TOBIT


UN ACERCAMIENTO POR LA ANTROPOLOGÍA CULTURAL

 

Javier Quezada del Río

 

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Introducción

A partir de la Encíclica Providentissimus, de León xiii, publicada en 1893, empezó una verdadera revolución en los estudios bíblicos católicos. Después de esa encíclica, otros factores dieron un gran impulso a la exegesis. Entre ellos, destacan las creaciones de la Pontificia Comisión Bíblica y del Pontificio Instituto Bíblico. La encíclica de Pío xii, destinada a conmemorar los 50 años de la Providentissimus, dio un paso muy importante al confirmar que los relatos bíblicos no necesariamente correspondían con la verdad histórica científica y al promover el estudio de los géneros literarios. Aunque el Concilio Vaticano ii no representó un gran avance con respecto al contenido de la encíclica Divino Afflante Spiritu, dejó en claro que la inerrancia bíblica no podía sostenerse y cambió el centro de interés a la verdad de la Biblia.

Juan Pablo ii pidió a la Pontificia Comisión Bíblica que emanara un documento para conmemorar los cien años de la Providentissimus y los cincuenta años de la Divino Afflante Spiritu. Esta comisión publicó, en 1993, el documento titulado La interpretación de la Biblia en la iglesia, en el que quedan plasmados progresos harto interesantes para el estudio e interpretación de la Biblia. Uno de ellos es que ve la Biblia como un conjunto de interpretaciones, a veces en tensión entre sí, y otro, ligado a este, es que considera que la Biblia es un ejemplo de hermenéutica que deber continuar en la actualidad. Este documento se detiene en la descripción y evaluación de los diferentes métodos y de algunos acercamientos.

Los acercamientos se determinan por la importancia que prestan al punto de vista del intérprete, sin que esto los limite a ser solo métodos hermenéuticos. Los acercamientos son puntos de vista parciales e interesados en determinados aspectos de los textos. Esto los pone en desventaja con los métodos, pero, en la medida en que los acercamientos son concientes de su parcialidad, pueden convertirse en instrumentos adicionales muy valiosos para los métodos.

La antropología cultural puede tomarse como un ejemplo paradigmático. Enfoca algunas realidades que estén en el trasfondo de los textos y pueden enriquecer el trabajo de la exegesis, pero, por sí mismos, no pueden pretender expresar todo el sentido de los textos. Y esto se debe, en buena medida, a que los autores no eran totalmente concientes de que estaban expresando elementos culturales que, en cierta forma, los determinaban a ellos mismos.

Si los métodos exegéticos tienen como objetivo poner a la luz lo que los autores quisieron decir y realmente dijeron, y lo que querían que sus lectores hicieran o aceptaran, lo que busca la antropología cultural, como otros acercamientos, está más allá, es algo que muchas veces no subió al plano conciente de los autores, pero que formaban el medio en el que estaban inmersos y que, en gran parte, aceptaron sin cuestionar.

El presente trabajo quiere responder al tema de nuestro congreso. La antropología cultural en el estudio de la Biblia. Me atreví a prepararlo porque me he dedicado al estudio de la Biblia, pero no tengo preparación en el campo de la antropología cultural. Por esto, podría calificarlo como un acercamiento al acercamiento por medio de la antropología cultural. Un análisis que pretende poner sobre la mesa algunos elementos de la antropología cultural, que tendrían que ser analizados sistemáticamente por esa ciencia, para poder enriquecer el sentido del texto.

La antropología cultural

 

Las diversas antropologías

 

La antropología se define como estudio científico del ser humano. Es una ciencia básicamente comparativa, que explora la diversidad humana en el tiempo y en el espacio. En este sentido, la antropología sería la suma de la biología, historia, psicología, sociología y demás ciencias que estudian al ántropos. Sin embargo, la antropología también estudia lo que el ser humano produce. Kant afirmaba que la antropología puede hacerse en sentido fisiológico o en sentido pragmático. En sentido fisiológico para investigar lo que la naturaleza hace del hombre; el sentido pragmático, para investigar lo que él produce.

Toda ciencia o se refiere al ser humano o es producto de su trabajo, por tanto, toda ciencia es una parte de la antropología. Esto es cierto, pero conviene hacer una acotación: la antropología estudia lo que es el ser humano y lo que él hace, pero todo en referencia al mismo ser humano. Es decir, la antropología estudia toda manifestación científica o cultural del hombre, preguntándose cómo es o era el hombre que produjo tal manifestación, o cómo tal manifestación repercute en el hombre mismo. De esta forma, existe, al lado de la lingüística, una antropología lingüística; al lado de la política, una antropología política, etc.

Algunos autores dividen la antropología en cuatro ramas: biológica o física, social, cultural, lingüística. Es común que los autores unan las antropologías social y cultural y de esta manera reconozcan solo tres tipos de antropología o que, incluso, unan la social, la cultural y la lingüística –pues todas son manifestaciones culturales– en la antropología cultural, reconociendo solo dos ramas a la antropología general. Es este el punto de vista que adopto en este trabajo.

La antropología biológica o física estudia la diversidad biológica humana en el tiempo y en el espacio. Se ocupa de la evolución de los homínidos y de los primates, la genética humana, el crecimiento y desarrollo humanos, y de la plasticidad biológica humana.

La antropología cultural consiste en el estudio de todas las manifestaciones culturales, en cuanto expresan y repercuten en el ser humano. Esta antropología está en estrecha relación con la biológica o física, pues es cada vez más claro que la evolución cultural influye mucho en las características biológicas; y viceversa, las características biológicas tienen un alto grado de injerencia en las manifestaciones culturales.

La antropología cultural se distingue de la etnología en cuanto que esta, cuando nació, se dedicaba solo al estudio de las comunidades primitivas. A partir de que Lévi-Strauss introdujo en el francés la palabra antropología, esta extendió sus fronteras para abarcar también a las sociedades contemporáneas.

Hagamos ahora una pequeña incursión en las ramas de la antropología cultural.

Los autores británicos privilegian la expresión antropología social –en lugar de antropología cultural– porque sus intereses coinciden con los de la sociología, al estudiar, sobre todo, las instituciones sociales. Se puede, pues, afirmar, que la antropología social y la antropología cultural se distinguen solo, en cuanto a su objeto de estudio, en que la social, como la sociología, estudia básicamente las instituciones y las formas de organización social, mientras que la antropología cultural estudia toda manifestación cultural. En cuanto a su metodología, la antropología privilegia la observación directa y la convivencia, mientras que la sociología, o antropología social, privilegia el estudio libresco y la encuesta. La interpretación de la Biblia en la iglesia dice sobre la relación entre la antropología cultural y la antropología social: “Mientras el acercamiento sociológico [de la antropología social] –acabamos de decirlo– estudia sobre todo los aspectos económicos e institucionales, el acercamiento antropológico [de la antropología cultural] se interesa por un vasto conjunto de otros aspectos que se reflejan en el lenguaje, el arte, y la religión, pero también en los vestidos, los ornamentos, las fiestas, las danzas, los mitos, las leyendas y todo lo que concierne a la etnografía”.

La antropología lingüística, por su parte, analiza la estructura del lenguaje y su uso, el cambio lingüístico, y las relaciones entre lenguaje, sociedad y cultura. Esta rama de la antropología admite intereses muy variados. Desde los que colindan con la antropología física –características universales del lenguaje y su relación con uniformidades del cerebro humano–, hasta los que estudian los usos del lenguaje en diversas capas sociales –sociolingüístas.

 

La antropología cultural y sus aplicaciones

 

Como hemos dicho, la antropología cultural puede fijarse diferentes objetos empíricos de estudio. Conviene tener en mente que no se trata de subdisciplinas, como si dichos objetos fueran independientes, sino de campos temáticos parciales, que analizan solo una faceta de la realidad.

La interpretación de la Biblia en la iglesia afirma que la antropología cultural define las características de las personas y de sus valores, poniendo atención “al modo como se ejerce el control social; a las ideas sobre la familia, la casa, la relación familiar, la situación de la mujer; a los binomios institucionales (patrón-cliente, propietario-arrendatario, benefactor-beneficiario, hombre libre-esclavo), sin olvidar el concepto de sagrado y profano, los tabúes, el ritual de pasaje de una situación a otra, la magia, el origen de los recursos, del poder, de la información, etc.”

Una de las áreas de la antropología cultural, que no fue mencionada por ese documento, pero que tiene mucha importancia en los estudios bíblicos, es la antropología urbana, que estudia los procesos y los problemas que acarrea la urbanización y la vida en las ciudades. Esta rama de la antropología es de gran utilidad para comprender mejor el libro Tobit, puesto que su acción se desarrolla en ciudades importantes de Mesopotamia y de Persia. Ciudades en las que había grandes colonias de judíos, en lucha por mantener su identidad y su cultura.

La antropología médica analiza cuestiones como: ¿qué enfermedades afectan a diferentes poblaciones?, ¿cómo se construyen socialmente las dolencias?, ¿cómo se trata la dolencia de forma efectiva y culturalmente adecuada? Según los antropólogos médicos, hay tres tipos de teoría sobre las causas de las dolencias: las personales, que culpan de la enfermedad a hechiceros, brujas, fantasmas, demonios, etc.; las naturales, que explican la enfermedad en términos impersonales: virus, bacterias, hongos, desequilibrio en las energías corporales, etc.; y las emocionales, que asumen que las experiencias emocionales causan la enfermedad. La enfermedad de Tobit tiene una causa impersonal y su curación se logra a partir de un medicamento; aunque dicha enfermedad se atribuye, en realidad, a Dios, tanto como su curación. El problema de Sara podría llamarse enfermedad solo en sentido amplio. Su causa es personal: un demonio que la ama. Su curación, en primera línea, se realiza por medios medicinales-naturales, pero en el trasfondo se advierte que es también Dios quien la “cura”.

En lo que sigue, trataremos de acercarnos al libro bíblico Tobit, a partir de algunas ramas de la antropología cultural. Este acercamiento no se llevará a cabo a partir de todas las ramas de la antropología cultural, así como tampoco describirá todos los aspectos relacionados con una de ellas. Trata, ante todo, de ejemplificar en qué consiste este acercamiento y de descubrir las ventajas que reporta para la mejor comprensión del libro Tobit. Sin embargo, conviene, antes de iniciar el estudio, recordar brevemente el argumento de ese libro.

 

 

 

 

Tobit

Tobit era oriundo de Neftalí –que se había asentado del lado occidental y al norte del lago de Galilea–, y mantenía allí una conducta ejemplar. Fue deportado a Nínive, en donde continuó con su estilo de vida según la ley, en la que se destaca su capacidad de dar limosnas, la sepultura de los judíos muertos, la justicia, y, en general, su obrar con verdad. Arriesgaba su vida por sepultar cadáveres de judíos. En cierta fiesta de Pentecostés, su hijo Tobías vio un cadáver en la ciudad; Tobit lo escondió primero y luego, durante la noche, lo sepultó. De regreso a su casa, durmió en el patio sin cubrirse la cara. Tuvo tan mala suerte que un pajarillo excretó sobre sus ojos y, a pesar de los cuidados, quedó ciego. Los primeros años veló por él un pariente: Ajicar, quien luego se trasladó a Elimaida, de modo que Ana, su esposa, tuvo que mirar por él.

En cierta ocasión, los patrones de Ana le obsequiaron un cabrito. Ella lo llevó a casa. Cuando Tobit escuchó al animal, pensó que era robado. Inmediatamente conminó a su esposa a que lo regresara. Ella le insistía en que no era robado, pero él no le creyó. Ana le dijo algo que le hizo sentir muy mal, subió a una habitación, oró y se deseó la muerte.

Sara, una joven pariente de Tobit, vivía en Ecbátana de Media. Ella había sido entregada a siete hombres, pero todos habían muerto la noche de bodas. Esto se debía a que el demonio Asmodeo los mataba, pues estaba enamorado de ella. El mismo día en que Tobit mantuvo aquella discusión con Ana, Sara fue insultada por una de las criadas de su casa. La sirvienta le dijo que era ella quien mataba a sus maridos y le deseó que nunca tuviera hijos. Ese insulto le provocó tal malestar que decidió suicidarse. Hizo una oración, desistió de su idea inicial y decidió pedir a Dios que la librara de ese mal o que le diera él mismo la muerte.

El Señor escuchó ambas oraciones y envió a Rafael para curar a Tobit y para entregar a Sara como esposa de Tobías, el hijo de Tobit.

Tobit llamó a Tobías, le recordó las líneas principales de conducta que esperaba de él y le reveló que había dejado diez talentos de plata en casa de Gabael, en Ragués de Media. Le dijo que buscara a alguien que lo guiara hacia ella, a la vez que le explicó que tenía un documento que lo acreditaba como dueño de aquellos diez talentos.

Tobías salió en busca de quien lo guiaría y encontró inmediatamente a Rafael. Sin saber que era un ángel, le explicó su problemática y le preguntó si podía guiarlo a Ragués. Rafael asintió. Tobías le dijo que avisaría a su padre y que lo llamaría. Tobit llamó al ángel, le hizo un par de preguntas, le fijó un sueldo y lo aceptó como guía de su hijo, asegurándole que le daría un sobresueldo si todo salía bien. Ana no estuvo de acuerdo en el viaje de su hijo y mostró su temor a Tobit.

La primera noche acamparon los viajeros a orillas del río Tigris. Tobías descendió a él y un enorme pez quiso morderlo; él gritó asustado, pero Rafael le dijo que sujetara al pez y que lo arrastrara a la orilla. Acto seguido, Rafael le dijo que le extrajera el corazón, el hígado y la hiel, puesto que eran medicamentos útiles.

Cuando se acercaban a Media, el muchacho preguntó al ángel para qué servían las vísceras que había extraído del pez. Rafael le respondió que la hiel podía curar la ceguera si se untaba en los ojos; y que si se quemaban el corazón y el hígado del pez en presencia de una persona dominada por un demonio, este huiría al oler esas vísceras.

Cuando ya estaban cerca de Ecbátana, el ángel dijo a Tobías que se hospedarían aquella noche en casa de Ragüel, quien tenía una hija a quien convenía que él desposara. Tobías le replicó que ella había sido entregada a siete hombres quienes habían muerto la noche de bodas y que él temía morir como aquellos. Rafael le dijo que con el corazón y el hígado del pez podría curarla, que la muchacha era de su parentela, que era bella y prudente y que heredaría toda la hacienda de su padre, puesto que era unigénita. Tobías al escuchar esas palabras, se enamoró de Sara.

Cuando llegaron a casa de Ragüel y una vez sentados a la mesa, Tobías apuró a Rafael a que pidiera a Sara como su esposa. Ragüel escuchó a Tobías e intentó disuadirlo, sin embargo Tobías insistió de tal modo que Ragüel no tuvo más remedio que entregársela esa misma noche.

Cuando estuvieron en la habitación Tobías y Sara, él puso el corazón y el hígado en las brasas del incienso; el demonio salió de Sara, Rafael lo atrapó en vuelo, lo ató y lo confinó al alto Egipto. Tobías y Sara hicieron una breve oración. Ragüel, temiendo la muerte del muchacho y las consecuentes burlas y mofas de los vecinos, mandó cavar una tumba en medio de la oscuridad. Para cerciorarse de que Tobías había fallecido, pidió a Edna, su esposa, que mandara a una muchacha de servicio para que viera qué había pasado. La muchacha entró y encontró a Tobías y a Sara sanos y salvos. Ragüel mandó inmediatamente rellenar la tumba,  preparar una gran fiesta y al día siguiente hizo prometer a Tobías que se quedaría con él dos semanas, para la celebración.

Al poco tiempo, Tobías mandó a Rafael a Ragués para recoger el dinero y para invitar a Gabael a la boda. Rafael fue y regresó tanto con el dinero como con Gabael.

Mientras tanto, Tobit y Ana, desesperados, pensaban que Tobías había tenido algún contratiempo en Media, o que había sufrido algún mal. Ana estaba más angustiada que Tobit, pero no perdía la esperanza de ver regresar a su hijo por el mismo camino por el que había partido. Y así sucedió. Cuando lo vio regresar, avisó a Tobit y corrió a abrazar a su hijo. Tobías se dirigió a su padre, le untó la hiel en los ojos y lo curó. Tobit  abrazó a Tobías y bendijo a Dios. Después de esto, Tobías les explicó que se había casado y que Sara, su esposa, estaba por llegar a las puertas de Nínive. Tobit fue a recibirla con alegría desbordante y se organizó otra gran fiesta.

Una vez que habían pasado los siete días de la boda, Tobit dijo a Tobías que era hora de pagar el sueldo a Rafael, además de entregarle una gratificación extra porque todo había salido muy bien. Tobías le dijo que ni la mitad de todo lo que había traído de Media era recompensa suficiente por todos sus servicios. Tobit le dijo entonces que le entregara la mitad de todo lo que habían llevado consigo. Cuando Tobías quiso pagar a Rafael, este lo llamó aparte, junto con Tobit, encareció las buenas obras que había hecho Tobit durante toda su vida, les explicó que él era un ángel y que el Señor lo había enviado a curar a Tobit y a Sara y a lograr el matrimonio de esta con Tobías.

Tobit hizo una oración en la que agradeció a Dios por haberlo restablecido y en la que aseguraba que Dios haría regresar a Jerusalén a los hijos de Israel dispersos por el mundo.

Tobit murió en paz a la edad de ciento doce años, no sin antes recomendar a Tobías y a sus hijos que salieran de Nínive, puesto que sería destruida, según la voz de los profetas. Tobías lo sepultó y vio por su madre, hasta que también ella murió. La sepultó junto a su padre y partió con Sara y sus hijos a Ecbátana, en donde veló por sus suegros hasta que murieron. Heredó lo restante de la hacienda de Ragüel y Edna, hizo siempre el bien, siguiendo la conducta de su padre, vivió ciento diez y siete años y alcanzó a ver la ruina de Nínive.

 

Antropología de la religión

 

Levirato

 

El levirato es representado con el verbo ybm, que significa: cumplir las obligaciones de cuñado para con la viuda del hermano. Dicho verbo se usa solo en Gn 38,8 y Dt 25,5.7. El sustantivo yäbäm, cuñado, se usa solamente en Dt 25,5.7.

El levirato podría describirse de la siguiente manera, según Dt 25,5-10: Si un hombre moría sin hijos, su hermano debería tomar a su esposa para darle uno que, incluso, llevaría el nombre del difunto. Si ese segundo esposo moría también, otro hermano debía tomar a la cuñada con el mismo fin. Aunque esta ley no hable del interés por conservar las propiedades del difunto dentro de la familia, es muy probable este interés fuera parte principal en la motivación de la ley. Si el cuñado se sustraía de esa obligación, la viuda le escupía al rostro y le decía: “así se hace con el hombre que no dignifica la casa de su hermano”.

La costumbre de que incluso el suegro tenía que tomar a la mujer para dar descendencia a su hijo difunto, que pudiera aparecer en la historia de Judá y de Tamar (Gn 38,24-26), fue suavizada por la ley del Deuteronomio. Algunos exegetas han subrayado la condición del v.5 “Si unos hermanos viven juntos...”; lo cual restringiría el levirato a los hermanos que no estuvieran casados –por eso vivían juntos–, pero esa limitación no está clara en el Deuteronomio.

Tal parece que esta ley no se limitaba, en un principio, a los cuñados, sino que era una institución del clan. Se discute si el libro Rut trata o no sobre la institución del levirato, el argumento principal está en que, como ya indiqué, ni el verbo ~by ybm, ni el sustantivo ~by yäbäm, son utilizados en el libro Rut; además de que en ese libro se juntan dos intereses en el matrimonio de Rut y Booz: la perpetuación del nombre del difunto esposo y la conservación de las propiedades de este. Rut no tenía cuñados (Rut 1,11-12), y tenía que tomar otros parientes con cierto orden (Rut 2,20; 3,12); como en la historia de Judá y Tamar (Gn 38). Con ello se buscaba perpetuar el nombre del difunto (Rut 4,5.10). Por eso, el niño debía ser considerado verdadero hijo del marido fallecido (Rut 4,6.17). En esta narración se percibe claramente que el autor mezcló dos instituciones. Por un lado, la necesidad del rescate de la tierra para evitar la enajenación del patrimonio, tal como se manda en Lv 25,23-25. Y por otro lado, el levirato. Rut 4,10 dice: “y de que también he adquirido a Rut, la moabita, viuda de Majalón, para conservar el apellido junto con la propiedad del difunto y para que su nombre esté siempre presente entre sus hermanos cuando se reúnen a la entrada de la ciudad”. El autor del libro Rut, relaciona la actitud de esta con la que había tenido Tamar, la nuera de Judá (Rut 4,12).

Tobit exhortó a su hijo Tobías a que tomara mujer del linaje de sus padres (Tob 4,12), consejo que Rafael recordó a Tobías cuando le propuso que pidiera a Sara como esposa (Tob 6,16). Tobías no quería pedir a Sara, pues sabía que se le habían muerto siete maridos la noche de bodas (Tob 6,14). Sin embargo, gracias a las buenas noticias que de ella le dio Rafael, Tobías se decidió a reclamarla. Una vez en casa de Ragüel, el padre de Sara, Tobías le pidió a su hija como esposa, pero Ragüel trató de calmarlo afirmándole que no podía entregar a Sara más que a él, que era el pariente más cercano (Tob 7,10), que podría esperar hasta el día siguiente. Como Tobías insistiera, Ragüel le informó que los siete anteriores maridos habían muerto la primera noche de las bodas. Tobías, sin embargo, insistió y logró que esa misma noche se le entregara Sara. La acción de Tobías está de acuerdo con la ley del levirato y con lo mandado en Lv 25,23-25 y en Nu 36,2-9, sobre el rescate de la tierra y la posibilidad de que las mujeres unigénitas heredaran, pero con la necesidad de casarse con uno de la propia tribu. En este caso, como en el de Judá y Tamar, si bien el hombre podía rehuir el compromiso de tomar a una viuda como esposa, la mujer no podía elegir marido, este estaba determinado por el parentesco. Mientras aquel a quien tocaba fungir como levir no renunciara públicamente a su derecho, la mujer no podía casarse con otro. En Tobit, a diferencia de Rut, el interés del rescate y del levirato no está, en lo absoluto, en la perpetuación del nombre del difunto, además de que en el libro Rut, ella podía haberse negado al matrimonio con el levir (Rut 3,10), mientras que en el libro Tobit, Sara no podía negarse si el levir exigía su derecho.

Así pues, o las dos leyes independientes, una del levirato en Dt 25,5-10 y la otra del rescate de la tierra incluso por medio del matrimonio endogámico, de Nu 36,2-9 y Lv 25,23-25, terminaron por fundirse en una sola realidad en las historias de Rut y Tobías. O bien, el levirato tuvo siempre dos finalidades bien concretas: no enajenar los bienes familiares y perpetuar el nombre del difunto, aunque esas dos finalidades tuvieran legislaciones independientes. Lo más probable es que el levirato surgiera con ambas finalidades y que solo la legislación las hubiera separado, puesto que las historias que cuenta la Biblia a cerca del levirato, tienen también, entreverado, el tema de la no enajenación de los bienes.

Tb 6,10-16 dice:

10 Cuando entró en Media, ya cerca de Ecbátana, 11 dijo Rafael al muchacho: Hermano Tobías. Le respondió: Heme aquí. Le dijo Rafael: Es preciso que nos hospedemos en casa de Ragüel esta noche; él es pariente tuyo y tiene una hija que se llama Sara; 12 no tiene hijo varón ni otra hija, solamente a Sara; tú eres, entre todos los hombres, su pariente más cercano, así que puedes heredarla junto con la hacienda de su padre; lo indicado es que tú la heredes. La muchacha es sensata, valiente y muy hermosa; y su padre es bueno[1]. 13 Y añadió: Es justo que la tomes. Escúchame hermano, hablaré a su padre acerca de la muchacha esta noche, para que te la tomemos como prometida; cuando regresemos de Ragüel, celebraremos su boda. Estoy seguro de que Ragüel no puede negártela ni dársela a otro, pues se haría reo de muerte, según el mandato del libro de Moisés, pues sabe que te corresponde la herencia de tomar a su hija, antes que a cualquier otro hombre. Escúchame ahora, hablaremos de la muchacha esta noche y la desposaremos contigo, y cuando volvamos de Ragués, la tomaremos y la llevaremos con nosotros a tu casa. 14 Respondió Tobías a Rafael: Hermano Azarías, escuché que ya fue desposada con siete hombres y que murieron el día de su boda; la noche que se acercaban a ella, morían; también escuché que dicen que un demonio los mata. 15 Tengo miedo de ese demonio que la ama[2], porque no le hace daño a ella, pero si alguien se le quiere acercar lo mata; yo soy el unigénito de mi padre, no sea que muera y que por mi culpa bajen con tristeza a su sepulcro mi padre y mi madre; ellos no tienen otro hijo para que los sepulte. 16 Le dice: ¿No recuerdas las órdenes de tu padre, cuando te mandó tomar mujer de la casa de tu padre? Escúchame ahora, hermano, no tengas cuidado de ese demonio y tómala; sé bien que esta noche te la darán como esposa.

 

La sentencia del libro de Moisés que prescribía el matrimonio levirático como obligación no implicaba la pena de muerte en caso de que no se cumpliera, ni para la muchacha ni para el levir, mucho menos se podía aplicar al padre de la muchacha. Sin embargo, en el caso de Judá y Tamar, aunque tanto Judá como Sela no eran condenados por no desposar a Tamar, ella iba a ser quemada por no guardar fidelidad al muchacho que aún no le había sido entregado como esposo (Gn 38). Si la obligación del levirato estaba limitada al hermano del difunto, que vivía en casa de su padre, no obligaba ni a Tobías ni a Ragüel ni a Sara. Pero es muy posible que, al contrario, esa norma se extendiera a los parientes más cercanos, según un orden, como atestigua el libro Rut, pero que no está estipulado en la norma del Deuteronomio.

 

Es posible que Tobías no supiera que él era el pariente más cercano y que le tocaba recibir a Sara, pero sí sabía que un demonio mataba a los maridos de Sara la primera noche.

 

He aquí el texto Tb 7,9-13:

9 Una vez que se asearon, se lavaron y se reclinaron a comer, dijo Tobías a Rafael: Hermano Azarías, di a Ragüel que me dé por esposa a mi hermana Sara. 10 Escuchó Ragüel esas palabras y dijo al joven: Come, bebe y disfruta esta noche hermano, pues nadie puede tomar a mi hija Sara, fuera de ti; de modo que yo no tengo autoridad para darla a otro hombre, fuera de ti, que eres el pariente más cercano a mí. Pero te hablaré con toda la verdad muchacho: 11 ya la entregué como esposa a siete hombres de nuestros hermanos, y todos murieron la noche en que quisieron tener relaciones sexuales con ella. Por ahora, muchacho, come y bebe, y que sea lo que Dios quiera. 12Tobías dijo: No comeré ni beberé [3] hasta que resuelvas mis asuntos. Ragüel le dijo: Eso haré, ella te debe ser entregada según el mandato del libro de Moisés. El cielo ha sentenciado que a ti debe ser entregada. Recibe como esposa a tu hermana, desde ahora tú eres su hermano y ella tu hermana. Se te ha dado desde ahora y para siempre. Que el Señor del cielo los lleve con bien esta noche, hijo, y les dé misericordia y paz. 13 Llamó Ragüel a Sara, su hija, quien fue ante él. Tomó su mano  la entregó a Tobías y  le dijo:  Tómala como esposa, pues según la ley y según el mandato escrito en el libro de  Moisés se te da por mujer. Tómala y llévala con bien a tu padre. El Dios del cielo los lleve con paz por buen camino.

 

Ragüel afirma a Tobías que no puede entregar a su hija a otro hombre, pues sabe que él es el pariente más cercano, a quien, según la ley, corresponde decidir si cumple o no como levir. Tobías conocía el caso de Sara y seguramente también que a él correspondía tomarla como esposa. Sin embargo, él había resuelto no presentarse en Ecbátana para reclamarla por esposa, derecho que le otorgaba el mismo Deuteronomio. Ragüel, por su parte, o no podía exigirle ni ese cumplimiento ni su negativa, o no quería hacerlo, pues temía que también él muriera y la pena de su hija se hiciera todavía peor. Tobías tenía todo el derecho legal, según Dt 25,5-10, por eso Ragüel tuvo que acceder.

En Tobit, el levirato toma unas características que no tiene en el resto del Antiguo Testamento. En primer lugar, se olvida de la preservación del nombre del difunto, para centrarse en el matrimonio endogámico y en la preservación de los bienes dentro de la familia, siendo que ninguna de esas dos motivaciones están en la ley que lo estipula. En segundo lugar, el padre de la viuda se convierte en reo de muerte, en el caso de que no respete el orden de levires. En tercer lugar, el levir en turno no está obligado a renunciar públicamente a su derecho-obligación.

Esta práctica del levirato en la comunidad a la que se dirige el libro Tobit, refleja la necesidad de conservar los bienes familiares dentro de la tribu. La pena de muerte al padre que se niegue a respetar esa ley, que se esgrime como parte de la ley de Moisés, parece un resurso extremo para evitar que la comunidad judía o tribal, pierda sus propiedades. Tal necesidad condujo a las comunidades a poner adiciones ¡a la ley de Moisés!, además de a interpretarla, en este rubro, de manera bastante sesgada.

 

Diezmos

 

El mandato del diezmo propiamente dicho aparece solo tardíamente, con el Deuteronomio, con la característica de que se podía comer en Jerusalén (Dt 14,22-23.26-28). La tradición fue continuada por el sacerdotal y por el cronista, aunque indicando que se debía entregar a los levitas (Nu 18,21), a Dios (Lv 27,30-32) o a los sacerdotes y a los levitas (II Cro 31,4-6).

Solo dos textos, ambos posteriores, hablan de una décima parte del diezmo que los levitas debían entregar a los sacerdotes (Nu 18,25; y Ne 10,36-38)

Finalmente, solo tres textos hablan de un segundo diezmo, o de una modalidad que el diezmo debería tomar cada tres años[4]. Esa aportación se hacía solo de la cosecha y se debía dejar a las puertas, para que los levitas, forasteros, viudas y huérfanos lo comieran (Dt 26,12; 14,28). Debe notarse que si para el Deuteronomio se debía entregar el diezmo a los excluidos cada tercer año, las cosas no eran así para el sacerdotal y la legislación posterior. En este caso, como en el hecho de que el diezmo se podía cambiar por dinero y comer en Jerusalén, se trata de una legislación exclusivamente deuteronomista.

Tob 1,6-8 deja la impresión de que el diezmo de cada tres años, se trataba de un diezmo adicional, un segundo diezmo, que se debería añadir al que se entregaba cada año. He aquí el texto:

6 Muchas veces solo yo iba a Jerusalén en las fiestas, tal como está escrito para todo Israel por decreto eterno. Cuando tenía las primicias, los primeros frutos[5], los diezmos de los ganados[6] y los primeros esquileos de las ovejas[7], iba presuroso a Jerusalén[8]  7 y  lo entregaba[9] a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el altar. Daba a los hijos de Leví, ministros en Jerusalén, el diezmo[10] del trigo, del vino, del olivo, de los granados, de los higos y de los otros árboles frutales. Tomaba el segundo diezmo en dinero, de los seis años[11], e iba y lo gastaba[12] en Jerusalén cada año[13]. 8 Cada tres años[14], entregaba ese diezmo a los huérfanos[15], las viudas, y los prosélitos que vivían con los hijos de Israel; y lo comíamos[16] según el decreto que está prescrito sobre eso en la ley de Moisés y conforme a los mandatos que me había ordenado Débora, madre de mi padre Ananiel, puesto que mi padre había muerto y me había quedado huérfano.

La precisión “de los seis años”, que solo está en S y en la Vetus Latina es de origen incierto. Pudiera ser que ese diezmo se acostumbrara entregar solo cada seis años, o por seis años, descansando el séptimo[17]. Puede ser que ese “segundo diezmo” anual se destinara, cada tres años, a los prosélitos y a los viajeros –pero solo las cosechas–, tal como se manda en Dt 14,28-29; 26,12. Sin embargo, Tobit dice que lo daba a los necesitados y a los prosélitos[18]. Este diezmo se compartía con ellos, no se entregaba, por ello dice Tobit: “lo comíamos”, lo que está de acuerdo con la legislación deuteronomística, pues la más tardía exigía que se entregara[19] (cf. Jud 11,13).

Adoptar la lectura de BA y de la Peshitta, al inicio del v.8 “Entregaba el tercero (diezmo)”, puede aclarar el sentido, si pensamos que eran tres diezmos. Aunque Tobit habla de un segundo diezmo, no es seguro que el Deuteronomio hable de él. El texto de Tobit  puede entenderse pensando en un solo diezmo. La ley de los diezmos a que se refiere Tobit no nos es suficientemente conocida, pero Josefo habla de tres[20].

Sin embargo, el texto de Tobit se puede entender de la siguiente manera:

Cuando tenía las primicias, los primeros frutos, los diezmos de los ganados y los primeros esquileos de las ovejas, iba presuroso a Jerusalén y se lo entregaba a los sacerdotes[21], hijos de Aarón, para el altar. Daba a los hijos de Leví, ministros en Jerusalén, el diezmo del trigo, del vino, del olivo, de los granados, de los higos y de los otros árboles frutales. O bien, la segunda forma que tenía de entregar el diezmo, era que durante seis años –puesto que el séptimo descansaba la tierra y no se daba tal diezmo–, tomaba el diezmo e iba y lo gastaba en Jerusalén cada año. La tercera forma de entregar el diezmo era como se manda, que cada tres años lo entregaba a los huérfanos, viudas y prosélitos.

Gravar la producción de cualquier persona con el 30 o el 20% del fruto de sus tierras era demasiado, antes como ahora. Tal vez la palabra “diezmo” no signifique el diez por ciento de lo producido, sino una forma convencional para hablar de dones voluntarios: “Parece que el diezmo, cuya principal finalidad era el sostenimiento del templo, consistía en algo obligatorio y en algo voluntario. Solo el Deuteronomio desplazó el diezmo de su finalidad original y lo convirtió en una donación obligatoria para los desposeídos y los pobres”[22].

 

 

 

Acta de matrimonio

 

Solo un texto del Antiguo Testamento habla de acta de matrimonio, Tb 7,13: “14 Llamó a su madre y dijo que trajera el papiro, escribió el contrato que la da por mujer en el papiro matrimonial, según el mandato de la ley de Moisés, [y lo sellaron[23]]. Luego comenzaron a comer y beber”[24].

En el Deuteronomio 24,1-4, se habla de un libelo de repudio, y si existía este, seguramente existía un contrato matrimonial que, sin embargo, en ningún lado de la Biblia se menciona salvo en este pasaje de Tobit, cf. Is 50,1; Jer 3,8. Es también posible que este contrato fuera una exigencia de la legislación bajo la que vivían en la diáspora. La posterior halakah dice que el contrato debía ser escrito por el novio. Se ha planteado que por haber añadido este mandato a la ley, el libro fue excluido del canon hebreo, sin embargo, a ello habría que añadir su carácter fuertemente pro-sacerdotal.

 

Oración en dirección de Jerusalén

 

         En Tb 3,11 se habla de orar en dirección a Jerusalén:

11 En ese momento, extendiendo las manos hacia la ventana[25], oró así: Bendito seas, oh Dios misericordioso; bendito tu nombre[26] santo y temido para siempre. Que te bendigan todas tus obras por siempre. 12 Vuelvo ahora mi rostro[27] y mis ojos hacia ti.

 

         Sara volvió a Dios su rostro y sus ojos además de sus manos (3,12); estaba mirando seguramente en dirección a Jerusalén, según el mandato de Salomón en I Re 8,48-49: “si se vuelven a ti con todo su corazón y con toda su alma en el país de los enemigos que los deportaron, y te suplican vueltos hacia la tierra que tú diste a sus padres y hacia la ciudad que has elegido y hacia la Casa que he edificado a tu Nombre, escucha tú desde los cielos, lugar de tu morada”. También Dn 6,11; Sal 28,2; 134,2; y Sal 138,2 hablan de oración en dirección a Jerusalén (Dn) o al templo. Cf. también: Ex 9,33; Is 1,15; Job 11,13; y Sal 44,21, que hablan de levantar las manos hacia el Señor –o a dioses extranjeros. De la oración en dirección a Jerusalén se habla solo en I Re 8,48.49Tb 3,12 y Dn 6,11.

 

Ángeles y demonios

 

Rafael es presentado como uno de los siete ángeles del Señor (Tb 12,15). Es un enviado de Dios para sanar (a Tobit), liberar (a Sara), y guiar (a Tobías). Es el intercesor que lleva a Dios las oraciones de los seres humanos. Su función se extiende a inspirar la confianza en la misericordia de Dios. Rafael se presenta como un ser mucho más poderoso que el demonio Asmodeo. Es la mano providencial de Dios, que antes actuaba de manera invisible, en las mentes y en los corazones de los líderes de la comunidad.

Asmodeo solo es llamado así en 3,8 y 3,17, pero en ambos casos su nombre se complementa con: el demonio malvado. Se le llama demonio en 3,8.17;6,8.14.16.17; y 8,3. En 6,8 se le llama, además de demonio, espíritu malo. Asmodeo mata (a los esposos de Sara), la mantiene en esclavitud, e