IDENTIDAD NARRATIVA DE LOS CRISTIANOS SEGUN EL NT

 

Agustín del Agua

Madrid

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            La índole narrativa de la fe cristiana

 

            El modo narrativo de confesar la fe en el conjunto del NT no obedece a un simple hecho generalizado de fenomenología religiosa, sino que es consecuencia de la índole narrativa del mensaje cristiano. Se confiesa y comunica un acontecimiento. Por ello, la fe cristiana sólo se entiende de verdad contando una historia. Lo mismo que sucede en todo proceso individual de fe cristiana: son las intervenciones de Dios en la propia vida (vividas como experiencias fundantes) las que permiten al creyente narrarse (identidad narrativa) en clave de salvación.

            En realidad, el modo narrativo de confesar la fe en el NT está en continuidad con la fe narrativa de la tradición veterotestamentaria. El hecho de que el hombre bíblico confiese su fe contando historias y relatos se debe al carácter “histórico” de la misma fe bíblica. La historia proporciona contenido a la fe y ésta da sentido a la historia. De ahí que Israel proclame su fe contando acontecimientos que vive y comprende como revelación de Dios (cf. Dt 26,5-9), porque en la Biblia la revelación no se presenta como la comunicación de verdades atemporales, “sino como el testimonio escrito de una serie de intervenciones por las cuales Dios se revela en la historia humana”[1]. Asimismo, los evangelios, himnos, confesiones de fe, etc., del NT “cuentan” el acontecimiento de Jesús (vida y destino) como la actuación escatológica de Dios en la historia (su plena revelación). Es un mensaje de claro carácter narrativo.

            Fiel a esta forma narrativa de confesar la fe, Israel recuenta su historia según su proceso de fe, lo mismo que el creyente de hoy relee su historia según su propio proceso de fe. Más aún, la fe de Israel se alimenta y crece al recontar esa historia. A este propósito, la Biblia ha sido escrita en realidad como relato recontado; retoma siempre su pasado para abrir un nuevo horizonte de futuro. Así, la llamada “tradición yahvista”, que según la actual crítica literaria del Pentateuco podría ser una redacción más que un documento, recuenta los orígenes a la luz de la promesa de Dios hecha a favor de la dinastía de David y a la luz de la predicación profética[2]. La composición de la historia deuteronomística es un relato recontado desde los orígenes hasta la destrucción de Jerusalén a la luz de la crisis del destierro, y, sorprendentemente, de ella rebrota la esperanza insobornable en el futuro. Los evangelios mismos recuentan la vida, mensaje, hechos, pasión y muerte de Jesús a la luz de la deslumbrante experiencia de la resurrección y de la experiencia del Espiritu Santo, así como de las experiencias posteriores de las distintas comunidades que sustentan los distintos relatos evangélicos.

            En este proceso de fe ligado a la historia, Israel se identificó como pueblo de Dios sólo cuando, a partir de experiencias fundantes (p. ej., “Dios sacó a Israel de Egipto”), comprendió toda su historia de principio a fin en una unidad de sentido (enhebrando sucesos, experiencias...) que le permitió narrarse como un proyecto de fe por el que Dios le hacía portador de la futura salvación humana universal. Asimismo, el esclarecimiento de la identidad cristiana se llevó a cabo por la elaboración de recursos narrativos. A partir, sobre todo, de la experiencia fundante de la muerte y resurrección de Cristo como acontecimiento de salvación (p. ej., “muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra salvación”), la comunidad cristiana se fue identificando narrativamente, en continuidad de unidad de sentido con el AT, como el pueblo escatológico de Dios (o “ekklesia”) portador de la misión universal, en cumplimiento de las promesas de la vieja alianza (cf. Mt 13).

            Este modo narrativo de confesar la fe es, sin duda, uno de los capítulos más importantes de la relación existente entre Antiguo y Nuevo Testamento. La herencia veterotestamentaria del carácter narrativo de la fe, fundada en las intervenciones de Dios en la historia, contribuyó a evitar que el cristianismo de los orígenes se disolviera en el mundo de las religiones mistéricas y en un misticismo ahistórico desprovisto de toda referencia temporal, propia, más bien, de un pensamiento filosófico alejado del acontecimiento histórico central de la Encarnación.

 

            La dimensión perdida y recuperada de la identidad narrativa bíblica

 

            La identidad narrativa de la fe bíblica urgía, pues, a la recuperación de la dimensión religiosa del relato bíblico en la exégesis contemporánea.

            Después de un largo eclipse, la exégesis ha recuperado el relato bíblico como vehículo de identidad religiosa. La separación entre hecho empírico y hecho narrado es heredera de una concepción de la historia derivada de la Ilustración y el Racionalismo. De ahí que la aplicación del método histórico crítico al estudio del relato bíblico adoleciera de un presupuesto epistemológico historicista por el que los hechos de la historia, para ser analizados adecuadamente, debían ser aislados de la interpretación que recibieron más tarde. Ello trajo como consecuencia que el relato bíblico perdiera en lo histórico su valor religioso. Hoy, sin embargo, recuperada esta dimensión perdida de la narrativa biblica, la exégesis es muy consciente de que los narradores del NT no pretendieron contar la “historia” de Jesús como simples testigos neutrales, sino como un auténtico testimonio de fe en la actuación de Dios en ella. De ahí que su narración tenga el carácter de proclamación o kerygma de salvación. La verdad histórica y la verdad teológica del acontecimiento de Jesús pertenecen, pues, por igual al relato como dos funciones o dimensiones inseparables del mismo. Se trata de la índole narrativa de la fe cristiana que sólo puede manifestarse adecuadamente mediante su relato.

            Una vez recuperado el relato, el método de “análisis narrativo” ha contribuido a destacarlo como forma de identidad religiosa. Así, “contar a Jesucristo” en los evangelios no es una demostración abstracta, sino la narración de la verdad de una vida que hay que transmitir como acontecimiento de experiencia de fe. A partir de dicha experiencia, el carácter salvífico de la persona y vida de Jesús viene expresado por los evangelistas mediante el recurso al texto y tradición establecidos ya como sagrados. De ahí que los cristianos, una vez que experimentaron la resurrección de Jesús llevada a cabo por Dios, vieran en el concepto de resurrección, desarrollado por los judíos en los siglos inmediatamente anteriores a la era cristiana, el modo de proclamar dicho acontecimiento como kerygma de salvación. La fe, sin embargo, no depende del recurso a la Escritura. Toda exégesis cristiana del AT parte de la confesión previa de que Jesús es el Señor, confesión de fe a la que no se llega por ninguna deducción exegética. De ahí que el cambio semántico que los cristianos introducen en las tradiciones del AT no proceda, por tanto, de una mera interpretación derásica más del AT, sino de la fe en Cristo con toda su implicación hermenéutica para la lectura cristiana del AT.

            El relato, pues, no afronta los acontecimientos en su superficie histórica, sino en su significación religiosa profunda. Narrar es, pues, proclamar la fe en el acontecimiento de Cristo como la actuación escatológica de Dios. Un informe histórico nunca podría decir cómo en la muerte de Cristo llegó el AT a su plenitud (cf. Jn 19,30). Es la unión de experiencia de fe y recurso al AT lo que da lugar al relato cristiano. Esto supuesto, la narración peculiar de los evangelios es calificada de “relato interpretativo”, “cristología narrativa”, “enunciado cristológico narrado como historia”, “kerygma narrativo”, etc. Dicho en otros términos, se trata de un relato en que la exégesis y la teología no son algo que se superpone al texto, sino funciones del texto mismo. De ahí que la superficie del relato encubra un sentido que depende de la alusión secreta a un repertorio de textos del AT.

            Consecuencia inmediata de que el naciente cristianismo se percibiera situado en la corriente de tradición judía, fue que la fe de Pascua postulase el recurso a la Escritura como única carta válida de presentación y justificación ante los demás judíos. Tomando la Escritura como un todo, el cristianismo expresó en la única forma posible que el camino de Jesús habla acontecido conforme al designio de Dios: “según las Escrituras” (cf. 1 Co 15,3-4). Con dicho postulado de la fe pascual, se obtenía el principio que establecía la función y el sentido del AT: el sentido del AT es Cristo y su función es hacer inteligible su propio misterio (cf. Lc 24,27). Este cambio semántico que los cristianos introducen en el AT es lo que constituye la originalidad del derás cristiano, cuya peculiaridad consiste en ser derás de “cumplimiento”, porque parte del hecho fontal de Cristo y recurre al AT para explicarlo y confirmarlo[3].

            La “identidad narrativa cristiana” muestra, pues, que la experiencia de fe neotestamentaria, en sintonía con la fe bíblica, es inseparable tanto del hecho del que brota como del kerygma que la expresa y anuncia. Por ello, hoy está del todo claro que la gran falta de la “teología kerigmática” es que quiso relacionar la fe sólo con el kerygma, sosteniendo al propio tiempo que un “relato” es en el fondo una forma de ilustración del kerygma a la que también se puede renunciar. El relato muestra, sin embargo, que la experiencia cristiana de fe que arranca del acontecimiento histórico de Jesús es inseparable de su modo de anuncio. Por ello, kerygma e historia son dos funciones inseparables del relato; lo kerigmático ha de ser entendido como función y no como noción formal de los evangelios, porque éstos se acomodan más bien a la noción de relato teológico (p. ej., “cristología narrativa” en Lc[4]; “eclesiología como discurso narrado” en Mt 13[5]) que a la de kerygma.

 

            Categorías semánticas de la identidad narrativa neotestamentaria

 

            La identidad cristiana neotestamentaria tiene en el relato su modo hermenéutico mayor. El “método narrativo” intenta interpretar en la actualidad las narraciones bíblicas con ayuda de la teoría literaria antigua y moderna, es decir, se interesa por la narración como un texto literario que puede ser analizado en términos literarios (trama, personajes, punto de vista...). Sin embargo, el modelo teológico narrativo propio del NT en general   cuenta el asunto de Jesús y los orígenes de la Iglesia cristiana en clave de cumplimiento de las Escrituras. De ahí que cada una de las categorías literarias mencionadas funcionen en la narración como categorías semánticas, ya que son las que proporcionan sentido teológico al relato. Teniendo, pues, en cuenta que el NT está escrito en una tradición (AT) antes que en una forma literaria, hay que relacionar cada una de dichas categorías con el AT, ya que cada una remite la comprensión del hecho de Cristo y de la Iglesia a un patrón de la tradición del AT. Se trata de lo que comúnmente entendemos por el término “tipologia” (tuvpoj) y el aspecto hermenéutico al que está asociada, que ve en personas, hechos, acontecimientos o lugares el prototipo, patrón, o figura de personas históricas, acontecimientos o lugares que siguen en el tiempo, y que están relacionados con la exégesis cristiana del AT en el NT, así como con la exégesis cristiana clásica.

            Así, la trama o argumento secuencial de un evangelio es un “relato de acontecimientos”, pero interpretados narrativamente como “cumplimiento” a la luz de la promesa de salvación hecha por Dios a los padres en la Antigua Alianza (cf. Lc 1,1; Mc 1,1; Mt 1,1). Los personajes, como actores del relato, actúan como tales personajes por medio del recurso tipológico al AT. El punto de vista teológico, cristológico, eclesiológico... particular de cada uno de los evangelios se logra mediante la elaboración narrativa de las fuentes a la luz de nuevos recursos a la tradición del AT. Los hechos, igualmente, hay que distinguirlos de la interpretación tipológica que reciben en el relato. La escenificación, sea temporal, espacial o social, puede recurrir también al AT, dando  determinado carácter teológico a un relato.

 

            Identidad narrativa de las comunidades cristianas del NT

 

            El cristianismo naciente confesó su fe contando y recontando la historia de Jesús y de la Iglesia de los orígenes. También en los relatos de los evangelios canónicos se percibe un proceso de fe que crece al recontar, tal como muestran los desarrollos y explicitaciones narrativas.

            Así como Israel, también el cristianismo naciente del NT precisó de un tiempo para llevar a cabo el esclarecimiento de su identidad. No olvidemos que hasta la expulsión definitiva de la sinagoga, que no ocurrió hasta el último cuarto del siglo primero, los cristianos vivieron dentro del judaísmo como un grupo más. Su diferencia con los otros grupos era, sin embargo, la fe en Jesús como el Mesías esperado. A partir de dicha fe, la comunidad cristiana se fue percibiendo y narrando como el pueblo escatológico de Dios, portador del cumplimiento de las promesas. 

 

            1. Marcos

 

            El evangelista Marcos es el primero en ensamblar todos los materiales aislados acerca de la vida de Jesús en un relato seguido que lleva como encabezamiento el término euvaggevlion (Mc 1,1). Esta expresión kerygmática, típica de la tradición mesiánica del “Heraldo” de buenas noticias (II y III Is), da carácter de confesión o testimonio de fe al relato completo de la historia de Jesús[6]. Se trata, pues, de un mensaje de naturaleza narrativa y en línea con la índole narrativa de la fe veterotestamentaria. Jesús personifica, así, el evangelio, cuya narración pretende ser el testimonio vivo de la presencia actuante del “Reino de Dios” en su vida, hechos, muerte, resurrección... (cf. Mc 1,14-15). De ahí la índole del relato como cristología narrativa: “evangelio de Jesucristo, hijo de Dios”.

            La trama de Mc no tiene mucho que ver con el suspense de la novelística moderna, sino más bien con la reticencia humana a aceptar la identidad mesiánica de Jesús, que lo rechaza hasta llevarlo a una muerte injuriosa. El narrador escoge, a este propócito, el “secreto mesiánico” como resorte dramático del relato. Se trata de una forma concreta de plantear el desarrollo de la revelación progresiva de Jesús como Cristo. Esto, a su vez, sirve de acicate a la comunidad para aceptar las dificultades del presente (persecución, inseguridad) y no fijarse sólo en el aspecto glorioso del Cristo ahora resucitado y exaltado. La situación presente tiene que sobrellevarse sobre la base de la fe en un futuro mejor.

 

            2. Mateo

 

             Se ha dicho que el evangelio de Mateo es menos cristología que eclesiología. De hecho, la exégesis moderna ha destacado que Mt ha reflexionado profundamente en las consecuencias que tiene para Israel el rechazo del Mesías, y, paralelamente, ha dedicado su nuevo relato a elaborar la identidad “eclesiológica” de la comunidad cristiana. El  narrador ha procedido a trasponer a la comunidad cristiana las prerrogativas del antiguo Israel, por las que la tradición del AT le reconoce como el pueblo elegido, portador del Pueblo y del Reino. La comunidad ha de hacer frente a un judaísmo hostíl que,   rechazando la mesianidad de Jesucristo, pretende negarle su identidad de “ekklesia”. Se trata, en último término, de la disputa en torno a la legítima herencia de la tradición veterotestamentaria.

             Pues bien, Mateo tiene en el símbolo veterotestamentario del “Reino de los cielos”   el concepto fundamental de su elaboración eclesiológica narrativa. De la mano del “Reino”, presenta Mateo a la comunidad cristiana como pueblo con el que Dios ha establecido en Jesucristo la nueva y definitiva Alianza (cf. “Dios con nosotros”, Mt 1,23 = Is 8,8 LXX; cf. Mt 28,20). Por ello, la comunidad es evkklhsiva [VIhsou/] (Mt 16,18; 18,17), con el significado histórico salvífico pleno (y ahora escatológico) del término (tal como era designado Israel en el AT).

 

            3. Lucas

 

            Así como Mc narraba la dimensión kerygmática de la vida (hechos y palabras) de Jesús, al contarla como “evangelio”, Lucas da dimensión kerygmática a su relato a través del “Reino de Dios”. En efecto, en Mc, el Reino era el contenido del relato “evangélico”; en Lc, en cambio, el contenido del kerygma del Reino de Dios es la cristología pascual (Jesús muerto y resucitado) y su actuación salvífica universal en el camino del evangelio a los gentiles (Lc 4,14-44). De ahí que el relato lucano precise del espacio de dos volúmenes.

            La conciencia de la centralidad de la pascua de Cristo en el credo cristiano, unida a una Iglesia implicada en plena misión universal, hicieron ver a Lucas la necesidad de un nuevo relato teológico que respondiese a las necesidades de la cristiandad de su tiempo. Esto lo llevó a cabo de la mano del “Reino de Dios”, concepto que actualizó a base de aplicarlo a la situación mencionada. Al centrar el Reino en la cristología y la eclesiología, Lucas prestó un inestimable servicio a la Iglesia de su tiempo y a la de todos los tiempos, iniciando el cambio de un concepto de Basileia excesivamente ligado al “eschaton” (con un componente exclusivamente temporal) a un concepto eminentemente histórico salvífico, que se despliega dinamicamente desde la presencia de Cristo hasta el tiempo de la restauración universal establecido por Dios (Hch 3,18-21; Lc 21,29-31)[7].

 

            Conclusión

 

            Por identidad personal se entiende hoy “ser yo mismo”. Sin embargo, la experiencia que cada uno tiene de esto es diferente y en muchos casos no pasa de un nivel superficial. En realidad, “ser uno mismo” tiene que ver con esa experiencia de “lograrse a sí mismo” y a la que consciente o inconscientemente aspira todo hombre. Ahora bien, en esta búsqueda de identidad personal y del “logro” de uno mismo se distinguen distintos niveles: el psicológico, el existencial, el religioso... Aquí se considera el nivel religioso, pero siendo conscientes de que éste supone los anteriores.

            La dimensión religiosa o espiritual de la identidad personal se refiere a haber comprendido y asumido que “yo soy yo más allá de mí mismo”. Dios es el que en último término me posibilita ser yo mismo. Dios es la fuente misma de mi libertad. Esto supone que puedo apoyarme en Él, porque Dios no sólo no está contra mi libertad (el proyecto de ser auténticamente nosotros mismos), sino que lo sostiene, se compromete en ello.

            Todo ello supuesto, ¿cómo formar esta identidad religiosa del hombre de hoy?

            La Escritura se nos ha mostrado como una escuela de formación de identidad espiritual, porque la fe forma parte esencial de la identidad del hombre bíblico. De ahí que la reflexión sobre la índole narrativa de la fe bíblica pueda contribuir hoy a la búsqueda de dicha identidad.

            Son las experiencias fundantes de la actuación de Dios en la propia vida las que permiten al creyente narrarse/identificarse en clave de salvación. Por ello, el creyente va recontando una y otra vez su historia según su proceso de fe, porque es propio de la identidad religiosa formularse en forma narrativa.

            Ello significa que “no hay religión desde el pensamiento abstracto, sino desde la experiencia concreta de la vida, el amor y la muerte. Dios ha de ser buscado”[8].

            Finalmente, frente a las personas que se limitan a contar sucesos, anécdotas, experiencias, porque no tienen historia, el creyente identificado con su fe lee su historia en unidad de sentido. Ello es lo que le permite descubrir su vida en conjunto como un proyecto de fe en busca del auténtico logro personal.

 

 

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[1] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia (1993), “conclusión”.

[2]  Cf. A. de Pury (ed.), Le Pentateuque en question. Les origines et la composition des cinq livres de la Bible à la lumière des recherches récentes (Genève 1989), passim.

[3] A. del Agua, El método midrásico y la exégesis del Nuevo Testamento  (Valencia 1985), passim.

[4] A. del Agua, La interpretación del relato en la doble obra lucana, EstEcl 71 (1996) 169-214.

[5] Id, Eclesiología como discurso narrado: Mt 13,2-52, EstEcl 72 (1997) 217-269.

[6]  Nótese la apropiación semántica (derásica) que el relato cristiano hace de la tradición veterotestamentaria acerca de la proclamación escatológica del Reino de Dios en la historia, aplicándolo al anuncio de Jesucristo. 

[7] A. del Agua, El cumplimiento del Reino de Dios en la misión de Jesús: Programa del evangelio de Lucas (Lc 4,14-44), EstBíb 38 (1979-80) 269-293.

[8] J. Garrido, Proceso humano y Gracia de Dios. Apuntes de espiritualidad cristiana (Santander, 1996), p. 27.