EL PERDÓN, ACTITUD VECTORA DE LA VIDA CRISTIANA

(HCH 7, 54 - 8, 3)

 

Juan López Vergara

 

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Introducción.

El texto que hemos escogido para estudio nos parece interesante a partir, principalmente, de sus matices cristológicos, los cuales son de exquisita originalidad, al grado que el señor cardenal Carlo M. Martini lo considera “uno de los puntales fundamentales de la revelación neotestamentaria”[1]; de aquí que nos propongamos analizarlo mediante el instrumental ofrecido por los métodos histórico-críticos, a fin de contactar con el desarrollo de tan singular percepción cristológica referida en la obra lucana[2].

Asimismo, estimamos importante la perícopa elegida porque reseña el intenso impacto provocado por la ejecución de Esteban, ya que ésta es presentada por el narrador, justo, como la raíz de la prístina misión cristiana, por cuyo motivo queremos abordar la naturaleza del martirio desde la perspectiva de las ciencias sociales, basados en la convicción de que las culturas y los contextos particulares no son sólo conceptos, sino condicionamientos vitales asumidos por comunidades reales[3].

El contenido del texto, en efecto, es de hondo calado cristológico:  en primer lugar, por los títulos que confiere a Jesús de Nazaret, pues encontramos dos de los más antiguos que los primeros cristianos le otorgaron: “Hijo del hombre” (V. 56)[4] y “Señor Jesús” (v. 59)[5].

En segundo término, por  las funciones que le atribuye al Resucitado: el estar de pie a la diestra de Dios (v. 55.56)[6]; y ser el receptor del espíritu del mártir (v. 59).

Y, en tercer lugar, por la profunda identificación de Esteban con Jesucristo, puesto que su propio discurso se erige en testimonio, al igual que el de Pedro y los once cuando enfrentaron a las autoridades en Jerusalén (Hch 2, 14), o el de Pedro y Juan (Hch 3, 12; 4, 8; 5, 29); pero en nuestro caso ya no se trata de un  miembro de los “Doce”[7], sino de un simple discípulo[8], configurado de tal modo a Cristo, que lo vemos orando por quienes lo están asesinando.

Desde la óptica del análisis contextual, la perícopa brinda asimismo sorprendentes matices, debido a que la ejecución del mártir da pie, estrictamente hablando, a la primera persecución cristiana, de manera que el suceso motivó una sugerente interpretación lucana, que asume el testimonio de Esteban como trampolín de la difusión de la Palabra y anuncio del próximo desencuentro entre la comunidad de seguidores del Señor y el judaísmo; a la vez que el narrador aprovechó la oportunidad para introducir en su obra la figura de Pablo[9].

De manera que atendiendo a la peculiar presentación del texto barruntamos que éste ha sido elaborado cuidadosamente por el evangelista, en especial, porque de la misma forma en que podemos apreciar un crescendo en los títulos y en las funciones atribuidas a Jesús, la perícopa parece también coronar el extraordinario despliegue de la figura de Esteban (Cf. Hch 6, 1- 8, 3), quien de testigo se convierte en mártir[10], al constituirse en la primera persona que entrega su vida por la fe en Jesús.

 

1. Composición literaria.

El martirio de Esteban se nos propone como una reacción ante su testimonio:  vAkou,ontej de. tau/ta diepri,onto tai/j kardi,aij auvtw/n kai. e;brucon tou.j ovdo,ntaj evp v auvto,n.  (Hch 7, 54), por lo cual el padre Fitzmyer estima que lo contenido entre los versos 54 al 60 conforma una perícopa, diferente a como se encuentra en la Biblia de Jerusalén, que considera el  inicio de la perícopa hasta en el versículo 55[11]. Nosotros, en cambio, juzgamos  conveniente extenderla hasta 8, 3, donde en realidad el narrador finiquita el tema, pues incluye el duelo por Esteban y una breve descripción de la persecución que se originó, justo, a partir del martirio; para continuar en 8, 4 con una nueva temática que describe el trabajo de evangelización de Felipe por Samaria.

A partir de la Historia de las formas, nuestro texto, es parte de una narración que muestra el rechazo al discurso de Esteban; pero con respecto a los versos 8, 1b-3 presentan los visos de un sumario, con el cual el narrador coronó su conjunto literario, para ayudar a comprender a sus lectores el significado global de lo acontecido[12].

El evangelista formula tal conjunto literario alrededor de Esteban, el cual podemos subdividir en dos secciones: a) el relato de su martirio propiamente dicho (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso antes de su ejecución (7, 1-53)[13].

El texto a estudiar que describe el desenlace de la lapidación y visión del mártir se encuentra magistralmente entretejido con el extenso y elaborado discurso de Esteban[14], o sea formando parte del mismo; por cuyo motivo para una certera comprensión debemos abordarlo en su totalidad, ya que la visión ratifica lo afirmado por el mártir en el núcleo de su discurso, cuando asevera que al Dios trascendente no se le puede confinar en templos construidos por la mano del hombre (Hch 7, 48-50).

En la composición del texto vemos una marca distintiva de definido cuño lucano: la historiografía imitativa, que muestra una clara intención literaria del escritor, quien procura establecer paralelos entre su descripción de la muerte de Esteban y la de Jesús.

En consecuencia, primero, al igual que Jesús clamó con gran voz (Lc 23, 46), Esteban lo hace del mismo modo (Hch 7, 60); incluso en ello el redactor emplea idéntico vocabulario: fwnh|/ mega,lh|.

Segundo, la visión que tiene Esteban del Hijo del hombre (Hch 7, 56), semeja un eco de las palabras de Jesús ante el sanedrín (Lc 22, 69).

Tercero, la petición de Esteban: ku,rie, mh. sth,sh|j auvtoi/j tau,thn th.n avmarti,an  (Hch 7, 60), recuerda al lector la plegaria lucana de Jesús: pa,ter, a[fej auvtoi/j\ ouv ga.r oi[dasin ti, poiou/sin (Lc 23, 34).

Y, cuarto, se concluye diciendo que Esteban evkoimh,qh (Hch 7, 60), así como evxe,pneusen Jesús (Lc 23, 46)

De acuerdo con lo expuesto, en la característica presentación lucana “Jesús se constituye en el modelo del mártir”[15].

Sin embargo, este distintivo rasgo de la narrativa composicional del tercer evangelista no consiste sólo en situar determinadas ideas o palabras en boca de los personajes, sino en crear una dih,ghsij perfectamente interconectada, como se observa, por ejemplo, en la omisión del hagiógrafo respecto de la acusación en contra de Jesús por pretender destruir el templo (Compárese Mc 14, 58 y Mt 26, 61 con Lc 22, 66-71), para reaparecer, justo, entre los cargos imputados a Esteban (Hch 6, 13-14)[16].

2.   Labor redaccional y fundamento tradicional.

Hemos comentado que podemos subdividir el conjunto literario referente a Esteban en dos secciones: a) el relato de su martirio estrictamente hablando (6, 8-15; 7, 54-60 y 8, 2); y b) el discurso que precede y motiva su ejecución (7, 1 – 7,53).

El núcleo de nuestro pasaje (7, 54 - 8, 1a) al parecer abarca la segunda parte de una tradición, que comenzaría en 6, 8-15, cuyo tema estriba en la controversia entre Esteban y los miembros de las sinagogas de Jerusalén.

Ahora bien, si la tradición la encontramos dividida en dos partes seguramente se debe a que Lucas la separó, justo, para introducir el discurso de Esteban[17].

El evangelista relata un incidente histórico recibido de la tradición cristiana prelucana, que él ha configurado con acabada creatividad según su estilo. Veamos:

El verso 54 que es redaccional tiene por objeto establecer un vínculo entre el discurso y el relato del martirio: “Mientras oían estas cosas, sus corazones se consumían de rabia y rechinaban sus dientes contra él”. Lucas, pues, muestra interés en subrayar que el coraje causado se debió, primordialmente, a los argumentos esgrimidos por el mártir en su discurso, el cual, sin duda, fue calificado no sólo de sospechoso, sino de heterodoxo:   vAkou,ontej de. tau/ta; de modo que en la génesis de la violencia desplegada se encuentra, nada menos, que la oposición ideológica; misma que en el fondo explica el martirio de Esteban.

El narrador repite en la primera parte del versículo la terminología usada en 5, 33, donde describe la reacción de los saduceos ante el discurso de Pedro, empleando en ello el imperfecto de indicativo del verbo diapri,w, con su matiz de duración e intensidad[18]; y en la segunda, echa mano de la traducción de los LXX, a fin de exponer el ardor de los sentimientos del auditorio (Cf. Job 16, 9; Sal 35, 16; 37, 12; 37, 12; 112, 10; Lam 2, 16). Así, el hagiógrafo revela a sus lectores que Esteban fue más allá de lo que sus ejecutores pudieron tolerar[19]; pues no olvidemos que desde la perspectiva del análisis de las tradiciones religiosas “Los mártires y santos de una parte del conflicto suelen ser los enemigos y figuras demoníacas de la otra” [20].

En el verso 55 el evangelista describe la visión de Esteban: “Pero él, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús de pie a la diestra de Dios”. Estamos ante la primera manifestación de la presencia de Dios en el mártir, ya que para Lucas la plenitud del Espíritu es propia de los grandes momentos en los cuales se reconoce la relación entre la historia del hombre y la gloria de Dios (cf. Lc 4, 1). Se trata, por lo tanto, de una gracia fundamental para el testigo, quien habla impulsado por una plenitud interior[21], hecho subrayado con la expresión do,xa qeou/; misma que sin artículo revela su trasfondo semítico (cf. Ez 9, 3; 10, 19), indicando por su aspecto resplandeciente la presencia majestuosa de Yahvé; de modo que el lector pueda confirmar que la misión del Espíritu está en íntima relación con la resurrección de Cristo[22].

El vocabulario de la primera parte del versículo 56 delata su inconfundible matriz lucana, pues los verbos  qewre,w  y dianoi,gw son empeados por el evangelista frecuentemente, siendo casi de su uso exclusivo en todo el Nuevo Testamento[23].

Vemos otra relación de la visión, pero ahora en discurso directo del propio mártir: “Y dijo: ‘Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la diestra de Dios’”; por ello suponemos que Lucas mediante el verso anterior buscó informar al lector acerca de la identidad del personaje al que se refiere la enigmática expresión ‘Hijo del hombre”.

Es interesante notar que el narrador, al contar el incidente, aluda al Nazareno como:  vIhsou/j (v. 55); mientras que, ahora, en boca de Esteban aparezca como: o``j ui``o,j tou/ avnqrw,pou (v. 56). Tal expresión en el Nuevo Testamento aparece sólo en labios de Jesús y como autodenominación de su personalidad[24]. Por tanto tenemos aquí documentado un término perteneciente a una cristología extremadamente primitiva, la cual está en clara consonancia con la prístina cristología de la exaltación (Cf. Hch 2, 33).

 Notemos cómo se repite la expresión con la cual el evangelista pormenoriza que el mártir contempla al Resucitado evk dexiw/n de Dios, es decir, en una posición de honor[25]; de forma que Esteban aparece en la dih,ghsij como testigo de la presencia operante de Dios en la historia humana.

La visión está descrita en términos que evocan a Lc 22, 69: “De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios”, donde las palabras de Jesús en el juicio pudieran ser una resonancia de Dn 7, 13: “Yo seguía mirando, y en la visión nocturna vi venir sobre las nubes del cielo alguien parecido a un ser humano, que se dirigió hacia el anciano y fue presentado ante él”, en conjunto con el Sal 110, 1: “Oráculo de Yahvé a mi Señor: ‘Siéntate a mi diestra, hasta que haga de tus enemigos estrado de tus pies”. Sin embargo, lo insólito de nuestro caso es que en este versículo Cristo resucitado se encuentra, justo, dexiw/n e``stw/ta tou/ qeou/, en vez de estar sentado, lo cual coincidiría con el referido salmo y tal como figura en otras partes en el Nuevo Testamento (Cf. Mc 14, 62; Mt 26, 64; Lc 22, 69; Hch 2, 34 etc.).

Estimamos improbable que la substitución de e``stw/ta por la usual kaqh,menoj (Cf. Lc 22, 69) no sea significativa y corresponda como se ha sugerido “sólo a un cambio verbal”[26]. El inusitado giro de presentar al Hijo del hombre de pie ha dado lugar a las más variadas e insinuantes interpretaciones. A saber:

Primera, el Resucitado estaría de pie, debido a que no habría asumido definitivamente su asiento, por cuyo motivo aparece ofreciendo a los judíos una oportunidad final[27].

Segunda, Jesús estaría de pie para recibir  al primer mártir, como “si en ese preciso momento acabara de levantarse para infundir ánimo a su testigo y tenderle los brazos a su llegada al cielo”[28]; explicación que se remonta a Gregorio Magno. Veamos:

Es cosa de meditar el que Marcos (16, 19) nos diga que Cristo está sentado a la derecha de Dios y que san Esteban viera los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios (Cf. Hch 7, 55). ¿Cómo es que el uno lo ve sentado y el otro en pie? Ya sabéis, hermanos, que estar sentado es propio de juez, y estar en pie es propio del que lucha y ayuda. Pues bien, como nuestro Redentor subió al cielo y desde allí lo juzga todo, y al fin vendrá como juez universal, Marcos lo ve sentado después de la ascensión. Esteban, en cambio, puesto en medio de una gran batalla, lo ve de pie, como quien está prestándole su ayuda. Porque Él luchaba desde el cielo, con su gracia, para que el mártir venciera en la tierra la infidelidad de sus perseguidores[29].

Tercera, Esteban se encontraría previendo el glorioso advenimiento de Cristo (Cf. Lc 21, 27), quien estaría de pie en preparación para su parusía[30].

Y, cuarta, las palabras del mártir tendrían un vínculo con la promesa de Jesús en Lc 12, 8: “Yo os digo: Por todo el que se declare por mí ante los hombres, también el Hijo del hombre se declarará por él ante los ángeles de Dios”. Esto significa que Jesús estaría de pie como testigo o abogado en la defensa de Esteban[31].

Consideramos la útima interpretación como la más acertada, si bien se ha objetado que en la tradición evangélica el Hijo del hombre siempre ejerce la función de juez y no de testigo/abogado; lo cual no es exacto, pues en el texto aludido, o sea en Lc 12, 8 (cf. Mt 10, 32), emanado de una antigua tradición del Documento Q, donde vemos al  Hijo del hombre ejecutando en concreto las funciones de abogado que testifica ante la corte divina a favor de quienes lo han confesado en la tierra[32]. Ello implicaría que Esteban vive ya, de algún modo, lo escatológico en la historia. 

Pero independientemente de la intención exacta que hubiera tenido el evangelista al presentar al Hijo del hombre de pie, es indudable su deseo de transmitir que Esteban experimentó una visión de Cristo resucitado, quien había sido exaltado a una posición de honor frente a Dios (cf. Hch 2, 33), y que dicha visión confirma cabalmente los argumentos expuestos en su discurso.

En los versículos 57-58a Lucas describe la reacción de los oyentes: “Entonces, gritando fuertemente, se taparon sus oídos y todos a una se avalanzaron contra él; le arrastraron fuera de la ciudad y empezaron a apedrearle”. Esteban fue lapidado porque sus ejecutores lo calificaron de blasfemo, lo cual parece indicarse con el expresivo gesto sune,scon ta. w=ta; es decir, se habrían tapado sus oídos para no tener que oír más ultrajes contra Dios[33].

La lapidación era, en efecto, un castigo legislado en el Antiguo Testamento, justo, por causa de la blasfemia (cf. Lv 24, 14-16), pero también por otro tipo de ofensas, como el culto de dioses extraños (cf. Dt 17, 2-7), el sacrificio de niños a Moloc (cf. Lv 20, 2-5), el profetizar en nombre de dioses foráneos (cf. Dt 13, 2-6), la adivinación (cf. Lv 20, 27), el incumplimiento del sábado (cf. Nm 15, 32-36), el adulterio (cf. Dt 22, 22-23), y la insubordinación filial (cf. Dt 21, 18-21).

Llama la atención, sin embargo, que el verso 58b hable de ma,rtirej como si se tratara de un proceso regular: “Los testigos depusieron sus mantos a los pies de un joven llamado Saulo”; cuando probablemente se aluda a un linchamiento[34], por los siguientes motivos:

Primero,  no obstante que sea verdad que oi`` ma,rturej tenían el deber de tomar parte en la ejecución[35], nos hace dudar el indefinido auvtw/n con que les identifica a los testigos, quienes dejaron sus mantos a los pies del joven Saulo[36].

Segundo, aunque también sea cierto que el cumplimiento de la disposición no debía llevarse a cabo dentro de los límites de la ciudad, la forma como está descrito, es decir, el “arrastrarlo” (evkbalo,ntej) nos conduce a pensar que pudiéramos estar ante un acto que desborda la legalidad[37].

Y, tercero, debido a que en todo el ciclo de Esteban no vemos al Consejo dictar explícitamente una sentencia capital contra él, pero, sobre todo, porque el Consejo bajo la dominación romana, no tenía competencia legal para llevar a cabo una sentencia de muerte (Cf. Jn 18, 31).

Es la primera mención en el libro de los Hechos de aquel que se convertiría en el más grande de todos los seguidores de Cristo. Se ha cuestionado si originalmente el nombre formaba parte de la fuente prelucana, aunque al parecer el evangelista tenía noticia de la participación de Saulo en la persecución de los helenistas (cf. Hch 8, 3)[38]. Con base en este supuesto es posible pensar que Lucas consideró que el relato del martirio de Esteban le brindaba la oportunidad de integrar en su dih,ghsij los conocimientos que sobre el particular él ya poseía. A tal acontecimiento aludirá de nuevo precisamente en un discurso del Apóstol (cf. Hch 22, 20)[39].

El verso 59 pudiera ser un duplicado de la ejecución ya referida en el versículo precedente: “Mientras le apedreaban, Esteban hacía esta invocación: ‘Señor Jesús, recibe mi espíritu’”. En éste se expone que igual como Jesús agonizante encomendara su espíritu al Padre (Lc 23, 46), así lo hace Esteban,  pero el mártir invoca al Ku,rie  vIhsou/, expresando así su fe en Cristo. El narrador desea transmitir a sus lectores que Dios, ciertamente, condujo a Esteban a dar testimonio de su trascendencia y de su inmanencia en la historia y a hacerlo con los mismos gestos que Jesús.

El versículo 60 nos parece genial, porque en éste el narrador, dada la pericia de su verbo, logra mostrar la actitud de fondo de Esteban: “Después dobló las rodillas y dijo con fuerte voz: ‘Señor, no les tengas en cuenta este pecado’. Y diciendo esto, se durmió”. El mártir qei.j ta. go,nata oró (cf. Lc 22, 41; Hch 9, 40; 20, 36; 21, 5), y con indecible magnanimidad pidió por sus verdugos antes de morir.

Nos encontramos ante el testimonio de un cristiano ejemplar que ilumina la santidad donde acaso únicamente se encuentra, es decir, en medio del pecado, de la contradicción. Esteban, como Jesús, no perdonó de forma abstracta (cf. Lc 23, 34)[40], puesto que “sólo puede perdonar al verdugo aquel que ha sido torturado por él”[41].

¡Qué contraste la actitud de Esteban hacia sus enemigos, tanto con la tradición judía como con la helenista!; por ejemplo, referente a la primera, evocamos aquella oración de Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, quien en el momento mismo de su lapidación dijo: “¡Véalo Yahvé y exija cuentas!” (II Cro 24, 22); y de la segunda, las paradigmáticas lecciones, destinadas al príncipe persa y descritas con magistral belleza por Jenofonte, en La Ciropedia,  que translucen, sin duda, el sentir del mundo griego, cuando afirma:

Así pues, lo dejó partir, dándole todos los caballos que él quiso y preparándole también muchas otras cosas, porque lo amaba mucho y tenía grandes esperanzas de que sería un hombre capaz de beneficiar a sus amigos y hacer daño a sus enemigos (kai. fi,louj wvfelei/n kai. evcqrou.j avnia/n)[42].

El texto, además, ostenta un bello eufemismo: evkoimh,qh, en el que seguramente resuena la firme convicción de que la oración del mártir citada en el verso anterior es ya una realidad y por tanto “su muerte se ha convertido en un sueño”[43]. Es probable que Lucas, maestro del contraste, haya elegido ésta imagen para contraponer la serena actitud del mártir con la violenta rabia de sus ejecutores[44].

Ahora bien, no obstante que en el presente versículo veamos exclusivamente el título de “Señor”, es atendible la argumentación de Bruce, quien opina que como en el verso 59, Ku,rie en labios de Esteban es posible se refiera, justo, a Jesús, lo cual significa que es Él mismo quien perdona el pecado[45]. Y no olvidemos que la remisión del pecado se considera como prerrogativa divina; pues no se halla en el judaísmo fórmula de absolución  reconociendo a hombre alguno, por más santo y grande que sea, el poder purificar las almas manchadas (cf. Ex 33, 7; Is 43, 25; Is 44, 22).

El evangelista, después de relatar de manera explícita la aprobación de Pablo, elucida los resultados inmediatos del martirio: “Saulo aprobaba su muerte. Aquel día se desató una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos se dispersaron por las regiones de Judea y Samaria, a excepción de los apóstoles” (8, 1). El pa,ntej parece ser una simplificación literaria, que aludiría a la mayoría de los cristianos, quizá, en especial a los helenistas.

Se marca así el inicio de la ruptura entre los primeros cristianos y sus coetáneos judíos, mediante la clara descripción que hace el narrador acerca del fortalecimiento del rechazo a los cristianos por parte de los residentes de Jerusalén, como la motivación para que la ekklhsi,a ofrendara a sus primeros misioneros[46]. De modo que  el testimonio de los perseguidos fue el impulsor de la propagación de la Palabra; sorprende, sin embargo, que los apóstoles, quienes fueron a los que originalmente se opusieron, decidieran quedarse.

Acto seguido Lucas detalla el sepelio del mártir y el gran dolor que causó su ausencia, para concluir subrayando la férrea persecución del joven Saulo: “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él. Entretanto Saulo hacía estragos en la Iglesia; entraba por las casas, se llevaba por la fuerza hombres y mujeres, y los metía en la cárcel” (8, 2-3).

El narrador termina la perícopa con la reseña del proceso persecutorio, el cual habría iniciado contra los apóstoles por las autoridades de Jerusalén (4, 1.5-6; 5, 17), luego por los judíos de la diáspora en oposición a Esteban (6, 12; 7, 58) y ahora por Saulo contra todos los cristianos.

 

3. La perspectiva lucana.

Debido a que El martirio es un concepto histórico, es menester analizar la realidad que lo produce y por qué lo produce. El evangelista propone el martirio de Esteban, justo, como una reacción ante su discurso,  el cual presenta ciertos visos testamentarios, y cuya argumentación denota no sólo diferencias culturales[47] sino también de índole teológico[48]; puesto que Esteban, líder de los helenistas, declaró que el Templo no tenía ya ningún significado (cf. Hch 7, 48-50)[49].

 Esto implica, en consecuencia, que Esteban golpeó un cimiento muy sensible de la arquitectura institucional de la religión judía[50], ya que su postura al parecer contrasta con la del grupo de los apóstoles, quienes, ciertamente, siendo hebreos convertidos al cristianismo, por su fe en el Resucitado no habían dejado de ofrecer culto en el Templo (cf. Hch 2, 46; 3, 1; 5, 12.21); indicio que apunta a una posible pista para comprender mejor el por qué los apóstoles no se vieran precisados a abandonar Jerusalén (cf. Hch 8, 1).

Tan honda desemejanza cultural y teológica sería testificada con el  martirio de Esteban[51], constituyéndose así en el resultado de la pasión del mártir por la justicia al oponerse decididamente al ethos dominante de su tiempo, que había delimitado la experiencia de Dios en un esquema, ya que los valores del Reino[52] personificados en la postura de Esteban chocaron con los valores y los intereses de una religión en torno al Templo[53].

Todo ello habría dado pauta a una feroz persecución, la cual por paradójico que parezca motivó la expansión de la Buena Nueva (cf. Hch 8, 1), correspondiendo al grupo de los Helenistas y no a los Doce el impulso misionero de la fe fuera de Jerusalén, justo, como resultado del ataque de Esteban, en particular, a uno de los símbolos centrales de la fe judía.