EL PERDÓN, ACTITUD VECTORA DE LA VIDA CRISTIANA

(HCH 7, 54 - 8, 3)

 

Juan López Vergara

 

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Introducción.

El texto que hemos escogido para estudio nos parece interesante a partir, principalmente, de sus matices cristológicos, los cuales son de exquisita originalidad, al grado que el señor cardenal Carlo M. Martini lo considera “uno de los puntales fundamentales de la revelación neotestamentaria”[1]; de aquí que nos propongamos analizarlo mediante el instrumental ofrecido por los métodos histórico-críticos, a fin de contactar con el desarrollo de tan singular percepción cristológica referida en la obra lucana[2].

Asimismo, estimamos importante la perícopa elegida porque reseña el intenso impacto provocado por la ejecución de Esteban, ya que ésta es presentada por el narrador, justo, como la raíz de la prístina misión cristiana, por cuyo motivo queremos abordar la naturaleza del martirio desde la perspectiva de las ciencias sociales, basados en la convicción de que las culturas y los contextos particulares no son sólo conceptos, sino condicionamientos vitales asumidos por comunidades reales[3].

El contenido del texto, en efecto, es de hondo calado cristológico:  en primer lugar, por los títulos que confiere a Jesús de Nazaret, pues encontramos dos de los más antiguos que los primeros cristianos le otorgaron: “Hijo del hombre” (V. 56)[4] y “Señor Jesús” (v. 59)[5].

En segundo término, por  las funciones que le atribuye al Resucitado: el estar de pie a la diestra de Dios (v. 55.56)[6]; y ser el receptor del espíritu del mártir (v. 59).

Y, en tercer lugar, por la profunda identificación de Esteban con Jesucristo, puesto que su propio discurso se erige en testimonio, al igual que el de Pedro y los once cuando enfrentaron a las autoridades en Jerusalén (Hch 2, 14), o el de Pedro y Juan (Hch 3, 12; 4, 8; 5, 29); pero en nuestro caso ya no se trata de un  miembro de los “Doce”[7], sino de un simple discípulo[8], configurado de tal modo a Cristo, que lo vemos orando por quienes lo están asesinando.

Desde la óptica del análisis contextual, la perícopa brinda asimismo sorprendentes matices, debido a que la ejecución del mártir da pie, estrictamente hablando, a la primera persecución cristiana, de manera que el suceso motivó una sugerente interpretación lucana, que asume el testimonio de Esteban como trampolín de la difusión de la Palabra y anuncio del próximo desencuentro entre la comunidad de seguidores del Señor y el judaísmo; a la vez que el narrador aprovechó la oportunidad para introducir en su obra la figura de Pablo[9].

De manera que atendiendo a la peculiar presentación del texto barruntamos que éste ha sido elaborado cuidadosamente por el evangelista, en especial, porque de la misma forma en que podemos apreciar un crescendo en los títulos y en las funciones atribuidas a Jesús, la perícopa parece también coronar el extraordinario despliegue de la figura de Esteban (Cf. Hch 6, 1- 8, 3), quien de testigo se convierte en mártir[10], al constituirse en la primera persona que entrega su vida por la fe en Jesús.

 

1. Composición literaria.

El martirio de Esteban se nos propone como una reacción ante su testimonio:  vAkou,ontej de. tau/ta diepri,onto tai/j kardi,aij auvtw/n kai. e;brucon tou.j ovdo,ntaj evp v auvto,n.  (Hch 7, 54), por lo cual el padre Fitzmyer estima que lo contenido entre los versos 54 al 60 conforma una perícopa, diferente a como se encuentra en la Biblia de Jerusalén, que considera el  inicio de la perícopa hasta en el versículo 55[11]. Nosotros, en cambio, juzgamos  conveniente extenderla hasta 8, 3, donde en realidad el narrador finiquita el tema, pues incluye el duelo por Esteban y una breve descripción de la persecución que se originó, justo, a partir del martirio; para continuar en 8, 4 con una nueva temática que describe el trabajo de evangelización de Felipe por Samaria.

A partir de la Historia de las formas, nuestro texto, es parte de una narración que muestra el rechazo al discurso de Esteban; pero con respecto a los versos 8, 1b-3 presentan los visos de un sumario, con el cual el narrador coronó su conjunto literario, para ayudar a comprender a sus lectores el significado global de lo acontecido[12].

El evangelista formula tal conjunto literario alrededor de Esteban, el cual podemos subdividir en dos secciones: a) el relato de su martirio propiamente dicho (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso antes de su ejecución (7, 1-53)[13].

El texto a estudiar que describe el desenlace de la lapidación y visión del mártir se encuentra magistralmente entretejido con el extenso y elaborado discurso de Esteban[14], o sea formando parte del mismo; por cuyo motivo para una certera comprensión debemos abordarlo en su totalidad, ya que la visión ratifica lo afirmado por el mártir en el núcleo de su discurso, cuando asevera que al Dios trascendente no se le puede confinar en templos construidos por la mano del hombre (Hch 7, 48-50).

En la composición del texto vemos una marca distintiva de definido cuño lucano: la historiografía imitativa, que muestra una clara intención literaria del escritor, quien procura establecer paralelos entre su descripción de la muerte de Esteban y la de Jesús.

En consecuencia, primero, al igual que Jesús clamó con gran voz (Lc 23, 46), Esteban lo hace del mismo modo (Hch 7, 60); incluso en ello el redactor emplea idéntico vocabulario: fwnh|/ mega,lh|.

Segundo, la visión que tiene Esteban del Hijo del hombre (Hch 7, 56), semeja un eco de las palabras de Jesús ante el sanedrín (Lc 22, 69).

Tercero, la petición de Esteban: ku,rie, mh. sth,sh|j auvtoi/j tau,thn th.n avmarti,an  (Hch 7, 60), recuerda al lector la plegaria lucana de Jesús: pa,ter, a[fej auvtoi/j\ ouv ga.r oi[dasin ti, poiou/sin (Lc 23, 34).

Y, cuarto, se concluye diciendo que Esteban evkoimh,qh (Hch 7, 60), así como evxe,pneusen Jesús (Lc 23, 46)

De acuerdo con lo expuesto, en la característica presentación lucana “Jesús se constituye en el modelo del mártir”[15].

Sin embargo, este distintivo rasgo de la narrativa composicional del tercer evangelista no consiste sólo en situar determinadas ideas o palabras en boca de los personajes, sino en crear una dih,ghsij perfectamente interconectada, como se observa, por ejemplo, en la omisión del hagiógrafo respecto de la acusación en contra de Jesús por pretender destruir el templo (Compárese Mc 14, 58 y Mt 26, 61 con Lc 22, 66-71), para reaparecer, justo, entre los cargos imputados a Esteban (Hch 6, 13-14)[16].

2.   Labor redaccional y fundamento tradicional.

Hemos comentado que podemos subdividir el conjunto literario referente a Esteban en dos secciones: a) el relato de su martirio estrictamente hablando (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso que precede y motiva su ejecución (7, 1 – 7,53).

El núcleo de nuestro pasaje (7, 54 - 8, 1a) al parecer abarca la segunda parte de una tradición, que comenzaría en 6, 8-15, cuyo tema estriba en la controversia entre Esteban y los miembros de las sinagogas de Jerusalén.

Ahora bien, si la tradición la encontramos dividida en dos partes seguramente se debe a que Lucas la separó, justo, para introducir el discurso de Esteban[17].

El evangelista relata un incidente histórico recibido de la tradición cristiana prelucana, que él ha configurado con acabada creatividad según su estilo. Veamos:

El verso 54 que es redaccional tiene por objeto establecer un vínculo entre el discurso y el relato del martirio: “Mientras oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él”. Lucas, pues, muestra interés en subrayar que el coraje causado se debió, primordialmente, a los argumentos esgrimidos por el mártir en su discurso, el cual, sin duda, fue calificado no sólo de sospechoso, sino de heterodoxo:   vAkou,ontej de. tau/ta; de modo que en la génesis de la violencia desplegada se encuentra, nada menos, que la oposición ideológica; misma que en el fondo explica el martirio de Esteban.

El narrador repite en la primera parte del versículo la terminología usada en 5, 33, donde describe la reacción de los saduceos ante el discurso de Pedro, empleando en ello el imperfecto de indicativo del verbo diapri,w, con su matiz de duración e intensidad[18]; y en la segunda, echa mano de la traducción de los LXX, a fin de exponer el ardor de los sentimientos del auditorio (Cf. Job 16, 9; Sal 35, 16; 37, 12; 37, 12; 112, 10; Lam 2, 16). Así, el hagiógrafo revela a sus lectores que Esteban fue más allá de lo que sus ejecutores pudieron tolerar[19]; pues no olvidemos que desde la perspectiva del análisis de las tradiciones religiosas “Los mártires y santos de una parte del conflicto suelen ser los enemigos y figuras demoníacas de la otra” [20].

En el verso 55 el evangelista describe la visión de Esteban: “Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios”. Estamos ante la primera manifestación de la presencia de Dios en el mártir, ya que para Lucas la plenitud del Espíritu es propia de los grandes momentos en los cuales se reconoce la relación entre la historia del hombre y la gloria de Dios (cf. Lc 4, 1). Se trata, por lo tanto, de una gracia fundamental para el testigo, quien habla impulsado por una plenitud interior[21], hecho subrayado con la expresión do,xa qeou/; misma que sin artículo revela su trasfondo semítico (cf. Ez 9, 3; 10, 19), indicando por su aspecto resplandeciente la presencia majestuosa de Yahvé; de modo que el lector pueda confirmar que la misión del Espíritu está en íntima relación con la resurrección de Cristo[22].

El vocabulario de la primera parte del versículo 56 delata su inconfundible matriz lucana, pues los verbos  qewre,w  y dianoi,gw son empeados por el evangelista frecuentemente, siendo casi de su uso exclusivo en todo el Nuevo Testamento[23].

Vemos otra relación de la visión, pero ahora en discurso directo del propio mártir: “Y dijo: ‘Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios’”; por ello suponemos que Lucas mediante el verso anterior buscó informar al lector acerca de la identidad del personaje al que se refiere la enigmática expresión ‘Hijo del hombre”.

Es interesante notar que el narrador, al contar el incidente, aluda al Nazareno como:  vIhsou/j (v. 55); mientras que, ahora, en boca de Esteban aparezca como: o``j ui``o,j tou/ avnqrw,pou (v. 56). Tal expresión en el Nuevo Testamento aparece sólo en labios de Jesús y como autodenominación de su personalidad[24]. Por tanto tenemos aquí documentado un término perteneciente a una cristología extremadamente primitiva, la cual está en clara consonancia con la prístina cristología de la exaltación (Cf. Hch 2, 33).

 Notemos cómo se repite la expresión con la cual el evangelista pormenoriza que el mártir contempla al Resucitado evk dexiw/n de Dios, es decir, en una posición de honor[25]; de forma que Esteban aparece en la dih,ghsij como testigo de la presencia operante de Dios en la historia humana.

La visión está descrita en términos que evocan a Lc 22, 69: “De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios”, donde las palabras de Jesús en el juicio pudieran ser una resonancia de Dn 7, 13: “Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él”, en conjunto con el Sal 110, 1: “Oráculo de Yahvé a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que haga de tus enemigos estrado de tus pies”. Sin embargo, lo insólito de nuestro caso es que en este versículo Cristo resucitado se encuentra, justo, dexiw/n e``stw/ta tou/ qeou/, en vez de estar sentado, lo cual coincidiría con el referido salmo y tal como figura en otras partes en el Nuevo Testamento (Cf. Mc 14, 62; Mt 26, 64; Lc 22, 69; Hch 2, 34 etc.).

Estimamos improbable que la substitución de e``stw/ta por la usual kaqh,menoj (Cf. Lc 22, 69) no sea significativa y corresponda como se ha sugerido “sólo a un cambio verbal”[26]. El inusitado giro de presentar al Hijo del hombre de pie ha dado lugar a las más variadas e insinuantes interpretaciones. A saber:

Primera, el Resucitado estaría de pie, debido a que no habría asumido definitivamente su asiento, por cuyo motivo aparece ofreciendo a los judíos una oportunidad final[27].

Segunda, Jesús estaría de pie para recibir  al primer mártir, como “si en ese preciso momento acabara de levantarse para infundir ánimo a su testigo y tenderle los brazos a su llegada al cielo”[28]; explicación que se remonta a Gregorio Magno. Veamos:

Es cosa de meditar el que Marcos (16, 19) nos diga que Cristo está sentado a la derecha de Dios y que san Esteban viera los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios (Cf. Hch 7, 55). ¿Cómo es que el uno lo ve sentado y el otro en pie? Ya sabéis, hermanos, que estar sentado es propio de juez, y estar en pie es propio del que lucha y ayuda. Pues bien, como nuestro Redentor subió al cielo y desde allí lo juzga todo, y al fin vendrá como juez universal, Marcos lo ve sentado después de la ascensión. Esteban, en cambio, puesto en medio de una gran batalla, lo ve de pie, como quien está prestándole su ayuda. Porque Él luchaba desde el cielo, con su gracia, para que el mártir venciera en la tierra la infidelidad de sus perseguidores[29].

Tercera, Esteban se encontraría previendo el glorioso advenimiento de Cristo (Cf. Lc 21, 27), quien estaría de pie en preparación para su parusía[30].

Y, cuarta, las palabras del mártir tendrían un vínculo con la promesa de Jesús en Lc 12, 8: “Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios”. Esto significa que Jesús estaría de pie como testigo o abogado en la defensa de Esteban[31].

Consideramos la útima interpretación como la más acertada, si bien se ha objetado que en la tradición evangélica el Hijo del hombre siempre ejerce la función de juez y no de testigo/abogado; lo cual no es exacto, pues en el texto aludido, o sea en Lc 12, 8 (cf. Mt 10, 32), emanado de una antigua tradición del Documento Q, donde vemos al  Hijo del hombre ejecutando en concreto las funciones de abogado que testifica ante la corte divina a favor de quienes lo han confesado en la tierra[32]. Ello implicaría que Esteban vive ya, de algún modo, lo escatológico en la historia. 

Pero independientemente de la intención exacta que hubiera tenido el evangelista al presentar al Hijo del hombre de pie, es indudable su deseo de transmitir que Esteban experimentó una visión de Cristo resucitado, quien había sido exaltado a una posición de honor frente a Dios (cf. Hch 2, 33), y que dicha visión confirma cabalmente los argumentos expuestos en su discurso.

En los versículos 57-58a Lucas describe la reacción de los oyentes: “Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y todos a una se avalanzaron contra él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle”. Esteban fue lapidado porque sus ejecutores lo calificaron de blasfemo, lo cual parece indicarse con el expresivo gesto sune,scon ta. w=ta; es decir, se habrían tapado sus oídos para no tener que oír más ultrajes contra Dios[33].

La lapidación era, en efecto, un castigo legislado en el Antiguo Testamento, justo, por causa de la blasfemia (cf. Lv 24, 14-16), pero también por otro tipo de ofensas, como el culto de dioses extraños (cf. Dt 17, 2-7), el sacrificio de niños a Moloc (cf. Lv 20, 2-5), el profetizar en nombre de dioses foráneos (cf. Dt 13, 2-6), la adivinación (cf. Lv 20, 27), el incumplimiento del sábado (cf. Nm 15, 32-36), el adulterio (cf. Dt 22, 22-23), y la insubordinación filial (cf. Dt 21, 18-21).

Llama la atención, sin embargo, que el verso 58b hable de ma,rtirej como si se tratara de un proceso regular: “Los testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo”; cuando probablemente se aluda a un linchamiento[34], por los siguientes motivos:

Primero,  no obstante que sea verdad que oi`` ma,rturej tenían el deber de tomar parte en la ejecución[35], nos hace dudar el indefinido auvtw/n con que les identifica a los testigos, quienes dejaron sus mantos a los pies del joven Saulo[36].

Segundo, aunque también sea cierto que el cumplimiento de la disposición no debía llevarse a cabo dentro de los límites de la ciudad, la forma como está descrito, es decir, el “arrastrarlo” (evkbalo,ntej) nos conduce a pensar que pudiéramos estar ante un acto que desborda la legalidad[37].

Y, tercero, debido a que en todo el ciclo de Esteban no vemos al Consejo dictar explícitamente una sentencia capital contra él, pero, sobre todo, porque el Consejo bajo la dominación romana, no tenía competencia legal para llevar a cabo una sentencia de muerte (Cf. Jn 18, 31).

Es la primera mención en el libro de los Hechos de aquel que se convertiría en el más grande de todos los seguidores de Cristo. Se ha cuestionado si originalmente el nombre formaba parte de la fuente prelucana, aunque al parecer el evangelista tenía noticia de la participación de Saulo en la persecución de los helenistas (cf. Hch 8, 3)[38]. Con base en este supuesto es posible pensar que Lucas consideró que el relato del martirio de Esteban le brindaba la oportunidad de integrar en su dih,ghsij los conocimientos que sobre el particular él ya poseía. A tal acontecimiento aludirá de nuevo precisamente en un discurso del Apóstol (cf. Hch 22, 20)[39].

El verso 59 pudiera ser un duplicado de la ejecución ya referida en el versículo precedente: “Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’”. En éste se expone que igual como Jesús agonizante encomendara su espíritu al Padre (Lc 23, 46), así lo hace Esteban,  pero el mártir invoca al Ku,rie  vIhsou/, expresando así su fe en Cristo. El narrador desea transmitir a sus lectores que Dios, ciertamente, condujo a Esteban a dar testimonio de su trascendencia y de su inmanencia en la historia y a hacerlo con los mismos gestos que Jesús.

El versículo 60 nos parece genial, porque en éste el narrador, dada la pericia de su verbo, logra mostrar la actitud de fondo de Esteban: “Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’. Y diciendo esto, se durmió”. El mártir qei.j ta. go,nata oró (cf. Lc 22, 41; Hch 9, 40; 20, 36; 21, 5), y con indecible magnanimidad pidió por sus verdugos antes de morir.

Nos encontramos ante el testimonio de un cristiano ejemplar que ilumina la santidad donde acaso únicamente se encuentra, es decir, en medio del pecado, de la contradicción. Esteban, como Jesús, no perdonó de forma abstracta (cf. Lc 23, 34)[40], puesto que “sólo puede perdonar al verdugo aquel que ha sido torturado por él”[41].

¡Qué contraste la actitud de Esteban hacia sus enemigos, tanto con la tradición judía como con la helenista!; por ejemplo, referente a la primera, evocamos aquella oración de Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, quien en el momento mismo de su lapidación dijo: “¡Véalo Yahvé y exija cuentas!” (II Cro 24, 22); y de la segunda, las paradigmáticas lecciones, destinadas al príncipe persa y descritas con magistral belleza por Jenofonte, en La Ciropedia,  que translucen, sin duda, el sentir del mundo griego, cuando afirma:

Así pues, lo dejó partir, dándole todos los caballos que él quiso y preparándole también muchas otras cosas, porque lo amaba mucho y tenía grandes esperanzas de que sería un hombre capaz de beneficiar a sus amigos y hacer daño a sus enemigos (kai. fi,louj wvfelei/n kai. evcqrou.j avnia/n)[42].

El texto, además, ostenta un bello eufemismo: evkoimh,qh, en el que seguramente resuena la firme convicción de que la oración del mártir citada en el verso anterior es ya una realidad y por tanto “su muerte se ha convertido en un sueño”[43]. Es probable que Lucas, maestro del contraste, haya elegido ésta imagen para contraponer la serena actitud del mártir con la violenta rabia de sus ejecutores[44].

Ahora bien, no obstante que en el presente versículo veamos exclusivamente el título de “Señor”, es atendible la argumentación de Bruce, quien opina que como en el verso 59, Ku,rie en labios de Esteban es posible se refiera, justo, a Jesús, lo cual significa que es Él mismo quien perdona el pecado[45]. Y no olvidemos que la remisión del pecado se considera como prerrogativa divina; pues no se halla en el judaísmo fórmula de absolución  reconociendo a hombre alguno, por más santo y grande que sea, el poder purificar las almas manchadas (cf. Ex 33, 7; Is 43, 25; Is 44, 22).

El evangelista, después de relatar de manera explícita la aprobación de Pablo, elucida los resultados inmediatos del martirio: “Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria, a excepción de los apóstoles” (8, 1). El pa,ntej parece ser una simplificación literaria, que aludiría a la mayoría de los cristianos, quizá, en especial a los helenistas.

Se marca así el inicio de la ruptura entre los primeros cristianos y sus coetáneos judíos, mediante la clara descripción que hace el narrador acerca del fortalecimiento del rechazo a los cristianos por parte de los residentes de Jerusalén, como la motivación para que la ekklhsi,a ofrendara a sus primeros misioneros[46]. De modo que  el testimonio de los perseguidos fue el impulsor de la propagación de la Palabra; sorprende, sin embargo, que los apóstoles, quienes fueron a los que originalmente se opusieron, decidieran quedarse.

Acto seguido Lucas detalla el sepelio del mártir y el gran dolor que causó su ausencia, para concluir subrayando la férrea persecución del joven Saulo: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel” (8, 2-3).

El narrador termina la perícopa con la reseña del proceso persecutorio, el cual habría iniciado contra los apóstoles por las autoridades de Jerusalén (4, 1.5-6; 5, 17), luego por los judíos de la diáspora en oposición a Esteban (6, 12; 7, 58) y ahora por Saulo contra todos los cristianos.

 

3. La perspectiva lucana.

Debido a que El martirio es un concepto histórico, es menester analizar la realidad que lo produce y por qué lo produce. El evangelista propone el martirio de Esteban, justo, como una reacción ante su discurso,  el cual presenta ciertos visos testamentarios, y cuya argumentación denota no sólo diferencias culturales[47] sino también de índole teológico[48]; puesto que Esteban, líder de los helenistas, declaró que el Templo no tenía ya ningún significado (cf. Hch 7, 48-50)[49].

 Esto implica, en consecuencia, que Esteban golpeó un cimiento muy sensible de la arquitectura institucional de la religión judía[50], ya que su postura al parecer contrasta con la del grupo de los apóstoles, quienes, ciertamente, siendo hebreos convertidos al cristianismo, por su fe en el Resucitado no habían dejado de ofrecer culto en el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 12.21); indicio que apunta a una posible pista para comprender mejor el por qué los apóstoles no se vieran precisados a abandonar Jerusalén (cf. Hch 8, 1).

Tan honda desemejanza cultural y teológica sería testificada con el  martirio de Esteban[51], constituyéndose así en el resultado de la pasión del mártir por la justicia al oponerse decididamente al ethos dominante de su tiempo, que había delimitado la experiencia de Dios en un esquema, ya que los valores del Reino[52] personificados en la postura de Esteban chocaron con los valores y los intereses de una religión en torno al Templo[53].

Todo ello habría dado pauta a una feroz persecución, la cual por paradójico que parezca motivó la expansión de la Buena Nueva (cf. Hch 8, 1), correspondiendo al grupo de los Helenistas y no a los Doce el impulso misionero de la fe fuera de Jerusalén, justo, como resultado del ataque de Esteban, en particular, a uno de los símbolos centrales de la fe judía.

Ahora bien, el desarrollo de la praxis misionera, que parte del martirio de Esteban, produjo una confrontación entre la fe y la cultura[54]; por cuyo motivo juzgamos atinado al profesor Wilfred cuando asegura que: “El martirio es, en cierto sentido, una elaboración social: los mártires son creación de una comunidad religiosa que dota a la muerte y al sufrimiento de un individuo de un significado que tiene que ver con la identidad, la historia, el sistema de creencias, los rituales, etc., de la propia comunidad”[55]; suceso éste en franca sintonía con la historia de salvación reseñada por Lucas, en la que la perspectiva martiririal ocupa un bien consolidado puesto: “Él les dijo: ‘¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria’” (Lc 24, 25-26).

El testimonio de Esteban, en efecto, marca con claridad ciertas convicciones nodales de la teología cristiana primitiva, que muestra un manifiesto viraje al relativizar la perspectiva judía con el hecho de colocar a Cristo, justo, en el centro mismo de su fe.

En términos de Theissen, desde el teocentrismo de Jesús pasamos al cristocentrismo de los cristianos, lo cual podemos constatar en nuestro texto particular, si comparamos los pasajes que describen el desenlace de la muerte del Nazareno y el de su testigo[56]. Veamos:

Primero, mientras Jesús en medio del cruento suplicio implora al Padre el perdón de sus verdugos: pa,ter, a;fej auvtoi/j (Lc 23, 34), Esteban se dirige a Jesús mismo, a quien llama Señor, con el mismo propósito: ku,rie, mh. sth,sh|j auvtoi/j tau,thn th.n a``marti,an (Hch 7, 60).

Y, segundo, mientras Jesús expira expresando su profunda confianza al depositar su espíritu en las manos de su Padre: pa,ter, eivj cei/raj sou parati,qemai to. pneu/ma mou (Lc 23, 46); el protomártir cristiano lo hace igual, pero en su caso, invocando al propio Señor Jesús, cuando dice: Ku,rie vIhsou/, de,xai to. pneu/ma, mou (Hch 7, 59)[57]; reconociendo así que su destino es estar con Cristo resucitado (Cf. Lc 23, 43; I Tes 4, 17b; Flp 1, 23b).

Todo ello nos motiva a pulsar la definida carga cristológica que implica el ver a Esteban, en crucial kairo,j, invocando directamente al Señor Jesús y no al Padre.

Por otra parte, la insistencia del evangelista en la inocencia de Jesús y de los cristianos tiene por objeto mostrar a su comunidad, que no deben pelear con las mismas armas que sus enemigos, por lo cual enfatiza que será  el propio Espíritu quien les mostrará cómo deben actuar (cf. Lc 12, 11-12)[58]. Lucas, sin embargo, advierte a su comunidad la seriedad de ser testigo, al asumir que el abandonarse en la fe no salva de la muerte, pero sí permite pasar a través de ella contemplando la gloria de Dios, y ser recibido en su Reino[59].

 Estimamos, por ello, que estamos ante una escena muy significativa, no sólo porque Esteban sea el primer mártir, sino también debido a que Lucas eleva su muerte a la categoría de paradigma, es decir,  presenta un modelo de la manera como deben asumir la muerte los testigos de Cristo[60], dejando fuera de duda que ningún seguidor de Jesús muere solo puesto que será confortado por el propio Señor, lo cual el evangelista describe mediante la insólita postura que guarda el Hijo del hombre, cuya interpretación más probable parece ser la de que éste se encuentra de pie, justo, para ejercer la función de testigo/abogado ante Dios, juez supremo, quien otorga el testimonio decisivo en favor del mártir; explicación que como hemos visto se sustenta, principalmente, en una antigua tradición del Documento Q, donde la función del Hijo del hombre consiste en ser Testigo/abogado ante el tribunal de Dios (cf. Lc 12, 8).

Ahora bien, el evangelista en su afán por considerar que el primer testigo debería reflejar muchos rasgos de Jesús, recalcó que como el Señor, Esteban asimismo estaba lleno del Espíritu y su predicación tenía autoridad (cf. Lc 4, 14; 4, 32; Hch 6, 8); además, como Jesús, Esteban anunció que el Hijo del hombre ocuparía la diestra de Dios (cf. Lc 12, 8; Hch 7, 55); e igualmente como Jesús, Esteban entregó confiado su espíritu (cf. Lc 23, 46; Hch 7, 59); pero, sobre todo, de la misma forma en que Jesús, Esteban murió implorando el perdón para sus agresores (cf. Lc 23, 34; Hch 7, 60), dando así hasta el último momento decidido testimonio de aquel mandato de Jesús que exhorta a vivir un amor radical, incluso hacia los enemigos (cf. Lc 6, 35)[61].

No debemos pasar por alto que el discurso de Esteban destaca la figura de José (cf. Hch 7, 9-16), con un enfoque decididamente cristológico[62], pues vemos que al igual que José a Cristo lo condenaron por envidia; también fue traicionado, pero nunca abandonado por Dios, quien al final lo rescató de la muerte y le colocó a su derecha; además que Jesús una vez resucitado se hizo reconocer y otorgó el perdón, del mismo modo José se haría reconocer (cf. Gn 45, 1), hasta el punto que en la tradición bíblica: “José, contra el que atentaron sus hermanos un día, pasa a ser modelo de perdón[63].

A partir de la perspectiva sociológica, como demuestra Theissen, un conjunto de normas extremadas necesita activar tendencias de aceptación social, para que tales normas no dividan al grupo; y el autor, se refiere, justo, al perdón como arquetipo de las exigencias generalizadas[64]. Esteban llega al extremo de invocar al Señor para que no tenga en cuenta el crimen que se comete en su contra. Al respecto, el cardenal Martini con certero juico afirma que: “Desde el punto de vista de la justicia y el orden, su comportamiento parece exagerado”[65].

El perdón, sin embargo, no debemos entenderlo como olvido ni indiferencia, mucho menos como ingenuidad.

El perdón es un acto desafiante que implica un gran carácter, dada su capacidad para enfrentar el imperio del odio.

El perdón es un despliegue majestuoso de libertad, en tanto significa que quien perdona no se deja dominar por el mal infringido por su hermano.

El perdón del mártir aglutina todo el peso de su historia, puesto que se basa en la esperanza de que su confianza depositada en la bondad es capaz de romper el círculo vicioso del mal.

El perdón, pues, ante todo, desde la perspectiva lucana, con fundamento en la propia experiencia de Jesús, posee un potencial transformador capaz  de suscitar una historia distinta, en virtud de que al aceptar al malhechor, abre nuevamente la posibilidad de relación; correspondiendo, justo, a “Jesús, por su resurrección, atestiguar la eficacia infinita del perdón, ya que éste se convierte en el principio activo de la historia hasta que desaparezca el poder del odio”[66]; convencidos de que  “la victoria será no del fuerte que vence al adversario por la fuerza de su poder, sino del oprimido que convence al opresor por la fuerza de su testimonio”[67].

 

Conclusión.

El texto que describe el desenlace de la lapidación y visión del mártir corona un incidente, cuyo núcleo histórico, sin duda,  emana de la tradición prelucana; suceso que nuestro autor incorporó, haciendo gala de su creatividad, al entretejerlo con un extenso y elaborado discurso, que colocó justamente en medio de la tradición recibida, logrando destacar la contundente repercusión que tal circunstancia generó en la vida de las primeras comunidades, en especial, en la prístina misión cristiana.

Su esmerada composición conserva la distintiva impronta de la historiografía imitativa, que nos permite barruntar la intención literaria del escritor, quien procura establecer claros paralelos entre su descripción de la muerte de Esteban y la de Jesús, pero sobre todo mostrar acotamientos fundamentales de carácter teológico.

El testimonio de Esteban, en efecto, marca con claridad ciertas convicciones básicas de la teología cristiana primitiva, que revela su contudente viraje  respecto del enfoque judío, al colocar a Cristo en el centro mismo de su fe; de manera que del teocentrismo de Jesús pasamos al cristocentrismo de los cristianos, rubricado por Lucas con ostensible determinación en la perícopa, justo, por la descripción en la forma que asumió Esteban su ejecución. Estos componentes literarios coinciden con los de Jesús, ya que también encontramos dos oraciones, una de confianza y otra en la que suplica el perdón para sus adversarios, pero con la salvedad de que Esteban lo hace invocando directamente al Señor Jesús y no al Padre, subrayando así que su destino es estar con Cristo resucitado.

Ello está en clara consonancia con el enfoque del evangelista, puesto que para él los discípulos ante todo deben dar testimonio del Resucitado: “Y de este modo seréis mis ma,rturej en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1, 8); lo cual encontramos aún más claro en el relato de la elección del sustituto de Judás, el traidor, en el colegio de los Doce, quien tendría que cumplir ciertos requisitos entre los cuales destaca precisamente el ser ma,rtura th/j avnasta,sewj (cf. Hch 1, 21-22; 10, 39; 13, 31).

En su obra, sin embargo, Lucas no aplica el término ma,rtuj con exclusivad a los Doce, sino que también lo utiliza con referencia a otros, como por ejemplo, a Pablo, quien es el enviado a dar testimonio ante los gentiles (Hch 22, 15; 26, 16), o, por supuesto, al propio Esteban, a quien el Apóstol se refiere en su coloquio con el Señor, como ma,rturo,j sou (Hch 22, 20), es decir, testigo de Jesús.

El evangelista propone el martirio de Esteban, justo, como una reacción ante su discurso, el cual delata ciertos visos testamentarios, y cuya argumentación presume no sólo diferencias culturales sino también de índole teológico, ya que Esteban declaró que el Templo no tenía ya ningún significado (cf. Hch 7, 48-50), lo cual le costó la vida, pues todo indica que Esteban fue más allá de lo que sus adversarios eran capaces de tolerar, pues no olvidemos que desde el análisis de las tradiciones religiosas los mártires de una parte del conflicto suelen ser los peores enemigos de la otra.

Esteban, en consecuencia, fue lapidado porque sus ejecutores lo calificaron de blasfemo, como parece indicarse con el expresivo gesto sune,scon ta. w=ta. Su ejecución fue realizada, sin duda, en nombre de Dios, ya que Esteban afectó un basamento cardinal de la religión judía, al relativizar un aspecto determinante de su lenguaje ritual.

De modo que a partir de la perspectiva del análisis contextual, la ejecución del mártir originó la primera persecución cristiana, así como por paradójico que parezca motivó la expansión de la Buena Nueva (cf. Hch 8, 1), provocando en términos de Theissen: “la desnacionalización de la santidad”[68].

Finalizamos, pues, con la convicción de que nuestro estudio alude a una escena muy significativa, no solamente porque Esteban sea el primer mártir, sino también debido a que Lucas eleva su muerte a la categoría de paradigma, esto es,  muestra un modelo de la forma cómo deben enfrentar la muerte los testigos de Cristo, asentando que ningún seguidor de Él muere solo puesto que contará con el respaldo del propio Señor, lo cual el evangelista delinea mediante la original postura que guarda el Hijo del hombre, cuya interpretación más probable parece ser la de que éste se encuentra de pie para ejercer la función de testigo/abogado ante Dios.

El mártir desenmascara la mentira, pero  ejerciendo, justo, la compasión frente a la crueldad, debido a que el mártir es principalmente testigo del perdón. Testigo de la verdad de Dios que es perdón, en un mundo regido por la venganza y el rencor. Testigo de esa verdad con el propio testimonio de su vida, y no mediante una mera enseñanza abstracta; con la sólida esperanza de que su entrega produzca vida, justicia, dignidad, como afirma en un bello poema don Pedro Casaldáliga:

Os escribo a todos vosotros y vosotras que habéis dado la vida por la Vida,

mientras haya martirio habrá conversión,

mientras haya martirio habrá eficacia [...]

Por Él y por vosotros y vosotras

sabremos jubilosamente

que nos toca resucitar aunque nos cueste la vida[69].

 

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[1] C. M. MARTINI, Esteban, servidor y testigo. Meditaciones 2 (Madrid 1991) p. 15, el autor se refiere en concreto a los siete versículos contenidos en Hch 7, 54-60.

[2] Es atendible el argumento de J. L. ARANGUREN, “Crítica histórico-cultural y crítica literaria”, en Obras completas (Madrid 1996) pp. 336-339 (esp. p. 337-338), quien al aludir a la crítica de las fuentes, la cual, comenta, Pedro Salinas llamaba por burla: crítica “hidráulica”, es conveniente “no tanto el término a quo como el término ad quem: adónde va, a través de cada obra, el curso de la historia literaria en su estructura funcional, mucho más que de dónde viene o procede” [lo subrayado es del autor].

[3] Véase S. FREYNE, Texts, Contexts and Cultures. Essays on Biblical Topics (Dublin 2002), donde el profesor agrupa una serie de investigaciones que ayudan a aquilatar la necesidad de la investigación contextual para una adecuada interpretación.

[4] Es la única ocasión que la expresión to.n ui``o.n tou/ avnqrw,pou aparece fuera de los evangelios en todo el Nuevo Testamento, ya que o]moion ui``o.n  avnqrw,pou en Ap 1, 13 y 14, 14, como asume F. F. BRUCE, The Acts of the Apostles. Greek Text with Introduction and Commentary (Grand Rapids 19903) p. 211, debe calificarse como una expresión diferente.

[5] Precisa E. F. SCOTT, “The History of the Early Church”, en IB (Nashville, 199551) VII/ pp. 176-186 (esp. p. 180), que con la confesión “Jesús es el Señor” declaran que Jesús y no otro es su Master.

[6] Anticipamos que la expresión dexiw/n e``stw/ta tou/ qeou/ (v. 56) es en extremo original, ya que lo usual sería estar “sentado a la diestra de Dios” (Cf. Lc 22, 69; Hch 2, 34, etc. de acuerdo al Sal 110, 1).

[7] Según G. THEISSEN, La Religión de los Cristianos, BEB 108 (Salamanca 2002) pp. 300-301, “El número doce indica que no está representada aquí únicamente la comunidad primitiva de Jerusalén, sino todo Israel. Los Doce son misioneros itinerantes que se saben enviados a las doce tribus. El número septenario corresponde, en cambio, a los representantes de una localidad; encontramos aquí un primer embrión de las estructuras de autoridad en una comunidad”.

[8] Es probable que Esteban fuera uno de los helenistas, a quienes se menciona como distintos de los hebreos, pues es nombrado en primer lugar en el grupo de los “Siete” (Hch 6, 1-15); además otro motivo para considerarlo helenista es el que su nombre sea griego. De acuerdo E. F. SCOTT, “The History...”, VII/ pp. 176-186 (esp. p. 181), dado que algunas colonias de judíos se habían establecido en todas las grandes ciudades del imperio romano, y a los judíos nacidos en el extranjero se les conocía como Helenistas, ya que eran de habla griega y mantenían comunicación con Palestina y el templo. Muchos de ellos habían regresado para establecerse en Jerusalén por motivaciones, sin duda, de índole religiosa.

[9] Aparece por vez primera en el libro de los Hechos nada menos que un joven llamado Saulo aprobando el martirio; de modo que, en opinión de: A. WIKENHAUSER, Los Hechos de los Apóstoles, Biblioteca Herder. Sección de Sagrada Escritura 96 (Barcelona 1967) p.  137,  corresponde precisamente a Saulo ser el alma de esta primera persecución.

[10] Véase S. FREYNE, “Jesús, el Mártir”, en Concilium 299 (2003) pp. 55- 65 (p. 57), quien muestra la progresiva evolución del término ma,rtuj, el cual no obstante proceder del ámbito legal, pasó a convertirse en un término técnico referido a la experiencia misionera cristiana en un mundo hostil.

[11] Cf.. BIBLIA DE JERUSALÉN (Bilbao 1998) p. 1605 y J. A. FITZMYER, Los Hechos de los Apóstoles. Hch 1,1 – 8,40, BEB 112 (Salamanca 2003) I/ p. 529.

[12] Así J. ROLOFF, Hechos de los apóstoles (Madrid 1984) pp. 174-178.

[13] Esteban aparece un par de veces más en el libro de los Hechos: al mencionar la persecución desatada por su causa (11, 19); y cuando Pablo, en la visión extática de Jerusalén, en coloquio con el Señor, le recuerda que estuvo presente en el derramamiento de la sangre del discípulo, a quien refiere ante el Resucitado precisamente como  tou/ ma,rturo,j (22, 20).

[14]  Subraya R. E. BROWN, An Introduction to the New Testament, ABRL (New York – London – Toronto – Sydney – Auckland, 1997) pp. 295, que en el libro de los Hechos destacan discursos de Pedro y de Pablo, pero ninguno está tan logrado como el de Esteban.

[15] D. L. BOCK, Luke 9: 51-24: 53, BECNT (Grand Rapids 1996) p. 1836.

[16]Véase H. J. CADBURY, The Making of Luke – Acts (London 1958) p. 231, quien demuestra que la misma transferencia ocurre con los falsos testigos, el cargo de blasfemia y otros detalles de la narración de Marcos. Además, al referir la escena de Jesús ante Herodes y también ante Pilato, Lucas presenta al Maestro como llevado ‘ante gobernantes y reyes’, al igual que Pablo ante otros procuradores; tal y como fue predicho por Jesús para sus seguidores, así como para el propio Mesías en el primer salmo, en el cual  se mencionan ambos: ‘reyes de la tierra’ y ‘gobernantes’.

[17] Acertadamente opina F. PASTOR, Hechos de los Apóstoles. El Mensaje del Nuevo Testamento 5 (Madrid 1989) p. 66, que el discurso parece un poco fuera de lugar, pues no responde a las acusaciones formuladas y en cambio se extiende en una meditación sobre algunos puntos de la historia de Israel.

[18] Cf. A. T. ROBERTSON,. The Acts of the Apostles. Word Pictures in the New Testament III (Nashville, 1930) p.97.

[19] Cf. F. F. BRUCE, O.c., p. 210.

[20] S. J. EMMANUEL, “En el marco de una lucha asiática por la vida y la dignidad de los tamiles de Sri Lanka”, en Concilium 299 (1993) pp. 25-32 (esp. p. 28), Véase F. WILFRED, “El martirio en las tradiciones religiosas”, en Concilium 299 (2003) pp. 85-94, quien coincide y explica cuidadosamente el citado aserto de Emmanuel.

[21] Para G. THEISSEN, O.c., p. 160, las experiencias del Espíritu se vivieron en la comunidad como una demostración viva de que Jesús llenaba de fuerza divina a sus seguidores desde el cielo.

[22] Explica P. GRELOT, Sentido cristiano del Antiguo Testamento. Bosquejo de un tratado dogmático.  Biblioteca Manual Desclée 2 (Bilbao 19952) pp. 172-174, que ya en el Antiguo Testamento el Espíritu había actuado sobre el pueblo elegido, al que disponía en orden al futuro; sin embargo, el exégeta acota que: “Su acción santificante o carismática no tenía ni la misma forma, ni la misma densidad, ni los mismos resultados que puede tener ahora, cuando Cristo resucitado ha inaugurado personalemente esta vida de la ciudad celeste en la que todos los justos tienen derecho de ciudadanía” [las cursivas son nuestras].

[23] En estadísticas consultadas de: J. R. KOHLENBERGER III - E. W. GOODRICK - J. A. SWANSON, The Exhaustive Concordance to the Greek New Testament (Grand Rapids, 1995) pp. 434-435 y p. 203, encontramos los verbos  qewre,w  y dianoi,gw veintiuna y siete veces respectivamente. Ahora bien,  según J. A. FITZMYER,O.c., I/ pp. 534-535, es probable que hasta el plural ouvranoi, como en 2, 34, sea del caletre de Lucas. Por lo que respecta al significado de la expresión “los cielos abiertos”, véase J. J. PILCH, “Heaven in the Bible. A Window into the Biblical World”, en The Bible Today (Jul/Augt 2004) pp. 241-245 (esp. p. 245), quien demuestra que de acuerdo a su cosmovisión el cielo era la morada de Dios y de los creyentes virtuosos.

[24] Este pasaje, insistimos, es el único, en todo el N.T., en que otra persona se refiere a Jesús con esta denominación, ya que Ap 1, 13; 14, 14; Hb 2, 6, son citas del A.T.

[25] Es un modismo usual en la literatura griega (Jenofonte, Ciropedia 8, 5, 15 y  Hero, Automatapoetica 6, 24). Véase W. GRUNDMANN, “dexio,j”, TDNT, II/ p. 38, quien demuestra que en el pensamiento griego el lado derecho fue el lado de la suerte y la buena fortuna, mientras que la izquierda fue de debilidad e infortunio. Por su parte, D. CRUMP, Jesus the Intercessor. Prayer and Christology in Luke-Acts (Grand Rapids 1992) pp. 191-192, comenta que en el Antiguo Testamento la mano derecha fue la mano para bendecir (Cf. Gn 48, 14.17ss.) y el asiento del poder (divino) (Cf. Ex 15, 6. 12; Job 40, 14; Sal 18, 35; 20, 6; 21, 8; Hab 2, 16). De ahí se infiere que estar “a la derecha” fue considerado como un signo de favor y protección divina (Cf. Sal 16, 11; 80, 17; 110, 1; Jr 22, 24). Pero la metáfora también puede significar que Dios se sitúa a la derecha de aquellos que él sostiene (Sal 16, 8; 73, 23; 110, 5; Is 41, 13; 45, 1; 63, 12). 

[26] G. DALMAN ,Words of Jesus, p. 311, citado por F. F. BRUCE, The Acts of the Apostles. Greek Text with Introduction and Commentary (Grand Rapids 19903) p. 210.

[27] Así, W. KELLY, An Exposition of the Acts of the Apostles (London, 1952 3) p. 103.

[28] A. WIKENHAUSER, Los Hechos de los Apóstoles, Biblioteca Herder. Sección de Sagrada Escritura 96 (Barcelona 1967) p.  135.

[29] GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, 29, 7: PL 76, 1217, citado por, G. PONS, Jesucristo en los Padres de la Iglesia (Madrid, 1997) p. 237 [las cursivas son nuestras].

[30] Así H. P. OWEN, “Stephen’s Vision in Acts VII 55-6”, en NTS 1 (1954-55) p. 225.

[31] Véase C. F. D. MOULE, “From Defendant to Judge – and Deliverer”, en The Phenomenon of the New Testament: An Inquiry into the Implications of Certain Features of the New Testament (London 1967) pp. 82-99 (esp. p. 90).

[32] Así D. CRUMP, Jesus the Intercessor. Prayer and Christology in Luke-Acts (Grand Rapids 1992) p.189-190. Véase B. LINDARS, “Jesus as Advocate: A Contribution to the Christology Debate”, en BJRL 62 (1980) pp. 476-497.

[33] En su interesante análisis F. WILFRED, “El martirio en las tradiciones religiosas”, en Concilium 299 (2003) pp. 85-94, (esp. p. 94), previene que tanto el martirio como la religión representan las cosas más nobles y los crímenes más abyectos de los que son capaces los seres humanos; y subraya el autor:  todo en nombre de Dios” [las cursivas son nuestras].

[34] Según E. F. SCOTT, “The History...”, VII/ pp. 176-186 (esp. p. 182), Esteban fue llevado a juicio ante el Consejo acusado de blasfemo. Dado que no tenemos registro de tal condena, el relato lucano parece indicar que mientras el juicio estaba todavía en proceso Esteban hubiera sido arrastrado por una turba  y apedreado hasta morir.

[35] En el Deuteronomio encontramos incluso regulado el procedimiento: “La mano de los testigos será la primera que caerá sobre él para darle la muerte, y luego la mano de todo el pueblo. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti” (17, 7)  (cf. Lv 24, 14-16; Dt 13, 9-12).

[36] Puntualiza F. F. BRUCE, O.c., p. 212, que a pesar de haberse objetado argumentando que conforme a la normatividad de la Misná, las ropas del criminal debían ser depositadas a una corta distancia del lugar de la lapidación, lo cual, para F. C. CONYBEARE, “The Stoning of St. Stephen”, en Exp. 8, 6 (1913) pp. 466-70, sería la razón de la enmienda de auvtou por auvtw/n (o eauvtw/n B pc). Sin embargo, Bruce razonablemente reconvino la explicación, ya que Lucas interpretó de otra forma, pues en Hch  22, 20 confirma que fueron las ropas de los ejecutores y no las del mártir las que guardó Pablo. Para J. A. FITZMYER, O.c., I/ p. 537, el apilar los mantos a los pies de alguien pudiera haber sido un acto simbólico, cuyo significado se nos escapa hoy. Recuérdese el acto simbólico de depositar la ganacia ‘a los pies de los apóstoles’ (4, 35.37; 5, 2).

[37] Así J. A. FITZMYER, O.c., I/ p. 536, quien sostiene que: “El ‘arrastrar’ fuera de la ciudad es parte de la razón de por qué la muerte de Esteban se considera como una acción desautorizada, un linchamiento”.

[38] Compárense las propias referencias del Apóstol a su actividad como perseguidor en Gal 1, 13.23; I Co 15, 9; Flp 3, 6; si bien nunca hace alusión a Esteban o a su muerte.

[39] Según J. ROLOFF, O.c., p. 174, dada la concentración de este pasaje en la figura de Esteban, sería estilísticamente inadmisible que un dato tan anecdótico de la vida de Pablo, como es hacer de guardarropa, pudiera pertenecer a la tradición.

[40] A pesar de que la primera parte del versículo de Lc 23, 34 no se encuentre en importantes testigos, es probable que se fundamente en un recuerdo histórico. Véase J. NOLLAND , Luke 18: 35- 24: 53, WBC 35c (Dallas 1993) p. 1144, quien considera que el versículo es muy audaz, no simplemente por no introducir la necesidad del arrepentimiento, sino también porque propone el perdón precisamente en el momento mismo de la cruz. Y, opina el autor que: “Ello va más allá de un sentimiento de los primeros cristianos: Esteban al proponer algo similar en Hch 7, 60, enfrenta su muerte de tal manera que de acuerdo a Lucas está interesado en reflejar las características clave de la muerte de su Señor. La oración de la cruz tiene buenas bases para pensar que se afinca en una reminiscencia histórica, pues expresa una clara e intensa encarnación de la enseñanza de Jesús de amar a los enemigos (cf. Lc 6, 27-28)”. Mientras que para D. L. BOCK, O.c., pp. 1840-1841, se trata de una de las varias acciones irónicas que se encuentran en la perícopa, ya que es Jesús, quien estando en cruz en medio de dos criminales ofrece una oración de perdón por sus verdugos.

[41] C. DUQUOC, Jesús hombre libre, Verdad e Imagen 82 (Salamanca 199610) pp. 99-100, explica que quien perdona juzga que quien hace daño es menos hombre que quien lo padece. Su acto pretende romper el hechizo del mal, pues tiene como finalidad acabar con ese círculo en el que naufraga toda comunicación real. Por otra parte, M. CRESPO, El perdón. Una investigación filosófica, Ensayos Filosofía 216 (Madrid 2004), en el capítulo II de su obra, intitulado: “¿Qué no es el perdón?”, pp. 43-74, mediante la aplicación de un método fenomenológico, el autor, acertadamente, asevera: “Perdonar no es un ‘cerrar los ojos’ complicente o un dejar que el tiempo restañe las heridas. Perdonar es ‘hacer algo’” (esp. p. 58). Lo cual justamente vemos hacer a Esteban al implorar al Señor a favor de sus verdugos.

[42] JENOFONTE, La Ciropedia, Lib. I, Cap. IV, xxv [Versión de Demetrio Frangos] (México D.F. 19922) pp. 70-71 [las cursivas son nuestras].

[43] J. ROLOFF, O.c., p. 178.

[44] Comenta F. F. BRUCE, O.c., p. 213, que vemos una inesperada palabra de paz para una muerte tan brutal. (cf. Hch 13, 36; Jn 11, 11-13; I Co 11, 30; 15, 6.18.20.51; I Ts 4, 13 ss).

[45] CF. F. F. BRUCE, O.c., p. 213.

[46] Conforme a R. RENDÓN, “El Bautismo del Eunuco etíope (Hch 8, 26-40)”, en D. R. LANDGRAVE (Ed.), Palabra no encadenada y provocativa, EBM 4 (México, D.F., 2005) pp. 377-403 (esp. p. 381), el ciclo de Esteban señala la ruptura entre el Israel histórico y el verdadero Isarel de Dios. La misión de la Iglesia deja por primera vez la capital del judaísmo para dirigirse a otros pueblos que viven al margen del judaísmo oficial.

[47] Comenta G. THEISSEN, O.c., pp. 300-301, que el conflicto entre los hebreos y los helenistas es el primero que conocemos; no obstante que sólo lo encontremos en el libro de los Hechos, sin duda  parece tener un sólido fundamento histórico, debido a que: “Esa disputa y la expulsión posterior de los helenistas es eslabón necesario – para la comprensión histórica – entre la comunidad primitiva y Pablo. Surgió a raíz de la diferencia de lenguas y culturas”. Sin embargo, asevera que: “La disputa no tiene por qué haber llevado necesariamente a la fundación de dos comunidades primitivas separadas espacialmente”.  En efecto, el grupo de los Siete y el de los Doce, podrían haber convivido en la misma comunidad y precisamente por la vinculación a ella podrían haber originado tensiones. A los hebreos pertenece el grupo de los Doce; a los helenistas, el grupo de los Siete. De modo que: “Ambos grupos difieren culturalmente (lenguas diferentes). Pero los helenistas entraron en un conflicto bastante grave con la institución central del judaísmo: el templo. Su dirigente, Esteban, muere lapidado a consecuencia de la crítica que hace del templo”. Véase J. D. G. DUNN, Jesús y el Espíritu, KOINONIA 9 (Salamanca 1981), el capítulo 6, que intitula: “Los comienzos entusiásticos en la mirada retrospectiva de Lucas”, pp. 257-315. El autor afirma que: “El descontento y división implicados en Hch 6, 1 difícilmente fue una invencion de Lucas” (p. 263).

[48] Explica E. F. SCOTT, “The History...”, VII/ pp. 176-186 (esp. p. 181), que los cristianos nacidos en Palestina deseaban seguir permaneciendo como fieles judíos, mientras que los helenistas habían empezado a comprender que la nueva fe no era simplemente una adición al judaísmo, sino que se fundamentaba en un principio diferente, que implicaba un rompimiento con las prácticas que hasta el momento eran consideradas esenciales.

[49] Así R. E. BROWN, O.c., pp. 293-294. Véase S. FREYNE, O.c., p. 182, quien coincide en señalar que las divisiones entre los grupos eran mucho más profundas que un simple asunto de diferencias en cuanto a asistencia ofrecida en la comunidad.

[50] G. THEISSEN, O.c., p. 142, se refiere a tal actitud ante el Templo como: “La desnacionalización de la santidad”. Y considera que en la purificación del templo narrada por Marcos, Jesús expresa esa esperanza con palabras de Isaías 56, 7: “El templo debe ser lugar de oración para todos los pueblos (Mc 11, 17)”. Y concluye: “Esteban encarnó quizá esta esperanza”. C. SÁNCHEZ, Las máscaras del dinero. El simbolismo social de la riqueza, Autores, textos y temas. Ciencias sociales 38 (Barcelona – México, 2004), realiza un acercamiento interpretativo a la realidad social del dinero. En la primera sección de su obra que abarca las sociedades antiguas hay un apartado referente a las culturas mediterráneas (pp. 48-56), en el cual el investigador estudia la relación entre el Templo y el dinero, concluyendo: “Es precisamente el templo el lugar en el que el hombre busca el aliento regenerador y, a su vez, el contexto en el que el comercio, como nosotros lo conocemos, da sus primeros pasos”. Al extremo, dice el autor que: “W. Benjamin lo concibe como el banco sagrado de la antigüedad, al tiempo que los bancos de la modernidad son templos profanos, las iglesias de la profanidad” [las cursivas son nuestras] (pp. 51-52).

[51] Comenta J. I. GONZÁLEZ, “Testigo del amor, muerto por odio al amor”, en Concilium 299 (2003) pp. 67-74 (esp. p. 71-73), que el mártir es principalmente testigo. Testigo de la verdad de Dios que es amor, en un mundo regido por el desamor y el egoísmo. Testigo de esa verdad con el testimonio de su vida, y no con una mera enseñanza abstracta.

[52] La razón asiste a E. TAMEZ, “Mártires de América Latina”, en Concilium 299 (2003) pp. 33- 39 (esp. p. 37), cuando afirma que: “Mártires son quienes defienden algo central del Reino de Dios”.

[53] J. HERNÁNDEZ, “La esperanza que nace del amor de los mártires”, en Concilium 299 (2003) pp. 149-157 (esp. pp. 153-154), parafraseando a Bonhoeffer, afirma que: “La esperanza no es barata [...] Porque a nadie le quitan la vida los sistemas de este mundo si no ha intentado construir un proyecto histórico que vaya a contrapelo de los peores hábitos del corazón en la cultura, en contra de las injusticias económicas y políticas más violentamente estructurales y a favor de una nueva sociedad que se encamine, aunque sea a trancas y barrancas, hacia el reino de la justicia, de la libertad y del encuentro respetuoso de las culturas y las religiones”. Comenta G. THEISSEN, O.c., p. 200, que el cristianismo relativizó también el lenguaje ritual del judaísmo. Y estima que el propio Jesús quizá había soñado ya con la apertura del templo, como posteriormente Esteban o el evangelio de Marcos. Y concluye: “En todo caso, Jesús sentó las bases para la relativización de los preceptos de pureza, tendentes a la segregación (Mc 7, 15), y esto tuvo, después de pascua, consecuencias prácticas en el cristianismo primitivo”.

[54] Al respecto, véase S. FREYNE, O.c., pp. 182-186, donde el autor expone su opinión sobre la primitiva praxis cristiana de la inculturación.

[55] F. WILFRED, “El martirio...”, pp. 85-94 (esp. p. 85).

[56] Acertadamente comenta G. THEISSEN, O.c., p.61, que: “Los cristianos llevaron a Jesús al centro mismo de su mundo religioso, lo entronizaron en sus himnos y oraciones a la derecha de Dios y pusieron así la base para la separación del cristianismo y judaísmo”; aunque más tarde, en su obra, este autor precise que: “Un punto decisivo es que, en la estructura profunda de sus convicciones, el cristianismo primitivo comparte ampliamente las creencias del judaísmo. La diferencia a este nivel radica, sobre todo, en la reorganización cristocéntrica de las imágenes, motivos, narraciones y elementos semióticos comunes” (p. 342) [las cursivas son nuestras].

[57] Véase  J. ROLOFF, O.c., p. 177, quien considera  estamos ante una oración que recuerda el Sal 31, 6, la cual correspondía a la noche en la religiosidad judía. La oración se dirige a Jesús directamente, expresando una gran confianza en que el propio Jesús, como Señor glorificado, puede savaguardar la comunión de vida entre él y su testigo, aun a través de la muerte corporal.

[58] Véase J. NAVONE, “Luke-Acts and the Roman Empire. God and Caesar”, en The Bible Today (Jul/Augt 2004) pp. 230-234, en cuyo artículo el autor demuestra la intención de Lucas por exhortar  a su comunidad a desplegar la misma fidelidad cuando sean procesados como hicieran el propio Jesús y sus primeros discípulos.

[59] En un muy hermoso y muy crítico artículo de T. OKURE, “África, un continente martirizado: Semilla de nueva humanidad”, en Concilium 299 (2003) pp. 41-51 (esp. p. 49), en el cual la autora exhorta a no olvidar que: “A la muerte de Cristo siguió su resurrección. Aquel que muere en Cristo resucita con él a la vida nueva”.

[60] Comenta R. E. BROWN, O.c., pp. 293-294, que de igual manera que la muerte de Jesús no constituyó el final porque los apóstoles recibieron el Espíritu Santo para continuar la obra, la muerte de Esteban no es el final, ya que estaba observando un joven llamado Saulo (7, 58), quien consintió la lapidación, pero conforme al designio de Dios le tocó continuar la obra de Esteban.

[61] Véase: “Martyr”, en L. RYKEN  - J. C. WILHOIT – T III. LONGMAN (Eds.), Dictionary of Biblical Imagery (Downers Grove, USA - Leicester, England, 1998) pp. 539-540 (esp. p. 540), donde se afirma que en el Nuevo Testamento, Esteban sobresale como el primer mártir cristiano, quien encarna la instrucción de Jesús de asumir su cruz y seguirlo (Cf. Mc 8, 34; Lc 9, 23). Asimismo, en una bella editorial dedicada precisamente a “Repensar el Martirio”, a cargo de T. OKURE - J. SOBRINO –F. WILFRED, en Concilium 299 (2003) pp. 7-11 (esp. p. 8), quienes denominan “mártires jesuánicos” a aquellos que mueren como Jesús por haber vivido, trabajado y luchado con Él. Con fundamento, justo, en que “Jesucristo es el sacramento original del martirio”, citado por J. SOBRINO, “Nuestro Mundo. Crueldad y Compasión”, en Concilium 299 (2003) pp. 15-24 (esp. p. 20);  quien explica, sin embargo, que los mártires jesuánicos se constituyen en principio hermenéutico, mistagogía, para comprender el martirio de Jesús.

[62] Ciertamente coincidimos con S. CARRILLO, Los Hechos de los Apóstoles. Al impulso del Espíritu Santo (México, D. F., 1986) p. 71, en que en su discurso Esteban se detiene en especial en José, a quien considera un personaje figura de Jesús (Cf. Hch 7, 17-44).

[63] G. THEISSEN, O.c., pp. 46-47.

[64] Véase G. THEISSEN, O.c., p. 104, quien explica: “No es casual que en el centro del sermón de la montaña figure el Padrenuestro, con la petición de perdón, como prototipo de exigencias radicalizadas”. 

[65] C. M. MARTINI, O.c., p. 23.

[66] C. DUQUOC, O.c., p. 102.

[67] C. MESTERS, “El siervo de Yahvé. La sufrida resistencia de los pobres, espejo de la justicia de Dios”, en Concilium 299 (2003) pp. 75-83 (esp. p. 81) [lo subrayado es del autor].

[68] G. THEISSEN, O.c., p. 142.

[69] P. CASALDÁLIGA, “Carta abierta a nuestros mártires”, en Concilium 299 (2003) pp. 171-173 (esp. p. 173).