Lázaro Pérez
Jiménez, Obispo de Autlán
Muy queridos y respetados biblistas:
Al iniciar estas palabras de bienvenida, quiero aclarar algo sobre el título que se le ha puesto a mi intervención, que considero un tanto infeliz, puesto que podría dar pie a malas interpretaciones. El objetivo de mi charla es sencillamente compartir lo que es de interés para un obispo en el uso pastoral de la Sagrada Escritura, mirando al pueblo que se encuentra tan necesitado de ser nutrido con la Palabra de Dios.
En este sentido, mi deseo no es darles órdenes, ni mucho menos aumentar las sospechas contra ustedes que, desafortunadamente, se han dado en otras épocas. Mi intención es plantearles cómo buscar formas de ayuda mutua entre pastores y exégetas, para servir mejor a nuestro pueblo mexicano, tan engañado y tan golpeado. Soy consciente de que las historia de las relaciones entre la jerarquía y la exégesis católica no ha sido siempre miel y dulzura. Baste recordar, a modo de ejemplo que no debería repetirse, todas las vicisitudes que tuvo que pasar el gran padre Lagrange. Por tal motivo, considero mucho más provechoso ser positivo en mi propuesta y no estar rascando heridas dolorosas. Prefiero contemplar nuevos horizontes.
Por principio de cuentas, no me puedo imaginar una Iglesia llena de vitalidad, sin el aporte de los estudiosos de la Biblia. En el período maravilloso de los Santos Padres, los pastores fueron teólogos en el amplio sentido de la palabra; fueron, con las limitaciones propias de su época, grandes conocedores de la Biblia, y los grandes escrituristas fueron grandes pastores.
Sin la aportación de la exégesis bíblica, no me imagino la renovación litúrgica, ni el viraje tan interesante que han dado la cristología y la eclesiología. Además, sin una sólida base bíblica, la teología moral se vuelve casuística, la espiritualidad sucumbe fácilmente ante el sentimentalismo o ante el tremendismo, la liturgia se rebaja a una especia de ballet acartonado, la teología dogmática se vuelve especulación meramente humana, y el apostolado se queda en activismo o en puro ruido. Por lo tanto, menospreciar o desdeñar el trabajo de ustedes es muy peligroso para la Iglesia.
A mí como pastor del pueblo de Dios, me encanta ver que del trabajo de ustedes se beneficie nuestra gente. Como las ovejas son de Jesucristo y no de nosotros, se merecen todo nuestro respeto. Esto me lleva a decir que no hay motivo alguno para darle al pueblo pacotilla, sino el fruto maduro, claro que acompañado de un serio trabajo catequético, del estudio de ustedes.
A Dios hay que amarlo con toda la inteligencia. De lo contrario caemos en el fideísmo, que lleva a lamentables aberraciones. Esta exigencia evangélica hace más urgente la necesidad de que su trabajo, sin quitarle un ápice al rigor científico, llegue a los más diversos sectores de la Iglesia, y el pueblo lo sabrá agradecer. Quiero acentuar este punto diciendo que la búsqueda de puentes con el objeto de que la Palabra de Dios llegue a todos, especialmente a los más pobres, de ningún modo significa atenuar el carácter científico de sus investigaciones, llevadas a cabo con gran rigor metodológico.
Ustedes, por más encasillados que estén en sus cubículos de estudio, han podido darse cuenta del embate de las sectas y del daño que hacen a los fieles católicos de nuestras comunidades. Los efectos son letales, pero pienso que serían menos dañinos si el pueblo tuviera suficientes elementos para desechar la lectura fundamentalista de la Biblia. En este campo la aportación de ustedes es capital ya que, gracias a la crítica bíblica, se puede ver cómo la Biblia, libro por libro, en su origen, en su redacción, en su conservación y en la apreciación de su carácter sagrado, es inexplicable sin la comunidad de salvación. Aquí es donde la contribución de ustedes, queridos biblistas, es añorada y sería muy apreciada por todos los que estamos metidos de lleno en la pastoral directa.
Las divergencias teológicas, a menudo, han sido afrontadas en la Iglesia de manera muy poco satisfactoria. Pensemos en todos los desgarramientos, muchos de ellos irreparables, que provocó la crisis modernista y su reacción ante ella. Para no irnos tan lejos pensemos en las tensiones, crispaciones y condenas mutuas alrededor de la teología de la liberación. ¡Cuántos sufrimientos y cuántas pérdidas se hubieran evitado con una sólida formación bíblica de ambos lados! Con esto no me quiero referir a la intervención del Magisterio, que me parece fue oportuna en su momento.
El sentido y la manera de ejercer el ministerio pastoral se puede enriquecer enormemente con el trabajo de ustedes. En particular, siempre he dicho que en gran medida mis conocimientos de la Biblia se los debo a ustedes y, en broma, añado que soy una especie de parásito de los especialistas en la materia.
Mis pocos conocimientos de la Biblia me han llevado a descubrir que en el Nuevo Testamento se percibe un pluralismo admirable. ¡Qué diferente la cristología de S. Marcos y la de S. Lucas! ¡Qué visiones de la Iglesia tan distintas las de S. Juan y las de S. Mateo! La concepción del lugar de la mujer en la sociedad y su función en la Iglesia no es la misma en las cartas pastorales, que en las de S. Juan o en S. Lucas. Aquí es donde, a mi modo de ver, es necesario el trabajo responsable de ustedes, exento de amarillismo o de revanchismo, para ahuyentar las actitudes sectarias y excluyentes en la Iglesia.
Manzana de la discordia y fuente de pesares ha sido el tema de la autoridad en la Iglesia. Es indudable que la autoridad debe de existir, pero confieso que no pocas veces para el ejercicio de la autoridad en la Iglesia hemos hecho caso omiso de las orientaciones proporcionadas por el Nuevo Testamento. La pregunta que me surge de forma espontánea es la siguiente: ¿los especialistas de la Biblia no tendrán nada que aportar en este tema? Pero también me pregunto, con toda honestidad, si los obispos nos tomamos la molestia de leer atentamente trabajos exegéticos, que mucho nos enseñarían sobre cómo ejercer la autoridad desde la óptica de la revelación divina. En este sentido me impresiona ver cómo Juan Pablo II, en su Encíclica sobre el Ecumenismo, hace un atento llamado a las comunidades eclesiales no católicas a que, dentro del reconocimiento de la autoridad suprema otorgada por Jesús a Pedro, le proporcionen elementos tomados de la revelación que le muestren el camino de un modo nuevo de ejercerla.
Por lo demás, quiero pensar que la situación de nuestro pueblo clama a Dios: son muchos años de corrupción, de discriminación sexual y racial, de rapiña, de explotación constante y deterioro del medio ambiente. Sería una tristeza que el aliento profético, que sopla en toda la Biblia, no se sienta con fuerza en varios sectores de la Iglesia, a veces por desgracia en el campo exegético, pensando que tomar en cuenta estas realidades podría mermar el rigor científico de sus estudios.
Algo en lo que también hay que acompañar al pueblo es en la religiosidad popular. La reacción de muchos clérigos ha sido de menosprecio o de fingida ignorancia, o de aprovechamiento cínico de ella, pero no de aprecio como un medio para acercarse a Jesucristo. Me parece que en la Biblia se encuentra mucho material que puede iluminar a los pastores en este campo. Personalmente, por la circunstancias de mi diócesis, espero la aportación de ustedes, incluso para purificar los posibles desvíos que de hecho existen en muchas manifestaciones de nuestro pueblo.
Hasta ahora les he compartido mis preocupaciones de pastor a ustedes, especialistas de la Biblia, pero me parecería injusto quedarme aquí diciéndoles lo que a ustedes corresponde. La ayuda debe correr en dos sentidos.
Debo confesar con humildad que me entristece el hecho de que varios sacerdotes y obispos no aprecien debidamente el trabajo absorbente y agotador de ustedes. Por ejemplo, me parece que los cursos de actualización bíblica organizados para sacerdotes y demás agentes de pastoral son bastante pocos, si los comparamos con otros cursos.
También no veo que la pastoral bíblica sea nuestro fuerte. Incluso he podido constatar con profundo dolor cómo se minimiza la importancia del trabajo exegético o, lo que es peor, que muchos de ustedes son ignorados por parte de quienes más deberían fomentar el amor por las Sagradas Escrituras. Da pena constatar el número tan reducido de estudiantes en el área bíblica y, cuando pensamos en la especialización de nuestros alumnos, la preferencia la tienen las otras áreas y muy pocas veces la Sagrada Escritura. Me gustaría saber el porcentaje de los alumnos que estudian Derecho Canónico, comparados con los que se dedican a la Biblia. Y eso que valoro la importancia y la necesidad del Derecho en la Iglesia como sociedad visible.
Felicito a Mons. Cabrera por el trabajo que desempeña como Presidente de la Comisión bíblica en la Conferencia Episcopal. Sus esfuerzos por llevarla adelante con calidad están a la vista de todos los obispos, quienes reconocemos su capacidad y competencia, pero creo que le falta más apoyo de parte de nosotros los obispos mexicanos. Me parece igualmente importante tener presente que los obispos con relativa frecuencia publicamos documentos para orientar al pueblo. Estos serían más enriquecedores si contaran con la debida asesoría de exégetas competentes y con profunda visión pastoral. Recuerdo que esta era una de las preocupaciones de mi amigo, el P. Raúl Duarte, ex Rector de la Universidad Pontificia de México y que ahora nos enriquecerá con una conferencia.
Este somero inventario nos está diciendo lo necesario que es el aprecio y el reconocimiento de todos los carismas para vivir a fondo la realidad de la Iglesia como comunión. Espero que esta sesión de estudio sobre la Sagrada Eucaristía y esta bella playa les dé ánimo para seguir ahondando en su trabajo con sentido eclesial y con mayor esperanza.
Sean todos bienvenidos y acogidos con mucho amor por esta Iglesia que peregrina en Autlán.
Que el Señor bendiga a todos.