EL PROBLEMA DEL CANON DEL ANTIGUO TESTAMENTO SEGÚN EL RECIENTE DOCUMENTO DE LA PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA

 

J. Loza Vera, O. P.

EBAF-UPM

 

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Introducción

 

Al pedírseme alguna aportación para la presente reunión de la ABM, considerando su temática general, espontáneamente pensé en algo relacionado con el reciente documento de PCB, El pueblo judío y sus Escrituras Sagradas en la Biblia cristiana (nov. de 2001 en ed. original francesa y traducción italiana; traducción castellana del Vaticano 2002) y me decidí por una sección de la I Parte, precisamente la última (nos. 16-18), que presenta de la problemática del canon del AT. Allí, como era de esperar, dado el título del documento (por más que, a simple vista, plantee el problema de saber de qué exactamente se ha querido tratar), entre otras cosas se establecen las diferencias entre la perspectiva del judaísmo y la de nuestra Iglesia católica.

Como cualquiera podrá comprobar, no poseo una competencia particular para hablar de ese tema, para adentrarme en la historia y los problemas que se plantean en torno al canon de las Escrituras del AT. Por si fuera poco, al comprometerme a hablar del tema en esta reunión, bien sabía de antemano que no disponía del tiempo necesario para internarme en serio en la abundante literatura reciente, ya se piense en obras monográficas[1] o en artículos de revista[2] (por no hablar de la bibliografía anterior a 1980, ya que hay obras que siguen guardando su interés como fuente de información, así sea imperfecta por lo conocido entonces o por la interpretación de los datos[3]), con el agravante bien conocido de que no siempre se consiguen en nuestro medio las publicaciones de que uno podría o debería echar mano para el estudio más sistemático de algún texto o tema bíblico. Es verdad que no carecemos de otro tipo de obras, las exposiciones de conjunto elaboradas por buenos conocedores de la materia[4], pero es evidente que se esperaría más que un status quaestionis que dependa fundamentalmente de tales obras.

A pesar de esas limitaciones, me pareció que una “lectura” comentada de esa sección del documento de la PCB y un señalamiento de los aspectos históricos y de los planteamientos de fondo que se podrán hacer al respecto podrían tener algún interés para los participantes en nuestra asamblea. Si con ello defraudo sus expectativas, les pido perdón anticipado.

¿Cómo proceder? Lo haré en tres tiempos:

I. Génesis e intención del documento de la PCB;

II. Los números 16-18 del documento de la PCB;

III. Pistas del documento y problemas abiertos.

 

I. Génesis e intención del documento

No sé si es atrevido citar aquí el proverbio según el cual “el hombre propone y Dios dispone”, pero mediante él se puede explicar un poco el origen de “El pueblo judío y sus Escrituras sagradas en la Biblia cristiana”: la intención de la PCB al decidirse por el estudio de un tema específico y que fuera como la secuela lógica de “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, fue específicamente analizar las relaciones entre las dos partes de la Biblia cristiana, ver qué correspondencias existen entre el AT y el NT. En el momento de tomar tal decisión había, en efecto, varios temas que se proponían a la Comisión y el citado era uno entre varios más. (No recuerdo cuántos exactamente, pero eran al menos 5 o 6.).

Cuando el estudio del tema iba a comenzar efectivamente, después de unos años en que nos ocupamos de “Universalismo y particularismo en la Biblia” (para ofrecer las bases bíblicas a la Comisión Teológica Internacional, que se ocupaba por entonces de las “Relaciones entre cristianismo y religiones no cristianas”), el secretario, P. A. Vanhoye S. I., nos hizo saber que se deseaba vivamente que, a dicho tema fundamental, se añadiera en forma directa el problema de las relaciones entre Judaísmo y Cristianismo desde la perspectiva de la Biblia. Nunca pudimos saber quién estaba detrás de la forma impersonal de expresión transmitida al secretario por el presidente de la Comisión, en el caso el card. Ratzinger, y es materia de especulación si tal voluntad procedía directamente del papa Juan Pablo II, de la Congregación de la Fe, del mismo card. Ratzinger o de algún otro dicasterio romano.

Lo cierto es que eso obligó a ampliar el conjunto de los temas que se deberían abordar y los preparativos para el documento, ya que se procede en varias etapas: distribución de los temas que debe estudiar cada unos de los miembros, presentación de uno o más trabajos específicos elaborados por cada miembro y discusión, elaboración de resúmenes breves y, con base en ellos, de un documento de base (usualmente en “pequeño comité”: el secretario con algunos más, con el voto de la asamblea general); discusión de ese texto, que se mejora en función de diferentes proposiciones; última discusión del texto revisado, votación final después de que se han introducido las enmiendas, generalmente de detalle, que surgieron en la discusión. "En el caso presente no fue fácil armonizar en una plena unidad ambas vertientes temáticas y el título finalmente dado al documento traduce a las claras la dualidad temática de que surge. No es el lugar aquí para entrar en más detalles, pero este señalamiento genérico de la dualidad temática originaria pudiera ayudar a comprender mejor el resultado, el documento final.

II. Los números 16-18 del documento

A grandes rasgos, la I Parte da por asentado que una parte fundamental de nuestras Escrituras cristianas coincide con las Escrituras del pueblo judío: el título es exactamente el de “Las Escrituras Sagradas del pueblo judío, parte fundamental de la Biblia cristiana”. No viene al caso repasar todos puntos allí tratados, pero sí es importante señalar que es en esa perspectiva que se presenta el problema del canon del AT.

La sección final (E) de esta parte lleva el sub-título de “La extensión del canon de las Escrituras”. Trata de ilustrar mediante el estudio específico de la problemática del canon del AT el dato fundamental que está en el punto de partida del documento. La perspectiva general de esta parte, en efecto, está condicionada por datos mencionados por vía de introducción en el no. 1. La cuestión de fondo sería la de saber “¿Qué relaciones establece la Biblia cristiana entre los cristianos y el pueblo judío?” (p. 15). La respuesta genérica a tal pregunta es que hay “múltiples y muy estrechas relaciones” y eso a un doble título.

Nuestra Biblia cristiana se compone en su mayor parte de las Sagradas Escrituras (Ro 1,2) del pueblo judío, que los cristianos llamamos AT, pero a ella se añade otro conjunto que nos es propio y que expresa en forma directa nuestra fe en Cristo Jesús. Ahora bien, ambas cosas ponen a la Iglesia en muy estrecha relación con las Escrituras del pueblo judío (pp. 15s). Pero las relaciones mutuas entre AT y NT distan de ser simples; al contrario, la gama de la correlación precisa “va del acuerdo perfecto sobre ciertos puntos a una fuerte tensión sobre otros” (p. 16). Como quiera que sea, en un primer momento el documento constata que “el NT reconoce la autoridad del AT como revelación divina y no puede ser comprendido fuera de esa relación estrecha con él y con la tradición judía que lo transmite” (ibidem).

Tenemos así el punto de partida de esta primera parte y su primera frase me parece particularmente significativa: “Sobre todo por su origen histórico, la comunidad de los cristianos está vinculada al pueblo judío” (no. 2, p. 17).

Subrayado así el punto de partida, los nos. 16-18 se ocupan del canon del AT. Al principio pareciera haber cierta inconsistencia o alguna tensión entre el título genérico, que habla de “extensión del canon” de las Escrituras y el enunciado del problema mediante el texto mismo, pues afirma que “La cuestión que nos ocupa aquí es la de la formación del canon del AT” (no. 16, al principio, p. 40). Si señalo el dato, no creo que haya que sobrevalorarlo: ambos aspectos, la extensión precisa del canon de los libros del AT y su formación progresiva están estrechamente relacionados e imbricados.

Salvo el breve párrafo inicial, el no. 16 nos presenta la situación propia del judaísmo en lo que se refiere al canon de los libros del AT. La afirmación de base es precisamente que “hay diferencias entre el canon judío de las Escrituras y el canon cristiano del AT” (p. 40). Ahora bien, si hay diferencias, deben tener alguna explicación. La de que hubiera ya dos cánones en el judaísmo de la época de Jesús y del NT, el hebreo-palestino y el griego-alejandrino (éste relacionado con la versión de los LXX), de los que el segundo habría sido adoptado por el cristianismo naciente, no se impone. Por ello mismo otra debe ser la verdadera explicación: el cristianismo surge en un momento en que, si las colecciones de la Ley y los Profetas estaban prácticamente cerradas y completas, no podemos decir que ocurriera lo mismo con la tercera parte de la Biblia, la de los Escritos (a pasar de que ya el prólogo del traductor de Ben Sirá menciona los “otros escritos” después de la Ley y los Profetas). En efecto, todavía existían en el s. I de nuestra era diferencias sensibles, tanto respecto a los libros que comprendería la colección como en cuanto a la forma precisa del texto de los libros. Los límites del canon hebreo sólo se fijarán más tarde[5] y es entonces cuando se excluirán los libros que, para diferenciarlos de los contenidos en el canon judío, a propósito de los cuales nunca hubo dudas, nosotros llamamos “deuteronocanónicos”.

Pero es de notar que, antes de su exclusión o a pesar de ella, muchos de esos libros fueron leídos entre los judíos en los primeros siglos de nuestra era. Conocidos principalmente, aunque no exclusivamente, a través de versiones griegas (si no fueron directamente escritos o recopilados en griego), esos escritos tardíos circularon ampliamente entre los “helenistas”, tanto en Palestina como en la diáspora.

Por lo que a los puntos de vista de la Iglesia primitiva se refiere, si los primeros cristianos, por ejemplo en Jerusalén, fueron principalmente judíos, lo mismo “hebreos” que “helenistas” (cf. Act 6,1), “es de suponer que sus puntos de vista reflejarían los de su entorno” (no. 17, pp. 42s), aunque debemos reconocer que nuestra información al respecto es muy limitada. Sólo en una época algo posterior, la del surgimiento de los escritos del NT, es dato comprobado que entre los cristianos circuló una literatura religiosa que desborda ampliamente los límites del canon hebreo. También resulta claro, por otra parte, que no se puede, mediante el sólo NT, determinar el canon cristiano del AT: junto a los “déutero-canónicos” circularon bastantes apócrifos. Que los datos del NT no resulten concluyentes, determinantes, parece la evidencia misma. Sabido es, por sólo dar este ejemplo, que la carta de Judas, si no cita en forma precisa, como Escritura, depende de o alude a cosas en que parece estar de acuerdo con Henoc y otros apócrifos. (Perdón por ampliar aquí y en este caso lo que dice directamente el documento.)

La Iglesia de las generaciones siguientes, al extenderse principalmente en el medio helenístico, siguió utilizando los libros recibidos del judaísmo helenista. Si ese dato está relacionado con la recepción de los “LXX”, no se puede decir sin más que se heredara un “canon alejandrino”: el texto de los LXX que conocemos es precisamente el de las comunidades cristianas (y esencialmente sólo a partir del s. IV). Lo esencial será entonces que, mientras la Iglesia recibió un conjunto de libros sagrados que se encontraban en camino de ser considerados como Escrituras canónicas, el judaísmo, por su parte, decidió cerrar definitivamente su propio canon y excluir así esos escritos, “helenistas” por el texto que circulaba, si no por su origen mismo.

(Quedaría por ventilarse, lo señalo desde ahora, la cuestión de saber si ese canon reducido se establece precisamente por reacción contra los cristianos, como se recurre en el medio helenista a versiones/recensiones más literales que la de los LXX para no dar pie al uso cristiano de tal versión, dado que en la polémica los cristianos argumentaban a partir de la formulación de los  textos en dicha versión griega, o en una recensión propia de ella.)

Como quiera que sea, la fijación del canon hebreo ocurre cuando la plena autonomía de las comunidades cristianas ya era un hecho. La Iglesia (o las iglesias), por consiguiente, no se ve(n) afectada(s) en forma directa e inmediata por lo que se determina para el judaísmo. El canon judío así limitado sólo ejercerá una influencia ulterior, por ejemplo en s. Jerónimo y en las iglesias de Oriente principalmente.

El último número (el 18, pp. 43-45) se ocupa, a su vez, de la formación del canon cristiano de los libros del AT. El hecho básico aquí sería que el AT de la Iglesia revistió diversas formas según las diversas regiones. Es lo que se desprendería de las diferentes listas de la época patrística. Si, a grandes rasgos, la mayoría de los escritores cristianos a partir del s. II utilizan o los manuscritos de la Biblia, a partir del s. IV contienen gran número de escritos sagrados del judaísmo, incluyendo algunos que no fueron admitidos en el canon hebreo, una aclaración importante es que no se pensó en cerrar definitivamente por entonces el propio canon de los libros del AT: Tal idea no surge hasta que ocurrió en el judaísmo la determinación que sabemos. No obstante, tenemos que reconocer que nos falta información precisa para precisar de qué manera se procedió o las razones que se adujeron, sea para incluir un libro determinado o para desechar tal otro del propio canon.

En términos generales una cosa parece bastante segura: la evolución al respecto es distinta en la(s) Iglesia(s) de Oriente y en la de Occidente. En Oriente es constatable que, a partir de Orígenes (185-253), se hace el intento de conformar el uso cristiano al canon hebreo de los 22-24 libros. Pero, para lograrlo asistimos a distintas combinaciones y estratagemas. Si ya en el punto de partida, principalmente gracias a Orígenes, había una conciencia de la existencia de numerosas diferencias textuales, a veces considerables, entre la Biblia hebrea y la Biblia griega (no tenemos más que pensar en sus Hexaplas para que esto sea la evidencia misma), a ello se añade el problema de las varias listas precisas de libros. Se puede afirmar que fue común, a pesar del esfuerzo por adaptarse al canon y al texto hebreos, la tendencia a utilizar libros no admitidos en el canon hebreo y que la afirmación de la prioridad (si no de la exclusividad) del canon hebreo no llevó a excluir el texto griego; al contrario, se constata la utilización prioritaria y fundamental del texto griego de los LXX. Así, a pesar de Orígenes y de los puntos de vista de él derivados, la idea de que se debía preferir el canon hebreo de los libros del AT no deja en la(s) Iglesia(s) de Oriente una impresión profunda, determinante, ni duradera.

En Occidente también se mantiene una utilización más amplia de los libros sagrados del judaísmo. Su gran defensor fue s. Agustín (354-430). Cuando se discute el problema de saber qué libros se deben incluir en el canon, él opta por considerar que el criterio fundamental en la materia debe ser el uso continuado o constante de la Iglesia. De hecho a principios del s. V algunos concilios se pronunciaron efectivamente sobre la cuestión y fijaron el canon de los libros del AT. Aunque es muy cierto que esos concilios tuvieron carácter regional, también es verdad que su unanimidad los convierte en clara expresión del uso de la Iglesia de Occidente.

En cuanto a las diferencias textuales, fue fundamental la aportación de s. Jerónimo. Sabido es que, partidario de la hebraica veritas, basa su traducción, la Vulgata, en el texto hebreo para los libros del canon hebreo, pero que se contenta generalmente con una simple revisión de versiones ya existentes (Vetus Latina) para los libros deutero-canónicos. Por ello se puede afirmar que la Iglesia de Occidente desde su época (principios del s. V) reconoce una doble tradición bíblica, una doble transmisión del texto de la Biblia, la del texto hebreo para los libros que efectivamente figuran en el canon hebreo de la Escritura y la de la Biblia griega (de los LXX) para los demás libros, aunque para todos ellos utilice de hecho una versión latina.

Sólo mucho después, mediante los concilios de Florencia (1442) y Trento (1564), se llega a una decisión que, para los católicos, disipa las dudas e incertidumbres. La lista de 73 libros recibidos como sagrados y canónicos incluye 46 del AT[6] y 27 del NT. El criterio fundamental para tal determinación ha sido el uso constante de la Iglesia. Al adoptar este canon más amplio que el hebreo, la Iglesia habría preservado una memoria auténtica de lo que ocurría en los orígenes cristianos, si es verdad que un canon hebreo limitado en forma precisa “es posterior a la época de la formación del NT” (p. 45).

Si al final repito la expresión exacta del documento es porque su formulación pudiera ofrecer dificultad. Como mínimo habrá que aclarar que se deben distinguir dos aspectos: una cosa es hablar de las décadas en que surgen los libros del Nuevo Testamento y otra muy distinta referirse al momento ulterior en que se delimita en forma precisa un canon de libros del NT. La expresión del documento parece referirse al momento en que se componen los diferentes libros y es válida en cuanto se refiere a él.

III. Pistas del documento y problemas abiertos

De lo anterior resulta que, si el criterio de base para la inclusión de los libros en el canon de las Escrituras fue el uso constante de la Iglesia, lo que se consideró fue precisamente en qué medida tal o cual obra era usada en el propio medio. Eso querría decir que se consideró sobre todo un dato, el de saber si la obra en cuestión era o no leída oficialmente en las celebraciones eclesiales. En forma subsidiaria, quedaría también el recurso de verificar de modo aunque más general lo que hayan podido expresar respecto a tal o cual libro los autores cristianos de Occidente mediante obras de la más variada naturaleza y orientación. Lo cierto es que hubo una larga reflexión y maduración, proceso mediante el que se llega a dictaminar qué libros se consideran como parte integrante de las Escrituras del AT. Fue lo que hicieron los concilios locales del s. V (que son bastante unánimes al respecto, como ya notamos). Una determinación con carácter universal sólo vendrá mucho más tarde, mediante los concilios de Florencia y de Trento. Es entonces cuando la Iglesia detalla la lista precisa de libros del A y del NT, libros que ella recibe como sagrados y canónicos. Respecto al AT en particular, si tales determinaciones son perfectamente claras: hay un total de 46 libros (y secciones añadidas en griego de otros 2) que forman parte de la Escritura en cuanto había surgido antes y preparaba la venida de Cristo.

Pero la situación de esos 46 libros no es perfectamente idéntica: los 22-24 del canon judío se reciben sin problema alguno; una enumeración distinta nos da un total de 39 libros de cuyo carácter de Escritura nunca se dudó. Por el contrario, los otros 7 (con las secciones griegas de Daniel y Ester) son aquellos sobre los que en Occidente hubo algunas dudas, principalmente en razón del sentir de s. Jerónimo. En Oriente en principio esos libros quedarían excluidos del canon, pero la variedad de puntos de vista es más grande en Oriente y finalmente tenemos que concluir que tampoco entre los cristianos de Oriente funcionó la determinación del canon judío como criterio inapelable. En algunos medios incluso se reciben más libros que nuestros deutero-canónicos.

Es a partir de estos datos generales que se podrían plantear algunos problemas de fondo en torno a la formación del canon del AT. Resulta, en efecto, tarea inaplazable precisar en cuanto es posible mediante los datos conocidos la evolución que conduce a la determinación de la lista precisa. Se podría esbozar mediante la respuesta a toda una serie de preguntas: ¿qué datos se encuentran en los libros del AT respecto al valor permanente, principalmente de la ley o de la palabra profética?, ¿qué elementos ofrecen libros tardíos, canónicos o deutero-canónicos, sobre el carácter de permanente validez de libros anteriores?, ¿cómo se precisan las cosas en la literatura intertestamentaria, sea anterior o contemporánea de la época de Jesús y de los apóstoles? Por otra parte, a partir de la actitud de Jesús y de las primeras comunidades cristianas y, sobre todo, a partir de los escritos que formarán en su momento la segunda parte de la Biblia cristiana, el NT, ¿qué actitud se manifiesta hacia las Escrituras del pueblo de la antigua alianza y en qué medida se pueden precisar tanto los conjuntos generales como los libros en particular que se reciben como Escritura?, ¿cómo se continúa y eventualmente se precisa tal actitud en las generaciones post-apostólicas hasta el momento en que el judaísmo palestinense determina limitativamente el canon de los libros que forman la Tanak, la Ley, los Profetas y los Escritos?

Esta serie de preguntas dice ya que la historia detallada del surgimiento de los libros que forman la lista precisa de los recibidos como canónicos es compleja; su desarrollo, además, no fue forzosamente linear. Inútil agregar que no es posible entrar aquí en la discusión de todos los problemas que se plantean al respecto. Lo que complica ese intento es el hecho de que no siempre tendremos datos precisos y completos y habrá que contentarse, al menos de momento, con respuestas parciales o las tenemos que considerar sólo como probables o posibles.

Como quiera que sea, si el uso del NT no es decisivo para determinar en forma precisa el canon de los libros del AT (fuera del indeterminado “Escritura” o alguna otra expresión general, a mi entender la expresión precisa y más completa del NT es la de Lc 24,46, en que Jesús resucitado menciona sucesivamente la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos; ver v. 27) y si hay que considerar que será determinante el uso eclesial, lo que en forma más clara habría que precisar es, a mi entender, lo siguiente: en qué medida están relacionados la historia del texto y la historia del canon del AT.

Este planteamiento está sugiriendo la posibilidad de una imbricación entre la historia del texto y la fijación del canon[7]. ¿Por qué? En el transcurso del s. II de nuestra era surgen las versiones griegas de Aquila, Símmaco y Teodoción, ya se trate de traducciones nuevas o simplemente de recensiones de los LXX[8]; esas traducciones se hacen precisamente para uso de las comunidades judías en medio helenista y su razón de ser podría estar relacionada con el uso que los cristianos hacen de los LXX: si los cristianos se apoyan en esta versión, sea la original o una recensión propia, hay que hacer versiones o recensiones más literales para no dar pie a sus argumentos. El enfrentamiento, si no la polémica directa, entre judíos y cristianos sería, por tanto, determinante para que surjan tales versiones o recensiones, que pretenden ser más literales. Ni qué decir tiene que tal hecho implica igualmente otro: que hay precisamente recensiones diversas de los LXX, no sólo las judías, y que habrá que distinguir entre las versiones originales griegas de los libros bíblicos y las recensiones de que son objeto, sean judías o cristianas[9]. No obstante, lo menos que podemos decir que el problema textual de la Biblia griega es complejo y que no tenemos todos los datos necesarios para visualizar detalladamente su origen y su evolución entre el s. III a. C. y el s. IV de nuestra era.

Ahora bien, el proceso recensional o de re-traducción en medio judío ocurre precisamente en el transcurso del s. II y paralelamente se llegará, en medio judío, hacia fines de ese siglo a delimitar el canon de las Escrituras, si sólo forman parte de él 22 (24) libros, todos en hebreo (aunque con algunas secciones en arameo), ¿no habrá también en esa fijación un elemento paralelo de la polémica entre judíos y cristianos? Si los cristianos utilizan algunos libros fuera de los 22-24, su argumentación no vale o cae por su propio pie, si tales libros no forman parte ya de las Escrituras. Pero precisar los detalles de ese proceso no es el objeto de mi ponencia.

En conclusión, cabe decir que, sin detenerse a precisar todos los detalles o justificar ampliamente sus aseveraciones[10], el reciente documento de la PCB nos invita a reflexionar en una doble vertiente: sobre el alcance y significación de la formación del canon cristiano de las Escrituras y sobre los puntos que, sobre el particular, nos separan de nuestros hermanos judíos, quienes excluyeron (y excluyen hasta hoy) de su Biblia algunos libros tardíos, los que nosotros aceptamos como “deutero-canónicos”.

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[1] Fuera de artículos de revista, parecen sobresalir dos obras en colaboración, J. D. KAESTLI- O. WERMELINGER (eds.), Le Canon de l’AT, Ginebra, 1984, y C. THEOBALD (ed), Le Canon des Ecritures, París, 1990. Cf. además, O. BECKWITH, The Old Testament Canon of the NT, Londres, 1985.

[2] Por lo menos hasta su publicación algunos artículos de diccionario ofrecen una bibliografía bastante completa. Pienso en particular en G. WANKE y E. PLUEMACHER, “Bibel (secciones I y II)”, en TRE, 6, Berlín, 1980, pp.1-22, y W. KUNNETH, “Kanon”, en TRE, 17, Berlín, 1988, pp. 562-570.

[3] Pienso en S. M. ZARB, Historia canonis utriusque Testamenti, 2a ed., Roma, 1934, o en A. C. SUNDBERG, The OT Canon of the Early Church, Cambridge (Mass.), 1964.

[4] En este caso, fuera de los artículos ya citados de la TRE, uno piensa especialmente las exposiciones de H. HAAG, en Mysterium salutis, I, Madrid, 1969, pp. 426ss; J. C. TURRO-R. E. BROWN, en CBSJ, vol. V, Madrid, 1971, pp. 49-98; R. E. BROWN-R. F. COLLINS, en The New Jerome Biblical Commentary, Englewood Cliffs, 1990, pp. 1034-1054; J. M. SANCHEZ CARO, “El canon del AT: historia, hermenéutica, teología”, en Simposio bíblico español (Salamanca, 1982), Madrid, 1984, pp. 435-454, y “El canon de la Biblia”, en IEB, II, Estella, 1998 (4a ed.), pp. 59-132, por señalar algunas de las más significativas.

[5] La nota 29 (p. 41) aclara que no consta que la limitación del canon del AT a los 22 (24) libros del canon hebreo, tenga que ver con la Asamblea de Yavne (Yamnia), pues fue más bien una especie de escuela o asamblea de rabinos. El canon rígido de las Escrituras no es un hecho hasta fines del s. II.

[6] Pero también es sabido que hay secciones de Ester y Daniel que se toman de la Biblia griega y se añaden a lo efectivamente contenido en el texto hebreo.

[7] Como mínimo se debe afirmar que es una tendencia de la exégesis reciente. Ver por ejemplo, J. M. SANCHEZ CARO, art. cit., pp. 440s, con los trabajos que cita.

[8] Ver, entre otros, J. TREBOLLE BARRERA, La Biblia judía y la Biblia cristiana, Madrid, 1993 (varias reediciones), pp. 328-334 (con bibliografía, pp. 333s).

[9] Ver J: TREBOLLE BARRERA, op. cit., pp. 315-340.

[10] Todo esto se encuentra más bien en la exposición de los miembros de la Comisión, muchos de ellos publicados entre tanto.