Más allá del Dios padre y del Dios madre... y de otras categorías.
P. Toribio Tapia Bahena
Dt 4,15-18.
Es una invitación a confiar críticamente en el lenguaje sobre Dios, para que, al mismo tiempo, nos demos cuenta de sus limitaciones pues "algunas veces hay mayor fe en callar sobre Dios que en hablar de Él"2 ; habrá que estar siempre dispuestos a hablar de Dios con modestia para no reducirlo a categorías o a imágenes excluyentes; que la seguridad y la confianza con la que hablamos de Dios no nos den la "seguridad" de los ingenuos que consideran que tienen capturado a Dios porque conocen a cierta profundidad alguno de sus rasgos3.
Que sin caer en el escepticismo cruel y degradante busquemos hablar de Dios sin reducirlo a nuestro lenguaje, a una categoría masculina, o incluso femenina, etc., como si Dios solamente fuera eso, convirtiendo una metáfora en modelo y definición petrificados.
Como dice un biblista: "A mi me preocupa algo más que los aspectos femeninos que hay en Dios, eso que algunos varones ilustrados están hoy día dispuestos a admitir. Esta manera de hablar que molesta, porque quiere hacernos pensar que Dios, propiamente, es varón, y que en él puede descubrirse algún aspecto femenino oculto (Ö) ¿No tendríamos que hablar, con la misma razón, de los aspectos negroides que hay en Dios, y descubrir lo juvenil de Dios para desligarnos finalmente del anciano varón blanco que está en los cielos? Nuestra dificultad interna reside en las imágenes, más o menos falsas, de Dios que se nos han transmitido por tradición. Y ese abandono carente de espíritu, ese abandono en que vivimos, no podremos superarlo erigiendo estatuas de diosas, imágenes de matriarcado, en los templos que se han quedado vacíos. Lo que nos hace falta no son imágenes, sino una experiencia memorable de Dios"4.
Así como la intención inicial no está en la búsqueda
de curiosidades intelectuales sino de problemas existenciales, la finalidad
es ayudar a una nueva praxis de los creyentes que lleve a asociar en el
futuro la palabra [Dios] con experiencias positivas y liberadoras; buscando
que la reflexión de Dios sirva para impulsar en la dirección
correcta esa nueva praxis de los cristianos.
Para ayudar un poco:
1. Un Dios cuyo ser siempre más grande no implica ser más inconcreto, sino más real.
Al querer convencernos de que de Dios sólo se puede hablar con
modestia no pretendemos cuestionar la revelación de parte de Dios
sino la absolutización de la recepción. El evangelio de Juan
dice que, "a Dios nadie lo ha visto jamás; el Hijo único
que es Dios y que está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer"
(Jn 1,18). A primera vista esta afirmación nos debería dar
tranquilidad pues ya Dios ha manifestado quién es en Jesús.
Sin embargo, es muy obvio que aunque el Hijo se haya esforzado por darnos
a conocer al Padre, persiste la incapacidad innata para comprenderlo totalmente.
Aunque Jesús nos haya manifestado a Dios plenamente, nosotros lo
captamos a través de mediaciones, pues Él es Trascendente
e Innombrable. Entramos pues a un doble peligro: por una parte, el escepticismo
absoluto que desemboca en la teología negativa y por otra, la absolutización
de la mediación convirtiéndola no en medio sino en fin, haciéndola
un ídolo5. La intención no es persuadir para dejar
de hablar de Dios, sino aceptar la necesidad de una ortodoxia y ortopraxis
desde la historicidad de la revelación que lo decodifique y nos
abra a una exégesis y hermenéutica más creativas,
dando un paso más allá del concepto de revelación
"cerrada".
a) La historicidad de la revelación.
Hablar de la historicidad de la revelación no significa solamente aceptar que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Hay que ir más allá. Según S. Croatto "significa también que toda la Biblia, desde los primeros textos hasta el último, es una [lectura] de la presencia de Dios en la vida de los hombres"6. Desde esta perspectiva la Tradición, que se encargará de mantener vivo el espíritu de la Escritura, es una toma de conciencia y una expresión de lo que se ha señalado como revelación continua - y continuamente formalizada en discurso de fe -, aunque, por desgracia, en realidad se ha convertido en un "depósito cerrado". Esta actitud, aparentemente "normal" en el hombre religioso, corresponde a una manera cerrada de comprender la revelación. ¿Por qué no aceptar la historicidad de la revelación como un "desatar" a Dios de una Palabra dada y admitir que para Él la historia es tan abierta y original como cuando se manifestó al principio? Si no aceptamos este cuestionamiento da la impresión, al mencionar "revelación terminada", como una infidelidad al mismo Dios que siempre estuvo en contra de que se le encasillara. Dios primero es el Señor de la historia y después de Israel. Él siempre se revela en la historia.
Pero qué tal si ubicamos la historicidad de la revelación como el esfuerzo también de desatar a Dios; desatarlo de la palabra "ya dada", admitiendo que cuando se manifestó fue "codificado", y es que "si se presta atención al hecho incontrovertible de que la Revelación se expresa en un lenguaje no sólo humano sino también culturalmente condicionado, y por eso transitorio y cambiante, el teologúmeno de la "Revelación terminada" se nos aparece como una infidelidad a ese mismo Dios que quiere manifestarse como quiere. Entendemos que Dios es el Señor de la historia, antes de Israel y después de Israel.
La originalidad de Israel está, de hecho, no en el haber captado a Dios que se manifestaba sino, sobre todo, en haberlo captado en la historia.
Esto nos da la posibilidad, aunque queden preguntas sin resolver, de ir en búsqueda de Dios y de evitar el problema de la capturación de Dios, que sería un rasgo de idolatría o la idolatría misma (cf. Dt 4,15-20). La Biblia que tenemos en nuestras manos no es una repetición de epifanías pasadas; se sigue dando una novedad divina. Mientras no entendamos correctamente esta libertad de Dios, y los sigamos atando a Él mismo, lo estaremos desfigurando7.
b) La aceptación permanente del misterio.
No basta con evitar la desfiguración de Dios; si somos propositivos, debemos recuperar y revalorar el sentido del Misterio de Dios. Aunque la mayoría estamos de acuerdo que Dios es un misterio; no todos conservamos el sentido del Misterio de Dios. Esta constatación no debe desanimarnos en nuestra búsqueda; al contrario. Y es que "el misterio es aquello que no procede de nosotros y que no podemos abarcar, y sin embargo, es aquello que nos hace vivir"8. Cuando se pierde el sentido del Misterio existe el peligro, y por desgracia triste realidad, de aprisionar a Dios en conceptos y esquemas ¡A veces hasta en intereses!, permitiendo que el Dios verdadero se vaya de nosotros. Sin darnos cuenta nos vamos relacionando con un ídolo, algo hecho a medida humana.
Sin embargo, el Misterio no debe hacer que sucumbamos en nuestra búsqueda
antes de todo intento. La constatación de la grandeza de Dios y
de la limitación de nuestro lenguaje debe provocar una actitud profunda
de modestia. Si bien debemos superar lo que R. Radford ha llamado la "tiranía
de la imaginación absolutizadora"9 también debemos
evitar el "Deus absconditus" de Blas Pascal10, ubicándonos
más bien, en lo que afirmaba hace unos años G. Von Rad "todo
auténtico conocimiento de Dios comienza con el reconocimiento de
su ocultamiento"11, el mismo Isaías nos lo deja muy claro:
"verdaderamente tú eres un Dios que se esconde; tú, Dios
de Israel, el salvador" (Is 45,15). Sí, podemos hablar de Dios pero
sin aferrarnos a una imagen pues ante el misterio somos peregrinos vulnerables12.
¿Puede un Dios "aprisionado", aprisionado en conceptos, ser un Dios
liberador?
2. Tomando a Dios en serio. El peligro de la tirania del lenguaje absolutizador.
Las imágenes y títulos de Dios que nos presenta la Biblia
son muy valiosos: Padre, Madre; Señor, Rey, Todopoderoso, pero son
eso, imágenes. El cristiano y la Iglesia no son atemporales; estamos
llamados a situarnos recogiendo hacia atrás el impulso de todas
las experiencias fundantes y proyectarlas con pasión en la realidad
que tenemos ante nosotros, buscando la comprensión de los contenidos
para el hombre de hoy. Claro que "no se trata de renunciar a la fe ni de
cuestionar la verdad profunda de la experiencia cristiana, sino de actualizarla
y refundirla en una teología nueva y en unas instituciones actualizadas"13,
pero sí de convencernos que la única manera de conservar
la Verdad es en la renovación permanente no en la petrificación
o capturación de Dios, sino en la apertura permanente al Misterio.
a) No es sólo cuestión de lenguaje.
La teología debe ser consciente de su responsabilidad; está obligada a reflexionar críticamente sobre las implicaciones psicológicas y políticas de sus palabras, de sus imágenes y de sus símbolos. Hace varios años J. Moltmann afirmaba que no es suficiente "preguntarnos qué sentido, lingüístico, tiene hablar de Dios. La pregunta tiene que ser: ¿Qué eficacia pública tiene, en esta determinada situación, hablar de Dios o callarse? . Con bastante insistencia se ha dejado claro en Latinoamérica que, la pregunta fundamental no es "si Dios existe o no" sino más bien "de qué Dios somos creyentes" y de "qué Dios somos ateos".
Sin caer en el escepticismo debemos apostar por la búsqueda permanente, honesta y abierta, de una experiencia y conocimiento de Dios que nos garantice que estamos experimentando y hablando del Dios verdadero que garantiza los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1).
b) Conciencia de la relatividad del lenguaje para evitar la tiranía de la imaginación absolutizadora.
Quizá una exigencia del nuevo milenio, para la teología, será la certeza de la búsqueda, pues como decíamos anteriormente, la Verdad se conserva con autenticidad sólo en la renovación permanente.
Si somos honestos no podemos negar que nuestra visión actual de Dios está profundamente marcada por las experiencias y los conceptos de un mundo que ha dejado de ser el nuestro; de ahí la urgencia de paradigmas modernos; dependiendo de ahí una fe coherente y responsable. Hay que repensar continuamente nuestras imágenes de Dios en la conciencia de que, todo intento acabará naufragando irremisiblemente en su afán de remitirnos a Misterio tan grande; y sin embargo, con la secreta esperanza de hacerlo, al menos en algún aspecto, de modo un poco, menos malo.
Las metáforas que nos propone la Biblia son tan profundas, y por eso mismo, son ejemplos de teología más que imperativos para la teología (ejemplo de Pablo, Juan; lo que significa la cruz para los sinópticos y lo que significa para Juan).
Se trata de ir poniendo las bases para una actitud más constructiva no sólo repetitiva desde marcos culturales ajenos a nuestra realidad. Preguntándonos ¿con qué metáforas y modelos deberíamos concebir al Dios de Jesucristo? ¿Basta con llamarle Padre? ¿Es suficiente decir que es todopoderoso? ¿Qué sentido se le puede seguir dando desde nuestros marcos culturales a los títulos cargados de imperialismo, dualismo, jerarquismoÖ?
E urgente desconstruir y reconstruir los símbolos tradicionales de la fe cristiana: el padre, la madre, etcÖ Este tarea supone que no sólo hay necesidad de hacer hermenéutica, interpretación de la Tradición, traducción y tomar tales conceptos y adaptarlos a la cultura contemporánea; es indispensable una actitud profunda de construcción creativa, respetuosa.
A modo de "conclusión".
"Tú que eres teólogo, ¿ya viste a Dios?" cuenta L. Boff que le preguntó su madre. El respondió: "Madre, uno no ve a Dios". Insistió su madre: "¡Pero cómo, tantos años de sacerdote y de teólogo y no has visto a Dios! eso es una vergüenza". Vuelve a preguntarle a su hijo y le respondió: "Madre ¿usted lo ve?". "¡Claro que lo veo!", le responde. "De vez en cuando, a la puesta del sol, las nubes se ponen de una determinada manera. Yo me quedo mirando y Él pasa con su manto, sonriendo, y detrás viene tu fallecido padre, mirándome y riendo, y yo me quedo toda la semana con la alegría en el corazón". Boff comenta: "la verdadera teóloga es ella, a pesar de ser analfabeta"14.
No podemos, ni debemos pretender, absolutizar el lenguaje; tampoco minimizar
la Revelación y las concreciones históricas que ha tenido;
menos caer en la teología negativa. El lenguaje siempre será
limitado, las imágenes son eso, imágenes. Por eso, la mejor
manera de "hablar" de Dios será EN, PARA y DESDE la vivencia del
amor. Sólo a través del amor se le experimenta y se le conoce.
Los mejores hermeneutas de Dios siguen siendo los santos.
Notas: