LA
SUBCULTURA CAMPESINA EN EL MENSAJE DE JESÚS:
SER
DUEÑO DE UN VIÑEDO EN LA GALILEA DE ANTIPAS
Esther Miquel
1. Introducción.
Este
estudio trata de las dos únicas parábolas evangélicas en las que aparece un
personaje caracterizado como ‘dueño de un viñedo’: La parábola de los
viñadores homicidas (Mc 12, 1-9 y par.), que pertenece a la triple
tradición y tiene un paralelo en el evangelio de Tomás, y la parábola de los
jornaleros de la viña (Mt 20, 1-16) que pertenece al material propio de
Mateo. Mi análisis no pretende ser exhaustivo. Se centra en el papel que el
dueño de viña tiene en cada una de las parábolas como representante de lo que
considero una figura social extraordinariamente importante en la Palestina
rural del tiempo de Jesús, a saber, la figura del patrón local. Este estudio es
parte de un proyecto de investigación más amplio cuyo tema describiría
resumidamente como un intento de recuperar las raíces campesinas de la
enseñanza y praxis de Jesús[1].
Jesús
fue criado en Nazaret, una aldea rural del interior de Galilea. Aunque la
tradición evangélica nos informa de que él y su padre eran artesanos de la
construcción, el medio social en el que fue criado y educado debe ser
caracterizado como una comunidad campesina. Una de las hipótesis fundamentales
en la que se apoya todo el resto de mi reflexión es que este hecho no pudo por
menos que marcar toda la forma de ser, pensar y sentir de Jesús. Si Jesús
desarrolló sus capacidades cognoscitivas, morales y emotivas a través de los
procesos psicosociales comunes a todos los seres humanos, hemos de pensar que
su enraizamiento social en el contexto de una aldea campesina tuvo que
contribuir de forma decisiva a configurar su personalidad y, consecuentemente,
también su enseñanza. Son algunas de esas huellas campesinas en su enseñanza
parabólica lo que concretamente quiero aquí rastrear.
Para
entender adecuadamente el proyecto de Jesús, junto a las raíces campesinas que
configuraron su personalidad, también es importante recuperar la presencia del
campesinado entre sus seguidores. Si tenemos en cuenta que en todas las
sociedades del Imperio Romano el campesinado constituía aproximadamente el 85%
de la población y que Jesús no parece haber anunciado su mensaje en ninguno de
los centros urbanos de Galilea, la presencia de campesinos entre sus oyentes y
seguidores galileos tuvo necesariamente que ser mayoritaria. Mi hipótesis de
trabajo debe, pues, completarse diciendo que el proyecto de Jesús no fue sólo
el proyecto de un hombre procedente del ámbito rural, sino que, además, se
dirigió fundamentalmente a campesinos.
2. Modelo
antropológico.
Mi
interés por las raíces campesinas de la persona y el proyecto de Jesús tiene su
origen en los trabajos sobre el campesinado del sociólogo y antropólogo James
C. Scott.
Uno
de los méritos de este investigador es haber precisado la noción de ‘subcultura
de un grupo subordinado’ y haber propuesto una serie de criterios con los que
determinar las manifestaciones de sus características más distintivas[2].
La subcultura de un grupo subordinado se define siempre en relación a la
cultura del grupo dominante - la oficialmente vigente. Comparte con ella los
rasgos fundamentales de su visión del mundo, pero se distancia de ella y, a
veces, incluso se opone, en lo que se refiere al sistema de valores así como en
la configuración y expresión de la vida emocional. La subcultura de un grupo
subordinado sirve, entre otras cosas, para configurar una percepción moral
propia capaz inmunizar a sus miembros del desprecio y los abusos que habitualmente
sufren por parte del grupo dominante. Los miembros del grupo subordinado
elaboran formas propias de reconocimiento social, autoestima y solidaridad
interna, y valora comportamientos o actitudes tendentes a eludir las
obligaciones que la legislación y la moral del grupo dominante pretende
imponerles.
La
subcultura de un grupo subordinado admite y promueve una doble actitud moral en
relación con los poderosos: una actitud de deferencia y humildad fingidas en
los contextos públicos o controlados, y una actitud de burla, picardía y
desapego en contextos privados o sustraídos a ese control. En la mayoría de los
casos, esta duplicidad consigue hacer creer al sector dominante que los roles,
rangos, valores e ideales de la cultura oficial son reconocidos, respetados y
admirados por el sector dominado.
No
todos los grupos subordinados consiguen crear una subcultura propia. Para ello
necesitan disponer de ámbitos espaciales alejados del control de los poderosos,
donde las personas puedan expresarse sin temor a represalias, donde los niños
puedan aprender valores distintos a los oficiales y donde se pueda vivir de
acuerdo con normas específicas de solidaridad intragrupal. Todos los estudios
sociológicos, antropológicos e históricos indican que las comunidades aldeanas de
las sociedades agrarias preindustriales
suelen reunir las condiciones adecuadas para la creación de subculturas
propias.
En
la mayoría de las sociedades agrarias preindustriales la población rural vive
políticamente subordinada a una élite urbana[3]
bajo cuyo dominio pugna por desarrollar su propia subcultura. Mediante diversos
mecanismos de coerción física y/o ideológica, la élite gobernante extrae de la
población rural todos aquellos productos agrarios que necesita para abastecer a
sus familias, servidores, ejércitos y clientelas. La sociología tiende a
reservar el término ‘campesinado’ para designar a aquellas poblaciones rurales
dedicadas al cultivo de la tierra que se ven obligadas a entregar a la clase
gobernante prácticamente toda la ganancia neta de su trabajo[4].
Según esta terminología, los campesinos son una clase rural que vive en
permanente equilibrio inestable en torno al nivel de subsistencia. En las
sociedades agrarias antiguas, el bajo nivel de desarrollo tecnológico imponía
tales límites a la productividad de la tierra que prácticamente todas las
poblaciones rurales sometidas a tasación deben ser consideradas ‘campesinado’.
Una
de las formas de organización social más frecuentes entre el campesinado
antiguo del entorno mediterráneo y del Próximo Oriente es la aldea.
Concretamente, los datos históricos indican que la aldea era el tipo de
comunidad supradoméstica predominante en el ámbito rural galileo de las épocas
hasmonea y romana. La aldea está formada por unidades domésticas que cultivan las
tierras del entorno de forma privada pero en el contexto de unas relaciones
comunitarias de solidaridad[5].
La tipificación de las pautas de conducta que rigen estas relaciones es uno de
los aspectos centrales de las subculturas aldeanas, al que Scott ha bautizado
con la expresión ‘moral económica del campesinado’[6].
La
moral económica campesina está íntimamente relacionada con algunos factores
estructurales de la vida aldeana: el carácter preindustrial de la producción
agraria, la concepción familiar de la propiedad de la tierra y la escasa
diferencia entre los niveles económicos de las distintas unidades domésticas.
Cuanto más alejada esté la aldea de los centros de poder que la dominan, más
autónomo será el desarrollo de su subcultura campesina y, en particular, de su
moral económica. Según los datos de los que disponemos, esta es la situación
que habrían gozado las aldeas de Galilea durante al menos los 100 años
anteriores a la creación de la tetrarquía de Antipas (6 a.C).
La
familia campesina es la unidad básica de producción, consumo y reproducción de
la aldea. Produce fundamentalmente alimentos y engendra a las personas que
trabajan en su producción. El objeto permanente de la vida familiar campesina
es disponer de tierra y brazos suficientes para cubrir todas las necesidades
del grupo durante el ciclo agrícola completo. Sus necesidades fundamentales son
la alimentación, la semilla para sembrar y un excedente suficiente para obtener
algunos productos elaborados, pagar las tasas y celebrar adecuadamente los
ritos y ceremonias prescritos por la tradición. La riqueza se mide en cantidad
de tierra productiva. Son pobres aquellas familias que no tienen bastante
tierra para cubrir sus necesidades y, por tanto, tienen que dedicar todos o
algunos de sus miembros a trabajar en tierras ajenas. Son ricas aquellas
familias que tienen más tierra productiva de la que necesitan y pueden arrendar
una parte de ellas o explotarlas con mano de obra contratada.
Cuando
los centros de poder están lejos o son incapaces de ejercer un control estrecho
sobre el campesinado, la aldea tiende a configurarse como una unidad social y
cultural relativamente autónoma. Así, por ejemplo, posee formas tradicionales
de organización social que regulan todo tipo de interacciones, pactos e intercambios
entre familias; posee también formas tradicionales de autoridad a las que se
apela para dirimir litigios y juzgar agravios, y formas tradicionales de
representación a través de las que se toman las decisiones que afectan a toda
la comunidad. La aldea dispone de propiedades y servicios comunes, como el
lugar de la trilla, los pozos, las fuentes y las prensas para la producción de
aceite. En algunos casos también hay pastos o tierras comunitarias que se
explotan colectivamente o se distribuyen anualmente entre los campesinos más
pobres. Los animales de carga o de labranza se prestan o comparten, también se
prestan los brazos para terminar rápidamente una cosecha amenazada o suplir a
un miembro enfermo de la familia vecina[7].
La presión social expresada a través de la murmuración y el reconocimiento
público del honor promueve y mantiene un código de conducta solidaria que lima
las diferencias económicas y favorece la cohesión comunitaria.
En
la subcultura campesina de este tipo de aldea a los aldeanos más ricos les
corresponde ejercer el rol social de ‘benefactor de la comunidad’. El adecuado
ejercicio de las funciones correspondientes a dicho rol tiene una importancia
fundamental para la estabilidad social de la aldea, pues limita las diferencias
económicas, amortigua el impacto de los contratiempos y desgracias sobre las
familias humildes, y posibilita una representación comunitaria favorable a los
intereses de la aldea ante los centros de poder.
Los
propietarios ricos actúan como benefactores generosos de los pobres
adelantándoles grano para sembrar, arrendándoles tierras en condiciones
aceptables, proporcionándoles trabajo como servidores domésticos o como
jornaleros. Esta generosidad impide que el rico acumule excesivas ganancias,
crea trabajo y favorece la circulación de la riqueza en forma de salarios y
tierras arrendadas a bajo coste. Los propietarios ricos que así actúan son
honrados por sus vecinos y adquieren el prestigio requerido para asumir
funciones de autoridad, representatividad y mediación dentro y fuera de la
aldea. Las élites que gobiernan desde lejos no tienen más remedio que reconocer
la autoridad que estos patrones tienen en su comunidad y aceptarles como
intermediarios para todo tipo de negociaciones.
Según
los valores de la subcultura aldeana, el aprecio y la autoridad que los
benefactores locales reciben es recompensa suficiente por su generosidad y por
la carga de responsabilidades que asumen. La lejanía física y cultural entre la
aldea y la ciudad impide que los propietarios ricos aspiren a honores, roles o
rangos distintos a los que les ofrece su comunidad. Por otra parte, la escasa
productividad de la agricultura doméstica preindustrial, el aislamiento de la
aldea y las prácticas solidarias dificultan el surgimiento de grandes fortunas.
Ricos y pobres se consideran miembros de un mismo grupo humano, comparten los
mismos valores, afrontan juntos los mismos riesgos ecológicos y meteorológicos,
y participan juntos en las celebraciones comunitarias de la aldea.
Los
párrafos anteriores no deberían sugerir una imagen idealizada de las relaciones
sociales en la aldea. Como en todas las comunidades humanas, también en la
aldea hay enemistades grupales y luchas de poder. En muchos casos los campesinos más ricos no
actúan como benefactores de toda la comunidad, sino como patrones personales de
unos pocos privilegiados, promoviendo envidias y favoreciendo la división.
El
patronazgo personal es una forma de relación social asimétrica que se distingue
de la beneficencia local por su carácter personal y voluntariamente selectivo[8].
Está muy extendido en el conjunto de las sociedades agrarias, tanto actuales
como históricas, y presenta una abanico muy amplio de variantes[9].
Su presencia es especialmente recurrente en las sociedades cuyos recursos económicos
son limitados y que carecen de un sistema administrativo eficaz. Esta relación
de patronazgo se basa en un intercambio voluntario de beneficios
inconmensurables entre las dos partes. El patrón, que es la parte de estatus
superior, favorece al cliente, que es la parte de menor estatus, con beneficios
tangibles y con un trato preferente respecto al resto de personas de su mismo
grupo o estatus social. El cliente agradece estos favores ensalzando
públicamente el prestigio de su patrón y probando su permanentemente
disponibilidad para realizar cualquier tipo de tarea que éste quiera
encomendarle.
Aunque
el patronazgo personal selectivo nunca ha sido un fenómeno ajeno a la vida
aldeana, quienes lo ejercen con más asiduidad son los propietarios ricos que viven
durante todo o gran parte del año en la ciudad, o que tienen importantes
conexiones fuera de la aldea. Estos individuos han construido o quieren
construir su vida social al margen de la comunidad rural y, por tanto, no
precisan ni valoran el aprecio de todos los vecinos. Les basta poder contar con
un grupo seleccionado de aldeanos fieles que les permita sacar adelante sus
explotaciones.
Cuando
por cualquier causa el centro donde residen las élites gobernantes se aproxima
a la aldea, esta situación de precariedad
solidaria en equilibrio resulta drásticamente afectada. Esto es precisamente lo
que ocurrió en numerosas regiones del entorno del Mediterráneo sometidas al
dominio de Roma. Muchas zonas rurales que habían permanecido durante siglos al
margen de la vida urbana se vieron bruscamente afectadas por la construcción de
nuevas ciudades en sus proximidades. Desde estas ciudades, las élites
gobernantes de las provincias imitaban el estilo de vida de las élites romanas,
controlaban la producción agraria de la zona y recaudaban las tasas de los
campesinos. Un caso típico de este fenómeno disruptivo es precisamente el de la
urbanización acelerada de Galilea durante la tetrarquía de Antipas (6 a.C. – 39
d. C).
A
la muerte de Herodes el Grande en el año 6 a.C., los territorios al este del
lago de Galilea se constituyen como una tetrarquía tutelada por Roma. Por
primera vez en su historia, Galilea albergará la sede de una corte. Antipas se
esforzó por imitar las formas helenísticas de administración política y fiscal,
y dotar a su territorio de la infraestructura urbana acorde con ellas. En poco
más de dos décadas reconstruyó la ciudad de Séforis y construyó Tiberíades de
acuerdo con los patrones urbanísticos helenístico-romanos. La vida de Jesús
está precisamente comprendida en este periodo de urbanización acelerada del
entorno rural galileo. Gran parte de su ministerio transcurre en torno al lago,
en la órbita administrativa inmediata de Tiberíades, que era la sede de la
corte de Antipas[10].
La
mayor parte de los alimentos que consume la ciudad antigua proviene de su
entorno rural. Para que una ciudad sea viable se necesita, por tanto, poner en
marcha mecanismos políticos y económicos que hagan derivar hacia ella una parte
importante de la producción agraria de las aldeas cercanas. Tres parecen haber
sido los mecanismos utilizados por las élites urbanas antiguas para acceder a
los productos agrarios del entorno: (1) obligar directamente a los campesinos a
entregar cantidades importantes de sus productos a título de tasas o
desposeerles de sus tierras; (2) forzarles indirectamente a vender sus
productos en los mercados urbanos en condiciones desfavorables; (3) forzarles
indirectamente a vender sus tierras a los miembros de la élite urbana. Estos
mecanismos no son en absoluto excluyentes. Hay indicios de que en los
territorios del Imperio Romano, entre los que se cuenta la Galilea del tiempo
de Jesús, se combinaban y se reforzaban mutuamente.
La
primera estrategia se practica sobre todo en regiones recientemente sometidas,
con sedes militares[11].
Los gobernantes que recaudan estas tasas en especie también suelen detentar el
control de su distribución y/o venta en el medio urbano. El procedimiento más
frecuentemente utilizado para forzar la entrada de los productos de los campesinos
en los mercados urbanos es la monetarización de tasas y deudas. Por su parte,
la élite urbana se esfuerza por acumular tierras productivas del entorno rural
haciendo préstamos con intereses elevados a campesinos en apuros económicos y
forzándoles a vender sus tierras cuando se ven incapaces de hacer frente a la
deuda contraída[12].
Los nuevos propietarios urbanos actúan como propietarios ausentes, es decir,
hacen un uso puramente crematístico de sus tierras, arrendándolas a quienes
puedan asegurarles las mayores ganancias o dejándolas en manos de intendentes
para que las exploten con mano de obra contratada y criterios puramente
empresariales. Estos nuevos propietarios no forman parte de la comunidad
aldeana y, por tanto, pueden permitirse desdeñar la opinión que sobre ellos
tengan los campesinos.
Los
efectos negativos que sobre la economía campesina produce la construcción de
nuevas ciudades pueden agravarse o amortiguarse dependiendo de la actitud que
adopten los benefactores locales ante la nueva situación[13].
En tanto en cuanto los ricos de la aldea sigan prestando grano sin interés ni
plazo fijo de devolución, sigan arrendando tierras en condiciones favorables a
las familias más pobres y sigan dando trabajo a los más débiles, sus vecinos no
tendrán que pedir préstamos con interés a la élite urbana. Esto les permitirá
sobrevivir a una mala cosecha o a un periodo de dificultades sin tener que
ofrecer sus tierras como garantía, con el riesgo de perderlas.
Los
ricos de la aldea no pueden impedir que la élite gobernante aumente las tasas
exigidas u obligue a pagarlas en metálico, pero pueden ayudar a sus vecinos a
pagarlas y, sobre todo, pueden evitar que queden atrapados en la dinámica de
los préstamos con interés y garantía. Pueden, además, utilizar la fuerza
negociadora que les otorga su prestigio local para mediar ante los gobernantes
a favor de los campesinos.
Pero
la nueva situación ofrece a los campesinos más ricos oportunidades también
nuevas de promoción social. Les ofrece la posibilidad de abandonar los
estrechos límites de la comunidad rural y acceder a los ámbitos urbanos como
aliados o clientes de la clase gobernante. Para ello deben olvidar los deberes
que la moral campesina exige al benefactor local y adoptar los criterios de
conducta económica propios de las élites urbanas. Si optan por esta vía,
perderán el aprecio de sus vecinos, pero extenderán sus propiedades, aumentarán
sus ganancias y podrán integrarse en la ciudad[14].
Evidentemente, esta opción acelerará la descomposición social de la aldea.
Cuando las familias humildes necesiten ayuda urgente, ya no podrán contar con
la generosidad e indulgencia de sus antiguos benefactores. Se verán obligadas a
contraer deudas con interés, registradas en contratos escritos donde se fijan
los plazos de los pagos y se exige como garantía la propia tierra del deudor.
La
nueva dinámica económica produce la ruina de muchas familias campesinas que se
ven forzadas a desprenderse de sus tierras para pagar las deudas contraídas.
Los campesinos sin tierra, si son afortunados, se convierten en arrendatarios
de propietarios ausentes. Si no tienen esa suerte, pasan a engrosar las filas
de jornaleros rurales, mendigos y bandoleros, o emigran como mano de obra no
especializada al ámbito hostil de las ciudades. La abundancia de campesinos sin
tierra que buscan trabajo por cuenta ajena favorece el desarrollo de un
patronazgo personal selectivo, con el que los ricos se aseguran la
colaboración campesina necesaria para
poder explotar sus tierras, sin comprometerse en absoluto con el bien global de
la aldea. Esta práctica contribuye a destruir la solidaridad aldeana, sobre
todo en etapas de máxima precariedad[15].
El
dilema del aldeano rico ante la nueva situación creada por la urbanización de
Galilea constituye el escenario donde deben leerse las dos parábolas que me
propongo analizar (Mc 12, 1-9 // evT 65; Mt 20, 1-16).
En
el área mediterránea de la época romana los viñedos eran uno de los tipos de
cultivo más adecuados para la explotación industrial. La aristocracia romana y provincial
utilizaba abundantemente el vino producido en sus fincas para agasajar a sus
invitados, pero también obtenía beneficios crematísticos, vendiendo parte del
producto o utilizándolo para mantener a su clientela. Aunque una buena
producción requería una alta calidad de la tierra, las ganancias en la venta
del vino eran considerables. La explotación industrial de la viña exigía una
extensión de tierra mucho mayor de la que un campesino corriente dedicaba al
cultivo de la uva para uso doméstico[16].
Hemos de suponer, por tanto, que muchos de los viñedos explotados de esta
manera en Galilea ocupaban el terreno de antiguas propiedades más modestas
cuyos dueños, probablemente, habían tenido que venderlas para pagar deudas
contraídas. Por otra parte, las tareas de mantenimiento del viñedo exigen un
conocimiento especializado, pero poca mano de obra permanente. Unos pocos
esclavos o servidores pueden realizar todo el trabajo anual excepto la
vendimia, para la que se contratan trabajadores no especializados por un simple
jornal. Con bastante frecuencia, los jornaleros que trabajan en la vendimia de
explotaciones industriales son antiguos propietarios campesinos que han tenido
que vender sus tierras. El viñedo industrial es, pues, una intrusión agresiva y
dolorosa en el espacio vital de la aldea campesina tradicional.
3. Mis presupuestos acerca del lenguaje figurado
de Jesús.
La
mayoría de quienes estudian los evangelios sinópticos desde un punto de vista
literario consideran pertinente definir una forma o subforma literaria que
incluiría los relatos parabólicos atribuidos a Jesús en esos textos.
Desafortunadamente, los criterios propuestos para definir dicha forma literaria
varían considerablemente de un autor a otro[17].
Por esta razón prefiero aproximarme a los dos textos que aquí pretendo analizar
sin asumir ningún criterio previo acerca cuál debería ser su forma literaria.
Por
mi parte, considero importante tener en cuenta que todas las culturas orales se
caracterizan por un uso extraordinariamente profuso y variado del lenguaje
figurado. Este uso se adapta a diferentes finalidades y situaciones sociales, y
adopta formas muy diversas[18].
En consecuencia, no parece razonable
esperar que todos los relatos figurados utilizados por Jesús tengan la misma
forma literaria.
Según
William Herzog, uno de los principales usos pedagógicos que Jesús dio a los
relatos figurados habría sido el de promover la reflexión grupal de problemas
éticos[19].
Aunque Herzog se inspira en el ejemplo de la pedagogía popular de Pablo Freire,
su tesis es coherente con lo que sabemos acerca de las formas de enseñanza
practicadas por los rabinos judíos y las escuelas de juristas pertenecientes a
la tradición legal del Antiguo Próximo Oriente.
Antes
de abordar el estudio de los textos, quiero recordar que el objeto de mi
interés no son las parábolas tal cual aparecen en los evangelios, sino los
posibles relatos figurados atribuibles a Jesús que podrían estar en su origen.
No descarto, por tanto, la posibilidad de que estos textos sean el resultado de
modificaciones postpascuales realizadas sobre fragmentos dispersos de la
práctica pedagógica de Jesús.
4. Los
viñadores homicidas Mc 12, 1-9 // evT 65.
La
parábola de los viñadores homicidas presenta cuatro versiones distintas,
las de los tres evangelios sinópticos y la del Evangelio de Tomás.
Mientras que las versiones sinópticas son prácticamente paralelas, la versión
del Evangelio de Tomás difiere considerablemente de las otras tres.
Este
apartado de mi estudio no puede por menos que tener presente la ingente obra
recientemente publicada por John S. Kloppenborg sobre esta parábola[20].
En ella se analiza críticamente los momentos, tendencias y autores más
importantes de la historia de la interpretación, se reconstruye la historia
literaria de las cuatro versiones conocidas y se ofrece una descripción y una
interpretación exhaustiva de toda la información disponible sobre la práctica
de la viticultura y los contratos de aparcería en las épocas helenística y
romana.
Mi
aportación puede considerarse apoyada sobre varias de las tesis fundamentales
que Kloppenborg argumenta en su obra de forma exhaustiva y convincente:
1. Las versiones de Mateo y Lucas dependen
literariamente de la versión de Marcos.
2. La versión ev.T 65 no depende literariamente
de ninguna de las versiones sinópticas.
3. Mc 12, 1-9 es una elaboración metafórica de un
relato figurado anterior muy parecido a la versión del ev.T 65.
4. Tanto la versión del ev.T 65 como la del
relato figurado que dio origen a la versión de Marcos admiten una lectura literal
y una interpretación realista.
Kloppenborg
considera que la versión actual de la parábola contenida en el Evangelio de
Tomás también tiene algunos elementos secundarios que obedecen a los
intereses redaccionales del documento. En el siguiente cuadro presento los
textos de evT. 65 y Mc 12, 1-9 poniendo entre corchetes los elementos que
Kloppenborg considera secundarios.
|
evT
65 65: Dijo:
Había un hombre [usurero/bueno][21]
que poseía un viñedo. Lo
arrendó a unos campesinos para que lo trabajaran, con el fin de recibir el
fruto de ellos. Envió a su siervo para que los arrendatarios le dieran el
fruto de la viña. Ellos
cogieron al siervo y le pegaron hasta casi matarlo. El siervo regresó a donde
su señor y se lo contó. [El señor dijo: ‘Quizás no les reconoció’.] Envió
otro siervo. Los arrendatarios golpearon también a éste. Entonces
el señor envió a su hijo y dijo: ‘Quizás mostrarán respeto hacia mi hijo’.
Como los
arrendatarios sabían que él era el heredero de la viña, lo cogieron y
lo mataron. El que
tenga oídos que entienda. |
Mc
12, 1-9 1
[Y se puso a hablarles en parábolas]:
Un hombre
tenía / plantó una viña, [la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una
torre]; la
arrendó a unos labradores, y se ausentó. A
su tiempo envió un siervo a los labradores para recibir de ellos del fruto de
la viña. 3
Ellos lo cogieron, le pegaron y le enviaron con las manos vacías. 4 De nuevo
les envió a otro siervo; también a
éste le descalabraron y le humillaron. 5 Y envió a otro y a este lo mataron;
[y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros.] 6
Todavía le quedaba un hijo [querido]; les envió finalmente a éste diciendo: A
mi hijo le respetarán. 7
Pero aquellos labradores dijeron entre sí: Éste es el heredero. [Vamos
a matarle, y la propiedad familiar será nuestra.] 8 Le cogieron, le mataron
[y le echaron fuera de la viña.] [9
¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a los labradores y
entregará la viña a otros.] |
La
historia de la interpretación de la parábola presenta dos grandes tendencias
divergentes: (1) La de quienes defienden que el relato siempre tuvo un sentido
metafórico, que normalmente refieren al papel de la muerte de Jesús en la
historia de la salvación. (2) La de quienes consideran que, al menos la versión
más primitiva del relato, admite una lectura literal y realista.
Los
primeros suelen ignorar la versión del Evangelio de Tomás, bien porque
escriben antes de que se descubriera el texto copto, bien porque consideran que
dicho evangelio es tardío y presupone el conocimiento de alguno o de todos los
evangelios sinópticos[22].
Los
segundos suelen tener en cuenta la versión del ev.T 65 e identifican como
secundarios algunos elementos de las versiones sinópticas, que supuestamente
sirven para posibilitar e inducir la lectura metafórica de las mismas.
La
interpretación que los evangelios sinópticos imprimen a la parábola de Los
viñadores homicidas confiere una importancia singular al tema del rechazo y
asesinato del hijo. Los tres suponen que el rechazo y asesinato del hijo alude
al rechazo y ejecución de Jesús[23].
Este supuesto lleva inevitablemente a asumir que el dueño de la viña representa
a Dios. Casi todos los exegetas están de acuerdo en que la introducción de las
versiones sinópticas alude a la alegoría de Is 5, 1-7 y que su intención es
situar e interpretar la muerte de Jesús en el contexto de una historia de la
salvación iniciada con la elección de Israel. Tanto los evangelistas como
aquellos exegetas que dan a la parábola un sentido metafórico asumen que el
narrador no está interesado en la situación social de la población rural, ni en
las relaciones económicas entre arrendatarios y propietarios ausentes, sino en
el significado y consecuencias de la muerte de Jesús para la historia de la
salvación.
La
versión del evangelio de Tomás narra esencialmente la misma historia, pero es
mucho más escueta y carece precisamente de los elementos donde más claramente
se apoya la interpretación metafórica: (1) No hay rastro de la alusión a la
parábola de Isaías 5, 1-7. (2) La mención del hijo no está cualificada con el
adjetivo ‘amado’, que en la tradición sinóptica del bautismo y la
transfiguración alude claramente a Jesús[24].
(3) Los arrendatarios no proponen matar al hijo para heredar la propiedad,
simplemente, lo identifican como el heredero. (4) Faltan tanto la pregunta
final sobre lo que hará el dueño de la viña como la respuesta que anuncia el
traspaso de la misma a otros arrendatarios[25].
Siguiendo
a John S. Kloppenborg, asumo que estos elementos metafóricos son secundarios y
que la versión del evangelio de Tomás o del texto de Marcos expurgado de dichos
elementos representa un estrato de la tradición que podría retrotraerse al
tiempo de Jesús. Intento descubrir el significado y la relevancia de lo
relatado en dicho estrato leyéndolo de forma realista en el contexto
sociocultural adecuado[26].
La contextualización que propongo asume la ingente información que Kloppenborg
aporta sobre la explotación agraria y la práctica de la aparcería en la Antigüedad
grecorromana, pero apela, además, a la situación específica del campesinado
galileo en la época de Antipas descrita en el apartado 2.
El
elemento común a evT 65 y a Mc 12, 1-8 que considero más relevante para la
interpretación del relato primitivo es la referencia al valor moral del
reconocimiento social que aparece en el discurso interior del dueño de la viña.
En ambos casos, el narrador se hace eco de las expectativas que tiene este
personaje acerca de los valores y criterios de conducta de los agricultores. Y
es precisamente el error de apreciación en el que basa estas expectativas lo
que le induce a enviar a su hijo y lo que, en última instancia, precipita el
cruel desenlace. El dueño de la viña confía en que los agricultores respetarán
a su hijo por ser precisamente su hijo, es decir, porque supuestamente
reconocerán el prestigio y la autoridad que él cree tener entre los campesinos.
Sin embargo, es precisamente porque reconocen al hijo por lo que los
arrendatarios deciden matarlo.
Evidentemente,
los arrendatarios no aprecian al dueño de la viña ni reconocen su autoridad.
Los sentimientos de agradecimiento que, según la moral del patronazgo, deberían
tener hacia quien les ha proporcionado tierra aparecen suplantados por el odio.
Su reacción puede entenderse como manifestación violenta de un antagonismo
entre grupos sociales con perspectivas morales distintas, entre la subcultura
campesina de la aldea y la élite dominante de propietarios ausentes.
En
las dos versiones, las expectativas equivocadas del dueño de la viña en
relación al comportamiento de sus arrendatarios presuponen que estos últimos
conocían bien al hijo. Por otra parte, el texto da implícitamente a entender
que los distintos enviados van siempre desarmados y sin compañía. Estos datos
parecen indicar que, cuando el dueño de la viña decide enviar a su hijo, no
pretende hacer una demostración de poder o estatus con el fin de amedrentar a
los arrendatarios, como piensa Kloppenborg[27],
sino simplemente intenta que reconozcan al mensajero como auténtico
representante suyo y le traten con el respeto y el aprecio que él supone
sienten hacia su persona.
El
dueño de la viña esperaba equivocadamente gozar del respeto que se debe a un
benefactor. No repara en que, al decidir utilizar sus propiedades con fines
meramente crematísticos, ha actuado en contra de la moral solidaria de la
subcultura aldeana y ha sido identificado como enemigo de la comunidad rural.
Por tanto, no puede pretender beneficiarse del aprecio de los aldeanos. Para
éstos no puede ser un personaje honorable. Aunque la parábola nada dice sobre
la extracción social del dueño de la
viña, lo más probable es que se trate de un campesino rico que ha optado por
abandonar su aldea y asociarse a la élite urbana, o de un ciudadano adinerado
que ha logrado hacerse con tierras del entorno rural. En ambos casos, su
intención de explotar sus propiedades con fines puramente crematísticos, sin
respetar la moral solidaria de la aldea, le acarrea la máxima desgracia.
La
parábola trata, a mi entender, de la insensatez de un propietario rico de
tierras rurales que, habiendo optado por la moral crematística de la élite
gobernante, todavía cree merecer la estima de los campesinos. El narrador no
juzga la conducta de los arrendatarios porque no son estos personajes los que
constituyen el foco de su interés. Su interés es hacer entender a los
propietarios ricos que si desprecian los deberes morales del benefactor local,
los campesinos los verán como enemigos.
Esta
parábola pudo ser pronunciada por cualquier portavoz de la subcultura campesina
en la Galilea de Antipas, que es la Galilea del tiempo de Jesús. Si asumimos
que Jesús comparte la perspectiva de esta subcultura, no existe ninguna
objeción para atribuírsela a él.
5.
Los jornaleros en la viña Mt 20, 1-16.
1
Por eso, con el reino de los cielos sucede lo que con el señor de una propiedad
que salió muy de mañana a contratar trabajadores para su viña. 2 Después de
ajustarse con los trabajadores por un denario al día, los envió a su viña. 3
Salió a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les
dijo: “id también vosotros a la viña y os daré lo justo”. 5 Ellos fueron. Salió
de nuevo a medio día y a primera hora de la tarde e hizo lo mismo. 6 Saliendo
en torno a media tarde encontró a otros ahí parados y les dijo: “¿Por qué
estáis parados todo el día sin hacer nada?”. 7 Le contestaron: “Porque nadie
nos ha contratado”. Les dijo: “Id también vosotros a la viña”. 8 Al atardecer,
dijo el señor de la viña al administrador: “Llama a los trabajadores y págales
el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. 9 Y viniendo los de
media tarde cobraron un denario cada uno. 10 Y viniendo los primeros, pensaban
que cobrarían más; pero también ellos cobraron un denario cada uno. 11 Al recibirlo
protestaban contra el dueño, 12 diciendo: “Estos últimos han trabajado sólo una
hora, y les has tratado igual que a nosotros, que hemos soportado el peso de la
jornada y el calor”. 13 Pero él respondió a uno de ellos: “Amigo, no te hago
ninguna injusticia, ¿no nos ajustamos a un denario? 14 Toma lo tuyo y vete.
Quiero dar a estos últimos lo mismo que a ti. 15 ¿Es que no puedo hacer lo que
quiera con lo mío? ¿O acaso tienes envidia porque soy bueno? 16 Así, los
últimos serán primeros y los primeros últimos.
La
parábola de Los jornaleros de la viña carece de paralelos. La única
modificación claramente redaccional del texto mateano es el v. 16 [los últimos
serán primeros y los primeros últimos], que es un dicho volante y forma
inclusión con Mt 19, 30[28].
Puesto que no es posible reconstruir con seguridad un estrato tradicional
anterior a la versión de Mateo, prefiero dirigir mi análisis a la unidad
literaria completa formada por los vv. 1-15[29].
El
v. 16 es el único elemento que, leído en conjunción con la referencia inicial
al reino de los cielos, podría apoyar una interpretación metafórica de la
parábola. Dicha interpretación, que seguramente es la propuesta por Mateo,
afirmaría que a la hora de entrar en el reino de los cielos, haberse adherido
antes o después al proyecto de Jesús no será tenido en cuenta. Y la razón de
este trato indiscriminado, que podría parecer injusto a los ojos de los
hombres, no es sino la generosidad de Dios. Suprimido, sin embargo, este final
redaccional, el relato admite una lectura literal que no sólo refleja de forma
muy realista el contexto rural de la Galilea del tiempo de Jesús, sino que toca
directamente aspectos cruciales de la moral económica aldeana.
El
escenario de esta parábola es una población rural, probablemente una aldea. En
ella, las desigualdades económicas son patentes. Hay propietarios ricos y
campesinos pobres. Los primeros poseen más tierra de la que sus propias
unidades domésticas pueden atender, por lo que necesitan contratar jornaleros,
al menos de forma temporal. Los segundos no tienen tierra o no con la extensión
suficiente para poder vivir de ella, por lo que necesitan trabajar en
propiedades ajenas.
En
las aldeas tradicionales alejadas de los centros urbanos, los campesinos ricos
son conscientes de que en las épocas más decisivas del año necesitan mano de
obra suplementaria, y por eso tienen interés en mantener buenas relaciones con
los campesinos humildes del lugar, quienes normalmente estarán dispuestos a
trabajar para ellos, incluso a costa de descuidar un poco sus propios asuntos.
Hay que tener en cuenta que, en este tipo de aldeas, la mayor parte de los
jornaleros son ellos mismo pequeños propietarios o arrendatarios y que la época
de las cosechas llega al mismo tiempo para todos. El propietario rico se sabe
por tanto obligado a tratarlos con generosidad y respeto.
Este
equilibrio tradicional de intereses y reconocimiento mutuo entre pobres y ricos
puede romperse si el número de aldeanos en demanda de trabajo es muy grande.
Los ricos prudentes de las aldeas rurales tradicionales no suelen aprovecharse
del aumento puramente ocasional de la demanda de trabajo, pues saben que esta
actitud insolidaria les acarrearía una pérdida irreparable de honor y estima
ante la comunidad. Dicho honor y dicha estima dependen de su capacidad y
disponibilidad para cumplir las funciones asociadas al rol tradicional de
benefactor generoso. En relación con la contratación temporal de jornaleros,
las normas morales de la subcultura campesina les exigen que ofrezcan siempre
primero el trabajo a los vecinos de la aldea, que paguen un jornal justo, y que
contraten a todos aquellos vecinos que necesitan trabajar, incluso a aquellos
que por la edad o las condiciones físicas no pueden rendir demasiado o sólo
pueden realizar tareas secundarias. Además, aceptarán de buen grado que los
cosechadores no dejen limpios los campos, a fin de que los más pobres puedan
beneficiarse con la rebusca. El campesino rico sólo operará con criterios de
máxima ganancia, ignorando las expectativas morales aldeanas respecto a él, si
tiene la oportunidad y el deseo de integrarse en un grupo o estrato social
superior y distinto al de la aldea. Como he señalado anteriormente, este era
precisamente el caso de los aldeanos ricos en la Galilea recientemente urbanizada
del tiempo de Jesús.
A
diferencia de la parábola anterior, en ésta el dueño de la viña no es descrito
como un propietario ausente. Aunque tiene un capataz a sus órdenes, es él quien
va a la plaza a contratar sus trabajadores, quien responde directamente a sus
quejas y supervisa el pago de los jornales. Estos datos sugieren que se trata
de un propietario rico todavía integrado en la vida de la aldea.
La
presencia de campesinos en la plaza que esperan hasta la tarde por si alguien
les contrata y que están dispuestos a trabajar sin acordar antes la paga denota
una situación de deterioro económico en la aldea: hay muchas familias sin
tierra o con propiedades demasiado pequeñas para autoabastecerse.
En
estas condiciones, el dueño de la viña tendría capacidad para imponer un jornal
escaso sin siquiera negociar con los trabajadores. Sin embargo, se molesta en
ir personalmente a la plaza para llegar con ellos a un acuerdo. Con esta
actitud demuestra que no por ver a sus vecinos en una situación apurada deja de
respetarlos y reconocer su dignidad. La cantidad acordada es de un denario al
día. Aunque no podemos estimar con precisión el valor de compra de un denario
en la Galilea del siglo I, datos externos indican que era un jornal habitual
para un trabajador rural o un obrero de la industria artesanal[30].
El
dueño de la viña actúa en la línea de lo que la moral campesina prescribe para
el benefactor local, pero la radicaliza hasta extremos insólitos. No sólo
reconoce la dignidad de sus trabajadores en su trato con ellos, sino que además
pretende contratar a todos cuantos necesitan trabajo. Incluso se molesta en ir
a su encuentro en la plaza varias veces a lo largo del día. Los campesinos que
siguen parados estando ya avanzado el día son, probablemente, los más necesitados,
pues el mero hecho de haber sido relegados por todos los empleadores indica que
son los menos vigorosos – viejos, adolescentes, enfermos ... El dueño de la viña no negocia la paga con
estos trabajadores, pero les promete lo justo. Al final se descubre que, para
él, lo justo es el jornal entero, es decir, lo que se necesita para vivir.
Aunque la situación descrita indica que son muchos los aldeanos en paro, no
utiliza la oferta de trabajo de forma interesada, como un medio para crearse
una clientela selectiva y fiel, sino que actúa como benefactor comunitario,
tratando a todos por igual. De acuerdo con su propio testimonio, actúa así
porque es ‘bueno’. Probablemente podemos ver aquí una alusión al ideal de
imitación de Dios que Jesús propone en otros dichos y parábolas.
La
protesta de los jornaleros contratados a primera hora se basa en los criterios
de justicia que caracterizan la ética empresarial: el salario debe ser
proporcional a la eficacia, a la duración de la tarea, o a la cantidad y
cualidad de la producción, parámetros medibles de forma objetiva que, sin
embargo, no tienen en cuenta las condiciones y necesidades del trabajador.
Estos jornaleros no reprueban la generosidad del dueño con los que trabajaron
menos, pero quieren hacer valer su superior rendimiento para obtener un trato
favorable selectivo.
Probablemente,
el relato figurado original pretende ilustrar una problemática económica real
para suscitar la reflexión y, quizás también, la discusión, entre los oyentes.
El narrador propone una práctica radicalizada de la moral solidaria campesina y
señala el tipo de oposición que puede encontrar entre los propios campesinos.
Esta oposición refleja los criterios de comportamiento empresarial y de
patronazgo selectivo que, aunque son típicos de las élites urbanas, en cierta
medida, nunca habrían dejado de estar también presentes en la aldea. El hecho
de que quienes encarnan este contraste sean todos ellos miembros de la
comunidad rural indica que los destinatarios originales de la parábola son los
aldeanos y que su objetivo no es criticar el comportamiento de quienes les
agreden desde fuera, desde las ciudades, sino proponer una revitalización moral
interna, basada en la imitación de Dios, y capaz de contrarrestar esa agresión.
6. Conclusión.
Las
lecturas literales de las dos parábolas son coherentes con el contexto rural de
la Galilea del tiempo de Jesús y plantean problemáticas altamente
significativos para la población aldeana de la región. Ambas están interesadas
por la figura del propietario rico y la moral en la que se inspira su relación
económica con los campesinos humildes. La parábola de Los viñadores
homicidas condena la insensatez del propietario rico que rechaza o ignora
la subcultura solidaria de la aldea y actúa como propietario ausente. La
parábola de Los jornaleros de la viña propone un modelo positivamente
radicalizado de benefactor local generoso y critica la resistencia que el
concepto empresarial de la justicia puede llegar a oponerle, dentro incluso de
la aldea.
El
interés por la figura del propietario rico está también presente en otros
dichos atribuidos en los evangelios a Jesús. Las exhortaciones a dar a todo el
que pide y prestar sin esperar recibir nada a cambio, del estrato más primitivo
de Q (Q 6, 34-35), parecen especialmente dirigidas a aquellos aldeanos con
capacidad económica y predisposición moral para actuar como benefactores
locales. La parábola del rico insensato (Lc 12, 16-21), en la que se condena el
disfrute egoísta de los frutos de la tierra, va dirigida contra los aldeanos
ricos que ignoran sus deberes para con sus vecinos.
La
conclusión de este acercamiento parcial al estudio de la subcultura campesina
en el mensaje de Jesús es que Jesús no habría desdeñado el potencial de
solidaridad encarnado en el rol tradicional del benefactor local. Por el
contrario, habría procurado ganarse al sector de los aldeanos ricos,
proponiéndoles una moral basada en la imitación de la generosidad y
beneficencia divina. Una moral que, siendo profundamente religiosa y
extraordinariamente radical, hundía sus raíces en los ideales propios de la
subcultura campesina.
[1] Entre los autores que han subrayado el origen campesino del
movimiento de Jesús cabe destacar a: S. Freyne, Galilee and the Gospel
(Mohr Siebeck, Tübingen 2006) p. 57; R. A. Horsley, Jesus and the Spiral of
Violence. Popular
Jewish Resistance in Romen Palestine (Fortress, Minneapolis 1993) pp. 231-284.
[2] J. C. Scott, Domination and the Arts of
Resistance. Hidden Transcripts (Yale University Press, New Haven – London
1990).
[3] Freyne, Galilee and the Gospel,
p. 192. Ver también los estudios recogidos en J. Rich
– A. Wallace-Hadrill (ed.) City and Country in the Ancient World (Routledge, London – New York 1991).
[4] E. R. Wolf, Peasants
(Prentice-Hall, Englewood Cliffs 1966) pp. 3-4.
[5] R. MacMullen, Roman Social
Relations. 50 B.C. to AD. 284 (Yale University Press, New Haven - London
19774) pp. 14-26.
[6] J. C. Scott, The Moral Economy
of the Peasant. Rebellion and Subsistence in Southeast Asia (Yale
University Press, New Haven – London 1976) pp. 13-34.
[7] E. W. Stegemann – W. Stegemann, The
Jesus Movement. A Social History of Its First Century (Fortress,
Minneapolis 1999) p. 29, 34-38.
[8] En el Imperio Romano no existía una distinción terminológica
clara entre el patronazgo personal y el everguetismo a favor de una comunidad.
Sin embargo, desde el punto de vista sociológico sí es pertinente distinguir
entre el rol del rico que beneficia con su generosidad a la comunidad a la que
pertenece, y el rol del patrón que selecciona las personas a las que quiere
favorecer: P. Garnsey – G. Woolf, “Patronage of the rural poor in the Roman
world” en: A. Wallace – Hadrill (ed) Patronage in Ancient Society
(Routledge, London – New York 1989) 153-170, p. 161; Joubert, S. J., “One Form
of Social Exchange or Two? ‘Euergetism’, Patronage, and Testament Studies”, Biblical Theological
Bulletin 31, 17-25.
[9] S. N. Eisenstad – L. Roniger, Patrons, Clients and
Friends. Interpersonal Relations and the Structure of Trust in Society
(Cambridge - London - New Rochelle – Melbourne - Sydney 1984).
[10] R. A. Horsely, Archaeology,
History and Society in Galilee. The Social Context of Jesus and the Rabbis
(Trinity Press International, Harrisburg 1996) pp. 28-36.
[11] Esta es la estrategia privilegiada por Horsley, Archaeology, pp. 66-87.
[12] Según MacMullen, las mayores fuentes de ingresos de las élites en el Imperio Romano provenían del préstamo a interés mediante contratos en los que se estipulaba como garantía las tierras del deudor: MacMullen, Roman, pp. 48-52.
[13] Sintetizo aquí las conclusiones que acerca de esta figura social se desprenden de J. C. Scott, Weapons of the Weak. Everyday Forms of Peasants Resistance (Yale University Press, New Haven – London 1985). Aunque esta obra es un estudio de campo, tiene la virtud de mostrar con especial claridad la lógica de la conducta de los patrones locales en coyunturas de cambio que les posibilitan una alianza económica y socialmente beneficiosa con poderes externos a la aldea.
[14] MacMullen, Roman, p. 14.
[15] B. J. Malina defiende que uno de los problemas a los que responde el mensaje de la venida del reino de Dios es el olvido de los deberes de patronazgo por parte de la élite local judía: The Social Gospel of Jesus. The Kingdom of God in Mediterranean Perspective (Fortress Press, Minneapolis 2001) pp. 31-35. Sin embargo, este autor no distingue entre el patrón perteneciente a la élite urbana y el campesino rico que ejerce de benefactor local en su aldea.
[16] J. S. Kloppenborg, The Growth and Impact of Agricultural Tenancy in Jewish Palestine III BCE-I CE, pp. 9-10, 13. La viña de consumo familiar ocupaba entre 0.1 y 1.0 Hectárea (1000-4000 litros), mientras que las dimensiones aconsejadas por Catón para una explotación vitícola son de 25 Hectáreas.
[17] Una exposición de las propuestas fundamentales puede encontrarse en: G. Theissen – A. Merz, El Jesús Histórico (Sígueme, Salamanca 2000) pp. 355-387.
[18] W. J. Ong, Orality and Literacy.
The Technologizing of the Word (Routledge, London – New York 1982) pp.
49-57.
[19]W. R. Herzog II, Parables
as Subversive Speech. Jesus as Pedagoge of the Oppressed (Westminster/John
Knox Press, Louisville 1994).
[20] J. S. Kloppenborg, The Tenants
in the Vineyard (Mohr Siebek, Tübingen 2006).
[21] En evT 65, conocido sólo en el manuscrito copto, hay una laguna correspondiente a la penúltima letra del adjetivo que califica al dueño de la viña. Se han propuesto dos reconstrucciones: ‘bueno’, defendida por A. Gillaumont (ed. And trans.) The Gospel According to Thomas: Coptic Text (Brill, Leiden 1959) p. 38; y ‘usurero’ o ‘acreedor’, defendida por Dehandsschtter, “La parabole des vignerons homicides (Mc., XII, 1-12) et l’évangile selon Thomas” en: M. Sabbe (ed.) L’évangile selon Marc: tradition et rédaction (Leuven University, Leuven 1974) pp. 203-219. Esta última ha sido la adoptada por la Berliner Arbeitskreis.
[22] Aunque el texto completo del Evangelio de Tomás sólo se conserva en una versión copta del siglo IV existen fragmentos de un original griego datados a mediados del siglo II o principios del siglo III. Los estudios más recientes de su historia literaria indican que parte del material reunido en esta colección de dichos de Jesús podrían remontarse al siglo I: H. Koester, Ancient Christian Gospels: Their History and Development (SCM/Trinity Press International, London – Philadelphia 1990) pp. 75-77, 84-86, 95; A. Piñero - J. Montserrat Torrents – F. García Bazán, Textos Gnósticos. Biblioteca de Nag Hammadi II (Trotta, Madrid 1999) p. 56.
[23] Una fracción muy minoritaria de exegetas han propuesto la
identificación del hijo con Juan Bautista, pero la mayor parte de los críticos
consideran poco probable que los destinatarios judíos o cristianos de la
parábola pudieran reconocer a Juan bajo el apelativo de ‘hijo’. Ver discusión en: J. S. Kloppenborg,
The Tenants in the Vineyard (Mohr Siebek, Tübingen 2006) pp. 86-88.
[24] Mc 1, 11 y Mc 9, 7 presentan a Jesús como hijo amado de Dios en las teofanía del bautismo y la transfiguración. El adjetivo ‘amado’ falta en la versión de Mt, que se separa de la de Mc en otros pequeños detalles. Aunque estas divergencias son importantes para la historia de la interpretación, no afectan al objeto de este estudio, pues es absolutamente claro que también Mt entiende la parábola como una metáfora sobre la muerte de Jesús y la historia de la salvación.
[25] Distintos autores han señalado, junto a estos cuatro elementos, otros posibles puntos de apoyo de la interpretación metafórica, como es el caso del v. 5b que supuestamente reflejaría la interpretación deuteronomista del envío y persecución de los profetas.
[26] Kloppenborg estudia el contexto social y legal de la relación entre dueño y arrendatarioa concluyendo que los únicos rasgos irreales del relato marcano son: que la viña sea una plantación reciente, que los arrendatarios tengan perspectivas de heredarla matando al hijo y que el dueño se tomara la justicia por su mano, destruyendo a los arrendatarios. Dichos rasgos dependen de la presencia de los elementos (1), (3) y (4) que hemos señalado, por lo que la eliminación de estos últimos permite una lectura realista de la parábola: The Tenants, pp. 326-347.
[27] Kloppenborg, The Tenants,
pp. 48, 322-6, 349-9.
[28] Es un dicho volante tradicional que aparece en el evangelio de Mc (Mc 10, 31) y en el de Lc (Lc 13, 30) en contextos totalmente distintos.
[29] Algunos exegetas argumentan que la parábola original podría haber terminado en el v. 13 ó 14. Sin embargo, el sentido de la historia amputada de su final sigue siendo exactamente el mismo que el de la parábola completa.
[30] Herzog hace un análisis muy diferente del aquí propuesto asumiendo que el jornal de un denario era claramente insuficiente y así lo percibían los trabajadores. A partir de este presupuesto concluye que el dueño de la viña pretende avergonzar a los jornaleros contratados a primera hora: Herzog, Parables, pp. 79-97.