Nombres y Títulos de Dios en la Escritura

(Apariencia, géneros y nivel de expresividad)

Tomás Parra Sánchez
 
 

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1. LA PALABRA

La palabra humana se manifiesta de maneras distintas: oral y escrita, mímica y ruidosa, conceptual y simbólica, sugerida y supuesta, clara y emblemática; por citar unas de las formas más genéricas que los humanos utilizamos para comunicarnos.

Al hablar de Títulos Bíblicos de Dios, no salo debemos atender a los términos concretos en que se nos enunciaron, ya sea por sus características fonéticas, su forma literaria y los escritos en que aparecen o bien por el texto en que aparecen; también debe tenerse presente la fenomenología de cada nombre en sí mismo; o sea: la etimología que revela sus raíces y sentido recónditos; el pretexto, contorno, milieu o Sitz-im-Leben en que se originaron; y el término o los conceptos específicos (terminales) en que se manifiestan al exterior; esto es: la forma literaria concreta con que se dejan percibir por el auditor o lector del texto bíblico. Dos ejemplos aclararán lo que queremos decir y proponer.

Así como decimos que alegoría y parábola son géneros literarios diversos, debemos aceptar que "título" y "apodo" son entidades distintas; quizá vecinas, pero diferentes.

Así como al hablar de una parábola, la explicamos diversamente si aparece aislada o dentro de un discurso y apoyando un logion; del mismo modo debemos tener presente los lugares y las formas de lenguaje en que se presentan los títulos de Dios: en singular o plural; en forma aislada o acompañada de otros; como calificativo (adjetivo: misericordioso) o en cuanto sustantivo (creador); en forma verbal de participio activo (amante) o pasivo (amado); o como un gerundio (amando) y en una frase relativa (el que ama); sirviéndose del paralelismo (justo y recto) o bien en esa manera con la que se pretende dar una visión total de Dios: "a Dios: el poder, la gloria, la grandeza, el honor..."
 
 

2. LA NOMENCLATURA

Conocemos diferentes formas de nombrar y dar significado a las personas, a cosas y eventos. Tengamos presentes aquí varios conceptos que vienen al caso: denominación o designación: es un señalamiento genérico que se hace al nombrar una realidad, sea evento, cosa, ser viviente o persona. Si con este vocablo llamamos a Dios, se dirá que es el Ser Supremo o Infinito.

Nombre: es una designación universal. Se le divide en común o propio. Hablando de la divinidad, comúnmente la llamamos: "Dios" o "Señor"; en cambio, si usamos un nombre propio diremos: "Dios de Abraham" o "Señor del cielo" ...

Epíteto: es el calificativo con que se intensifica o acentúa el carácter de algo o alguien. Por ejemplo, se dice que la noche es "oscura" o "negra" acentuando algo que la precisa y la acentúa, además de describirla. Así, de Dios se podrá decir que es "Omnipotente" o "Sempiterno", o sea: que tiene todo el poder; y que es eterno y vive por siempre o para siempre (semper aeternus).

Título: es el calificativo de dignidad, calidad o capacidad con que se reconoce a alguien por algo o sobre algo. Así, Dios es el dueño de Israel, el Señor de señores, el Dios de los ejércitos (Baal, Adón, Mélej...).

Seudónimo: es un nombre ajeno, asumido como propio de algo o de alguien: Baal, Dios de los padres.

Atributo: es la "característica o cualidad que se le reconoce a alguien como propiedad" en cuanto que forma parte de él mismo (bueno, alto...). Así, la Escritura afirma que Dios es santo, justo, misericordioso y celoso.

A ésta nomenclatura podrían agregarse otros términos:

Apodo o sobrenombre: es la designación, de suyo neutra, pero normalmente injuriosa, con que se califica a alguien. Al dios cananeo Baal Zebul ("Dios, El Príncipe") se le llamó Baal Zebub (es decir, ¡Señor de las moscas!: 2 Re 1,2-16); y a Satán: "Príncipe de los demonios" (Mt 10,25);

Imagen: representación de alguna cosa mediante figura, escultura, modelo, fotografía y apariencia típica. En general, hablamos de antropomorfismo y antropopatismo...

Símbolo: signo o expresión sensible que remite a otra realidad. En el caso de Dios, el fuego remite a su acción y vida; y la roca... a su perenidad y eternidad.

Alusión: figura retórica en el campo de la alegoría y equivale a nuestro "como y casi...". En este caso, Dios es no el monte, sino como Monte; no la fuente, sino como Fuente...; como quien da vida: ¡una Madre!
 
 

3. EL FENOMENO DE UNIDAD Y CANTIDAD

Se llaman leyes fundamentales de la vida: nacer, desarrollarse, reproducirse, morir. Al hablar de crecimiento, nos referimos a ese fenómeno intermedio entre nacer y morir; es decir, nos referimos a la vida que se manifiesta como desarrollo, aumento, añadidura, suma, multiplicación, ampliación y otros conceptos similares que señalan ese fenómeno al interno del único ser o bien que es provocado desde el exterior: "el árbol crece"; "yo lleno de agua la pileta...".

Este aumento vital y existencial se da en todos los ámbitos de nuestro devenir humano: es natural, material, espontáneo y provocado, visible e invisible, a nivel de fe y de moral.

Ahora bien, los hombres de la Biblia, no muy diversos a nosotros en su forma de captar y apreciar la realidad de las cosas, acomodaron a Dios su esquema de crecimiento y, a la hora de describirlo, acudieron a la cantidad y a sus formas más evidentes y comunes: el amontonamiento, la intensidad y la síntesis o abstracción.

1.- El amontonamiento. Es la suma o agregación de elementos.

Partiendo de sinónimos u opuestos, los autores intentan explicar, captar y posesionarse de la realidad y de los sentidos recónditos de Dios: Hacedor del bien y del mal; Señor de la vida y de la muerte, Señor del cielo y de la tierra.

Sus formas externas más comunes son la repetición progresiva y el elenco:

La "repetición progresiva": es un recurso literario para reafirmar, consolidar y afinar la captación y la memorización, como en el caso de nuestro "enfocar y enfoque". Este recurso consiste en partir de algo general hasta precisar lo que se quiere decir. Sal 51, El Miserere, es un buen ejemplo: se parte de "tener piedad" y se pasa a "borrar el delito" (2), se llega al "lavar de culpa" y se culmina en "purificar de pecado". En otras palabras, se comenzó con "tener piedad" hasta "precisar" que consistía en: "purificar de pecado" (perdonar). Del mismo modo, podemos hablar de los títulos de Dios. Se comienza por "algo genérico" y se culmina en el "meollo del asunto": el título que se quiere presentar. Como ejemplos pueden verse las repeticiones progresivas de: 2 Sam 22,2-3 (10 títulos: de Roca a Salvador, rematando en 22,4 con la inclusión del nombre de Yahvé); Jdt 9,11-12 (10 títulos: del Dios de los humildes al Rey de toda la creación); Ex 34,6 (5 títulos: de Misericordioso a Fiel) Is 9,5 (del Admirable consejero al Príncipe de la Paz; Is 11,2 (del Espíritu de sabiduría al Temor de Yahvé).

El elenco: es la serie rítmica de atribuciones y características del Ser supremo que el idioma hebreo no podía sintetizar en un concepto, al estilo occidental (omnisciente, omnipresente, omnipotente...). Su culmen es la letanía o lista de nombres, epítetos, símbolos, atributos y designaciones genéricas con los que se pretende totalizar el universo de Dios. Presento como ejemplos dos casos del Apocalipsis: "Al Sentado y al Cordero: alabanza, honor, gloria y potencia"; y más adelante: "Digno es el Cordero Degollado de recibir ...poder, riqueza, sabiduría, fuerza, honor, gloria y alabanza" (Apoc 4,11; 5,12-13...).
 
 
 
 

2.- La Intensidad

La intensidad es otro recurso con el cual se pretende reforzar o precisar el sentido de un término o concepto particular; en nuestro caso: de los nombres de Dios. La intensidad se consigue por varias vías:

Acusativo interno o "esquema etimológico": es el uso de un sustantivo en acusativo (de la misma raíz) que ya está presente en el verbo que lo rige; o bien el uso de dos verbos, uno de los cuales está en infinitivo. Casos cercanos: Gén 2,17; Ex 22,5; Sal 14,5; Lam 1,8; Cf. Mt 2,10; Mc 14,6). Sobre los títulos divinos: Ex 22,22: "El que oirá ciertamente"; Gén 12,17: "Dios que castiga sin falta" (Gén 9,14). Para continuar pueden verse muchos casos con las raíces Jésed, Réjem, Shilém, Tsédek (Cf. en: Lisowski, Mandelkern y Gesenius - Kautzsch).

Paralelismo: refuerzo a base de calificativos, sustantivos, verbos... (Misericordioso y clemente, Roca y escudo, El que mira y el que baja: Sal 24,8b; 25,8; Jdt 9,5...).

Comparativo y superlativo: es la descalificación y contraposición de los unos con la elevación del Otro: Dios de Dioses, Señor de señores: Apoc 17,14...

Metonimia: es la sustitución de un término por otro cuya referencia mutua puede ser de tipo causal o espacial, temporal, de continente y de contenido...: corona por rey; lanzas por soldados; cruz por cristianismo: o bien como simple parte de la metáfora: descripción de una cosa por otra: roca por seguridad. Para los títulos de Dios hay que tomar en cuenta conceptos como kabód - doxa, timé, dúnamis, krátos... puesto que los conceptos no se refieren a "lo que damos a Dios", sino a cómo Dios se nos manifiesta: Glorioso, Honorable, Poderoso, Activo, Viviente... (Is 6,4: humo ; Ez 1,4: viento, nube; 43,2: gloria; Ex 19,18: fuego ...;

Circunlocución y perífrasis: rodeo de palabras. En nuestro caso es como una explosión y expansión de fe a través del dinamismo de la palabra: muchas palabras en torno a una: "Aquel que nos ha librado de la muerte = Salvador o Vivificador ", "Tú que me recobras de las puertas de la muerte (para que yo cuente todas tus alabanzas a las puertas de la hija de Sión ...)" (Sal 9,14 = Rescatador, Salvador).

3.-La síntesis o abstracción. Es el recurso que consiste en sintetizar la multiplicidad de conceptos en uno solo, tanto por conceptualización como por abstracción. Se logra por varios caminos: Uso del término NOMBRE o del giro "su" o "tu Nombre" (de Yahvé o del Señor). Esto evita citar a Dios u otros títulos que precisen lo que se quiere decir: Jl 2,32; Sal 79,6.

El silencio: aludir y sobrentender a Dios. Este es el camino de los místicos. Se trata de suprimir al Sujeto (Dios) puesto que por el contexto se sobreentiende; o también se califica a Dios por lo que no es: "Yo no soy un hombre"... o sea, soy otra realidad: Otro, El de más allá, El Diferente (Núm 23,19; Job 9,32...).

La evasión: acentuar su distancia e incognoscibilidad: El Remoto, El Distante... El no Manipulable. Este será el camino de Isaías con KADÓSH (Separado, Santo...).

La abstracción y conceptualización: como en el caso de algunos credos (Dt 6,4). Se menciona a Dios como el único, el UNO, el que es y sobre quien no hay discusión: ¡Yo (soy) Yahvé! (Lev 22,30.33; 23,22..).

Con todo lo anterior, hemos querido decir que los títulos de Dios aparecen en la Biblia en forma de unidad (uno solo) o como diversidad (amontonamiento). Los autores bíblicos no se limitan a proponer una imagen filosófica de Dios sino una forma concreta, ciertamente con mil facetas y nombres, pero un Dios cercano al mundo y al hombre por la variedad de sus presencias y epifanías.

En consecuencia, cuando hoy tratamos de hablar de los títulos de Dios debemos tener presente que mientras nuestra cultura se orienta por la abstracción, la bíblica prefiere la pluralidad. Ambas visiones no son incompatibles, pero la bíblica resulta más cercana y aleccionadora para la cultura del pueblo.
 
 

4. LOS NIVELES DE EXPRESIVIDAD

Pasando del análisis literario al pastoral, lo anterior puede reducirse a cuatro vertientes o niveles para hablar de Dios: el de la etimología, el poético, el de la epifanía y el de la experiencia religiosa. No se trata de formulaciones definitivas o automáticas, sino de perfiles y propuestas con que se puede hacer catequesis o iniciación al misterio divino. En otras palabras, se reduce la pluralidad de los títulos divinos en la Escritura a cuatro perspectivas o campos que sirvan como guías de lectura para conocer al Dios, el Padre de Jesús y de la comunidad cristiana en este año dedicado al Padre.

Nivel de la etimología: El Dios Misericordioso.

La Escritura llama a Dios "Rajúm" (misericordioso: Ex 34,6; Dt 4,31; Sal 78,38; 86,15; 103,8). Ese calificativo deriva de Réjem (Gén 49,25; Jer 20,17), sustantivo que significa: "vientre, matriz, seno materno, entrañas, tripas, interior". Así pues, el tono del calificativo divino señala el "cuidado cariñoso" que Dios da a sus criaturas. Esto lleva a pensar que los semitas ven a Dios con un toque femenino o, por lo menos, le atribuyen conductas tan cercanas a la maternidad como a la paternidad. Dicho de otra manera, es como si Dios tuviera rejem para dar la vida (Job 31,15); seno, pecho, ombligo y brazos para cuidarla, alimentarla y abrazarla (Os 11,3-4), regazo para servir de hogar y protegerla (Sal 145,9); y entrañas para mostrarle su cariño y confortarla (Lc 1,78).

Tal antropología afirma que una mujer es infecunda porque tiene el vientre cerrado; que Dios va a cerrar su rejem para no mostrar su cariño con los hombres injustos y malos (Sal 40,12; 77,10); y que el Señor es impulsado a amar desde sus entrañas (Os 2,21; Is 54,7), es decir, no por fuera o por encima, sino... ¡desde dentro!

El concepto se refuerza al acompañársele con Janún (amoroso, clemente y lleno de gracia): Jl 2,13; Jon 4,2; Sal 111,4; 145,8; Neh 9,17.31; 2 Crón 30,9) y Tsadík (justo: Sal 112,4), con otras consecuencias que es fácil imaginar.

Así pues, la imagen de la misericordia de Dios no se reduce al Dios bondadoso, sino al Señor, cuya razón de ser es manifestarse como amoroso, materno y providente.

Nivel poético: El Dios "Sentado sobre las alas del viento (nubes)".

Todos sabemos del atrevimiento poético: se siente con la asonancia y la metáfora, se habla con el ritmo y el enigma, se ve con el retruécano y la hipérbole, y se canta con la fragilidad del símbolo que sugiere y la alusión que se evapora al pronunciarla. El poeta bíblico también usa imágenes para describir a Dios: deslizándose y planeando sobre las alas del viento (Sal 18,11), volando sentado sobre o entre los querubines (Ez 1,26-28; Sal 80,2; 99,1; Is 37,16; Dan 3,55, en alusión a Dios presente en el Arca de la alianza), haciendo soplar el viento divino como los griegos Céfiro y Aquilón (Ex 14,21) y dejando planear al Espíritu como paloma (Mc 1,10). En el esquema domina lo uránico y superior, el vuelo y el ala, el aire y los sueños.

El Apocalipsis da a Dios el título de "El Sentado en el trono" (4,2.3.9.10; 5,1.7.13; 6,16; 7,10.15; 19,4; 20,11; 21,5) para señalar su precedencia y presidencia, autoridad y poder, majestad y dominio universal. Sólo en el último texto (21,5), el Sentado toma la palabra y se identifica por su obra en la historia: "Yo soy quien hace todo nuevo" ¡aludiendo... y volviendo a Gén 1!

Con esta perspectiva, puede proponerse una imagen de Dios no filosófica ni reflexiva, sino inmediata, natural, contemplativa... y poética: Dios al alcance de poetas y místicos, de pintores y cantores, de niños imaginativos y de religiosidad del pueblo.

Nivel de la epifanía: El Dios que actúa en la tierra del hombre.

El hecho de que la Escritura llame a Dios de mil modos señala la limitación del lenguaje mismo y su imposibilidad de decirlo todo a la vez. Además, el misterio al que se refiere un nombre sobrepasa al mismo nombre que trata de comprenderlo y entretenerlo.

Dios puede ser intuido y descubierto; inclusive... conocido, pero nunca se deja captar y capturar por el lenguaje humano. En otras palabras, Dios no es rehén de un vocablo (término) aunque se haga Palabra (título).

El hombre bíblico ve a Dios en cosas y hombres, tiempo y espacio, acción y silencio, en unidad y totalidad; también puede captarlo en hombre y mujer, filiación y paternidad.

El hombre bíblico no sabe cómo llegar a Dios ni puede aferrar su ser y misterio con su lenguaje. Dicho de otro modo: no puede acceder a Dios con su esfuerzo, sino sólo al imitarlo por ser su "icono" en la tierra: cuando la trabaja como El ("dominio" viene de dóminus; y Adán, de "adamáh: tierra": Gén 1,28-30; 2,7.15; 3,19) y cuando, en ella, hace comunidad, como El quiere y con sus demás hijos (Gén 1,26-27; 2,18).

Este nivel puede ayudar a visualizar a Dios no como el permanentemente Alejado por ser Otro, sino el Dios que tiene qué ver con la vida diaria, el cansancio y la compañía, el culto y la armonía familiar, aunque no se le pueda palpar o manipular.

Nivel de la experiencia religiosa (oración): El Dios que escucha y es escuchado.

Es el campo más cercano y efectivo hoy para la piedad del creyente: Dios escucha y atiende a sus criaturas, les evoca el pasado típico de Israel y las invita a vivir la fe:

Si al principio, la Biblia fue experiencia y tradición que se hicieron libro, ahora vamos del libro a la oración del nuevo pueblo que busca y escucha Dios.

El creyente busca al Dios que lo ama, le habla y camina a su lado. En una palabra, se vuelve un "buscador inquieto de Dios", como dice San Agustín. El cristiano dispone del nombre de Dios, PADRE, utilizado por Jesús como origen de su actividad y envío entre los hombres. Aunque los títulos, nombres y atributos del Antiguo Testamento acentúan las características citadas... su atributo definitivo es PADRE y su epifanía concreta es el Hijo, JESÚS: ¡El Dios que salva!

La oración no es sólo rezo o devoción sino expresión de la fe y reconocimiento de un nuevo estado de vida (el cristiano). Este nivel alude no a un Dios intocable, espiritualizado, intimista, volátil y vaporoso, sino a una realidad divina al alcance del hombre en la figura del "Papá (Abbá), siempre cercana, continuamente atenta, a la medida de las necesidades del creyente (Ex 3,7-8).
 
 

CONCLUSIONES

La presentación bíblica de los nombres de Dios nos orienta en direcciones precisas, ya que "el nombre" es síntesis y concentrado de fe, así como elevación y profundización de la misma y, por supuesto, intuición sobre el Dios Distante, a la vez, Cercano y Presente. Las características de los títulos bíblicos de Dios, examinadas aquí, proponen esto:

Dios quiere ser conocido (experiencia) y no sólo capturado como rehén de la palabra y del nominalismo (negación de la realidad y objetividad divinas).

Dios quiere ser nombrado y no sólo reconocido en las cosas y situaciones naturales y animales (simbolismo, antropomorfismo, antropopatismo, teriomorfismo...).

Dios quiere ser imitado y no sólo descifrado (imitación: "Sean santos porque YO...").

Dios quiere ser asociado e identificado en "lugares teológicos" concretos: el trabajo (creación), el ser humano (icono, hijo) y la comunidad (= con - unidad).

Dios quiere ser experimentado en la pluralidad y no ser reducido a Átomo Primigenio o Primer Generador de vida. En otras palabras, el Dios de Jesús, EL PADRE, se acerca a la mentalidad del pueblo (que lo percibe emparentado con el hombre) más que a la reflexión teológica, acostumbrada a describirlo con conceptos eruditos, pero descarnados, sin la inmediatez del amor ni la vivacidad del sentimiento.
 
 

5. PARA CONTINUAR EL ESTUDIO...
 
 

Teologías clásicas del AT: Heinisch, Eichrodt, Jacob, van Imschoot...

Cristologías del NT: Caba, J. Galot, Cullmann, H. Rahner, Fuller, Jeremias...

Diccionarios y Enciclopedias: Coenen, Díez Macho - Bartina, Interpreter's Dictionnary, Kittel - GLNT, DBS...

BERISTÁIN H., Diccionario de retórica y poética, Porrúa, México, 1985.

DE LEÓN Fray L., De los nombres de Cristo (1585), Espasa Calpe, Madrid, 1957.

HAHN F., Christologische Hoheitstitel, Göttingen, 1964.

KATZ. Ch. S y otros: Diccionario básico de comunicación, Nueva Imagen, México, 1987.

ODELAIN O.-SÉGUINEAU R., Dictionnaire des Noms propres de la Bible, Du Cerf y DDB, París, 1978.

ROBERTI G.M., Onomatologia del Divin Redentore, Roma, 1900.

SABOURIN L., Los nombres y los títulos de Jesús, San Esteban, Salamanca, 1965.

TAYLOR V, The names of Jesus, London, 1954.

TESTA E., Il simbolismo dei giudeo.cristiani, Jerusalén ,1962 (sobre todo pp. 361-425).

VALLEJO F., LOGOI. Una gramática del lenguaje literario, FCE, México, 1983.

VIGANÓ L., Nomi e titoli di YHWH alla luce del semitico del Nord-ovest, PIB,Roma, 1976.
 


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