La Biblia y la inculturación

Humberto Vargas, LSS



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       La Buena Nueva de la Salvación que ofrece el Padre al mundo por medio de Cristo posee en sus entrañas un dinamismo de expansión: "id por todo el mundo y haced discípulos a todas las naciones" (Mt 28,19).

       Ayuda el hecho de que el Evangelio es una fuerza de Dios para conducir a todo creyente a la salvación (Rom 1,16). No sólo hay que dar a conocer al hombre el plan de salvación del Padre, el designio divino de hacerlo hijo suyo adoptivo (Rom 8-17; Gal 4, 6-7), hay que convencerlo.
 
        El plan de salvación de Dios, formulado desde antes de la creación del mundo (Ef 1,4), debe llegar a la conciencia del hombre para suscitar en él la aceptación del plan divino por medio de la fe.
 
        Pero, dado que el hombre es él y sus circunstancias, el Evangelio está destinado a penetrar el entorno cultural y social del hombre, el medio en que se desempeña y actúa. Evangelización e inculturación van de la mano, una es causa y la otra es consecuencia.
 
        Ahora bien, ¿qué es evangelizar? ¿ Y qué significa evangelizar la cultura, ese modo peculiar de ser y de vivir de un conglomerado humano?
 
1.- Cultura
        Conviene precisar desde el comienzo el concepto de cultura. Hay un concepto  subjetivo de la cultura, que implica todo cultivo personal del hombre, en sus cualidades espirituales y corporales (GS 53).
Un concepto objetivo de la cultura comprende el cultivo de las tres relaciones básicas del hombre:
Relación con la naturaleza para modificarla, dominarla y obtener de ella bienes de consumo y de   servicio.
Relación con el hombre para hacer más humana la convivencia, mediante el perfeccionamiento de las costumbres e instituciones.
Relación con Dios mediante la práctica religiosa (GS 53), el diálogo con el Ser divino. A toda cultura es esencial la actitud que se adopte ante una afirmación o negación de un vínculo religioso con Dios.
Los valores o antivalores que ello entraña en la práctica son su resultado.
Hay también un concepto sociológico de la cultura, que nace del análisis de las diversas culturas en la historia. Son los diversos estilos de vida común (GS 53), con diferentes escalas de valores, distintos modos de trabajar, de usar las cosas, de expresarse, de practicar la religión, de crear arte y cultivar la belleza, de organizar el descanso y el ocio, el deporte, el modo de festejar acontecimientos o personas, de establecer normas e instituciones jurídicas.
 
Este tipo de cultura es patrimonio de toda comunidad humana (Puebla 387).
 
        Inculturación del Evangelio e inculturación de la Biblia son conceptos prácticamente sinónimos, porque el Evangelio es la cumbre de toda la revelación de Dios escrita en los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Dios ha hablado al hombre desde tiempos remotos y de variadas maneras, alcanzando su culmen en Cristo (Hb 1,1,).
 
2.- Evangelizar La Cultura
 
        ¿Cuándo entró en el lenguaje de la Iglesia el concepto de Inculturación de la fe o del Evangelio? Quizá no me equivoque al señalar que un análisis serio de la cultura entró en la enseñanza formal del Magisterio de la Iglesia apenas en los Documentos del Concilio Vaticano II. La Constitución Apostólica GS sostiene que el hombre no alcanza niveles de realización si no es mediante la cultura (GS 53), la cual tiene un valor propio y una legítima autonomía (GS 55: A A 7).
 
        Pero fue hasta la aparición de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi del Papa Pablo VI (8 de diciembre de 1975) cuando aparece el tema de la necesidad de evangelizar la cultura y las culturas. Este documento es fruto del Sínodo de Obispos sobre evangelización celebrado en Roma en 1974. Hubo allí una toma de conciencia del drama de nuestro tiempo: la innegable ruptura entre Evangelio y cultura (EN 20). La Iglesia está para evangelizar (EN 14). En esta labor hay que partir de la base de la persona humana, en sus relaciones con el hombre y con Dios (ibidem).
 
        La Exhortación EN fue el documento que guió los trabajos de la III Asamblea General del Episcopado Latinoamericano celebrado en Puebla en febrero de 1979. De ella brotó el Documento Puebla, de tanta relevancia en la vida de la Iglesia.
 
        El Papa y Puebla enseñan que evangelizar es evangelizar las culturas, pues la Buena Nueva debe llegar a todos los ámbitos y transformar desde el interior de la conciencia personal y colectiva del hombre (EN 18), reorientando los valores y modelos de vida de la humanidad que no estuvieren de acuerdo con el designio de salvación de Dios (EN 19).
 
Lo que importa es evangelizar la cultura y las culturas del hombre, partiendo de la persona, considerada en sí misma y en sus relaciones con los demás y con Dios (EN 20).
 
        Puebla dedica amplio espacio al tema de evangelización de las culturas (n. 388-561): llegar a sus raíces, transformar estructuras y ambiente social, fortalecer valores auténticos, contribuir al desarrollo de los semina verbi (gérmenes de la palabra), desterrar las idolatrías y valores absolutizados, corregir las falsas concepciones de Dios y las manipulaciones del hombre por el hombre.
 
        Una tarea específica es purificar y dinamizar por el Evangelio el "catolicismo popular" (Puebla 457), así como la promoción de la persona humana en la línea de la doctrina social de la Iglesia, para liberarla de la servidumbre de pecado personal y social: "ya no eres esclavo, sino hijo... para que seamos libres nos liberó el Mesías (Gal 4,7;5,1) (Puebla 472-506).
 
        Puebla desarrolla la reflexión sobre cultura de GS, asimila la propuesta de EN sobre la evangelización de la cultura y la transforma en programa pastoral: el Evangelio debe penetrar los valores y criterios que caracterizan nuestras culturas (Puebla 395).
 
        Hay en toda América Latina un sustrato católico de una cultura impregnada de fe (n. 7), que se manifiesta en las actitudes religiosas del pueblo (n. 413). El catolicismo popular contiene un acervo de valores que responden con sabiduría a los grandes interrogantes de la existencia (n. 448). Pero se cierne sobre él la amenaza de la urbanización incontrolada y despersonificante, el secularismo y las estructuras de injusticia que se le han impuesto (n. 347).
 
        La importancia que da Puebla a las estructuras socioeconómicas como elemento de la cultura y objeto de evangelización, constituyen una aportación considerable y representan un avance al concepto de cultura de GS y a los retos a la evangelización que señala EN.
 
3.- Inculturación
 
        Si bien es tardía la introducción y el análisis de la cultura y su evangelización en los documentos de la Iglesia, otro es el caso de la práctica de la inculturación del Evangelio. Baste señalar algunos hechos:

        San Pablo inició la inculturación cuando llevó el mensaje bíblico, culminado en Cristo, a las comunidades de la actual Turquía, Grecia y Roma, a las que imprimió un nuevo estilo de vida, en Cristo, en el Espíritu. Sufrió el primer choque con las culturas establecidas en Corinto y en Éfeso, así como el fracaso temporal en el Areópago de Atenas (Hechos 17,16-33).
 
       El enfrentamiento con la filosofía pagana, como el gnosticismo de origen platónico de fines de siglo I y las luchas de San Justino mártir a mediados del siglo II testimonian un intento serio de penetrar las culturas.
 
        La evangelización de la Europa central y de los pueblos sajones (Irlanda, Inglaterra, Alemania), para llevarles el mensaje y la cultura cristiana, fue obra de un San Patricio (385-461), de un San Agustín de Cantorbery (+604), de un San Bonifacio (672-754), de un San Anselmo (1033-1109).
 
        Los hermanos Cirilo (827-869) y Metodio (827-85), en la Edad Media, llevaron el Evangelio a los pueblos eslavos y les elaboraron textos litúrgicos en la lengua y mentalidad eslava (cfr. Encíclica Slavorum Apostoli, del 2 de junio de 1985).
 
        El surgir de misioneros en el siglo XVI, como Francisco Javier en las Indias Portuguesas, Oceanía, Asia y el Extremo Oriente, la labor de la cultura y evangelización de  las Órdenes religiosas franciscana, dominica, agustina, jesuita en nuestra patria y en otras regiones de América Latina, no era otra cosa sino la aplicación del grito de San Pablo: "ay de mí, si no anuncio el Evangelio" (I Cor 9,16). Algunos errores de método y la destrucción de documentos y monumentos del patrimonio religioso de los indígenas creo que no demeritan sustancialmente la labor de aquellos hombres que tendieron un puente entre la cultura cristiana europea y las culturas indígenas, les trajeron una lengua común y los enriquecieron con los valores cristianos, a ellos que creyeron en Su nombre (Juan 1,12).
 
        Ya el Papa San Gregorio Magno, en el año 597, al enviar a Inglaterra 40 misioneros ancabezados por el fraile benedictino San Agustín de Cantorbery, les había dado estas normas: no destruir los santuarios paganos, respetar sus costumbres y ritos, purificar las tradiciones ya existentes y atraer, con paciencia, a los paganos a la vida sobrenatural con la riqueza de signos, lugares y cánticos de la liturgia católica. Cuando, en el año 599, el obispo Sereno de Marsella hizo destruir unas imágenes, San Gregorio le escribió: "alabamos que hayas prohibido adorarlas, pero reprendemos que las hayas destruido porque lo que es la escritura para los que saben leer, eso es la pintura para los que no saben".
 
        En el siglo XVII los jesuitas apóstoles de China, Padres Matteo Ricci y Martino Martini, incorporaron ritos chinos y malabares a la liturgia católica, en un intento de acercar ambas culturas.
 
        Lo anterior muestra que la Iglesia, en su labor misionera, ha puesto en práctica la inculturación.

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                Cuando Puebla señala unos criterios para asumir las culturas, habla de una encarnación (n. 400), pero no desarrolla el tema de la inculturación del Evangelio. Más aún, ni siquiera emplea este vocablo, que ya existía en los documentos de la Iglesia desde el Sínodo de 1974.
 
        Fue el Papa Juan Pablo II quien consagró el término "inculturación" y determinó su sentido.
 
        Ya en la Encíclica "Redemptor Hominis" (4 de marzo de 1979), inicia el Papa su discurso antropológico sobre el hombre. El hombre, en la plenitud de su ser personal, y a la vez, comunitario y social, es el camino obligado que debe recorrer la Iglesia en el cumplimiento de su misión... camino trazado por Cristo mismo, que invariablemente lleva a la senda de la Encarnación y de la Redención (n. 14).
 
        En una Alocución del 27 de abril de 1979 el Papa expone que "la inculturación es un componente de la Encarnación": es decir, que la inculturación de la fe y del Evangelio es una consecuencia práctica de la Encarnación del Hijo de Dios, que para salvar todo y solo aquello que asume ("quod non est assumptum non est redemptum": San Irineo), debe asumir en la Iglesia todas las culturas, purificando todo lo que es contrario a su Espíritu, pero por ello mismo preservándolo de la destrucción. El Evangelio debe penetrar hasta los niveles más profundos del hombre y de la sociedad, hasta fermentar de vida cristiana el modo de pensar, de sentir y de actuar del hombre.
 
        Hablando el Papa a la UNESCO (París, 1980), expone que "hay que afirmar al hombre por él mismo". Y allí expone también que el hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura: por ella el hombre en cuanto hombre se hace más hombre.
 
        Es a través de la cultura como el Evangelio puede aproximarse al hombre, a este hombre que es principio, medio y fin de la cultura. En un discurso del Papa en la Universidad de Coimbra, Portugal, expresa que "la cultura hace al hombre y el hombre hace la cultura".
        En una alocución sobre cultura cristiana y evangelización de la cultura (Bérgamo, 1982), el Papa señala dos ejes fundamentales: un sano concepto antropológico de cultura y un concepto teológico de inculturación del Evangelio. Estos dos conceptos van a guiar todo el Magisterio de Juan Pablo II.
 
        Entre cristianismo y cultura hay un nexo inseparable, orgánico, como siempre lo ha habido entre religión y cultura. Para aproximarse el Evangelio a la cultura y a través de ella al hombre, debe el Evangelio conocer el lenguaje y las categorías mentales de la cultura a la que se acerca sus formas de vida, sus valores.
        Así podrá integrarlos en el cristianismo y transformarlos paulatinamente, hasta llegar a una encarnación vital del cristianismo en esa cultura. En esto consiste la inculturación.
        Podemos, pues, hablar de inculturación, cuando la fe se hace cultura, cuando impregna "los distintos espacios culturales de nuestros tiempos", cuando reencarna los valores del humanismo cristiano ("Discurso al Congreso sobre Evangelización y ateísmo". Roma 1980).
 
        Cristo vino a salvar a todo el hombre en su existencia diaria concreta: por ello el cristianismo entra en contacto con las culturas, incorpora sus auténticos valores y acaba creando cultura: "una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, ni fielmente vivida" decía el Papa en Roma, en 1988.
 
        En la inculturación de la fe o evangelización de la cultura hay una dialéctica que se enmarca dentro del misterio pascual: muerte y resurección. Se inicia con un esfuerzo de expresar la fé en las categorías de esa cultura, en un intento de encarnación. En un segundo paso el Evangelio somete a juicio a esa cultura para que se despoje de lo que no es compatible con él.
 
        De este momento de muerte de elementos no asimilables resucita una nueva cultura original cristiana. Toda cultura es producto del hombre, en consecuencia, estará marcada por el pecado: también la cultura debe ser purificada, elevada, perfeccionada (Encíclica Redemptoris Missio 54).
 

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Tres acontecimientos, no lejanos, en la vida de la Iglesia han permitido ahondar más el concepto de evangelización de la cultura o inculturación de la fe, así como trazar líneas de acción pastoral en ese terreno.
 
1.- La Encíclica del Papa Juan Pablo II "REDEMPTORIS MISSSIO" del 7 de diciembre de 1990.
 
2.- La celebración de la IV Conferencia General del Episcopado Latino americano, en la Isla de Santo Domingo, del 12 al 28 de octubre de 1992 sobre el tema "Nueva Evangelización, promoción humana, cultura cristiana".
 
3.- La exhortación Apostólica "Ecclesia in Africa" (La Iglesia que está en África), fruto del Sínodo de Obispos para África celebrado del 10 de abril al 8 de mayo de 1994: el documento del Papa está fechado el 14 de septiembre de 1995.
 
1.- La Encíclica "Redemptoris Missio" (7 de diciembre de 1990).
 
El Papa Juan Pablo II publica esta Encíclica en las proximidades del tercer milenio, cuando se hace todavía más urgente la necesidad de llevar el Evangelio a todos los pueblos ("La misión se halla todavía en sus comienzos"), pues día a día crece el número de los que no conocen a Cristo: desde el final del Vaticano II y apenas a los 25 años del Decreto conciliar "Ad gentes" casi se ha duplicado la población de los que no conocen a Cristo.
        En el capítulo V se señalan los caminos de la Misión: el testimonio de vida cristiana, el kerygma o anuncio de Cristo crucificado, muerto y resucitado, la conversión y el bautismo, la formación de comunidades cristianas, la inculturación o proceso de inserción en las culturas de los pueblos (n. 52-54), el diálogo con otras religiones, la educación de las conciencias para promover el desarrollo. Todo ese programa deberá estar movido por el amor.
 
        Inculturar es transformar íntimamente los auténticos valores culturales en valores cristianos, integrándolos en la misma visión de vida, y a su vez enraizar el cristianismo en las diversas culturas. Abarca la reflexión y la praxis. No es un proceso fácil, pues no debe comprometer en ningún modo las características y la integridad de la vida cristiana.
 
        La Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas transmitiéndoles sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. La Iglesia se enriquece a sí misma; Conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, y las comunidades evangelizadas podrán expresar la propia experiencia cristiana en maneras y formas originales, con su arte y tradiciones, cuidando de permanecer en sintonía con las exigencias de la fe. Ello requiere de periodos de incubación, de cuidado de los Obispos y de las voces de la Iglesia Universal, que deben hacer oír a expertos de todo el pueblo cristiano,  para la unidad en la fe, pues es sabido que en  muchos aspectos es a través de la reflexión del pueblo cristiano como se alcanza el genuino sentido de la fe.
 
2.- La IV Asamblea de Obispos Latinoamericanos se celebró en la isla de Santo Domingo a partir del 12 de octubre de 1992, a los 500 años del inicio de la evangelización en América.
 
        En el capítulo III de la 2a. parte del documento resultante se trató el tema de la Cultura Cristiana (n. 228-286).
Allí se abunda sobre la inculturación (n. 230) y la evangelización inculturada (n. 248).
 
        El Papa habló de las "proporciones insospechadas" que tiene la crisis con la desaparición de valores humanos y cristianos.
 
        El medio para atacar ese desafío es la inculturación del Evangelio, a la luz de los tres grandes misterios de la salvación: Navidad (Encarnación), Pascua (sufrimiento redentor) y Pentecostés (acción del Espíritu para entender en la propia lengua las maravillas de Dios).
 
        Inculturar es encarnar el Evangelio en las diversas culturas, transmitir valores, reconocer valores de las diversas culturas, purificarlos, evitar sincretismos. En esa labor participan Pastores y fieles, todo el pueblo de Dios (n. 2309).
 
        Debe ofrecerse una evangelización inculturada a los hermanos indígenas, respetando sus formulaciones culturales, aprendiendo su cosmovisión que, de la globalidad Dios-hombre-mundo hace una unidad que impregna todas las relaciones humanas, espirituales y trascendentes.
 
        Se debe acoger con aprecio sus símbolos, ritos y expresiones religiosas compatibles con el genuino sentido de la fe (n. 248). Trato semejante se debe a los hermanos afroamericanos (n. 249) y a las etnias (n. 252).
 
        La cultura moderna (n. 252-254) y la ciudad exigen una Pastoral nueva (255ss).
 
3.- Del 10 de abril al 8 de mayo de 1994 se celebró el Sínodo de Obispos para Africa. Durante cuatro semanas la Iglesia que está en Africa celebró su fe en Cristo resucitado.
 
        Fué un evento de esperanza para todo el Continente, no obstante los graves problemas sociales, económicos y políticos que aquejan al Continente negro. Causó la sensación de algo nuevo.
 
        En 1980 el Papa Juan Pablo II celebró el Sínodo de los Obispos europeos. Debemos remontarnos hasta el Papa León XIII para encontrar otro evento análogo: del 28 de mayo al 9 de julio de 1899 el Papa León XIII celebró en Roma el Concilio Plenario de la América Latina.
 
        En la Carta Apostólica "Tertio millenio adveniente" (n. 38) el Papa anuncia dos Sínodos continentales: uno para las Américas, tan distintas por su historia y por su situación social, y otro para Asia, en donde resalta el encuentro del cristianismo con las más antiguas culturas y religiones locales.
 
        El Sínodo especial para América se celebró del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997,  con el título "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la conversión   y la solidaridad".
 
        El Sínodo especial para Asia se llevó a cabo del 19 de abril al 14 de mayo de 1998 y tiene el nombre de "Jesús Cristo el Salvador y su misión de amor en servicio en Asia para que tengamos vida y la tengamos en abundancia".
 
        Del Sínodo para África brotó la Exhortación Apostólica "Ecclesia in África", del 14 de septiembre de 1995.
 
        El capítulo III lo dedica al tema de la Evangelización y de la inculturación (n. 55-71), dentro del tema general de la misión evangelizadora de la Iglesia que está en África, hacia el año 2000.
 
        La Iglesia existe para evangelizar (EN 14) y la evangelización tiene por objeto "transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad" (ibidem 18).
 
        La Iglesia en África debe testimoniar el Evangelio con la palabra y con la vida, provocar un encuentro con la persona viva de Cristo.
 
        Para la evangelización es necesaria la inculturación, es decir, el proceso por el que la catequesis se encarna en las diferentes culturas (Catechesi tradendae 53). La inculturación en su doble dimensión, la de transformar  los auténticos valores culturales integrándolos en el cristianismo,  y la de enraizar el cristianismo en las diversas culturas humanas (Redemptoris missio 52).
 
        La inculturación es propuesta como una prioridad y una exigencia de la evangelización, un camino hacia la plena evangelización, el gran desafío a las puertas del tercer milenio (EA 59).
 
        La inculturación es la penetración del mensaje evangélico en las culturas, a la manera como la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros (Juan 1,14).
 
        Todas las culturas deben ser iluminadas y transformadas a la luz de la Encarnación, del despojo de sí mismo, para poder ser luego exaltado en la resurección (Juan 12,24.32): vendrá luego un Pentecostés gracias a la efusión y la acción del Espíritu que permitirá profesar en la propia lengua la única fe en Jesucristo y proclamar las maravillas que ha realizado el Señor (EA 61).
 
        La inculturación prepara al hombre para acoger a Jesucristo en la integridad de su ser personal, cultural, político, económico, santificado por la acción del Espíritu (EA 62).
 
        La inculturación engloba los ámbitos de la vida de la Iglesia: teología, liturgia, vida y estructura de la Iglesia.
 
        En Africa se hace necesaria la reflexión y el estudio de las Universidades e Institutos católicos sobre realidades como el matrimonio, la veneración de los antepasados, el mundo de los espíritus (EA 64).
 
        Un aspecto importante de la evangelización inculturada es descubrir al hombre el sentido de la dignidad humana restaurada. Dios devuelve al hombre su dignidad inalienable de persona y de hijo de Dios mediante la Encarnación de su Hijo único.
 
        El hombre no puede vivir en condiciones infrahumanas de vida. El Papa San León Magno exclamaba en Europa en el siglo V: "Cristiano, toma conciencia de tu dignidad!" (Sermón 21,3).

 

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        En el mensaje inculturado de la Encarnación del hijo de Dios encontramos el fundamento teológico de la dignidad de la persona humana y de la lucha por la justicia y la paz social, por la promoción humana y el desarrollo integral de todos los hombres. Con toda razón dijo el Papa Pablo VI: "El desarrollo es el nuevo nombre de la paz" (Populorum Progressio 87).
 
        Este misterio de evangelización en el campo social, que denuncia y combate todo lo que envilece y destruye al hombre es parte de la inculturación del Evangelio (EA 70).
 
        Al biblista y al pastor les queda un quehacer: introducir en la cultura, en el lenguaje y en la espiritualidad del pueblo la riqueza de conceptos bíblicos que hemos heredado de la Revelación.
 
        En nuestros tiempos se firman muchos Tratados y Acuerdos, de libre comercio, de cooperación económica y cultural, etc. Bien podría nuestro pueblo ser consciente de las Alianzas de Yahvé con Abraham (Gen. 15 y 17), con Moisés  en el Sinaí (año 1250 a.c.), la Alianza Nueva y Eterna en la última Cena (Lc. 22), es requisito de la Alianza ser renovada en tiempos determinados (Ex 32-34; Josué 24): en cada celebración eucarística el cristiano renueva su pacto de alianza y amistad con Dios y come y bebe, como señala el rito de la alianza, sólo que ahora come y bebe el Cuerpo y la Sangre del Señor. La alianza estrecha vínculos con Dios y crea relaciones de fraternidad entre los hombres.
 
        En nuestros días se vive un clima de violencia, opresión e injusticia. Eso es contrario al plan de Dios. Su palabra promueve la fraternidad y denuncia la injusticia: el decálogo, el precepto del amor al prójimo (Lev 19), el caso de David y Betsabé (2 Sam. 12), el relato de la viña de Nabot (IR 21), los profetas Isaías, Amós, Miqueas. El NT continúa en esa línea: parábola del siervo deudor sin entrañas (Mt 18), la carta de Santiago, etc.
 
        La razón es siempre la misma: el hombre que comete injusticia, despoja al prójimo, secuestra, oprime, defrauda, roba, destruye la vida humana, atenta contra el dominio universal y la bondad de Yahvé: sólo El es el dueño absoluto y el Señor de todo y su poder lo ejerce con misericordia.
 
        Muchos otros temas los puede aportar la Teología bíblica.
 
        La inculturación no es una mera adaptación del kerygma o de la liturgia, o una táctica para hacer atractivo el cristianismo aún a costa de mutilar la Revelación.
 
        La inculturación es una catequesis paciente y una búsqueda amorosa de aquéllas "semillas del Verbo wo" que, cuando maduren, producirán frutos de una civilización del amor.
 
        Para Penetrar y hacer fermentar con la levadura del Evangelio los modos de pensar, de sentir y de actuar de otras culturas, es necesaria e imprescindible la acción del Espírito Santo: Él es quien anima la historia y quien la puede conducir hasta la "nueva creación" (Apoc. 21,5).
 
 
Puebla, de los Angeles, 23 de enero del 2001
 
 
P. Humberto Vargas Rivera, LSS         
 
 

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