independientemente de la intención exacta que
hubiera tenido el evangelista al presentar al Hijo del hombre de pie, es
indudable su deseo de transmitir que Esteban experimentó una visión de Cristo
resucitado, quien había sido exaltado a una posición de honor frente a Dios
(cf. Hch 2, 33), y que dicha visión confirma cabalmente los argumentos
expuestos en su discurso.
En los versículos 57-58a Lucas describe la reacción
de los oyentes: “Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y todos a
una se avalanzaron contra él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a
apedrearle”. Esteban fue lapidado porque sus ejecutores lo calificaron de
blasfemo, lo cual parece indicarse con el expresivo gesto sune,scon ta. w=ta; es decir, se habrían tapado sus oídos para no tener que oír más ultrajes contra Dios[33].
La lapidación era, en efecto, un castigo legislado
en el Antiguo Testamento, justo, por causa de la blasfemia (cf. Lv 24, 14-16),
pero también por otro tipo de ofensas, como el culto de dioses extraños (cf. Dt
17, 2-7), el sacrificio de niños a Moloc (cf. Lv 20, 2-5), el profetizar en
nombre de dioses foráneos (cf. Dt 13, 2-6), la adivinación (cf. Lv 20, 27), el
incumplimiento del sábado (cf. Nm 15, 32-36), el adulterio (cf. Dt 22, 22-23),
y la insubordinación filial (cf. Dt 21, 18-21).
Llama la atención, sin embargo, que el verso 58b
hable de ma,rtirej como si se tratara de un proceso regular: “Los
testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo”; cuando
probablemente se aluda a un linchamiento[34], por los siguientes motivos:
Primero, no
obstante que sea verdad que oi``
ma,rturej tenían el deber
de tomar parte en la ejecución[35], nos hace dudar el indefinido auvtw/n con que les identifica a los testigos, quienes dejaron sus mantos a los
pies del joven Saulo[36].
Segundo, aunque también sea cierto que el
cumplimiento de la disposición no debía llevarse a cabo dentro de los límites
de la ciudad, la forma como está descrito, es decir, el “arrastrarlo” (evkbalo,ntej) nos conduce a pensar que pudiéramos estar ante un acto que desborda la
legalidad[37].
Y, tercero, debido a que en todo el ciclo de Esteban
no vemos al Consejo dictar explícitamente una sentencia capital contra él,
pero, sobre todo, porque el Consejo bajo la dominación romana, no tenía
competencia legal para llevar a cabo una sentencia de muerte (Cf. Jn 18, 31).
Es la primera mención en el libro de los Hechos de
aquel que se convertiría en el más grande de todos los seguidores de Cristo. Se
ha cuestionado si originalmente el nombre formaba parte de la fuente prelucana,
aunque al parecer el evangelista tenía noticia de la participación de Saulo en
la persecución de los helenistas (cf. Hch 8, 3)[38]. Con base en este supuesto es posible pensar que
Lucas consideró que el relato del martirio de Esteban le brindaba la
oportunidad de integrar en su dih,ghsij los conocimientos que sobre el particular él ya
poseía. A tal acontecimiento aludirá de nuevo precisamente en un discurso del
Apóstol (cf. Hch 22, 20)[39].
El verso 59 pudiera ser un duplicado de la ejecución
ya referida en el versículo precedente: “Mientras le apedreaban, Esteban hacía
esta invocación: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’”. En éste se expone que
igual como Jesús agonizante encomendara su espíritu al Padre (Lc 23, 46), así
lo hace Esteban, pero el mártir invoca
al Ku,rie vIhsou/, expresando así su fe en Cristo. El narrador desea transmitir a sus
lectores que Dios, ciertamente, condujo a Esteban a dar testimonio de su
trascendencia y de su inmanencia en la historia y a hacerlo con los mismos
gestos que Jesús.
El versículo 60 nos parece genial, porque en éste el
narrador, dada la pericia de su verbo, logra mostrar la actitud de fondo de
Esteban: “Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: ‘Señor, no les
tengas en cuenta este pecado’. Y diciendo esto, se durmió”. El mártir qei.j ta. go,nata oró (cf. Lc 22, 41; Hch 9, 40; 20, 36; 21, 5), y con
indecible magnanimidad pidió por sus verdugos antes de morir.
Nos encontramos ante el testimonio de un cristiano
ejemplar que ilumina la santidad donde acaso únicamente se encuentra, es decir,
en medio del pecado, de la contradicción. Esteban, como Jesús, no perdonó de
forma abstracta (cf. Lc 23, 34)[40], puesto que “sólo puede perdonar al verdugo aquel
que ha sido torturado por él”[41].
¡Qué contraste la actitud de Esteban hacia sus
enemigos, tanto con la tradición judía como con la helenista!; por ejemplo,
referente a la primera, evocamos aquella oración de Zacarías, hijo del
sacerdote Joadá, quien en el momento mismo de su lapidación dijo: “¡Véalo Yahvé
y exija cuentas!” (II Cro 24, 22); y de la segunda, las paradigmáticas
lecciones, destinadas al príncipe persa y descritas con magistral belleza por
Jenofonte, en La Ciropedia, que translucen, sin duda, el sentir del mundo
griego, cuando afirma:
Así pues, lo dejó partir, dándole todos los caballos
que él quiso y preparándole también muchas otras cosas, porque lo amaba mucho y
tenía grandes esperanzas de que sería un hombre
capaz de beneficiar a sus amigos y hacer
daño a sus enemigos (kai.
fi,louj wvfelei/n kai. evcqrou.j avnia/n)[42].
El texto, además, ostenta un bello eufemismo: evkoimh,qh, en el que seguramente resuena la firme convicción de que la oración del
mártir citada en el verso anterior es ya una realidad y por tanto “su muerte se
ha convertido en un sueño”[43]. Es probable que Lucas, maestro del contraste, haya
elegido ésta imagen para contraponer la serena actitud del mártir con la
violenta rabia de sus ejecutores[44].
Ahora bien, no obstante que en el presente versículo
veamos exclusivamente el título de “Señor”, es atendible la argumentación de
Bruce, quien opina que como en el verso 59, Ku,rie en labios de Esteban es posible se refiera, justo, a Jesús, lo cual
significa que es Él mismo quien perdona el pecado[45]. Y no olvidemos que la remisión del pecado se considera
como prerrogativa divina; pues no se halla en el judaísmo fórmula de
absolución reconociendo a hombre alguno,
por más santo y grande que sea, el poder purificar las almas manchadas (cf. Ex
33, 7; Is 43, 25; Is 44, 22).
El evangelista, después de relatar de manera
explícita la aprobación de Pablo, elucida los resultados inmediatos del
martirio: “Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución
contra la iglesia de Jerusalén. Todos se dispersaron por las regiones de Judea
y Samaria, a excepción de los apóstoles” (8, 1). El pa,ntej parece ser una simplificación literaria, que aludiría a la mayoría de los
cristianos, quizá, en especial a los helenistas.
Se marca así el inicio de la ruptura entre los
primeros cristianos y sus coetáneos judíos, mediante la clara descripción que
hace el narrador acerca del fortalecimiento del rechazo a los cristianos por
parte de los residentes de Jerusalén, como la motivación para que la ekklhsi,a ofrendara a sus primeros misioneros[46]. De modo que
el testimonio de los perseguidos fue el impulsor de la propagación de la
Palabra; sorprende, sin embargo, que los apóstoles, quienes fueron a los que
originalmente se opusieron, decidieran quedarse.
Acto seguido Lucas detalla el sepelio del mártir y
el gran dolor que causó su ausencia, para concluir subrayando la férrea
persecución del joven Saulo: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e
hicieron gran duelo por él. Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia;
entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía
en la cárcel” (8, 2-3).
El narrador termina la
perícopa con la reseña del proceso persecutorio, el cual habría iniciado contra
los apóstoles por las autoridades de Jerusalén (4, 1.5-6; 5, 17), luego por los
judíos de la diáspora en oposición a Esteban (6, 12; 7, 58) y ahora por Saulo
contra todos los cristianos.
3. La perspectiva
lucana.
Debido a que El
martirio es un concepto histórico, es menester analizar la realidad que lo
produce y por qué lo produce. El evangelista propone el martirio de Esteban,
justo, como una reacción ante su discurso,
el cual presenta ciertos visos testamentarios, y cuya argumentación
denota no sólo diferencias culturales[47] sino también de índole teológico[48]; puesto que Esteban, líder de los helenistas,
declaró que el Templo no tenía ya ningún significado (cf. Hch 7, 48-50)[49].
Esto implica,
en consecuencia, que Esteban golpeó un cimiento muy sensible de la arquitectura
institucional de la religión judía[50], ya que su postura al parecer contrasta con la del
grupo de los apóstoles, quienes, ciertamente, siendo hebreos convertidos al
cristianismo, por su fe en el Resucitado no habían dejado de ofrecer culto en
el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 12.21); indicio que apunta a una posible
pista para comprender mejor el por qué los apóstoles no se vieran precisados a
abandonar Jerusalén (cf. Hch 8, 1).
Tan honda desemejanza cultural y teológica sería
testificada con el martirio de Esteban[51], constituyéndose así en el resultado de la pasión
del mártir por la justicia al oponerse decididamente al ethos dominante de su tiempo, que había delimitado la experiencia
de Dios en un esquema, ya que los valores del Reino[52] personificados en la postura de Esteban chocaron
con los valores y los intereses de una religión en torno al Templo[53].
Todo ello habría dado pauta a una feroz persecución,
la cual por paradójico que parezca motivó la expansión de la Buena Nueva (cf.
Hch 8, 1), correspondiendo al grupo de los Helenistas y no a los Doce el
impulso misionero de la fe fuera de Jerusalén, justo, como resultado del ataque
de Esteban, en particular, a uno de los símbolos centrales de la fe judía.