Por J. Salvador García Cuéllar
En su obra Un Judío Marginal, John P. Meier niega la historicidad de la resurrección por considerarla un misterio, es decir, algo más relacionado con la elaboración teológica que con la ciencia de la Historia. Sin embargo, si nos basamos en los mismos métodos que este autor utiliza, podemos hacer algunas consideraciones históricas sobre la resurrección. Se trata no de una apología histórica del misterio, lo que estaría fuera de lugar, sino de una ampliación de la obra de Meier en su misma línea. El autor de Un Judío Marginal pregona la confiabilidad histórica de los hechos narrados si éstos aparecen en más de una fuente.
Algunos detalles de las narraciones cuyo tema exponemos en este trabajo están en dos fuentes mayores, Mc y Jn, y dos menores, L y M. Otros pormenores sólo aparecen en L y Jn. Cada uno por su lado nos relata sucesos con ciertos rasgos que podemos tomar como históricos.
Este no es el lugar apropiado para repetir en su totalidad los criterios meierianos sobre la historicidad, debido a que ya todos los conocemos, pero lo que sí podemos intentar es aplicar esos criterios a los relatos de la resurrección y ver qué resulta, sin el apasionamiento que nos puede dar la Fe en el resucitado.
Me encuentro ante una situación bastante distinta a lo que me sucedió cuando escuchaba la ópera de rock Jesus Crist Super Star, la cual carece de resurrección. En esa ocasión yo lamentaba la omisión del misterio no por considerarla herética, sino debido a que el artista me estaba privando de una buena pieza musical, cuyo resultado sería tan bello o mejor que el ‘Hossana’ o el ‘I don’t know how to love him’. En el caso de Meier, por el contrario, se trata de ver la historicidad de ciertos hechos sin negar apriorísticamente la posibilidad de estudiar algunos de ellos. Cuando habla de la Resurrección de Jesús, Meier de plano omite la consideración de los relatos sin preguntarse siquiera si tienen algo rescatable desde el punto de vista de la Historia, lo que también resulta lamentable, no por razones estéticas, sino porque, como él lo afirma al referirse al Evangelio de San Juan, no debemos pasar por alto las posibilidades que algo o alguien nos pudiera ofrecer, y omitirlo acríticamente.
Como decíamos, de acuerdo a los criterios expresados por Meier, desde el punto de vista de la Historia es muy seguro admitir un relato proveniente de dos fuentes mayores y dos menores de que disponemos para reconstruir al Jesús Histórico, y éstas son las fuentes independientes L y M, que se encuentran respectivamente en Mateo y Lucas, la fuente Mc, contenida en el mismo Evangelio, y el relato de San Juan. Si los cuatro coinciden, entonces tenemos una alta probabilidad de que los hechos narrados sean históricamente ciertos. Algo análogo sucede si los acontecimientos son referidos por dos fuentes: una mayor como Jn, y otra independiente, como L.
Por otra parte, bien podemos distinguir las adiciones de las tradiciones, basadas tal vez en otras circunstancias no precisamente históricas, sino en elaboraciones desde la Fe para constituir los misterios cristianos. Si distinguimos estos dos aspectos, podemos reconstruir no los hechos reales, que ya son para nosotros inasibles, sino la historia sobre Jesús, pero no la Historia de la Salvación, sino la historia de la Historia.
Para nuestra buena fortuna, tenemos el relato de la resurrección en los cuatro evangelios, esto nos otorga el privilegio meieriano de investigar en cuatro fuentes confiables para aprehender al Jesús histórico.
Los relatos alrededor de la resurrección tienen una base contextual muy clara: La muerte unánime de Jesús, su inhumación cerca del Gólgota y por último, la piedra con la que sellaron la sepultura. Estas presuposiciones, con mucha razón tomadas como históricamente ciertas, dan el contexto a las cuatro diferentes descripciones de la fosa vacía.
Los cuatro evangelistas nos dicen que unas mujeres (la lista de nombres no coincide en ninguno de ellos) fueron muy de mañana el primer día de la semana y encontraron en el sepulcro a uno (o dos) personajes: Mc 16, 1-8. Mt, 28, 1-8. Lc. 24, 1-11 y Jn 20, 1-10. Es obvio que esta descripción de ángeles o de varones angelicales no puede entrar en lo histórico según los criterios meierianos, pero sí el hecho de que las mujeres no encontraron el cadáver en la sepultura.
Todos los Evangelios nos ofrecen estos relatos diferentes sobre el sepulcro encontrado vacío el primer día de la semana. A pesar de las diferencias, Marcos y Lucas coinciden en ciertos datos comunes que permiten un estudio comparativo de las tradiciones sinópticas, Juan en cambio, nos ofrece una narración que nos hace colegir tradiciones muy distintas. Otro punto importante, y muy rescatable desde el punto de vista histórico, es el relato de L, confirmado por uno más de Jn. con añadidos propios. De acuerdo con estos dos relatos, Simón Pedro se impresiona con la experiencia de ver la tumba sola.
Luego de que le avisan las mujeres, Pedro va al sepulcro, y es él quien lo encuentra vacío: (Lc 24, 12):
‘O de> Pe<troj a]najta>j
e@dramen e]pi> to> mnhmei?on
kai> paraku<yaj ble<pei ta> o]qo<nia mo<na,
kai< a]ph?lqen pro>j e[auto>n
qauma<zwn to> gegono<j.
El Evangelio de San Juan, que da un lugar privilegiado al discípulo amado, añade un relato muy verosímil presente únicamente en esa tradición, por consiguiente debemos quedarnos solamente con el hecho histórico de que, independientemente de otra u otras personas, Pedro vio el sepulcro vacío (Jn 20, 6-7)
}}erxntai ou#n kai> Si<mwn Pe<troj a]kolouqw?n au]t&?
kai> ei]sh?lqen ei]j to> mnhmei?on, kai> qewrei? ta> o]qo<nia kei<mena,
kai> to> souda<rion, o{ h#n e]pi> th?j kefalh?j au]tou?,
ou] meta> tw?n o]qoni<wn kei<menon
a]lla> xwri>j e]ntetuligme<non ei]j e!na to<pon.
Es este preciso detalle histórico en el que está basada la fe en la resurrección: el descubrimiento del vacío en la fosa. También es lo rescatable desde el punto de vista de la Historia.
El hecho de que las mujeres encuentren la sepultura sin el cadáver previamente colocado esté tanto en M y L como en Mc y en Jn nos da la seguridad histórica por las fuentes distintas e independientes de donde proceden los testimonios. Los detalles pueden ser diferentes, el momento en que llegaron las mujeres puede variar por algunos minutos o inclusive por cerca de dos horas, según si era aún a oscuras (Jn), al alba (Mt) o ya con el sol completamente visible (Mc?). Lo histórico es que unas mujeres encontraron el sepulcro vacío. Sobre la lista de estas mujeres, también los evangelistas difieren, Mateo nombra dos: María Magdalena y la otra María. Marcos habla de tres: María la Magdalena, María madre de Santiago, y Salomé. Lucas hace un grupo mayor, pues añade a Juana y las demás que estaban con ella. Juan en cambio presenta a la Magdalena sola.
El relato de Juan parece el más confiable desde el punto de vista histórico. María Magdalena queda estupefacta al ver la tumba totalmente hueca. Supone que alguien robó el cadáver y se pregunta dónde lo pusieron. Avisa a Pedro y éste es quien experimenta la gran impresión. En cambio el relato del primer Evangelio parece depender de la versión difundida por algunos judíos anticristianos, de que los mismos discípulos robaron el cadáver, y por lo visto el carácter apologético de Mateo le quita veracidad histórica al relato.
Puede haber diferencias en cuanto a los detalles, pero lo sustancial es la visita al sepulcro el domingo por la mañana y la conmovedora oquedad en él.
Luego de que se reponen de la emoción, las mujeres (o la mujer, según el caso) van a dar aviso a Simón Pedro, quien queda mucho más sobrecogido al ver la tumba vacía.
...La tumba vacía. Los discípulos no robaron el cadáver, como lo anduvieron diciendo los judíos mucho tiempo después. Al menos Pedro no se dio cuenta (desde el punto de vista de la Historia) de cómo ocurrió esta extraña desaparición. Él vio la sepultura sin el sepultado, y la única explicación posible, luego de haber descartado la profanación, era precisamente la resurrección.
No está fuera de las consideraciones estrictamente históricas el describir la profunda conmoción de Pedro, quien se preguntaría ¿Qué pasó con El Señor? ¿Adónde fue? ¿Por qué no está su cadáver en el sepulcro?
El hecho de que Pedro tuviera alguna visión o revelación es ajeno a las proposiciones históricas, porque ningún testimonio tenemos de esto, pero desde un punto de vista empírico y lógico, con el conocimiento que tenemos del comportamiento humano en general y de los palestinos del siglo I en particular, podemos inferir dos cosas sin salirnos del ámbito de la Historia.
La primera ya la dijimos: Pedro quedó profundamente impresionado al ver la yacija sola. La segunda también está apuntada: la solución petrina fue que Jesús había resucitado.
Algunos relatos evangélicos refuerzan esta última consideración. San Juan nos narra que, después de haber bregado toda la noche sin éxito, Pedro pescó 153 peces muy de mañana, con la ayuda del Señor. Los evangelios sinópticos también nos refieren la pesca milagrosa, con muchos rasgos comunes a Jn.
Aunque este texto no sea histórico, sí nos puede dar pie a que hagamos algunas conjeturas sin salirnos del círculo de la Historia.
La perícopa de la pesca milagrosa tanto en Juan como en los sinópticos debe tener un sentido simbólico más que histórico. La mayoría de los autores está de acuerdo en que es una alegoría del éxito que tuvo San Pedro al hacer conversiones de judíos al cristianismo, y posteriormente traer a la doctrina de Cristo a numerosos paganos.
Y aquí es precisamente donde entra la Historia por segunda vez: la impresión de Pedro fue tal, y caló tan profundamente en su psiquis, que se convirtió en el más exitoso predicador de la resurrección de Jesús. Él pudo convencer sobre la resurrección del Señor a las mujeres que le dieron el aviso del sepulcro vació, tal vez con cierta facilidad, las circunstancias lo facilitaban, pero luego las turbas escuchaban a Pedro que hablaba sobre el misterio de la resurrección con tan gran convicción, que fueron arrastradas por su testimonio. Solamente alguien que haya tenido una impresión así de profunda pudo tener ese nivel de convicción, y a su vez, Pedro tuvo el potencial humano suficiente como para convencer a otros y llegar a ser el líder de la Iglesia primitiva.
...Pero eso ya es otra historia de la Historia.